Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 35 #2
92%

35 #2

No es capaz de enfrentarse a mí hablando ni mirando a la cara la realidad de nuestra situación. Y estoy cansado. Hastiado de sufrir.

La sigo. Me detengo frente a la puerta cerrada, la golpeo con suavidad y busco una calma imposible en mi corazón para hablarle sin mostrar mi ansiedad.

—Domino mi ira mucho mejor que antes —afirmo con capacidad para reducir mi arranque de rabia—.

Pero me mata esta situación, tu forma de negarte a escuchar a tu corazón, cómo nos obstaculizas poner un poco de paz entre nosotros.

—Apoyo mi torso en la madera, como si fuera su cuerpo, y otra vez las lágrimas me arrasan los ojos—.

Estoy aquí, no me he ido, ni me iré sin mantener una conversación que llevamos mucho tiempo aparcando.

La necesitamos para poner en orden nuestros sentimientos, para enfrentar el futuro, para dejar de sufrir. Así que abre la puerta. Por favor.

Nada. Silencio total.

Suspiro, cierro los ojos y coloco la frente en la puerta, con una sensación de agotamiento absoluto.

No entiendo qué me pasa, por qué el llanto irrumpe con esa facilidad en mí estos días, cómo la derrota se va filtrando por mis poros para llevarme a un lugar yermo donde la felicidad se me escapa de las manos.

Ella continúa sin dar señales de vida.

Podría abrir la puerta, entrar en su dormitorio, decirle todo cuanto siento, pero no serviría de nada porque Madison debe estar receptiva, aportar su punto de vista, querer dar un final o un nuevo principio a lo nuestro.

Durante una eternidad me rindo a la tristeza, al dolor. Está tan cerca, y a la vez tan lejos de mí, hay tan poca distancia física entre nosotros… pero la emocional es un abismo.

Recuerdo un día, cuando ella todavía era Ash para mí y no escuché nada al otro lado de la puerta tras ir a por ella como cada noche.

Bajé el tirador y descubrí que podía entrar, abrazarla, sentirla.

Pensaba que dormir así de juntos sería el paso definitivo en nuestra reconciliación, pero me abandonó a los pocos días y tardé demasiado en encontrarla.

No soportaría pasar por algo parecido de nuevo, necesito un compromiso o aprender a vivir con una decisión, sea cual sea.

Me alejo de su dormitorio para caminar hacia el salón, donde me dedico a caminar se un lado para otro mientras repaso con ansiedad nuestra relación, los últimos casi seis años de mi vida, la forma en la que nos hemos destruido sistemáticamente y la fuerza de nuestro amor.

Y me doy cuenta de cómo de dañinos resultamos.

Y a la vez me percato de cuánto la quiero.

Ocupo un sitio en el sofá y dejo mi mirada en el jardín.

No tengo ni idea de cuánto tiempo transcurre hasta que escucho unos pasos muy amortiguados sobre el parqué.

Parecen de unos pies descalzos. Muevo las pupilas hasta conectarlas con las de Madison.

Ella sigue avanzando, se abraza por la cintura, sus ojos son dos manantiales, lleva el cabello un poco alborotado y sus movimientos son el reflejo de un dolor penetrante.

Se queda de pie a pocos centímetros de mí, cara a la chimenea.

—La última vez entraste en la habitación y me abrazaste toda la noche. —Sus pupilas se mueven muy despacio hasta las mías, acompañadas de un giro de su cuerpo.

—Tenía dieciocho años, Madison. —La conexión de nuestras miradas llena de chispas el salón—. Y a ti te quedaba poco para cumplirlos. Vivíamos en la misma casa. Teníamos una historia bastante jodida…

—Éramos unos críos. —Su voz contiene los restos de las lágrimas que todavía derraman sus ojos—. Y nos habíamos enamorado como unos tontos. Te quería tanto…

«Quería…».

No me pasa desapercibido el tiempo verbal, ese pasado en su última frase, esa absoluta reivindicación que me destruye a marchas forzadas. Pero no voy a hundirme en el pozo de la desolación frente a ella. He de ser fuerte, decir las cosas por su nombre y zanjar la situación de una vez por todas.

—Y, aun así, te fuiste.

—Quedarme no era una opción. —Da un paso hacia mí.

Yo me levanto para recibirla, para sentirla, para estar a su altura—.

Nos hubiéramos hecho trizas, y lo sabes.

—Asiento porque es cierto, entonces no estaba preparado para asumir la profundidad de mi amor por ella—.

