Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 33
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DORIAN

Los nervios son mi moneda de cambio a todas horas. Me siento como un pollo sin cabeza correteando alrededor de Denton y Madison.

Hace dos meses y medio me desperté en la casa del bosque tras una de las mejores noches de mi vida.

Sentía que al fin había recuperado la esperanza, que podíamos superarlo todo.

Pero cuando abrí los ojos y descubrí su huida, fue como un déjà vu de la primera vez.

No había notas pegadas en la puerta ni pistas acerca de su paradero, solo una ausencia asfixiante.

Rocé el poste, estuve a punto de estallar como en mil ocasiones anteriores.

Grité, estampé mi puño contra el colchón, incluso lloré.

Sin embargo, al cabo de unos minutos, domé esa fuerza de la naturaleza que me invadía en forma de cólera y me senté en la cama para rendirme al dolor.

No quería vengarme, ni hacerla sufrir ni destrozarla. Solo volver a ser parte de su vida.

Han pasado apenas tres horas desde mi llegada y Madison está irascible, sin deseos de hablar, y mostrando su incomodad ante mi presencia. Contesta con monosílabos a mis intentos de iniciar una conversación y se dedica a estar cerca de Denton para amortiguar mis posibilidades.

Son las seis de la tarde.

Entre los dos metemos al niño en la bañera y disfrutamos de esos momentos perfectos. El niño chapotea, disfruta y nos habla a su manera, como si esta reunión familiar improvisada fuera algo totalmente natural.

Media hora después observo cómo le da de cenar desde una silla, frente a la mesa de la cocina, acompañado por un refresco. Es como presenciar una película en la que deseo ser uno de los protagonistas.

¿Cómo lograré que Maddie me perdone y vuelva a aceptarme en su vida?

Mi hijo se ríe con algunas de las carantoñas de su madre.

Es un niño despierto, feliz, cariñoso y muy expresivo.

Se toma el plato con ganas, como de costumbre, y no desperdicia ni un trocito del plátano que termina de saciarlo.

Mientras mastica, juega con su madre o me lanza miradas divertida balbuceando «papapapapa», mi mundo entero se concentra en ellos dos.

—¿Quieres acostarlo tú? —pregunta Madison cuando Denton se termina la fruta. Su tono parece más sosegado, como si el ratito con el niño la hubiera calmado—. Calentaré algo de cena para nosotros.

Asiento con una grandísima sonrisa.

Me levanto para acercarme a ellos, tomo a mi hijo en brazos y me encamino a la primera planta con la sensación de estar a punto de emprender el camino correcto.

Denton no tarda demasiado en caer preso del sueño. Le doy un beso en su cabecita preciosa, lo arropo en la cuna, enciendo el intercomunicador de encima de la mesilla y entrecierro la puerta para regresar a la cocina con Madison.

Estoy alterado.

Bueno, joder, esa palabra se queda cortísima. Mi corazón va por libre, compitiendo en un sprint a lo loco. La respiración se ha vuelto frenética, parece como el rotor de un helicóptero, lanza zumbidos.

«En serio, Dorian, ¡deja de comportarte como un gilipollas!».

Me lo digo varias veces, deslizo mis manos sudorosas por el vaquero, inspiro con profundidad por la nariz y suelto el aire muy despacio por la boca, pero nada funciona, sigo al borde de un ataque de nervios.

Al acercarme a la cocina escucho música rap.

Una riada de imágenes se desencadena en mi mente, llevándome atrás en el tiempo, a esa primera época en la que nos conocimos, cuando mi madre trabajaba en los cursos de verano, Ernesto estaba con ella en la escuela y Ashley y yo nos permitíamos una tregua a la hora de compartir la comida.

Entonces era Ash, mi Ash, mi mundo entero. Pero todavía no lo sabía.

Entro en la cocina con los sentimientos muy trastornados, punzantes, como si quisieran amotinarse.

Ha puesto la mesa. Un mantel floreado, los platos, los vasos, los cubiertos, unas copas de vino…

Está de espaldas a mí, ocupada con una olla, mezclando con la cuchara su contenido.

Lleva un delantal anudado atrás, justo en la cadera, donde confluyen su jersey ceñido y la cinturilla de los vaqueros.

El pelo forma un amasijo de cabellos mal recogidos con una goma sobre la nuca, y se le escapan varios mechones.

Me quedo un instante observando sus movimientos, cómo su cuerpo danza un poco al ritmo de la música mientras sus labios tararean la canción.

—Huele de maravilla —digo para anunciar mi presencia. Ella da un respingo, se tensa y deja de canturrear de repente, como si mi voz la inquietara—. ¿Lo has hecho tú?

En el pasado lo máximo que compartíamos a la hora del almuerzo eran sándwiches.

