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MADISON
Acabo de llegar a Mallorca. Cuando Dorian fue elegido en primera ronda del draft por los Dallas Cowboys, lo vi en directo y cuatro días después me vine aquí. A la tranquilidad de la isla, decidida a pasar como mínimo un mes apartada de todo junto a Denton.
No podía quedarme ni un segundo más en Dallas cerca de él, con la tentación constante de aceptar sus llamadas, de ceder a la pasión que lleva dos meses y medio invadiendo mis sueños y mis pensamientos conscientes, desde que desperté entre sus brazos y hui sin mirar atrás.
Ni siquiera le dejé una nota. Tan solo me subí al jet y después ignoré sus intentos de contactar conmigo mientras lo dejaba todo listo para escapar.
Sondra insiste en mi necesidad de cambiar de estrategia, de mirar a la cara la realidad, de hablar con él, de darle la potestad a lo nuestro de terminar o de seguir. Pero es tan difícil hacerlo…
Entre la prensa y el equipo, supongo que no ha tenido ni un respiro.
Su nombre no ha dejado de sonar en todos lados, los medios nos han puesto en el punto de mira. El hecho de que yo sea la dueña de los Cowboys y la madre de su hijo es mediático.
Soy una cobarde, en vez de quedarme en Dallas para echarle huevos al asunto, he dejado mi móvil en la mansión Reynolds y me he instalado en Mallorca para apartarme de él.
Pero estar aquí me recuerda a otro instante del pasado, a ese día de tormenta en el que nuestro niño vio la luz, a su presencia a mi lado, a sus brazos fuetes envolviéndome, a su olor, a su voz, a su ternura.
Es como si no pudiera borrarlo nunca de mi mente.
Mi intención es no salir demasiado de la casa.
Es grande, tiene jardín, piscina, de todo para el niño; espacio para correr y juguetear, un gimnasio muy equipado para mi entreno diario, incluso cuenta con un pequeño garaje para preparar mi Mustang, ese que compré hace un par de años y me gusta arreglar.
Antes solía conducirlo por las carreteras de la isla a una velocidad de vértigo, o me acercaba a un circuito que no hay lejos de aquí, pero ahora tengo a Denton y ya nada es igual porque poner mi vida en peligro no es prudente.
No nos va a faltar de nada.
Lara y Joaquín se han ocupado de llenarme la despensa y de dejarlo todo listo para mi llegada.
Como siempre que me instalo aquí, ella va a venir a diario a ocuparse de la limpieza, de la cocina, de la compra y de Denton mientras yo trabajo en remoto.
Él la acompañará un par de veces a la semana para el mantenimiento del jardín, de la piscina y de comprobar la buena marcha de todo en el interior.
No necesito moverme demasiado. Y a principios de mayo hace un tiempo buenísimo, así que mis planes son pasarme todas las horas posibles al aire libre.
La calefacción caldeaba el ambiente esta mañana, cuando el chófer que había contratado desde Dallas nos ha acompañado al interior de la casa con el equipaje.
Joaquín la había dejado encendida para recibirnos como tocaba.
Las horas posteriores las he dedicado a deshacer la maleta, a preparar una comida ligera, a hacer un buen fuego en la chimenea y a sentarme en el sofá con el portátil en el regazo, dispuesta a trabajar un poco mientras Denton se echa la siesta.
Pero no soy capaz de quitarme a Dorian de la cabeza, y menos en este lugar.
Las lágrimas aparecen de repente. Fuertes, rebeldes, imposibles de detener. Llevaba mucho tiempo sin rendirme a los recuerdos, pero ahora me doy cuenta de que venir aquí ha sido un error garrafal. Al planearlo solo pensaba en aplastar mis sentimientos, y Mallorca siempre me ha traído paz.
Pero ahora lo veo tan distinto…
Porque no puedo aplazar mi decisión eternamente. Ni tampoco van a servir de nada unos días más alejada. Tarde o temprano me daré de bruces con la realidad.
Lucho contra toda esa maraña de emociones que me remueven por dentro, sin ningún éxito.
Estoy dolida, asustada, tocada y hundida.
Esas han sido las razones de mi ceguera, y ahora ha llegado el momento de salir a flote, de darle una oportunidad real a mi corazón para remendarse, para sanar, para cerrar las heridas sangrantes.
Aunque recordar a Dorian sigue siendo espinoso y muy doloroso.
El miedo continúa presidiendo mis pensamientos; la posibilidad de perdonarlo se me escurre de los dedos en algunos instantes, pero, a la vez, se presenta como factible en muchos otros, al evocar nuestros encuentros de este último año, donde sus cambios han sido tan evidentes…
Negar sus progresos y su nueva madurez sería aferrarse a una mentira.
Regreso con la mente al día de San Valentín, a esa noche, a nuestros cuerpos unidos.