Albert era una amenaza implacable, no podía revelarte quién era sin ponernos a todos en peligro, debía luchar por el legado de mi familia, y tú eras tu peor enemigo.

—Flota en el aire una parte importante de ese alegato, todas y cada una de mis malas decisiones de antaño—. No podía confiar en ti.

—Albert ya no puede hacerte daño —musito aproximándome—.

Sé cuál es tu verdadera identidad. —Doy un nuevo paso—.

Has demostrado tu capacidad para tomar las riendas de tus negocios.

—Me quedo tan cerca de ella que la distancia entre nuestros cuerpos apenas es perceptible—.

Y he comprendido todos mis errores, he superado una parte importante de mis miedos.

Sé lo que quiero, Maddie. Y haré cuanto esté en mi mano para emprender las acciones correctas a partir de ahora.

—Levanto un brazo, despacio, y lo dejo suspendido, a pocos milímetros de su cara—.

Porque te amo, y no lo hago de una manera plácida.

Es algo más visceral, vivo y feroz. Eres el centro de mi vida.

Si tuviera que elegir entre besarte otra vez o seguir adelante con el fichaje de los Dallas Cowboys, no lo dudaría. Tú eres lo primero. Para siempre.

La única barrera entre nosotros son sus brazos cruzados en su cintura, pero deshace el gesto con mucha lentitud, hasta dejarlos a los lados.

Tiembla, y me contagia. Solloza, deja escapar tantas lágrimas…

Ambos avanzamos a la vez, como si un imán invisible atrajera nuestros cuerpos, los uniera, los arrimara.

Mi mano al fin se posa en su mejilla. Tiene la piel húmeda y caliente.

Noto su aliento en la boca. Irregular. Demasiado cerca. Mi respiración se entrecorta y los labios me hormiguean de anticipación.

Avanzamos los dos. Primero con lentitud, después con desesperación. Nuestros torsos chocan. El golpe nos roba el aire. Ambos emitimos un jadeo, como si todo el aire de la habitación acabara de abandonar nuestros pulmones.

—Solo nos hacemos daño —insiste, con sus labios casi pegados a los míos—. No sabemos ser felices juntos, nunca lo hemos logrado del todo.

—¿Y lo eres sin mí? —inquiero rodeándole la cintura con un brazo.

Los siguientes segundos me parecen horas.

La necesidad de unir nuestros labios es tan intensa…

Pero no puedo ceder a ella, debe ser Madison quien venza las reticencias, quien se lance al vacío sin red.

Lo sé. Y es un maldito tormento porque mi corazón está al borde del precipicio, a punto de despeñarse.

—No —musita un segundo antes de ceder a la realidad, de abalanzarse contra mi boca, de desatar una inmensa hoguera en nuestros cuerpos.

Gimo con ella. Ambos sonidos reverberan en el silencio, crepitan en forma de alta tensión, de necesidad, de deseo reprimido, de amor.

Me abraza para pegarme más a ella y yo la rodeo con el otro brazo, la estrecho contra mí, la beso con una pasión desatada, con la lengua enredada en la suya, apretándola contra mí, sin dejarle espacio.

Los gemidos no se detienen, como nuestras manos, que no paran quietas, que se buscan, que aprietan, ávidas por arrancarnos la ropa, pegar nuestras pieles sin impedimentos y subir la temperatura del salón.

No nos paramos a pensar en nada, es como si una furiosa necesidad de entregarnos en uno al otro nos empujara a besar con más avidez, a mordisquear, a desnudarnos de forma casi salvaje.

Con un movimiento ansioso la estiro en el sofá y entro en ella con una estocada nada delicada, espoleado por tantos días sin tocarla, por el amor más puro, por el deseo, por la absoluta entrega a ella.

Madison grita de pasión, me agarra el trasero y me clava las uñas en él para acelerar mi movimiento. Nuestros resuellos suben de intensidad, llenan la habitación al ritmo de las embestidas. El sofá cruje bajo nosotros. Nos falta el aire.

La beso, la muerdo, la acaricio, la llevo al precipicio.

Y yo escalo el Everest con ella, llorando y riendo a la vez. Quemando demasiado tiempo de echarla de menos en un segundo.

Su explosión es arrolladora, y desencadena la mía.

Me vacío en su interior, grito su nombre, la muerdo en el hombro. Todo estalla. Por un momento todo encaja, como si tenerla entre mis brazos fuera cuanto requiero para tocar el cielo con las manos, como si por fin nos permitiéramos alcanzar la felicidad.