30 #2
Salgo a la calle con los nervios revoloteando inquietos.
Llevo muchos meses luchando contra una necesidad insana de estar con él, de verlo, de tocarlo.
Sueño con sus besos, con nuestros momentos juntos, con esos mensajes que me llegan acerca de su vida, con una existencia en común donde no entre la toxicidad, por eso me obligo a no acercarme a él.
Hace diez días su equipo jugó la final, donde se alzaron de nuevo con el título.
El cuarto consecutivo. Una locura difícil de volver a ver en la NCAA.
Dorian me había pedido tantísimas veces que estuviera en las gradas…
pero no fui. Porque si cedo en algo tan importante, acabaré dándole demasiado de mí.
Me paso el resto del día en la oficina, sumergida en los mil deberes de mi puesto como directora general de un imperio, y así relego mi necesidad de pensar en la insinuación de Sondra.
En la oscuridad de la noche empiezo a ver las cosas desde perspectivas diferentes, a sentir el peso de la realidad. No puedo dormir, y menos al saber que en unas horas estará en esta casa, dispuesto a celebrar el primer año de Denton.
Termino en el salón, acompañada de una botella de José Cuervo.
La mañana me sorprende con una resaca de mil demonios.
Como mínimo el tequila me ayudó a conciliar el sueño.
Escucho con claridad el despertar de mi pequeño y me pongo en marcha con rapidez.
La vida me ha cambiado mucho desde su aparición en la vida, sobre todo en lo que a horarios se refiere.
Miro hacia la ventana, donde me saluda la negrura.
¡Solo son las seis de la mañana! Gruño, me levanto y me arrastro hasta la habitación de Denton.
—¡Felicidades, cariño mío! —Lo abrazo. Está de pie en su cuna, listo para iniciar su jornada—. Tammy va a traerte una tarta para llevar a la guardería y celebrarlo ahí con tus amiguitos. Y por la tarde vendrá la abuela, el tío, los amigos, la familia…
Se me va apagando la voz. Él pronuncia el balbuceo que se ha convertido en todo un hito últimamente y a mí me mata: «papapapapa».
El mensaje diario de su padre me ha llega puntual: «Buenos días, Maddie.
Felicidades por haberme regalado a nuestro pequeño hace un año.
Fue uno de los días más bonitos de mi vida.
Dale un beso de mi parte, me pasaré durante la mañana a verlo en la guardería y después comeré con Ralph y Warren para hacer tiempo antes de la fiesta. Te quiero. Os quiero a los dos».
Ignoro las punzadas de ansiedad y me ocupo de Denton hasta la llegada de Tammy.
Nuestra rutina está sincronizada al milímetro.
Mientras ella termina de arreglarlo yo me dedico a mis ejercicios matutinos para no perder la forma.
Después me voy a Reynolds Oil con Juls, Ralph y Denton.
Hace años mi padre inauguró una guardería para los empleados y ahí es donde mi niño pasa mis horas de trabajo.
Hoy lo dejo con la tarta y la promesa de la profesora de montar una gran fiesta para él.
El día pasa con rapidez, apenas cuento con tiempo para pensar.
Mi trabajo es absorbente, intenso, repleto de toma de decisiones, responsabilidad, reuniones…
Cuando me doy cuenta ya es la hora de regresar a casa; hoy no he contado con tiempo ni de comer en condiciones, ha sido Juliette quien se ha ocupado de traerme un sándwich entre medio de dos visitas para que no me quedara desnutrida.
Mi amiga y yo recogemos a un pletórico Denton de la guardaría y bajamos al parking donde Ronald nos espera en el coche.
—Los chicos vendrán más tarde —anuncia Juls una vez aposentamos al niño—. Han salido a comer y se han liado a unas copas después.
—¿Unas copas? —La miro alarmada—. Oye, en la celebración solo vamos a estar nosotros, ¿no podrían cortarse un poco?
Suelta una carcajada.
—¡Exagerada! —exclama, divertida—. Se tomarán un whisky , se la medirán y se contarán cuatro bravuconerías de tíos. ¡No van a estropear la celebración!
—Vamos a estar juntos de nuevo —musito—. Ojalá Sutton, Ernesto y Rachel hubieran podido venir…
Me abraza. Me conoce tan bien… Durante un par de minutos permanezco callada, pegada a ella, sintiendo cómo mi corazón corre una maratón.
—Él también está nervioso —susurra separándose—. De ahí las bebidas. —Me dedica una mirada circunspecta—. Entiendo que te cueste, Maddie, por qué tienes miedo y hasta dónde lo vuestro te ha destrozado en el pasado. Pero ambas sabemos que Sondra tiene razón, has de hacerle frente.
Gruño. Resoplo. Blasfemo.
—Déjalo ya —suplico—. Estoy a punto de verlo y no puedo pensar con claridad.
—Algún día deberás hacerlo. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, pero ese día no será hoy.
Es mi respuesta más recurrente y ella la escucha con resignación.
Una vez llegamos a casa descubro cómo Tammy se ha ocupado de todo. El comedor está lleno de globos, comida, bebidas, juguetes…
Dejo a Denton con ella y voy a mi cuarto a arreglarme un poco.
