Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 31
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DORIAN

Termino de prepararme la maleta antes de subirme al coche para conducir las tres horas que me separan del aeropuerto de Dallas. La música ameniza el viaje y mis pensamientos.

Estoy nervioso; por un lado no quiero presionar a Madison, pero la paciencia nunca ha sido mi fuerte y necesito que avancemos. Hace tres semanas que no la veo en persona, desde la fiesta de Denton. No he dejado de mandarle mensajes. Pero necesito tenerla delante.

Llego al aeropuerto a las ocho de la mañana, media hora antes de la prevista para el embarque.

Aparco en la zona privada y me acomodo en la sala de espera con un café en la mano.

Nunca había estado tan ansioso por ver a alguien, por dar un paso, por forzar un poco la situación sin ser yo quien la haga saltar por los aires.

Debo aprovechar la boda para hablar con ella de una vez por todas, ya basta de no arriesgarse.

Lo debatí bastante con Charles hace un par de días, en una sesión improvisada para tratar mi estado ansioso.

Ambos llegamos a la conclusión de que si no movía ficha, Maddie y yo seguiríamos en un punto muerto.

Y ansío saber si hay esperanza o debo empezar a luchar por aceptar la derrota.

—Tío, pareces a punto de destrozar esa taza.

—Warren se sienta a mi lado y me sobresalta.

No lo he visto llegar. Entonces me fijo en cómo mis dedos se crispan alrededor de la taza—.

La dejaste muy tocada en la fiesta de Denton.

—Su voz es prudente, baja, casi susurrante—.

Madison no está bien. Va a terapia, ha superado bastante las muertes de su familia, lo de Albert, todo cuanto la ahogaba.

Pero lo tuyo es diferente. Es como una herida que no quiere curar, ni mirar ni aceptar que está ahí, ni siquiera habla de ello.

Da dos pasos hacia delante y cuatro hacia atrás, como si no acabara de centrarse.

—Es una mierda porque nos queremos y ella se niega a admitirlo —suelto con más intensidad de la debida—. Me lo merezco, la cagué mil veces. Pero no puedo más, he llegado a mi límite. Últimamente solo me da mensajes contradictorios, y me queda claro que todavía no confía en mí…

—¿Puedes culparla?

Sacudo la cabeza con una profunda exhalación.

—No —admito—. Y sé que quizá sea un capullo por pensar así, pero este fin de semana voy a ir a por todas, ya basta de esperar, he de pasar a la acción.

Los últimos meses he sido prudente, me he comportado lo mejor posible, le he dado tiempo para que comprobara a través de mis actos cómo he cambiado; la he tratado con cariño y respeto.

—Resoplo—. Ya no más, Warren, debo enfrentarla a la realidad y saber a qué atenerme.

Si lo nuestro no es posible, necesito escucharlo de sus labios para empezar a lamerme las heridas.

Pero no voy a quedarme quieto sin luchar hasta el final.

—Ve con cuidado. —Me da una palmada en la espalda—.

Aunque estoy contigo, tío, has de forzarla un poquito o acabaréis desquiciados.

—Sonríe—. Parecéis dos almas en pena, suspirando por el otro como si no hubiera un mañana y sin acabar de lanzaros hacia ningún lado.

Ni contigo ni sin ti. Si no lo cerráis de una vez, acabará con vosotros.

Escucho la llegada del resto de la comitiva.

Ralph, Juliette y Tammy entran los primeros, arrastrando el cochecito de mi hijo.

Me acerco a él para saludarlo como merece, con besos y achuchones.

El niño me lanza los brazos al cuello llamándome y lo saco de la sillita para auparlo y lanzarlo por los aires al ritmo de sus carcajadas.

Es una sensación única, un amor como jamás imaginé sentir. Puro, absoluto, vivo.

—¿Nos vamos? —Escucho la voz de Madison antes de verla aparecer y mi corazón se salta dos latidos.

Está preciosa, incluso con unas mallas negras y un jersey oversize cómodo para viajar.

Me cosquillean las manos del deseo de tocarla, de abrazarla, de mantenerla a mi lado para el resto de nuestras vidas.

Pero ella se mantiene pegada a Juliette, sin mostrar intención de separarse, aunque su mirada está oscurecida de deseo y noto cómo le tiembla el labio, que no deja de morderse.

Una vez en el avión, Maddie se sienta lo más lejos posible de mí, y me es inevitable traer a mi memoria nuestro último vuelo juntos, cómo acabó ese viaje, sus besos…

Dejo a Denton con Tammy y ocupo una butaca con vistas a ella.

Nuestros ojos se buscan y la atmósfera se carga de un anhelo no resuelto.

—¿Estás bien? —Ralph se coloca a mi lado y consigue alejar mi atención de Maddie.

—No —admito. El Dorian de antes hubiera respondido con suficiencia, pero si algo he aprendido en mi trabajo con Charles es a no esconderme—.

Estoy harto, tío. ¡Harto! —mascullo entre dientes—.

