Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 34
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MADISON

Me levanto con rapidez, impulsada por la sensación de estar a punto de saltar al vacío. Para abrazarlo, besarlo, consolarlo. Me late el pulso desesperado y me tiembla todo.

Las lágrimas se me agolpan en los ojos, un temblor intenso me recorre y la maldita esperanza insiste. Pero no voy a hacerlo. No esta vez. ¿Cómo se me ha ocurrido ceder a la conversación? ¿Por qué no he mantenido las distancias?

Retiro los platos de la mesa, los llevo al fregadero y me aferro al borde unos segundos para ocultar mi reacción ante esa confesión tan cargada de señales, de todo lo que me empuja a volver a su lado.

Es Dorian. El mismo que me ha roto el corazón en mil pedazos muchas veces. «¿Y si de verdad ha cambiado?», susurra una voz en mi mente. Podría ser verdad. Quizá tenemos una oportunidad. Porque no puedo olvidarme de lo que hice. No sería justo.

Lo siento a mi espalda, casi tocándome. Es una presencia callada, a pocos centímetros. Me llega su aroma, su respiración acelerada, su calor. Se me eriza la piel.

—Siempre te querré —susurra junto a mi oído—.

Siempre, Madison. Te amo, te necesito, lo eres todo para mí.

Y te prometo no volver a herirte, pasarme la vida purgando mis pecados contigo.

—Se acerca todavía más, me roza, consigue hacerme arder, como si le bastara esa suave casi caricia para despertar mis más recónditos deseos—.

Dame otra oportunidad. Por favor. No puedo ni quiero vivir un segundo más sin ti.

Me abrazo con las manos todavía húmedas de remojar los platos.

El grifo sigue abierto, con el agua derramándose en el fregadero.

Mis ojos se llenan de lágrimas. La necesidad de tirar el cuerpo un milímetro hacia atrás para apoyarme en su torso es imperiosa, me agita, me empuja hacia la desesperación.

Pero si lo hago, después no habrá vuelta atrás, y ahora ya no solo se trata de nosotros dos, Denton entra en la ecuación.

No puedo permitirle que vuelva a romperme el corazón.

—Lo nuestro nunca sale bien —musito buscando fuerzas en la flaqueza—.

Desde que nos conocemos, jamás habíamos hablado de la existencia de mis abuelos, de cómo era el matrimonio de mis padres, de mi vida real.

—Con un dolor profundo en el alma, doy un paso hacia un lado para alejarme de él en vez de dejarme llevar por la avidez que me impulsa a sus labios.

Trago saliva con la garganta seca y me giro para enfrentar su mirada, a pesar de mis heridas abiertas, del deseo, de la necesidad.

Debo zanjar esto de una vez—. ¿Y sabes por qué no lo habíamos hecho?

—Aguanto un segundo la respiración y la suelto con un sollozo.

Él niega casi imperceptiblemente con la cabeza.

Sus ojos están cargados de una pena insondable, como si no pudiera soportar una negativa a su petición, como si estuviera a punto de quebrarse sin remedio—.

Porque no confiaba en ti. No podía hacerlo, me habías demostrado una y otra vez que no eras de fiar, y estaba tan perdida…

—Era un crío, Madison. —Hay derrota en su voz, arrepentimiento y una hebra de algo pesado, como si de verdad quisiera remendar las roturas de nuestras almas, como si hubiera cambiado—.

Lo hice todo mal. Y si pudiera dar marcha atrás, actuaría de otra manera.

Me equivoqué una y otra vez, porque me asustaba quererte.

Había visto cómo mi padre se aprovechaba de cuánto lo quería mi madre.

Viví un infierno. Y me convertí en un demonio porque estaba lleno de rabia.

—Levanta el brazo para acercarlo a mi mejilla, pero se detiene a pocos milímetros—.

Lo he entendido, ¿sabes? He luchado contra mis sentimientos, he jugado sucio contra mi corazón, lo he intentado todo, pero no puedo dejar de amarte, Madison.

Jamás lo lograré. Porque eres mi alma, sin ti está perdida.

Cada una de sus frases me toca de una manera mucho más real que esa mano suspendida a poca distancia de mi piel. Son como caricias cargadas de electricidad. Pero no puedo dejarme engañar de nuevo, no estoy preparada para volver a sufrir.

Cierro un segundo los ojos, con la imaginación forjando ideas locas y desesperadas.

Casi puedo sentir cómo sus dedos surcan el espacio que los aleja de mi mejilla, cómo se deslizan por ella hasta llegar a mis labios, cómo me tocan.

Cuando abro los párpados y lo enfrento, sus lágrimas son muy reales, iguales a las mías. Y su mano sigue sin avanzar.

—Yo también me equivoqué, Dorian —admito—.

Nunca te conté mi verdad, te oculté quién era, te mentí, te mantuve a mi lado con falsedades acerca de una vida que no tenía.

Me daba miedo tu reacción y no podía arriesgarme a que le dieras alguna pista a Albert acerca de cómo destruirme.

