Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 29 #2
79%

29 #2

Mi móvil vibra en el bolsillo del pantalón tras unos segundos de abrazo.

Me separo de Ernesto, lo rescato con rapidez y me brillan los ojos al leer las palabras de Madison.

Responde a mi mensaje de hace media hora, cuando le he contado cómo estaba Denton, la ilusión que me haría verla aparecer en mi final de principios de enero, los regalos de Navidad que he traído conmigo y mis ganas de compartir con ella estas fiestas.

La he vuelto a invitar y a pedirle que se suba a su jet para venir. Puede alojarse en la casita del bosque, compartir con nuestra familia las fechas señaladas, alegrarme con su presencia.

—Tienes chiribitas en los ojos —se mofa mi hermano, ya recuperado de la escenita tierna—. ¿Está bien Maddie?

—¡Vámonos! Quiero llegar a tiempo para la hora de visitas.

No les he contado mis planes a Madison ni a mis amigos. Necesito hacerlo sin presión por ningún lado ni opiniones. Charles me animó a armarme de valor y dar este gran paso, mi madre no se ha mostrado reticente cuando se lo he contado hace un rato y yo lo deseo.

Releo su texto escueto: «Feliz Navidad para todos. Tengo planes con Warren y su hermana, pero gracias por insistir» y reniego en voz baja de camino al coche, tras despedirme de mi niño y de mi madre. Rachel nos acompaña a la salida y detecta mi blasfemia.

—Bueno, bueno —suelta con chanza—. ¿Problemas con tu rica heredera?

—Va a pasar las fiestas con Warren y su hermana. ¡Pero su familia somos nosotros! —Bufo—. Es mi amigo, pero me revienta pensar que estará con ella. Y lo que peor llevo es que lo prefiera a estar conmigo.

—¿Estás celoso? —susurra ella, me lanza una mirada divertida y se gira para caminar hacia su Fiat Punto—. Me gusta mucho este Dorian 3.0. —Me guiña un ojo antes de abrir la puerta y colocarse frente a su volante—. No lo estropees.

Unos minutos después estamos de camino a la cárcel del Condado de Travis. Subo la música y me paso la mayor parte del trayecto en silencio. Estoy a punto de dar un paso enorme, uno de esos difíciles de verdad, y necesito toda mi energía para no sentir cómo el miedo me atenaza.

No sé si seré lo suficientemente fuerte cuando lo tenga delante. Mi padre me destrozó de manera metódica durante muchos años.

—¿Estás listo? —inquiere Ernesto cuando aparco y salimos del coche.

—No lo sé —admito—. Pero voy a intentarlo.

He jugado partidos más duros que el de hoy. Finales, estadios llenos, presión… pero nada se parece a esto.

Mi hermano se limita a darme una pequeña palmada en la espalda antes de iniciar la marcha con decisión. Mentiría si no admitiera que me tiembla el pulso mientras firmo en el registro de entrada y que las piernas me parecen de gelatina de camino a la mesa donde nos separa un cristal.

Ernesto se sienta a mi lado, frente a nuestro padre.

Necesito un gran esfuerzo para no mostrar el impacto que me causa su presencia al otro lado, tras casi seis años sin verlo. No ha cambiado demasiado. El pelo ralo de siempre, idéntica expresión endurecida, igual cuerpo musculado, sus malditos ojos tan parecidos a los míos…

Agarro el telefonillo para ponérmelo en el oído, él hace lo propio con el suyo.

—¿Qué coño haces aquí, perdedor de mierda?

—Su agresividad hacia mí ha aumentado, lo he notado en los mensajes que me ha mandado estos últimos meses.

Parece muy amargado y necesita pagarlo conmigo, pero no voy a darle esa satisfacción—.

¿Y por qué has traído a tu hermano? ¡Eres un cobarde de mierda!

Su mirada es un claro desafío, intenta herirme.

Me quedo unos instantes callado, solo evaluándolo y dándome cuenta de que ya no siento miedo, ansiedad ni odio.

Soy consciente de su soledad, de que está encerrado aquí dentro sin posibilidad de salir en muchos años, y también soy consciente de sus intenciones al hablarme así: solo trata de combatir su frustración proyectándola en los demás.

Es más débil de lo que creía, un cobarde que prefiere hacer pagar su amargura a los demás en vez de enfrentarse a ella.

Lo miro en busca de despertar esos deseos de venganza de antaño ante su ataque directo, el dolor, la ira, el resentimiento. Pero sonrío al descubrir que ya no hay ningún rastro de eso y que ya no me afectan sus palabras.

—Pensaba venir hasta aquí a explicarte todo cuanto he conseguido —anuncio sin dejar de observarlo de frente, en un tono tranquilo, sin rastro de resentimiento—.

Llevaba años preparándome para alcanzar cada uno de tus sueños y restregártelos por la cara.

—Mi sonrisa se ensancha y su cara se tensa, parece lista para atacar de nuevo—.

¿Y sabes qué? Me he dado cuenta de que no vale la pena.

—Perdedor de mierda —masculla.

—Me robaste la infancia y la adolescencia.

—Suspiro con alivio—. Me has costado demasiado para permitirte joderme más.

Eras mi padre. Nunca debiste ponerme una mano encima, ni a mamá ni a nadie.

Tu deber era estar a mi lado, levantarte conmigo cuando me cayera y ayudarme a convertirme en la mejor persona del mundo.

—Intenta replicar, pero lo corto enseguida—.

Puedes mandarme cuantos mensajes te pasen por las narices, gritar, patalear como el maldito capullo que eres, porque ya no me afecta.

—Eres un mierda —espeta—. Un crío sin futuro, un…

Le sostengo la mirada mientras sigue soltando su veneno por la boca, sin mostrar ninguna reacción a su expresión cargada de intenciones, esa que me hacía temblar cuando apenas era un crío asustado por sus reacciones.

—No podrás dañarme nunca más, papá, no lo permitiré.

—Me levanto sin soltar el telefonillo, y mi hermano me imita—.

Voy a salir por esa puerta junto con Ernesto para no regresar jamás, y lo haré con la certeza de que soy plenamente capaz de conseguir mis metas, de saber que sí soy alguien, y no precisamente un perdedor.

¿Y sabes lo mejor? Tú dejarás de formar parte de ello.

Si algún día levanto un trofeo, ya sé que no será por él. Sino por mí.

Cuelgo.

Veo cómo sus labios se mueven al otro lado, incluso cómo su puño impacta contra el cristal antes de ser neutralizado por un guardia.

Camino junto a mi hermano hacia la salida, con la sonrisa inalterable.

Ya no soy ese niño desvalido al que machacaba con sus puños y conseguía degradar con sus palabras.

Me siento liberado. Por primera vez me da igual su opinión sobre mí.

El poder de confiar en uno mismo, de hacer lo correcto, de batallar hasta el último aliento por superarme es lo único relevante. Y él no me lo arrebatará.