Me paso un dedo por los labios, con un cosquilleo inusual en ellos.
Es como si tuvieran memoria y acabaran de recuperar el tacto de Dorian, su sabor, incluso su aroma.
Gimo. De necesidad, de rabia conmigo misma, de anhelo.
Ojalá pudiera olvidar lo malo y aferrarme solo a la posibilidad de confiar en él.
Borrarlo todo. Como durante esas horas en las que me entregué a él atacada por una locura transitoria.
Escucho el motor de un coche acercándose.
Miro el reloj, solo es la una de la tarde, Lara no tiene que venir hasta mañana….
¿Quizás es Joaquín trayendo algo más de leña?
Le doy un vistazo a las imágenes proyectadas por las cámaras exteriores en el portátil y veo un Nissan Qashqai negro, claramente de alquiler, llegando a la verja de entrada.
No puede ser Joaquín…
El conductor baja la ventanilla, gira la cara hacia la cámara, se levanta las gafas de sol y acerca el brazo al interfono para posar su dedo en él.
Me quedo sin aire. Es Dorian.
A pesar de estar viéndolo en directo, pego un bote en el sofá cuando escucho el sonido reverberar por el recibidor. Mi corazón se acelera, la respiración se descontrola y la inmovilidad me apresa.
¿Qué hago?
He venido aquí con la intención de alejarme de él…
El timbre vuelve a sonar, insistente, como si me reclamara una reacción. Permanezco quieta unos segundos más, hasta la tercera vez que Dorian lo intenta. Entonces me sobreviene una oleada de rabia. ¿Qué ha venido a hacer aquí? ¿Cómo se atreve? ¿Qué quiere?
Me levanto del sofá, camino con pasos largos, potentes, raudos hacia el recibidor, contesto al interfono y lo fulmino con la mirada en la pantalla, a pesar de que él no puede verme.
—Lárgate —bramo—. No sé de qué vas apareciendo aquí.
—Abre la puerta, Madison —susurra—. Es importante que hablemos de una vez. Ambos lo sabemos. Así que déjame pasar.
—No. —Me mantengo terca, aunque las lágrimas corren por mis mejillas.
—Estoy dispuesto a pasar página si de verdad es lo que quieres.
—Su tono derrotado me llega al alma—. He volado hasta aquí para solucionarlo de verdad.
Para bien o para mal. Porque hasta tú has de reconocer que no podemos seguir así.
Lo sabes tan bien como yo. Solo nos hacemos daño con esta actitud, y ambos nos merecemos liberarnos de tanta mierda, así que abre la puerta y dame la oportunidad de hablar contigo y de encontrar un equilibrio entre nosotros.
Prometo no volver a incordiarte si así lo decidimos.
Pero dejemos ya de comportarnos como niños y afrontemos la situación como los adultos en los que nos hemos convertido.
Esta vez sus palabras calan muy dentro de mi corazón, lo impulsan a palpitar todavía más rápido, me indican que no puedo quitarle la razón en una parte importante de su discurso: la falta de comunicación real entre nosotros, ese rencor perene en mi interior, mi oposición frontal a verlo o hablar con él para cerrar las cosas de verdad no ayuda a dejarlo todo atrás.
Cuando nos despedimos en el hospital, tras el nacimiento de Denton, pensaba que ya estaba todo dicho, que había sido un cierre, pero ese arranque final de Dorian, su manera de irse, sus amenazas no cumplidas y mi necesidad de que volviera para oponerse con vehemencia a mi decisión, fueron el detonante para no cicatrizar ninguna herida.
Eso y mi forma de ignorar mis sentimientos en cada una de nuestras posteriores interacciones, mi obsesión por huir para no enfrentarme al pasado, por mantenerlo tan lejos de mí a pesar de mis deseos de acercarlo.
Y mucho menos nuestra última noche de pasión.
Suelto un enorme suspiro y poso mi dedo en el botón para abrir la verja exterior. Debo dejarlo pasar, resolver esto de una vez, en eso Sondra tiene razón, ya es hora de colocar las cartas sobre la mesa y encontrar una armonía entre nosotros que no nos afecte ni alcance a Denton.
Me acerco a la puerta de entrada, la abro y lo espero con el corazón a punto de entrar en una fibrilación demasiado acelerada como para no ahogarme.
Veo su suv avanzar por la senda asfaltada entre el exuberante jardín.
El sol de la tarde incide en el parabrisas delantero, por eso no puedo atisbar su rostro, su expresión, su mirada.
Pero no lo necesito para ponerme a temblar por la anticipación, como si el traidor de mi cuerpo reaccionara a su presencia con una clara advertencia de mi grado de avidez.
Aparca al lado de mi utilitario, se apea y mi corazón se salta cuatro latidos.
