Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 35
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DORIAN

El techo sigue igual de blanco que en las últimas horas, pero no aparto la mirada de él.

Como llevo haciendo desde su «Buenas noches, Dorian».

Continúo estirado en la cama boca arriba, con el cuerpo tembloroso, los dedos agarrotados contra las sábanas y los ojos húmedos.

Con una sensación de vacío en el pecho. Y los pensamientos bastante encallados en su rechazo.

Parpadeo para dejar caer un par de lágrimas, se deslizan hasta la almohada y aparecen nuevas como un reflejo claro de mi estado.

Estoy jodido. Me limpio los ojos con la muñeca en un gesto furioso y suelto un gruñido.

Me la suda si mi padre decía que los hombres nunca lloran.

Porque no tenía ni la más mínima idea de lo que era amar.

Y ya no me afectan sus mierdas. Hay cosas más importantes en mi vida que un hombre amargado y cobarde que usaba sus puños para sentirse alguien.

Las horas avanzan y me revuelvo entre las sábanas, incapaz de quedarme quieto.

El deseo de correr a su habitación y tomarla entre mis brazos no remite.

Una cerradura nunca será un obstáculo real entre nosotros.

Pero sí lo es su súplica callada. Estrujo la bajera entre mis dedos y me rindo a una verdad demoledora: quizá ya es tarde para nosotros.

El amanecer llega sin haber dormido ni un ápice, dándole vueltas a esa posibilidad y muriéndome un poco más a cada hora. Sigo boca arriba, sudado, con el torso desnudo, sin fuerzas —ni físicas ni emocionales— para encarar un nuevo asalto.

Me quedo en la cama, escuchando el latido de mi corazón en el silencio, hasta que los sonidos me indican que Madison está despierta.

Solo entonces arrastro mi cuerpo agotado hasta la ducha para intentar recomponerme.

Dejo que el agua me caiga sin sentirla. Apoyo la cabeza en la pared, cierro los ojos y dejo caer los brazos.

Funciono en automático. Secarme, ponerme unos vaqueros, una camiseta, un jersey cualquiera. Calcetines. Caminar hacia la puerta.

Me detengo un instante para recuperar el resuello, la conciencia. Mi capacidad de ser dueño de mis pensamientos. Me paso una mano por la cara y después la deslizo por mi pelo, con un suspiro profundo.

—La cagaste, tío —susurro—. Demasiado.

Escucho a Denton en la cocina solo unos minutos después, cuando avanzo por el pasillo con pasos lentos.

Balbucea algunas cosas sin sentido que me despiertan una sonrisa de padre orgulloso.

Jamás imaginé sentirme así con un hijo. Tenso los músculos cuando ella le habla con un cariño que desearía para mí.

Tengo celos de mi hijo, y me reprendo al instante. Él se merece todo nuestro amor.

Y ella también.

Siento la cabeza embotada y los músculos rígidos al entrar en la cocina. También unos latidos desbocados en la garganta.

El bizcocho del que habló ayer Madison está sobre la mesa puesta para los dos, junto a una humeante cafetera italiana.

El olor a café recién hecho esconde su aroma.

Ella todavía lleva el pijama, el pelo recogido en una coleta mal hecha y una rebeca.

Está frente a Denton en la trona, dándole de comer. De espaldas a mí, sin girarse.

—Buenos días, Madison —anuncio mi presencia mientras me acerco a mi hijo para darle un beso en la cabeza—. Hola, pequeñín. —Él responde con un «papapapapa» y una de sus grandes sonrisas.

—Buenos días, Dorian —responde su madre sin girarse.

La observo unos instantes, de pie, frente a ellos. Y bajo la cabeza para sentarme a la mesa, servirme un café bien cargado, junto a un generoso trozo de bizcocho. Me lo llevo a la boca sin hambre, solo por hacer algo con las manos. Me trago también las ganas de levantarme y abrazarla.

—Tienes razón, Lara es la mejor cocinera del mundo —digo para romper la tensión—. Seguro que triunfaría en un restaurante propio. Pero prefiere trabajar para ti.

—Le pago muy bien.

Asiento. Doy un sorbo al café solo y su sabor amargo, el que siempre me alegra el paladar, me sabe a amargura real.

El silencio se instala entre nosotros. Denso.

Incómodo. Solo roto por los balbuceos de Denton, sus risas, sus juegos.

Madison no me mira en ningún momento. Se le tensan los hombros.

Tiene los músculos contraídos, sus movimientos son mecánicos, medidos.

Cuando termina de darle el desayuno al niño, lo saca de la trona y me lo trae.

—Tengo un par de cosas de trabajo de las que ocuparme —dice, distante—. ¿Puedes quedarte con Denton un rato? En un par de horas lo quiero llevar a la piscina. Le encanta el agua.

Me late la sangre en las manos cuando le cojo al niño y nuestros dedos se rozan. En los labios. En todo el cuerpo. Pero ella es ajena a mi anhelo. Se da la vuelta y se aleja por el pasillo. Sus pasos resuenan en la casa y se hacen eco en mi corazón derruido.

La mañana avanza despacio. Demasiado. Juego con Denton en el salón, sin dejar de observar la puerta, contando los minutos para el momento de la piscina.