Porque si te hubiera hecho daño, jamás habría podido rehacerme.

Gime, con un dolor que me alcanza.

—No volveré a ser ese hombre, Maddie. Nunca más.

—Nuestro amor destruye, lo sabes tan bien como yo.

—Le acaricio el pómulo con la mano temblorosa—.

Has estado ahí cada vez. —Me lleno de un valor que no acabo de encontrar del todo, aprieto mis dedos contra la tela de mi vaquero y lo miro—.

No podemos continuar por este camino, Dorian, ya no.

Arriesgarnos no es viable. Denton no lo soportaría. Y él siempre será lo primero.

Se derrumba del todo. Su mirada se humedece, su expresión se vuelve una máscara del mayor sufrimiento existente, sus músculos se llenan de heridas, su cuerpo se hunde. Y por primera vez en mi vida lo veo llorar con sentimiento, como si acabara de romperlo de forma irreparable.

Me doy la vuelta para caminar hacia la puerta. Necesito escapar. Cada paso pesa, como si mis pies estuvieran llenos de plomo. Cada una de las fibras de mi corazón se quiebra, cómo se abren grietas cada vez más profundas en mi alma.

—Madison, no te vayas —suplica sin moverse—. Por favor.

No me giro, no me detengo, no me permito ceder a mi amor por él, ni a esas palabras ni a su tono suplicante y cargado de padecimiento extremo. Si cedo, entraremos de nuevo en ese bucle interminable de dolor y felicidad.

—Madison —musita en un ruego desgarrador—. Por favor.

Aferro el tirador con fuerza, hasta que los nudillos se me tensan, lo bajo con una respiración jadeante, abro la puerta sin soltar la manija, con muchísima dificultad por la lucha encarnizada que se está librando en mi interior y doy los tres pasos más devastadores de mi historia, cada uno de ellos me desencadena sacudidas en el corazón, pero no me detengo.

Una vez en el interior de mi cuarto, me giro un segundo para empujar la puerta y cerrarla.

Lo hago ante su mirada, su desolación, su súplica…

Cuando lo he logrado, me doy la vuelta, me apoyo en la madera y me deslizo hasta quedar sentada en el suelo, con las manos sobre la cara, deshaciéndome en el llanto.

—La primera vez que te vi fue como si mi mundo entero explotara en llamas.

—Su voz traspasa la madera y me acaricia como si fueran sus manos—.

Me dejaste sin palabras, me desestabilizaste, te cargaste de un plumazo la idea que me había forjado de ti.

—Evoco ese instante y mi llanto arrecia—.

Estaba tan lleno de dolor, Madison, tan perdido.

Lo he estado mucho tiempo, quizá demasiado.

Mi padre no solo me golpeó con los puños y con su retorcida manera de humillarme.

Lo peor, lo que he descubierto al internarme en la realidad del pasado, es cómo mancilló mi autoestima, mi capacidad de amar, de darme a los demás, de creer en la felicidad. En el amor. Lo destruyó.

Atisbo su alma a través de sus palabras. Y esta vez siento que me habla de verdad, sin rencor, odio ni miedo. Es un indicio claro de su aceptación de la situación, como si de verdad estuviera superando todos esos traumas que lo han convertido en un machete para mi corazón durante años.

Quizá por eso le contesto con recuerdos, con sentimientos en la punta de le lengua, con confesiones. Quizá lo necesito. Quizá compartirlos con él me ayuda a sanarlos.

—Pasé tanto miedo cuando mi tío entró en casa con esa pistola…

Solo tenía diez años, mi vida era perfecta.

Tenía unos padres que me adoraban, un hermano mayor con quien discutir y reír, un abuelo cariñoso…

y, de un momento a otro, todo desapareció.

—Mi mente se traslada a ese instante, se llena de ese temblor que me sobrevino, de la sensación de estar viviendo dentro de una película de terror—.

Y entonces mi abuelo se lanzó sobre mí para protegerme, y al día siguiente me desperté en el hospital.

—Cierro los párpados con fuerza y me enfrento a mi mayor herida—.

¿Por qué me salvo a mí y no a Howard? ¿O a mi madre?

Esas preguntas me han atormentado desde entonces.

La respuesta no es demasiado alentadora, ¿sabes?

La razón es tan simple…, yo estaba cerca de él, lo suficiente para dar su vida por la mía.

Pero no me lo merecía. Si supieras cuantas veces deseé estar muerta…

Algo en mi interior me empuja a compartir con él partes de mí que quizá nunca cicatricen del todo.

—Recibía golpes para evitar que Ernesto o mi madre fueran su saco de boxeo —explica él de vuelta, como si acabaremos de abrir la caja de los horrores y cada uno revelara los suyos en cada intervención—.

Me enfrentaba a él, me hacía el duro; empecé a machacarme en el gimnasio antes de lo prudente, dejé que mi monitora del curso de verano me sedujera cuando tenía trece años, me convertí en una máquina a la hora de lanzar mis sentimientos a la papelera.

