28
MADISON
La calle está repleta de niños disfrazados cuando camino por ella empujando el cochecito de Denton hacia el restaurante donde hemos quedado con mis amigos para celebrar Halloween todos juntos.
Un par de críos pasan corriendo a mi lado, uno de ellos lleva un traje de Batman, el otro de Superman.
Sus risas inundan el momento, junto a la de sus padres llamándolos para que no se alejen tanto.
Sonrío con nostalgia al ver sus bolsas preparadas para llenarse de caramelos, cómo la emoción los impulsa. Las expresiones de sus padres, esa mezcla de paciencia y orgullo.
He tardado más de la cuenta en salir de casa porque la idea de ver a Dorian de nuevo me inquieta. Ajusto la mantita de Denton, aunque no lo necesita. Solo por hacer algo con las manos.
Llevamos casi dos meses de mensajes cruzados; al principio solo contestaba con palabras escuetas para mantenerlo al margen de mi día a día, pero a medida que me contaba cosas interesantes de su vida me sentía tentada a indagar más, a compartir con él pequeños detalles de mi rutina.
Tras la primera semana, empecé a contestar cada vez con más palabras a sus textos, a quedarme con los labios arqueados hacia arriba cuando me escribía y a pasarme las horas esperando con el móvil en la mano a que llegara una nueva comunicación.
Crispo los dedos en el cochecito mientras avanzo.
El miedo es mi emoción más intensa en estos momentos. Me aterran todas las posibilidades. Y, aun así, me ilusionan.
Trago saliva.
Si termino con toda esperanza de recuperar lo nuestro, me quedaré destrozada. Y si le otorgo una nueva oportunidad, me pasaré los días angustiada, siempre aguardando su puñalada trapera, una nueva estrategia para derruir mi corazón, uno de sus arranques de ira.
Es demasiado complicado elegir una dirección, ambas me podrían romper de una manera irrecuperable, quizá por eso llevo tanto tiempo resistiéndome a mirar a la cara la situación, a actuar, a tomar un camino.
Me detengo en la acera, incapaz de dar un paso más. El ruido de la calle se apaga y solo queda esa vocecita interna que ulula en mi mente. «Peligro», susurra.
No sé si puedo hacerlo.
Me aterroriza averiguar cómo reaccionaré al verlo otra vez, con el recuerdo de nuestros besos en la boda de Juliette y Ralph acosándome, de sus palabras, de cómo se ha pasado los últimos meses desnudándose ante mí a través de los mensajes, sin subterfugios ni aprensión.
¿Y si de verdad ha cambiado? ¿Y si existe una posibilidad de ser feliz a su lado?
Doy un par de pasos más, temblando. Sigo caminando, lenta, acompañada por los latidos acelerados que pulsan en mil lugares de mi cuerpo.
Al pararme en el semáforo de la acera de enfrente del restaurante mi ansiedad ha llegado a un punto crítico.
Escaneo la calle para corroborar la ausencia de reporteros.
He salido de la mansión por la puerta secreta para despistarlos, aunque también siguen a Dorian y algunas veces se pegan a Juls, a Ralph o a Warren por ese morbo malentendido de acercarse a los amigos de las personas que ellos consideran «famosas» y sacar alguna historia jugosa.
No hay prensa. Estoy segura.
El semáforo cambia a verde. Me sudan las manos cuando empujo el cochecito con firmeza. La mayor que soy capaz de reunir. Y vuelvo a quedarme quieta al llegar a la puerta. Con la taquicardia golpeándome fuerte.
Mi niño emite un par de gorgoritos. Tiene nueve meses, es guapísimo y se ha convertido en la luz de mi vida. Me inclino para darle un beso en la mejilla. Lo he vestido de Arrow. Ha sido en un arrebato del que ahora me arrepiento.
¿Cómo puedo ser tan tonta?
Hace cinco años de ese día. Nuestro primer beso… La imagen me golpea con fiereza. Siento como si un rayo me acabara de alcanzar y me partiera en dos. Marcó el inicio de un camino plagado de baches, de amor, de dolor, de resentimiento.
—¿Maddie? —Juliette está enfrente de mí. Acaba de salir de la sala en mi busca, supongo que el dueño la ha avisado de mi llegada—. ¿Qué haces ahí parada?
Alzo la vista de golpe y parpadeo, desorientada.
—Nada. —Sacudo la cabeza con un suspiro—. Solo… yo…
—¡Venga ya! —Me lanza una de sus miradas más capciosas. La conozco demasiado y puedo intuir sus palabras calladas—. Déjate de tonterías y entra de una vez.
—¿Está? —pregunto con un hilo de voz.
Su sonrisa es taimada. Se acerca, le hace una carantoña rápida a Denton y me rodea con los brazos. Me apoyo en su hombro con una profunda espiración.
—Lleva diez minutos mirando la puerta —explica mi amiga y a mí me da un vuelco el corazón—.
Los dos estáis igual de atacados. ¡Parece mentira!
—bromea—. Con lo decidido que era Dorian antes…
—Me separa de ella con una expresión cariñosa y yo aprieto los labios—.
Vamos, ha llegado la hora de celebrar Halloween juntos.
—Baja la voz—. Y de enfrentarte a tus miedos.