Hay una fogata incendiando mi piel, cosquillea con una necesidad codiciosa.
Su cuerpo atlético, cubierto por unos vaqueros, una camiseta ceñida de un grupo de rap y una cazadora de cuero abierta encima, es como un reclamo para el mío.
Lleva gafas de sol, unas metálicas, y su pelo está un poco alborotado, como si no se lo hubiera peinado al salir de la ducha.
A pesar de ellas, siento su mirada en mí al vislumbrar una sonrisa perfecta en sus labios.
Y requiero de una brutal fuerza de voluntad para mantenerme firme en vez de correr a sus brazos.
En vez de ceder a mis impulsos, me quedo quieta frente a la puerta; observo cómo abre el maletero, saca la bolsa de su interior, se la cuelga al hombro y camina hacia mí sin perder la sonrisa, ni esa expresión de esperanza que me atraviesa el corazón y lo hace bombear al triple de velocidad.
—Te fuiste sin decir adiós —explica al pararse frente a mí y quitarse las gafas de sol para ofrecerme una mirada cálida y un poco turbada por el deseo.
Me tiemblan los labios, cosquillean por el recuerdo de nuestra última noche, y la tensión sexual que crepita entre los dos se hace tupida, compacta, firme en el ambiente—.
Y nada me impedirá estar a tu lado y al de Denton.
—Tu presencia en esta casa no es bienvenida —suelto con rabia.
Sus palabras me han despertado un ansia tal que debo mostrar mi total desacuerdo con las reacciones de mi cuerpo.
—Los dos sabemos que no puedes seguir huyendo.
—Sin esperar a mi invitación, se adentra en la casa y empieza a subir las escaleras.
Lo sigo a corta distancia—. Ya basta de tonterías, Madison.
—Se detiene un segundo, se da la vuelta y me mira con intensidad—.
Seguir esquivando la realidad nunca es la solución, debemos afrontarla.
Vuelve a posar sus pies en los peldaños hasta llegar al primer piso.
Es como si su intención estuviera tan clara que nada fuera a convencerlo de lo contrario.
Se detiene frente a la puerta de mi habitación.
Al mirarme con un brillo de contención en sus pupilas dilatadas, suelto una bocanada de aire muy pesado, cargado de esa tensión que invade la atmósfera entre los dos.
—¿Dónde voy a dormir? —inquiere, domando su voz para sonar lo menos afectado posible.
Hay una coletilla flotando en su expresión, una donde solo quiere mostrar su ruego por entrar en mi cuarto para compartir la cama conmigo.
Y, por mucho empeño que ponga en no ver la realidad, no es solo sexo lo que llena de esperanzas su mirada, es algo más profundo, más allá de la parte física, incluso de la espiritual.
Porque sus ojos hablan de amor, de arrepentimiento, de determinación a hacer las cosas bien.
—Ahí. —Señalo la puerta más alejada de la mía, sin ser capaz de dar ni un solo paso.
Cruzo los brazos bajo los pechos para espantar la corriente abrasadora que acaba de poner erectos mis pezones.
Con la barbilla le indico otra de las habitaciones—.
En esta duerme Denton, justo enfrente de la mía, para escucharlo por la noche.
La voz me sale ronca, apenas atino a la lógica de mis palabras, me he quedado prendada de él. Pero debo reaccionar, aparcar el anhelo por dar tres pasos y fundirme con sus labios, esos que mis ojos ahora devoran contra mis órdenes.
Suelto una firme exhalación, vacío mis pulmones de aire y me obligo a desviar la vista hacia otro lugar. Besarlo no condujo a nada positivo la última vez, solo me produjo más confusión. He de ser fuerte.
Dorian parece leer entre líneas porque no tarda ni dos segundos en darse la vuelta y avanzar hacia la puerta indicada. Sus pasos son lentos, pausados, eternos. Lo alejan de mí y, por alguna extraña razón, me producen una rotura total, como si mi cuerpo clamara por detenerlo.
Por suerte Denton acude a mi auxilio al empezar a sollozar de forma poco intensa. Es como si mi niño hubiera intuido la situación, esa espesa fuerza brutal que ocupa el lugar cuando su padre y yo estamos cerca.
Entro en su habitación mientras Dorian se pierde en la que le he asignado.
Lo cojo en brazos, lo achucho un poco y me percato de algo: yo no le he dado permiso a Dorian para quedarse aquí, pero tampoco me he opuesto. Le he adjudicado una habitación, y él se está instalando.
Es todo tan surrealista…
Hace unas horas solo quería perderlo de vista, ¿y ahora está aquí? ¿Piensa quedarse? ¿Podré mantener las distancias con él? ¿Qué siento de verdad? ¿Mi determinación es lo suficientemente fuerte como para vencer al deseo esta vez?