31 #2
Llevo días pensando en la mejor forma de abordar nuestros problemas, de obligarla a enfrentarse a ellos, a solucionarlos, y debería centrarme en eso, olvidar mi ansia de hacerla mía, no observar sus labios con codicia para dedicarme a centrar el tema, pero me cautiva demasiado, me atrapa, desata mi libido y sucumbo a la tentación, alentado por su expresión, tan encendida como la mía.
Me lamo el labio, gimo en bajito y mi entrepierna se revela contra los pantalones, capaz de estallar sin necesidad de notar sus manos en mi piel, solo con la visión del deseo velando sus pupilas. Imagino sus dedos tocándome, su lengua recorriéndome, su tacto, su aliento sobre mi cuerpo…
Es Juliette quien rompe ese vínculo visual, mi burbuja de lujuria.
—Parecéis dos perros en celo —susurra—. Y ahora no se trata de sexo, sino de hablar. No lo estropees, que vas muy bien.
—Tienes razón —acepto—. Mi único objetivo hoy es conseguir una cita —«no un polvo, joder. Pero si sigue mirándome así, no respondo de mí … » .
—La mantendré alejada de ti hasta la hora de marcharnos. —Me dedica una expresión dura—. Confío en ti.
Mi amiga cumple su promesa y no vuelvo a estar cerca de Madison el resto de la noche. Sin embargo, no dejamos de buscarnos con la mirada ni de lanzarnos señales de deseo. Necesito una gran fuerza de voluntad para no llevármela dentro.
Cuando los últimos invitados abandonan la casa, mi madre y Miles se abrazan con cara de cansados. Tammy se ha llevado a Denton hace varias horas. El niño y ella dormirán en el que fue mi hogar durante dieciocho años. Era la mejor opción para evitarle el ruido de la fiesta.
Los novios tienen una suite reservada en el mejor hotel de Foley, cortesía de Maddie, y mañana por la tarde su jet los llevará a una luna de miel en una paradisiaca isla del océano Pacífico, cuyo nombre no recuerdo.
Mi madre tardó bastante en aceptar los generosos regalos de Madison, pero ella fue muy convincente cuando le aseguró que era parte de su familia y que tenía demasiado dinero para acabarlo en esta vida y en la siguiente, y quería gastarse una parte en su felicidad.
Ralph y Juliette son los primeros en retirarse, ambos están molidos.
Mi madre no necesita demasiadas indicaciones para percatarse de mis intenciones, por eso me besa en la mejilla, abraza a Madison y se lleva a Ernesto y a Rachel en el coche tras desearme suerte en un susurro.
He hablado con ella durante el baile, le he expuesto mi manera de ver la situación y lo ha entendido.
Lo mejor ha sido su felicitación por cómo he argumentado mis razones para actuar esta noche, porque son profundas.
Nos quedamos al fin solos en el salón del banquete, cuando los últimos camareros abandonan el lugar; hasta mañana no vendrá nadie a deshacer el pabellón y a recoger los restos de la fiesta.
Permanecemos todavía dentro del recinto, con las mesas a medio desmontar, el eco del silencio acompañándonos y las luces más tenues.
De pie, a un par de metros de distancia, sin movernos, enganchados por la mirada.
El sonido del coche de Miles ya casi no se escucha, está demasiado lejos.
Y el de mi corazón perfora el aire, junto al de una respiración jadeante.
Mi chica —no dejaré de llamarla así jamás, aunque me rechace y destroce mi corazón seguirá ostentando ese título, formando parte de mí— me fulmina con la mirada, pone los brazos en jarras, a la defensiva.
Su expresión denota ansiedad y un cabreo creciente.
Pero eso no me detiene. Doy cuatro pasos, hasta situarme a su altura.
Madison me lo consiente porque no se aparta. La tensión se acumula en sus ojos.
—No te has acercado a mí en toda la noche —suelta con un deje de rabia—. ¿Y ahora me acorralas?