Ha llegado un punto en el que casi prefiero un no rotundo a esta incertidumbre y a cómo me provoca estar a su lado.

Me mata. —Lo miro a los ojos—. El día de tu boda me besó, en Halloween conectamos, en la fiesta de Denton no quiso ni hablar conmigo.

Cada día me responde a muchos de mis mensajes, ¿y luego me ignora al tenerme enfrente? ¡Si sigue así va a volverme loco!

—Sois tontos los dos. —El capullo de mi amigo me dedica una sonrisa canalla—. Y me alucina verte así. ¡Tío! ¿Quién te ha visto y quién te ve? ¡Has madurado!

—A base de golpes…

—Ve a por ella, juégatela, haz lo que sea, pero dejad de sufrir de una vez. Es cansino.

Sonrío. Él me da una palmada en la espalda y me guiña un ojo.

—Cuenta con ello —aseguro—. De hoy no pasa.

—No esperaba menos de ti.

Saber que dos de mis amigos me apoyan me da fuerzas para no rendirme.

Si acaba mal, tendremos a Denton en común y deberemos encontrar la manera de entendernos en lo referente a él. Y, a pesar del desgarro en el pecho, lucharé para superar mi amor por ella.

Pero ¿y si acaba bien? ¿Y si al fin puedo tenerla para siempre?

Una hora y media después aterrizamos en el aeropuerto de Pensacola, donde nos esperan Ernesto y Logan, uno de los hermanos de Ralph, para llevarnos a Elberta.

La boda es en cuatro horas y, como en la última, Madison se ha ocupado de pagarlo todo. Le ha dado carta blanca a mi madre y a mi tía Emily para la preparación.

Espero no encontrarme con una pastelada de esas hiperglucémicas.

Como Ralph y Juls, mi madre ha elegido la casa del bosque, dentro de una carpa acondicionada en el jardín y con una orquesta de música clásica para la ceremonia. El amor de mi madre por la literatura de época la ha inspirado para encargar algunos detalles especiales en esa línea.

Maddie le ha preparado una sorpresa para el baile, me lo contó en un mensaje hace un par de semanas: va a traerle su grupo de pop favorito. Estoy convencido de que a mi madre le va a dar un yuyu cuando los vea ocupar el escenario. Y no me permito ni pensar en la cifra astronómica que ha pagado.

Estos últimos pensamientos me ayudan a recorrer los kilómetros hasta la casa del bosque, al volante del coche de Ernesto, sin cagarla con ella.

Debo esperar al momento justo. En el asiento trasero van Madison, Tammy y Denton.

Ojalá estuviéramos ella y yo a solas como muchas veces del pasado.

Me gustaría colocar la mano en su muslo para acariciarla con lentitud y observar cómo ella se muerde el labio por la excitación.

A veces detenía el coche en cualquier recodo para besarla…

Sacudo esos recuerdos y me inhibo de su conversación.

El resto del día me pasa a una velocidad vertiginosa.

Me ocupo de Denton mientras las mujeres disfrutan de una larga sesión de masajes, maquillaje, peluquería y estilismo.

Le hago compañía a un Miles atacado por los nervios.

Compruebo que la carpa en el jardín está perfecta.

Hablo con la organizadora para rematar algunos cabos sueltos de última hora.

Recibo a los invitados. Y acompaño a mi madre al altar.

Lo hago con una emoción extraña en mí porque soy incluso capaz de notar cómo su amor traspasa las fronteras de lo natural para elevarse en lo casi divino.

La sonrisa de mi madre mientras da el «sí quiero», su mirada, su expresión…

Es como si a través de ella sintiera la verdadera naturaleza del amor.

Y mis ojos buscan a Madison, sentada en primera fila con nuestro niño en brazos.

Sus pupilas se unen a las mías y todo desaparece.

Es una sensación alucinante, como si estuviéramos en un escenario y un único foco nos iluminara, dejando el resto en la absoluta penumbra.

En la cena me sientan a su misma mesa y entonces la tensión entre nosotros sube de voltaje.

Nuestras miradas se quedan enredadas en demasiadas ocasiones y en cada una de ellas percibo otra vez ese cosquilleo en el estómago.

Llego al segundo plato con una erección que no logro controlar.

El deseo de quedarme a solas con ella, de tocarla, besarla y poseerla es desquiciante.

Mis ojos se empapan de su cuerpo, lo recorren ascendiendo desde los pechos y borran cualquier atisbo de racionalidad.

Al llegar a su boca suelto un gemido porque ella se muerde el labio inferior con una provocación.

Sigo trepando hasta sus ojos. Maddie conecta sus pupilas con las mías.

Se gira un poco y se queda de cara a mí, respirando en resuellos como yo.

Siento enseguida la densidad del ambiente, esa corriente eléctrica que nos envuelve desde siempre, el anhelo, la conexión más allá de la lógica. Espiro. Ella exhala un gemido.

Permanecemos más de la cuenta quietos, callados, unidos por una atracción creciente. Lucho contra el impulso de levantarme, llevármela a una habitación, encerrarla y no hablar demasiado.