Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 29
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DORIAN

Hace frío en Elberta este veinticuatro de diciembre, más del habitual para estas fechas. Me arrebujo en el abrigo de lana para pasar los pocos días de descanso con los que cuento con mi familia. Miro a Denton con el corazón encogido.

Pronto hará un año y todavía me cuesta asimilar que sea mío de verdad.

Es un niño despierto, feliz, sonriente, con una energía descomunal; capaz de mantener mi sonrisa durante horas. No estaba seguro de si conseguiría superar con nota la posición de padre, pero con él me parece tan sencillo que fluye solo.

Antes renegaba del amor, ahora lo busco en cada uno de sus gestos, de sus miradas, de sus avances, de su interacción conmigo. Y me parece el mejor sentimiento del mundo. Lo curioso es que ni siquiera el fútbol, que antes lo era todo, consigue igualar lo que siento cuando me mira.

En un par de semanas jugamos la cuarta final desde que me nombraron capitán. Nuestro último partido como equipo. Algo que casi nadie consigue en la NCAA. Después tocará prepararme a tope para el draft . Y llegar a la meta soñada, aunque ahora no la veo tan crucial.

Le sonrío a Denton. Va sentado en su cochecito, observando las luces, los colores, los escaparates del pueblo engalanados con motivos navideños. Sus balbuceos son adrenalina pura para mi cuerpo y esos movimientos felices de su cuerpecito me descubren un sinfín de sentimientos que creía prohibidos.

—Deberíamos volver ya —anuncia mi madre.

Llevamos una hora recorriendo el pueblo para acabar de realizar las compras navideñas, y estamos cansados de pasear, cargar, elegir—.

Quiero terminar de preparar la cena antes de que llegue Miles de Florida.

—Sonríe—. Estoy bastante nerviosa con eso de compartir esta noche con su familia.

Nunca habían venido a Elberta hasta ahora.

—Será genial. —La beso en una mejilla y sonrío—. Me alegro tanto de que te cases con él. Ernesto se irá pronto a la universidad, me preocupaba dejarte sola. —Suelta un suspiro y yo me vengo arriba—. Papá nos dejó destrozados.

Las sesiones con Charles han desenmascarado parcelas oscuras de mi forma de encarar la situación.

Me di cuenta hace poco de que jamás había hablado de esto con mi madre de una manera abierta y real, con el corazón en la mano y la verdadera huella en mi alma al descubierto.

Y lo necesito, sobre todo hoy, antes de dar un paso gigante en la carrera de fondo para sanar mis heridas y vaciarme de pasado para enfilar un presente sin fisuras, sin ira, sin miedo, sin malos recuerdos.

Ella sonríe con mucha tristeza, asiente con un movimiento lento y después me mira con profundidad.

—Lo hizo —admite por primera vez ante mí.

Se detiene en la acera, me coloca una mano en el brazo para que me pare a su lado y me mira de frente, con las lágrimas a punto de brotar de sus ojos.

Ella también acude a terapia desde hace más tiempo que yo y está consiguiendo un resultado maravilloso—.

Perdóname, Dorian. Por favor. —Abre los brazos y me envuelve en ellos—.

Mi deber como madre era protegeros a Ernesto y a ti, escuchar a tu abuelo y a Emily cuando me decían la clase de hombre que era Jason, enfrentarme a la situación.

—Tiembla cuando correspondo a su abrazo—.

Pero lo quería tanto, estaba tan enganchada a él…

—Se separa un poco para mirarme a los ojos—.

Lo siento tanto, hijo. Tanto. Si yo no hubiera actuado así, si Jason no me hubiera anulado…

—Las lágrimas acuden a sus ojos—. El doctor Robson insiste en que no fue mi culpa, y lo escucho, lo entiendo, incluso lo comparto.

Sin embargo, en el fondo sé que os fallé como madre.

—Yo también podría haber actuado de otra manera —susurro con la emoción agarrada en mi voz—.

Cada uno actuó como pudo, como le dictaba el corazón, porque papá es un maltratador y sabe cómo degradar a sus víctimas y atraparlas en su telaraña de cabrón.

—La vuelvo a abrazar muy fuerte—. Mamá, no te culpo para nada, nunca lo he hecho.

Mis visitas a Charles me han ayudado a ver más allá del dolor, a desvelar mis sentimientos, mis carencias, mis secuelas.

Y no está siendo fácil, pero poco a poco lo supero.

—Lo sé. —Me acaricia la mejilla con mucho cariño—. Te estás convirtiendo en un gran hombre.

—Ya no arrincono el dolor —explico—, lo miro a la cara, lo analizo, lo comprendo y entonces puedo pasar página.

Y, si a alguien he de perdonar, es a mí mismo.

Porque yo tomé todas las decisiones autodestructivas, fue mi elección destrozar a Madison de forma sistemática, lanzar piedras contra mi felicidad, boicotear todo lo bueno de mi vida por un mal entendido afán de vengarme de un hombre que a todas luces no merece ni un ápice de nuestros pensamientos.

