Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 30
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MADISON

Cierro los ojos para recordar ese día, con un nudo en el estómago.

Sondra espera paciente a que responda a su cuestión, como es su costumbre, y me sienta bien porque me permite ordenar mis ideas de una manera coherente antes de darles voz.

A veces son demasiado dolorosas para expresarlas de una tirada y necesito soltarlas despacio, buscar el principio en mi mente y desgranarlas a medida que me creo capaz de afrontarlas.

Quien dijera que una terapia es fácil, no tenía ni idea de cómo es de dolorosa y complicada. Si de verdad quieres superar los traumas, el trabajo es muy duro, y no vale solo con acudir a la consulta, al salir es cuando empieza de verdad la tarea de aceptar, desencallar, mirar a la cara, procesar.

Suelto un profundo suspiro, aprieto los puños contra la tela de mi vaquero y asiento.

—Llovía. —Vale, quizá no es la mejor manera de empezar porque eso no contesta su pregunta: «¿qué sentiste?

»—. Tenía mucho frío, temblaba, pero también estaba aterrada.

Y decidida. No había electricidad, el móvil estaba muerto, escuchaba el viento fuera y dolía de narices.

—Ahora me acerco más a la parte emocional de ese momento—.

Tenía una mezcla de sensaciones porque la idea de ver a mi pequeño era emocionante, pero traerlo sola al mundo, aislada, sin posibilidad de ni siquiera hablar con un médico me angustiaba.

¿Y si salía mal? ¿Y si algo se me escapaba? ¿Y si el niño venía de nalgas?

Me traslado con la mente a ese instante, vuelvo a ser esa Madison, y recuerdo con absoluta precisión cada segundo.

—Es lo más lógico en una situación así —expone—. ¿Pensaste en Dorian?

En las últimas sesiones ha aumentado su nivel de preguntas sobre él, es su forma de decirme que ha llegado la hora de afrontarlo, pero no sé si puedo.

—Apareció —digo para zanjar el asunto—. Gracias a él no tuve tanto miedo.

No me juzga por esa escueta respuesta. Esa forma de confrontar mis avances es algo que me inspira mucha confianza en ella y me ha ayudado a abrirme durante este año de acudir semanalmente a su consulta.

Se limita a asentir con una sonrisa de aliento.

—Mañana volverás a verlo —comenta con un tono neutro—.

Hemos trabajado mucho, Madison. Has mejorado en la mayoría de aspectos, ya eres capaz de hablar de tu familia sin dolor, de recordarlos con cariño y de no sentirte culpable.

Si de verdad quieres superarlo todo, te toca abordar el tema de Dorian.

Tiene razón, lo sé. Pero…

Gruño.

—No puedo —reitero, como la gran mayoría de veces que me saca el temita—.

En realidad no quiero ahondar en ello. —La miro—.

Si lo hago, si desgrano lo que sucedió, qué sentí, cómo me afectó, deberé revivirlo, aceptarlo y mi única conclusión posible será acabar con cualquier tipo de esperanza de volver con él.

—¿Es lo que quieres? —inquiere incisiva—. ¿O prefieres intentarlo? ¿Darle esa oportunidad que te pidió?

Otra vez me quedo en silencio durante tres minutos. Recapacito para responder lo más sincera posible, aunque mi corazón se acelera y las aletas de mi nariz muestran cómo de afectada está mi respiración.

—No… Sí… No. —Resoplo—. No lo sé. Desde la boda de Juliette y Ralph, lo he visto muy cambiado, no ha dejado de escribirme ni un día.

Es atento, cariñoso, abierto… En Halloween incluso bailé con él, charlamos, estuve a punto de volver a besarlo.

Y fue como si retrocediéremos en el tiempo, a cuando estábamos en nuestra casita de Waco…

Como si lo nuestro fuera posible. —Me tapo los ojos un segundo con las manos—.

Y sí, es cierto, si lo tengo cerca, la tentación de intentarlo está ahí, punzante. Pero…

Me callo. Esa única palabra abarca un mundo, y no estoy capacitada para explorarlo ahora mismo, no cuando mañana celebraremos el primer cumpleaños de Denton en el jardín de mi casa, en familia.

Con él. Necesito guardar los sentimientos bajo llave para no actuar como la última vez y dejarme llevar. Es tan peligroso…

—¿Siempre te decepciona? —La voz de mi psicóloga rompe mis pensamientos.

La observo con las uñas entre mis dientes, absorbo el tono socarrón de esas preguntas retóricas que reproducen mis pensamientos—.

¿Vuestra historia siempre ha sido tóxica?

¿Tienes miedo? ¿No quieres hacerle pasar por eso a tu hijo?

¿Te aterra dejarte llevar y acabar destrozada otra vez?

—¡Sí! —grito con exasperación. No lo entiendo, tan racional que soy para todo y solo necesito escuchar el nombre de Dorian para convertirme en un manojo de indecisión, de ansiedad, de dolor—. No puedo volver ahí, Sondra. Esta vez no lo superaría, y ahora no me afecta solo a mí.

—Cuéntamelo —solicita—. Expón cada una de tus razones para apartarte de él. Analicémoslas como hemos hecho con lo demás. Sácate esa espinita de una vez.