Durante un tiempo había imaginado que era mi madre quien los preparaba, pero un día descubrí que eran cosa de Madison.

Mis labios se arquean hacia arriba al evocar ese mediodía, nuestra conversación, cómo su compañía me alteraba y me hacía cometer imprudencias.

Y entonces comprendo cómo debo actuar para ganarme de nuevo su confianza. Es como un fogonazo de sabiduría.

—Lara es la cocinera de esta casa —explica sin girarse—.

Y es de las buenas. Nos ha preparado un guiso de pescado muy típico de aquí, está para chuparse los dedos.

Y ni te digo del bizcocho casero que nos espera en la despensa para el desayuno.

Estoy deseando que sea mañana para darle un buen bocado.

Avanzo hacia el frigorífico, saco un par de refrescos y el vino blanco que ha puesto a enfriar. No necesito sus indicaciones para servir las copas, ni para probarlo ni para acercarme a ella para ser el encargado de llevar la olla humeante hasta el salvamanteles de encima de la mesa.

Se pasa las manos por el delantal, le sopla a un par de mechones que le tapan los ojos, intenta quitárselos con la muñeca y termina rindiéndose.

Dejo la olla, alargo la mano y lo hago yo, los separo de su piel, los alejo, los coloco fuera de su mirada, y mi cuerpo arde. El suyo parece seguirme a la zaga porque sus pupilas se dilatan y su boca emite un suave suspiro, como si quisiera darle voz a la densidad que nos envuelve.

Una vez ha dejado el delantal doblado sobre la encimera, se limpia las manos bajo el grifo del fregadero y se sienta frente a mí, pero apartando la mirada, con prudencia, como si temiera acercarse demasiado.

Sus dedos temblorosos recorren la distancia hasta su copa de vino, la agarran y le da un buen sorbo para liberarse de algo de tensión.

—¿Lara lleva mucho tiempo trabajando para ti? —Busco un tema de conversación lo más alejado posible de lo nuestro.

Ella sirve el guiso en los platos y me dedica una sonrisa tensa.

—Mi padre los contrató cuando reformó la casa.

A ella y a su marido, Joaquín —explica con la voz todavía presa de la inquietud—.

Quería darle una sorpresa a mi madre, así que compró el hotel donde habían pasado una parte preciosa de su luna de miel, lo redecoró, lo convirtió en una vivienda alucinante y se quedó con el matrimonio que lo llevaba entonces.

Eran jóvenes, inexpertos en temas de finanzas, pero muy buenos en su trabajo.

Creo que el acuerdo fue perfecto para todas las partes implicadas.

—Supongo que a tu madre le entusiasmó la sorpresa.

Degusto un poquito de pescado y se derrite en mi boca. Cuando mis ojos la descubren veo cómo se desfigura a marchas forzadas, cómo su expresión se tiñe de dolor. Y me doy una colleja mental por ser tan estúpido, sin saberlo acabo de tocar un tema peliagudo.

—Nunca llegó a verla —explica dándole un sorbo al vino—.

Mi tío se lo impidió. —Cierra un segundo los ojos en un gesto bastante triste, pero enseguida los abre y busca una forma de sobreponerse—.

Le hubiera encantado, ¿sabes? Era muy sencilla en gustos, no tenía nada que ver con Albert ni con las mujeres sofisticadas de la alta sociedad de Dallas.

Por eso se enamoró de alguien como mi padre. Y fueron muy felices juntos.

—Conozco muy por encima la historia de Denton Gardner, el hombre. Aunque del jugador sé un montón.

Consigo una sonrisa de verdad, una llena de esa necesidad que me cosquillea en la piel, del brillo ilusionado de mi mirada.

Estar aquí con ella, sin gritos ni reproches, es como un sueño hecho realidad.

Aprieto muy fuerte el puño sobre el mantel para no alargar el brazo y cogerle la mano, acariciarle la palma, sentir su tacto.

Y me obligo a mirar hacia la comida para no varar mis pupilas encendidas en sus labios.

—Mi padre no estaba de acuerdo con la estrategia de su representante —explica con una sonrisa muy tensa, como si ella también luchara contra el deseo que nos envuelve.

Y, por fin, se deja de contenciones para abrirse conmigo.

Quizá la idea del confinamiento la haya predispuesto a cambiar de actitud porque ya no me evita como hasta ahora—.

Él no se avergonzaba de sus orígenes ni de cómo le costó llegar a la cima.

Era una persona fuera de lo común, adoraba a mi madre, jamás dejó de recordarla, incluso aprendió a llevar la empresa solo para mantener a salvo su legado. Y murió por ello.

Se le apaga un poco la voz. Agarra la copa de vino, le da otro sorbo con lentitud, la baja y sus ojos me buscan.