Y ahora debo enfrentarme a las consecuencias.

—Te quiero, Dorian. Y ella también, pero todavía no está lista para aceptarlo.

Durante unos segundos solo escucho el sonido de su corazón. Y me siento liberado en una parte, porque necesitaba esta conversación, sacar de mi interior las palabras que se han formado durante la terapia.

—Voy a ir a la cárcel —anuncio cuando emprendemos la marcha hacia el coche—. Con Ernesto. Ambos necesitamos despedirnos de papá para siempre. —Inspiro—. Bueno, en realidad es importante para mí y el buenazo de mi hermano se ha empeñado en sostenerme por si me caigo.

—Ojalá no tuvieras que cerrar un capítulo, ojalá no hubiera existido nunca…

—A veces las cosas suceden sin más y no podemos optar por ignorarlas.

—Suelto un largo suspiro mientras coloco a mi niño en la sillita del coche.

Cuando me siento al volante aprieto los dedos en él, como cada vez que evoco a Madison sentada a mi lado cuando todavía éramos felices.

La echo tanto de menos que no puedo ni respirar sin sentir una rotura total—.

Papá se encargó de crear un hijo amargado e incapaz de amar, pero la vida me ha mostrado la verdad, mi capacidad de querer, de darlo todo por alguien.

—Mis ojos se van al retrovisor para observar a mi pequeño—.

Solo hace falta una chispa para prender un corazón.

—¡Dorian! —Sus ojos vuelven a llenarse de lágrimas—. ¿Qué has hecho con mi hijo y quién eres tú? ¡Si incluso estás usando citas cursis de novela para hacerme sonreír! No sé, te miro y no veo nada extraño, aunque me da en la nariz que quizás unos extraterrestres te han abducido…

Suelto una carcajada que consigue destensar el ambiente y conduzco acompañado de la música y un silencio cálido. No necesitamos más para sonreír y encauzar sin tanto peso el resto del día, de la semana, del mes, del año, de nuestras vidas.

Es curioso, hablar de tus sentimientos, de los problemas, de lo que te agobia, logra mitigarlo.

Estos últimos meses he volcado mis esfuerzos en las clases, el fútbol, la conducción, en convertirme en el mejor padre de la historia y en no dejar de contarle nada a Madison mientras le concedo tiempo, aunque la espera me mata.

Llegamos a casa, una donde la conocí como Ashley. La amé, la traicioné y me convertí en un hombre de demasiadas caras para ella.

Si pudiera retroceder el reloj, actuaría diferente, jamás habría renegado de lo nuestro y todavía la conservaría a mi lado.

Agarro fuerte el asa del cochecito mientras entramos en el recibidor.

Hay instantes de recaída. Al principio eran muchos, a medida que avanza el tiempo se reducen, aunque siguen ahí, dispuestos a provocarme en momentos puntuales, cuando algo ajeno a mi capacidad de verlos venir los dispara.

En el salón nos encontramos con Ernesto y Rachel sentados muy juntos en el sofá, frente a la televisión.

Parecen bastante absortos con las noticias.

Miro el reloj para cerciorarme de que tenemos todavía unos minutos hasta el momento de salir para prisión, así que dejo a mi madre con Denton irse a la habitación de juegos y ocupo un asiento al lado de mi hermano y su novia.

Él baja el volumen y se gira hacia mí con una expresión ansiosa.

—¿A qué hora nos vamos? —pregunta mi hermano.

—Si no quieres venir… —le digo—. No es una obligación.

—¡Claro que te acompañaré! —Me mira con indignación—.

También es mi padre. Y tú mi hermano, el único que tengo.

Has mejorado mucho gracias a la terapia, pero…

No dejas de ser Dorian. —Resoplo y lo observo indignado—.

¿Ves? Acabas de apretar los puños y bufar como un animal cabreado.

No voy a arriesgarme a que papá lo fastidie todo.

¿De verdad estás preparado para enfrentarte a él? Ya sabes cómo te afectan sus mensajes…

Mi impulsividad me incita a contestar con rapidez y un conato de rabia, a increparlo por atreverse a hablarme así, sin embargo, la contengo.

Ernesto tiene razón en dudar de mis reacciones y no me puedo enfadar con él por decir la verdad.

Así que asiento, suspiro y me relajo, a pesar de sentir palpitaciones en la garganta.

—Podré con él —aseguro.

—Eso espero. —Mi hermano ha madurado mucho, ya no tiene nada de ese niño introvertido y sin demasiada sangre en las venas, y lo admiro por su tesón.

Cuando se acerca para abrazarme me flipa su reacción, su capacidad de ver a través de mí, de encontrar mi miedo y aplastarlo con un simple gesto—.

Te quiero, tío. —Me desmonta con esta frase.

Es suficiente para entender mucho más, y sí, joder, se me escapa una lagrimita—.

Y voy a estar ahí por si te caes, como tú estabas cuando era un crío asustado por probar los puños de un cabrón sin escrúpulos.