Las lágrimas me inundan los ojos. Lo intento, de verdad, pruebo de centrar mi mente y alinearla con mi corazón, de desbloquearme en ese sentido, de hablarlo.

Si soy capaz de contestarle a los mensajes, si bajé mis defensas a finales de octubre, ¿por qué no puedo desahogarme a la hora de ahondar en el pasado? ¿Por qué retrocedo en vez de avanzar?

—Quiero dejar de amarlo —suelto. Patético, eso es lo único que sale por mi boca—. Ojalá solo necesitara desenchufar mi corazón como hacían esos vampiros de no recuerdo qué serie. Desconectaban su humanidad y vivían al límite chupando la sangre de cualquiera que se les pusiera por delante.

— Vampire diaries —susurra. Levanto la mirada con interrogación—. La serie.

—Ah. —Asiento. Su interrupción me ha servido para salir del modo ansiedad total—.

No sé, Sondra. Con Dorian nunca sé nada, ese es el problema.

Lleva unos meses calmadito, sin explosiones, ni venganzas ni gritos ni nada parecido.

Y sí, cada mensaje en mi móvil me emociona, me paso horas deseando coger el coche, aparecer en Austin y…

—Suspiro—. Bueno, ya te lo imaginas. —Ella asiente y yo retuerzo los dedos de ambas manos—.

Pero, si lo hago, ¿qué probabilidad hay de que vuelva a encontrar una razón para enfadarse?

Y no dejo de pensar que entonces Denton también saldría perjudicado porque sus reacciones son desmesuradas, acaban rompiéndolo todo.

—Me tapo la cara con las manos un segundo—.

Los besos en la boda de Juliette y Ralph fueron…

—Resoplo—. Y luego me acerqué a él otra vez en la cena de Halloween.

—Niego con la cabeza—. Debo reforzar mis defensas, volver a confiar en él no es una buena idea.

—Tienes miedo —resume—. Pero ¿y si la terapia le está yendo bien?

¿Y si de verdad ha cambiado? ¿Y si esta vez puede funcionar?

Piénsalo, Madison. Date el poder de imaginar qué sentirías si descubres demasiado tarde que él ya no es el mismo y has perdido la oportunidad de construir una familia con Dorian por no creer en él.

Aparto la mirada con una ansiedad del copón. Acaba de pronunciar las preguntas que me atormentan desde hace un año, tras su aparición en Mallorca el día del parto. Esas que me llevaron a perder el juicio el día de Halloween.

Es como estar montada en la ruleta de la fortuna. Rueda sin descanso hasta detenerse en una casilla, y entonces me enfrento a un destino diferente cada vez. Nada me garantiza cuál será el verdadero resultado.

—No quiero hablar de eso. —Y ahí está mi reacción infantil.

Me palpitan los oídos y mi cuerpo se ha convertido en un amasijo de temblores—.

No puede volver a ocurrir, no quiero sufrir ni hacerle daño a Denton.

—Suspiro—. Entiendo que debemos establecer una relación cordial por nuestro hijo.

Seguiré contestándole algunos mensajes, eso puedo hacerlo, pero no habrá más interacción en persona, eso solo nos confundiría más.

Porque con Dorian las cosas nunca acaban bien.

—Madison. —Su tono me advierte de la importancia de sus palabras—.

Has de enfrentarte a ello. Mientras no lo hagas, seguirás parada en un lugar que no te aconsejo.

Los sentimientos han de explorarse, no puedes dejarlos arrinconados porque se podrían enquistar y convertirse en heridas permanentes.

—Rehúyo su mirada—. Estás enamorada de Dorian desde hace años.

No es tan fácil dejar de querer a alguien, a veces ni con toda una vida se logra.

Lo único que podemos hacer es aceptar nuestro amor y decidir si queremos explorarlo.

—¿Y qué pasa si no queremos?

—Entonces aprendemos a vivir con esa decisión una vez la anunciemos y seamos claros al respecto.

—Esa última parte me zarandea—. Podemos amar a alguien y a la vez aceptar que no nos conviene.

—Y esta me hiere en lo más profundo—. O luchar por estar a su lado y vencer juntos los obstáculos.

En ambos casos hay mucho trabajo por delante porque ninguna de las opciones es fácil.

Pero el primer paso siempre es aceptarlo, hablar con él y conmigo de lo sucedido. Superarlo de verdad.

—Vale —suelto sin mirarla. Luego le doy vida a la pantalla un segundo para mirar la hora y me levanto—. Vengo la semana que viene y lo meditamos.

—Huir nunca es la solución —anuncia cuando agarro la manija de la puerta. Suspira y asiente con una media sonrisa—. Cuídate, Madison. Y mañana intenta acercarte a él, necesitas descubrir qué quieres. Te está demostrando cómo ha cambiado, quizá deberías darle otra oportunidad.

Me voy con rapidez, sin deseos de ahondar en sus palabras, de escucharla, de valorar lo que insinúa. Al llegar al mostrador para abonar la sesión mi cabeza acaba de calar las razones ocultas en ellas. Mientras no sea capaz de hablar de Dorian, nuestro trabajo no avanzará.