Asiento. Me recompongo como puedo la ropa, el maquillaje y el alma. Hoy hace cinco años de nuestro primer beso, de esa noche lejana en la que salí a cenar con él, bailamos durante horas en el gimnasio del instituto, terminamos la noche en mi habitación y sellamos nuestros labios con emoción.
La mera mención en mi mente de esa parte me desestabiliza.
Se me corta la respiración un segundo. Aprieto los puños y sigo a mi amiga dentro de la sala.
Juliette lleva el cochecito y yo no sé bien qué hacer con las manos, me tiemblan, como la mirada.
Las escondo en los bolsillos, no quiero que nadie se dé cuenta de mi estado.
Nada más entrar, lo noto. No lo veo, pero sé que está aquí. Y el aire se vuelve denso, casi irrespirable.
Sutton es la primera en venir a saludarme, lo hace con la efusividad de siempre, esa que me emocionó desde nuestro primer encuentro. Me muestra su anillo de compromiso muy ilusionada, me anuncia la fecha prevista —14 de febrero en Elberta— y me insta a aceptar la invitación de palabra.
Asiento, sonrío, los beso en las mejillas. Totalmente en piloto automático porque solo puedo estar atenta a su perfume. A su presencia. A él.
Cuando se aparta para ocuparse de Denton, el desfile de personas que me saludan se alarga durante unos minutos. Cada segundo pesa más. Warren, Ralph, Miles, la tía y los primos de Dorian, el reverendo, Rachel y Ernesto.
Este último se acerca a mi oído para susurrarme un enorme gracias por mi generosa oferta de contratarlo a él y a su novia para realizar algunas gestiones informáticas para Reynolds Oil. Es un chico muy despierto, con unas cualidades innegables y, junto a su chica, forman un dúo muy competente.
—Ven con la abuela, pequeñín —dice Sutton.
—Papapapapa —balbucea Denton.
Entonces lo veo. Y todo lo demás desaparece. Está quieto a un lado, observándome… Da un par de pasos hacia nuestro hijo y lo abraza.
Contengo la respiración como puedo y regreso la atención a Ernesto y a Rachel.
A cualquier cosa que no sea él. Les estoy echando una mano en la solicitud para su universidad soñada y me centro en eso, en explicarles que ya he preparado y mandado un escrito de recomendación a ambos con una detallada información de sus colaboraciones en mi empresa.
Alargo más de lo razonable el saludo para evitar a Dorian. Un segundo. Y otro… Mi corazón parece una taladradora en su máximo apogeo.
Ya no tengo escapatoria.
Da unos cuantos pasos, le da a Denton a su madre y se para frente a mí con los ojos brillantes y una sonrisa inquieta.
La respiración se me dispara, se convierte en resuellos, no la controlo.
El pulso me late furioso en los oídos, en las sienes, en el vientre.
Los labios me cosquillean de anhelo. El cuerpo se me llena de un hormigueo eléctrico.
Y esa tensión de siempre crepita entre nosotros.
—Hola —susurra, ya demasiado cerca.
—Hola. —No puedo responder nada más.
—Le has puesto el disfraz de Arrow —musita, ilusionado.
Me humedezco el labio inferior, suelto el aire y desvío la mirada, incapaz de sostenérsela sin desfallecer. Los nervios me atacan con su mordacidad.
—Le gusta…
Dorian avanza un poco más, hasta quedarse a pocos milímetros de mí. Su calor corporal me alcanza, me envuelve, me aturde. Escucho sus resuellos, descubro la avidez en su expresión, cómo se está conteniendo para no besarme.
Mi mirada baja a sus labios, veo cómo los dientes han retenido una parte del inferior. Necesito una gran fuerza de voluntad para no lanzarme a devorarlos.
Es como si un magnetismo extraño tirara de mí y me incitara a saltarme todas las luces rojas. Sin embargo, encuentro la sensatez y doy un paso atrás para alejarme.
La tristeza se refleja en su rostro, me atrapa, me sacude.
Durante un largo minuto me siento aturdida, hasta que Juliette se hace cargo de la situación y da por iniciada la cena de celebración.
La sala es grande, con una mesa al fondo y una sala de baile iluminada con focos de discoteca.
Tammy también está entre los invitados, será la encargada de llevarse a mi niño al terminar la cena para permitirme pasar una velada de diversión, o así la llama ella.
Yo no sé si podré deshacerme de las sensaciones que me provoca Dorian para relajarme.
Unos camareros entran arrastrando un carrito repleto de exquisiteces, y nosotros nos apuramos para ocupar nuestros sitios en la mesa. Por suerte el mío queda alejado de él, lo suficiente para no sentir esa tensión opaca que nos une.
Denton va de falda en falda, amenizando la ya de por sí agradable conversación.
Cada uno de los presentes explica anécdotas de sus vidas y les da bombo.
Mi mirada se pierde demasiado a menudo en Dorian, en sus labios, en sus ojos.
Me atrapan en más de una ocasión y, cuando sucede, todo se difumina alrededor.
Está cambiado. No se comporta con su garra habitual, no muestra impaciencia ni rabia por mi prudente distancia, parece esperanzado, como si su resentimiento de verdad se hubiera aplacado y solo quedara una intención clara de ofrecerme el espacio necesario para confiar en él de nuevo.