28 #2
Tras la cena, Dorian se ocupa de preparar a nuestro hijo para regresar a casa. Lo observo desde una distancia prudencial, sus gestos cariñosos, cómo le habla sin perder la sonrisa, su amor hacia él.
Tras su nacimiento sufrí por su relación, no sabía si lo ocurrido con su padre lo predispondría a actuar igual, como alguien inestable.
Sin embargo, el tiempo ha borrado esa imagen.
Y ahora sus actos lo confirman, esa delicadeza con la que arropa a Denton, su voz al hablarle con sonrisas, sus gestos de ternura infinita y la respuesta entusiasta del bebé.
—Me lo voy a llevar a la cama —anuncia Tammy acercándose a Dorian—. Está a punto de caerse de sueño.
Él asiente, besa a nuestro hijo en la frente, lo coloca en el cochecito y le dice adiós con la mano.
—Cuídalo bien. —Le guiña un ojo a Tammy.
—Siempre —responde ella, ya en la puerta.
La música nos envuelve de repente. Empiezan a sonar ritmos latinos de los que Juliette adora, y mi amiga se lanza a la pista a demostrarnos cómo sus clases en una academia próxima a Reynolds Oil han logrado convertirla en una experta.
Rachel y Sutton la siguen al instante, aunque ninguna logra la maravillosa coordinación de mi amiga. Los demás se van animando con rapidez y al final hasta yo me lanzo a imitar como puedo sus gestos. Es liberador, divertido, perfecto.
Mientras las canciones van cambiando, me dejo ir, destierro la contención y disfruto de la velada. Hay chupitos de José Cuervo y barra libre de bebidas.
Dorian se acerca en cada canción, hasta que termina ofreciéndome un espectáculo digno de un bailarín latino. Mantengo la distancia, pero le sigo en algunos pasos y río a carcajadas al descubrir sus caras divertidas, implicadas, cargadas de una complicidad a la que debería prestar más atención.
La música cambia, empieza a sonar un rap de los más conocidos por nosotros. Él junta el puño como si fuera un micrófono, me lanza una mirada cargada de intención y empieza a cantar sin reparar en nada, a lo grande, con su vozarrón entonando las palabras con diversión.
Algo extraño se apodera de mí porque, en vez de apartarme, de pensar, de actuar con la cabeza, lo emulo y me suelto hasta el punto de reír sin tregua mientras sigo la letra sin piedad.
Nuestros amigos se unen y la sala se convierte en un conjunto de voces con diferentes grados de desafinación al son de nuestros cuerpos danzantes.
Un par de horas después me siento para reponer las fuerzas, con un vaso de limonada como compañero. Dorian no tarda en ocupar la silla de mi lado y mi corazón salta inquieto en el pecho, a la expectativa de sus palabras. Hay un nudo de nervios en mi interior.
Todavía no estoy lista para esto, tengo tanto miedo…
—Estás preciosa —susurra con una enorme sonrisa—. Tenía tantas ganas de verte… —Se muerde el labio y sus ojos chispean—. ¿Sabes? Denton se parece muchísimo a ti, tiene tu sonrisa, tus ojos…
—No hagas esto —suplico al sentir un vuelco en el corazón.
—¿El qué? —Arrastra la silla hasta colocarla justo al lado de la mía. Se acerca a mi oído y me habla pegado a él.
—Esto… —Muevo los brazos, como si bastara para explicarle cómo me siento—. Hacer ver que no pasa nada entre nosotros. Que todo está bien.
Me coloca un mechón de pelo tras la oreja, dejando su dedo más de la cuenta en mi mejilla. Se acerca a mi oído.
—Solo me ha faltado besarte —susurra. Y mi cuerpo entero se estremece.
Esa frase, su tono, los recuerdos…
Me levanto como si tuviera un muelle en el asiento.
Lo miro con pánico, con la sensación de haberme vuelto loca al permitirme que se acercara tanto.
No lo entiendo, ¿cómo hemos llegado a esto?
¿Por qué no me he mantenido a distancia?
¿Cómo consigue engatusarme siempre hasta el punto de que besarlo sea mi único deseo?
Las reminiscencias de esa lejana noche de hace cinco años, de cómo acabó todo, de la sucesión de puñaladas traperas que me ha infligido desde entonces…
Me alejo, corro.
Dorian me atrapa del brazo y yo me preparo para su inevitable explosión, para enfrentarme a su rabia.
—Te esperaré siempre, Maddie. Siempre —anuncia.
Me giro despacio, con la angustia de ver sus ojos encendidos, sin embargo, me sorprende descubrir una expresión de absoluto amor, de deseo, de determinación a no rendirse, a luchar, a mantener su promesa de no agobiarme—.
Necesitas tiempo para volver a confiar en mí.
Y te lo daré porque te quiero y nada me alejará de mi única meta en la vida: estar contigo para siempre.
—Dorian, yo… —No sé cómo continuar, se me quiebra la voz—. Debería irme. Lo de la boda no puede volver a pasar, no es lo que quiero. Y estar así contigo, charlar como si fuéramos amigos…
Sonríe, me suelta el brazo, se acerca para besarme en la mejilla y asiente.
—Estoy al otro lado del teléfono —dice—. Te quiero.
No me retiene, no me grita, no me exige que me quede a su lado, y eso me descoloca. Sacudo la cabeza, negando, y camino hacia mis amigos para despedirme, sin centrarme demasiado. La idea de abrir la caja de Pandora de mis sentimientos no es buena, no estoy lista para hacerlo.
¿Alguna vez lo estaré?