Para encontrar el espacio perfecto donde hablar con ella a solas.

Reconquistarla o enfrentarme de una vez por todas al final de lo nuestro. Inevitable. Desgarrador.

Es domingo. No vendrá nadie a la casa. Es el día perfecto.

Cuando al fin aparece, lleva el bikini bajo un vestido de verano. El pelo recogido y los pies descalzos. No puedo apartar la mirada de ella mientras levanta a Denton y lo lleva al jardín. La temperatura es cálida, agradable.

Durante las dos horas siguientes Madison se mueve por el jardín, nerviosa, con Denton en brazos, a su lado, encima de ella… en cualquier lugar que se interponga entre nosotros. Habla lo justo conmigo, si me acerco, se aparta. Si la miro, desvía la vista. Si nos rozamos sin querer, se tensa.

Y yo… ¡Hostias! Yo estoy tan tenso como un hilo eléctrico.

Tiene ojeras. Como yo. Y una rabia contenida que se le escapa en cada gesto, en cada exhalación.

No hace falta que diga nada para entender cuánto le molesta que esté aquí.

Aprieto la mandíbula. Flexiono los dedos contra el muslo, intentando contenerme.

No soporto esta distancia. Clavo los dedos en la mesa.

Necesito que me mire. Que me hable. Que me diga algo.

Lo que sea. Pero esto no. No este vacío.

Las horas pasan y la tensión no baja. Se acumula. Se espesa. Se mete bajo la piel.

A las doce le prepara la comida a Denton y yo me quedo con él en el salón. Lo hago reír. Le limpio la cara. Le hablo como si todo estuviera bien. Y durante unos minutos, casi lo parece.

Cuando lo llevo a la cocina para sentarlo en la trona, Maddie me pide que me quede con él mientras se ducha.

Me gusta pasar un rato a solas con él, sin esa densidad en el aire.

Respiro con mayor facilidad, aunque solo es una tregua.

Le doy de comer, le hablo, disfruto el momento.

Y consigo un breve segundo de serenidad, la necesaria para volver a respirar, aunque dure poco.

—Voy a acostarlo —anuncia Madison, tras aparecer por la puerta.

Camina hasta él, lo abraza y se lo lleva sin girarse en ningún instante.

La observo con una sensación inquieta en el corazón.

Me bombardean imágenes de cómo podría ser si yo hubiera actuado diferente, de la familia que podríamos haber construido, de ella sonriendo en vez de con esa tirantez agarrotando sus músculos…

—Prepararé la comida —digo, señalando la nevera.

Elijo una lasaña de verduras, la pongo en el horno siguiendo las instrucciones escritas por Lara en una lista —que está pegada al frigorífico con un imán— y me dedico a poner la mesa.

Tanto las piernas como las manos tiemblan al ritmo de mis pulsaciones aceleradas.

Por la anticipación. Por los nervios de estar un rato con ella a solas.

Madison entra en la cocina unos minutos después, con pasos lentos, cortos e inquietos.

Rehúye mi mirada, como si mover sus ojos hacia mí fuera un atentado contra ella.

Mientras termino de preparar la ensalada y la llevo a la mesa, el silencio no es agradable, flota en el aire como una cuerda de alta tensión rota.

—A la lasaña le quedan todavía diez minutos —informo observando cómo ocupa una silla y sigue con su intención de ignorarme.

—Empecemos con la ensalada —sugiere.

Nos comportamos como si no nos conociéramos, como si fuéramos dos personas sin nada en común.

Suelto una larga bocanada de aire y me siento frente a ella a la mesa, con los nervios en pie de guerra, a punto de desatar una reacción en cadena.

Ella se limita a servirse una cantidad pequeñísima de ensalada.

Ni siquiera me dedica un asentimiento de cabeza.

Y el dolor se va transformando en rabia.

Me inflama, me destruye la contención, rompe en mil pedazos las cadenas que la sujetan desde que inicié la terapia.

¿Por qué sigue sin hablarme? ¿A qué jugamos?

Estoy cansado de esta situación, de su negatividad, de cómo me ha tratado durante la mañana, de su absoluta determinación a excluirme de su vida, a pesar de no pedirme que me vaya, de la conversación de anoche.

—Ya basta —suelto de pronto, con un tono exaltado. Eso capta su atención, por fin me mira, se fija en mí, me regala sus ojos cargados de tormento—. No podemos seguir así, Madison. —Doy un fuerte golpe con el puño cerrado sobre la mesa y ella baja de nuevo la vista—. ¡Se acabó, joder!

—Dijiste que dominabas tu ira… —susurra—. Y mírate… No puedo confiar en ti, Dorian. Nunca podré.

Se levanta con rapidez y corre otra vez a refugiarse en su habitación, como si solo pudiéremos recurrir a este bucle interminable. Vuelve a huir. Es su modus operandi , su forma de actuar ante las dificultades.

Lo hizo cuando estaba a punto de cumplir los dieciocho y acabamos pasando una noche inolvidable, hace unos años al descubrirme con Candy en mi apartamento, después de la boda, cuando Denton nació, al despertar de nuestro maravilloso rencuentro en la boda de mi madre…

Pone siempre tierra de por medio.