Pero estaban ahí. A pesar de mi forma de encararme con mi padre y de mi decisión absoluta de plantarle cara, no era más que un niño asustado.

Crecí con la única obsesión de demostrarle que se equivocaba cuando me pintaba como un fracasado, que podía lograr cuanto me propusiera.

Confesión por confesión. Dolor por dolor. Rotura por rotura. Es como si acabáramos de iniciar un intercambio de recuerdos que han dejado su huella en nuestras almas. Y, por extraño que parezca, está consiguiendo rebajar mi angustia.

—Yo tuve la culpa de que ese coche explotara.

—Le doy voz a mi peor tormento, a ese que me persigue desde hace una eternidad—.

Si no me hubiera negado a casarme con Carl y le hubiera dado todo cuanto deseaba a Albert, mi padre, Simon y Garrett estarían vivos…

Nunca me lo perdonaré. Fui una inconsciente, no valoré la rabia de mi tío, ni su temple ni su capacidad para arrasarme con su bajeza.

—Mi peor error fue marcharme a New York el día de mi dieciocho cumpleaños.

Te herí a ti y eso me destrozó, pero mi madre y Ernesto tampoco se merecían ese desprecio después de haberme pasado la vida lleno de ira hacia ellos.

—Otra confidencia suya que me parte en mil pedazos—.

Los había protegido a cambio de tratarlos mal.

Mi padre era un capullo conmigo, pero yo tomé las decisiones.

Fueron mis actos deliberados los que me convirtieron en alguien despreciable, demasiado parecido a él.

—Se le quiebra la voz y necesita unos segundos para volver a hablar—.

Me odiaba a mí mismo, me había creído todo cuanto ese cabrón me decía, me sentía un mierda, alguien incapaz de ser lo que él esperaba.

Pero ahora me doy cuenta de que nunca habría cumplido sus expectativas porque está enfermo, es una persona tóxica, amargada, maleada por un corazón oscuro. Y me convirtió en su reflejo.

Bajo las piernas, las estiro en el suelo, alargo la cabeza y la apoyo en la madera con un largo suspiro mientras me limpio las lágrimas con las yemas de los dedos. Es la primera vez desde que nos conocemos que se abre por completo a mí.

—No conozco a los padres de mi padre —expongo para contener mis deseos de abalanzarme sobre él.

Si sigo enumerando mis secretos más oscuros, venceré mi anhelo—.

Nunca les ha interesado hablar conmigo, saber quién soy, qué es de mi vida.

Cuando mi padre voló por los aires no vinieron al entierro, ni siquiera contestaron al teléfono.

Y los llamé. Como había hecho él mil veces.

—Suspiro con nostalgia—. Duele. Me cuesta mucho comprender cómo alguien puede renegar así de su hijo y de su nieta, incluso cuando más los necesita.

Mi padre intentó darles dinero muchísimas veces, ayudarlos a salir de la droga, ofrecerles algo de dignidad, pero ellos se negaron en rotundo.

No pretendían dejar su vida, no se arrepentían de no querernos, no tenían ninguna intención de redimirse ni de permitir que la fama de mi padre les cambiara la vida.

Escucho unos ruidos muy suaves al otro lado de la puerta, como si Dorian estuviera poniéndose de pie. El silencio de la noche me permite tener una acústica perfecta de su respiración agitada.

Un toque casi imperceptible en la madera, acompañado de un jadeo, me muestra en mi imaginación su mano plana pegada a la puerta, suplicando por sentir mi tacto en ella. Y yo coloco la mía en la misma posición, con los sentimientos burbujeando en mi interior.

—Abre la puerta, Madison —ruega.

Los recuerdos se enredan en mi memoria, me traen otro momento de nuestras vidas, cuando Dorian también me suplicaba que le permitiera acceder a mi dormitorio, a mi alma, a mi corazón.

A mi cama.

—No puedo hacerlo. —Si cedo, estaré perdida. Y no quiero volver ahí, al lugar donde he acabado cada vez que he bajado mis defensas con él.

—Por favor… —Suena tan hundido que mi corazón se hace pedazos—. Te echo de menos. Te quiero, te necesito.

—Ya te olvidé —musito con las palabras atragantándose en mi boca debido a las lágrimas—. ¿Recuerdas?

—Recuerdo que siempre te querré.

—¿Y que nunca te perdonaré?

Todos esos mensajes que él me escribía hace mucho tiempo regresan. ¿Cómo hemos podido cambiar tanto? ¿Cómo hemos sido capaces de hacernos tantísimo daño? ¿Dónde quedó ese chico que siempre me pegaba los carteles en la puerta, con ese «Recuerda…» seguido de una frase mágica.

Cierro los ojos con fuerza y me obligo a aferrarme a la última nota, a esa invitación de boda en la parte de atrás el día en el que creamos a Denton. Y sé que no puedo seguir con esto, ni fiarme de él.

—Buenas noches, Dorian.

Me aparto de la puerta para meterme en el baño, distanciarme de él, de la tentación, de la manija que me llama en la distancia.