Me cruzan por la mente las palabras de Sondra y de Juliette, incluso me pregunto si no debería ser más valiente, pero entonces miro la habitación, con el recuerdo de esa última vez con Dorian en una cama que quité de en medio al día siguiente, y el miedo me atenaza el corazón.
Media hora después recibo a los invitados con un nudo en el estómago. Lo saludo con un simple «hola» y una sonrisa forzada.
Está tan guapo, tan relajado, tan perfecto…
Lleva unos vaqueros desgastados y una simple camiseta ajustada que le marca los músculos.
Y mi mente traidora me imagina acariciándolos, pero enseguida cambio mi foco de atención y me dedico a saludar a los demás, a iniciar conversaciones alejada de él, a no acercarme demasiado, solo lo justo, lo preciso, lo que impone el momento.
La fiesta es un éxito, Denton se pasea entre nosotros con sus monerías, nos roba el corazón, y más cuando lo observo interactuar con su padre.
Nunca lo había visto tan implicado en algo, se ocupa de nuestro niño, juega con él, ríen juntos, lo cuida con cariño, lo levanta en brazos, lo abraza cuando se cae un par de veces, se sienta con él en el suelo para pasar un buen rato trajinando con coches de juguete.
—Es un gran padre —susurra Warren acercándose a mí—. ¿Has visto cómo te mira? Sigue enamorado de ti. ¿Y sabes una cosa? —Niego con la cabeza porque no quiero escucharlo, sin embargo, mi amigo lo suelta sin importarle mi opinión—. Tú lo miras igual.
A la hora de soplar las velas me coloco junto a Dorian y Denton frente al pastel.
Y mi corazón se encoje al reconocer cómo suspiro por atesorar momentos como este, por su cercanía, por seguir así para siempre.
Con nuestro hijo sentado en su regazo, aplaudiendo, ilusionado, y conmigo a su lado, como una familia…
La hora de los regalos es emotiva, no tanto por lo que contienen, sino más bien por la ternura de todos cuantos lo rodeamos, por los gestos tan bonitos de su padre, por el calor de estar entre amigos.
—Lo hemos hecho bien —susurra Dorian a mi oído cuando deja a Denton en el suelo, jugando con algunos de sus nuevos coches con Tammy y Juliette. Se coloca tras de mí, muy pegado, casi rozándome—. Es perfecto, Maddie. Como tú.
Su olor, ese tono de su voz, la cercanía, su presencia…
Los recuerdos de nuestros últimos besos me bombardean. Respiro más rápido de lo normal, doy un paso para alejarme, con una mezcolanza de emociones atenazándome. Pero Dorian no se da por enterado, se aproxima otra vez, me agarra con suavidad del brazo y me obliga a darme la vuelta.
Mi temor se dispara, me incita a esperar la explosión, esa en la que me increpa por haberme apartado, por no querer hablar con él en toda la tarde, a pesar de nuestras comunicaciones por mensaje, por no darle espacio en mi vida. Incluso espero su arrebato en forma de besos desquiciados.
Sin embargo, me sorprende descubrir una sonrisa en sus labios, cómo su mano se desliza por mi piel para colocar un mechón de pelo rebelde tras la oreja, la distancia prudente en la que se mantiene y la expresión de amor infinito que refleja su cara.
—Seguiré aquí cuando estés lista para mí —susurra sin más, como si pudiera leer en mi mente—. Te quiero, Maddie, no hay nada más cierto que eso.
No aguanto ni un segundo más a su lado sin cometer una locura, no tras escuchar esa declaración. Llevo toda la fiesta sintiendo cómo mi cuerpo se incendia de necesidad. ¿Por qué mi cabeza me insta a escapar y mi corazón a lanzarme a sus labios?
—Lo siento —respondo, y él impone una distancia prudencial entre los dos, como si mis palabras lo hubieran convencido. Y mi cuerpo protesta, ávido de seguir tocándolo—. No puedo con esto, Dorian.
—No pasa nada. —Sonríe con tristeza—. Yo puedo por los dos.
Y no me rendiré. Seguiré estando al otro lado del teléfono cada día y, si quieres verme en persona, no dudaré en acudir a tu llamada.
—Se acerca para darme un beso tierno en la mejilla y se da la vuelta para despedirse de mi niño—.
Te quiero, Madison. Ahora y siempre. Eres el amor de mi vida.
Ante mi alucinada mirada lo achucha y después se marcha sin gritar, ni besarme ni mostrar ni un ápice de descontrol.
Mis pupilas lo acompañan en su camino hacia la puerta junto a Ralph.
No asimilo este cambio, no acabo de creérmelo.
Quizás ha planeado una de sus jugarretas y solo me enseña esa cara para que me confíe.
Debe ser eso. Porque Dorian no es así, ¿verdad?
Aprieto los puños, ansiosa, sin tener demasiado clara la respuesta. Estoy tan ávida, tan mojada, tan muerta de deseo que si no llega a contenerse ahora estaríamos encerrados en alguna de las habitaciones. Y no es lo que quiero.