Durante unos instantes nos quedamos enganchados por unas pupilas dilatadas por el anhelo, hasta que ella exhala muy despacio, casi como si la electricidad que crepita entre los dos hubiera descargado un chispazo en su cuerpo.

Mueve sus ojos hasta la lejanía, y necesito refrenarme para no lanzarme a devorar esos labios donde todavía queda una pequeña gotita de vino.

—Denton Gardner, el verdadero, el que nunca salió en los medios, nació en un hogar destrozado de Brownsville, uno de los barrios más peligrosos y pobres de La Gran Manzana.

Mis abuelos eran adictos, malvivían, lo maltrataban y nunca le dieron demasiado cariño.

¿Y sabes cómo sobrevivió? —Esa descripción de mi ídolo me parte en dos.

Me es desconocida, como a la mayoría de los mortales—.

Gracias al fútbol y a sus dos grandes amigos: Simon y Garrett.

Los tres crecieron juntos en esas calles, se apoyaron, se rehicieron un montón de veces, se convirtieron en hermanos y no pararon hasta lograr sus sueños.

—No entiendo por qué lo mantuvieron en secreto.

Aprieta fuerte los labios, como si calibrara la respuesta, como si en ella se escondiera un dolor sordo en el corazón y no estuviera segura de si puede confiar en mí.

Es entonces cuando cedo a mis reticencias para colocar mi mano sobre la suya.

Ambos dejamos escapar el aire de forma audible, como si la descarga de unir nuestras manos acabara de chispear en el aire.

Sus ojos muestran una decisión, un propósito, una firme determinación a hablarme con franqueza.

Y los míos desprenden amor, anhelo, necesidad.

—Al principio fue cosa de su representante.

—Su expresión se vuelve una mezcla entre la melancolía, la pena y el deseo—.

Simon se había alistado, Garrett estaba conquistando la NASCAR y él había conseguido entrar en los Dallas Cowboys venido de la nada, estaba a merced de ese hombre y lo escuchó.

Después, cuando conoció a mi madre y lo suyo fue el bombazo de la temporada, decidió no dar más carnaza a la prensa.

Y el tiempo pasó, él seguía en la cima, mi madre era una reputada empresaria, eran felices, ¿qué necesidad había de contar al mundo sus orígenes?

Así que mis padres fundaron un programa de becas en Reynolds Oil para personas como él, colaboraron con muchas organizaciones benéficas que trataban con chicos desfavorecidos y se prepararon para contarlo cuando fuera el momento.

—Pero nunca llegó…

Vuelve a velar su mirada, con ansiedad. Suspira, aprieta un poquito el mantel con la mano que hay bajo la mía y asiente de una manera casi imperceptible.

—Mis abuelos todavía viven —anuncia—. Los paternos. En el mismo barrio, en la misma casa, en las mismas condiciones. Pero viven. Y si Albert se hubiera enterado, si alguna vez hubiera imaginado que había algo con lo que comerciar con mi padre, no habría reparado a la hora de usarlo.

No hace falta más información por su parte, comprendo la situación, cómo se sintió Denton Gardner, hasta dónde cedió para proteger a personas que no lo habían tratado bien, pero, aun así, eran de su familia.

—Fui a visitarlo a la cárcel —susurro—. A mi padre.

—Ella abre los ojos con sorpresa y luego sus labios se arquean hacia arriba con una ternura infinita—.

Fue horrible y liberador a la vez —admito—.

Charles, mi psicólogo, me sugirió la idea, y lo escuché, porque si algo he aprendido en este año y pico de terapia, es que para vencer los traumas hay que enfrentarlos.

— Me deshago como puedo de la ansiedad y sigo adelante con la confesión—.

Verlo fue tan diferente a cómo me lo imaginaba…

Está cambiado, más fuerte y a la vez más agresivo.

Tenía una mirada cargada de odio, su forma de hablarme era la de siempre, con rabia y rencor, y esa mordacidad…

Fue como si de repente me diera cuenta de la verdad, esa que nunca había imaginado.

Y mi padre ya no me produjo furia ni dolor, solo sentí pena por él.

—Le aprieto la mano con un subidón de emoción—.

Lo entendí, Madison. Comprendí que ya no podía herirme porque era una persona enferma que solo buscaba hacerme daño para sentirse mejor con él mismo, un fracasado con deseos de hundir a los demás en su misma mierda.

¿Y sabes qué es lo mejor? —Ella niega con la cabeza, con lágrimas en los ojos—.

Esa visita me ayudó a entender qué clase de padre y pareja quiero ser, a percatarme de la raíz de mi comportamiento, de esos deseos de venganza.

Y supe que había sido una gran equivocación porque si he llegado hasta aquí, no ha sido para demostrarle al desgraciado de mi padre hasta dónde puedo llegar, sino por mí, por mi futuro, por cumplir mis sueños.