Ambos percibimos la mentira, porque no se ha marchado ni se aparta ante mi avance.
—Tenemos que hablar. —Me detengo a escasos centímetros de su cuerpo.
El calor que irradia me alcanza en forma de estremecimiento.
Su olor, sus gestos, su tacto demasiado tentador…
—. Maddie, por favor, confía en mí de nuevo.
—Levanto el brazo despacio y lo poso la palma abierta en su mejilla.
Ella la atrapa con el hombro y gime—. Si algo he entendido estos años, es la fuerza del amor.
El mío por ti supera la velocidad de la luz, es potente, tanto que se convirtió en un motor imparable a la hora de luchar.
—Doy un paso más hasta ella—. Sigo enfadándome de vez en cuando, tengo ese instinto impulsivo de serie, pero he aprendido a controlarlo, a pensar antes de actuar, a valorar las consecuencias.
—Lo nuestro nunca sale bien —susurra. Me suelta la mano y retrocede hasta chocar con una mesa. Noto cómo el miedo se apodera de ella, cómo sus dudas internas brillan en sus pupilas, junto a su deseo despiadado—. ¿Qué pasará cuando te asustes? ¿Qué destrozarás esta vez?
—Nada —aseguro acercándome. Debería mantener la distancia, no es prudente dejarme llevar por el hormigueo en la piel, por esas ganas de tocarla, por la excitación de mi cuerpo al tenerla tan cerca.
Pero las feromonas me atrapan, su proximidad es como una llamada a mi yo más primitivo.
La deseo. Con fuerza, ímpetu y arrolladora necesidad—.
No voy a asustarme. Créeme. Por favor. He cambiado de verdad, quiero una vida contigo, con Denton, con nuestros futuros hijos. Permíteme demostrártelo.
—Ojalá pudiera confiar en ti. —Se muerde el labio de manera sensual, exhala un gemido y sus ojos se velan por una avidez muy parecida a la mía.
La atmosfera se llena de elasticidad, es densa, compacta, cargada.
Su voz se preña de pasión; mientras sus palabras anuncian una cosa, su cuerpo otra—.
Te conozco. Das un paso, te lanzas de cabeza, estás conmigo, me haces feliz y, de repente, te acojonas y me clavas un puñal en el pecho.
—Ese era el antiguo Dorian. —Llego a su altura y me detengo, controlándome, sin rozarla, pero a punto—.
Madison, cree en mí. En nosotros. Llevo mucho tiempo enamorado de ti.
Lo he hecho mal, me he equivocado en la mayoría de ocasiones.
Y sí, me merezco tu desconfianza. Pero nos queremos, hay algo grande entre nosotros, separados somos infelices.
—Tiembla. Su mirada muestra demasiadas emociones contrapuestas, aunque no hace nada por escapar, se queda quieta, cercana, anhelante —.
Por favor, Maddie, quédate a mi lado, construyamos un nosotros, seamos felices de una vez por todas.
Cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, los posa en los míos y siento una lucha encarnizada en su interior. Gime, gruñe, blasfema.
—Te quiero, Dorian —susurra, y avanza hasta posar los labios en mi boca, abrazarme y pegarme a su cuerpo—. Te echo tanto de menos…
Mi mundo estalla en purpurina multicolor cuando abrimos la boca y nuestras lenguas se encuentran, nuestras manos se palpan, nuestros cuerpos se llaman.
La levanto en vilo para llevarla hasta la casa que durante años fue nuestro refugio, no me detengo a pensar en nada mientras la subo por las escaleras, la llevo a su habitación y la desnudo.
Le hago el amor tres veces, hasta que cae en las fauces del sueño.
Y yo me quedo una eternidad mirándola, acariciando su piel desnuda, imaginando su despertar para arrancarle una promesa de intentarlo de nuevo.
La quiero tanto…
En algún momento me quedo dormido, abrazado a ella. Mañana hablaremos…