27
DORIAN
Han pasado veintiún días desde nuestros besos. Fue tan visceral, tan intenso, tan perfecto… No dejo de soñar en ella, en sus labios, en sus gemidos, en cómo se deshizo entre mis brazos y en sus palabras tras proponerle una cita.
—Te quiero, Dorian. Y me gustaría muchísimo volver a confiar en ti.
—La tenía abrazada por la cintura, muy pegada a mi cuerpo con nuestras frentes unidas y el sabor de su boca todavía inundando la mía—.
Pero no se puede forzar ni pensar que solo deseándolo lo lograré.
Denton es lo primero en mi lista, y sí, has demostrado tu intención de cambiar, con el niño te portas increíble, te has convertido en un gran padre para él. Sin embargo…
La callé con un beso al que respondió con un gemido.
Enseguida colocó las manos en mi pecho y me separó.
Entendí sin necesidad de palabras el gesto, su necesidad de ir despacio, de descubrir si sigo siendo un capullo explosivo.
Me dolió su expresión expectante, como si esperara una reacción airada por mi parte.
Aunque en el fondo reconocí que me la había ganado a pulso. Y lo entendí.
Fue como si de repente todas y cada una de las palabras de Charles cobraran vida.
—No puedo prometerte que me comportaré siempre, Maddie —acepté sin soltarla de la cintura—.
Mi temperamento está ahí, no desaparecerá.
Aunque ahora lo controlo mejor, me entiendo, sé qué lo dispara y cómo actuar cuando sucede.
—Inspiré aire despacio, con los ojos cerrados.
Al abrirlos la miré con deseo—. Estoy superando lo de mi padre, sus duras palabras, los golpes, las secuelas…
No es excusa, debería haber actuado diferente contigo, esa es la verdad.
Y lo siento tanto… Pero necesito que me creas, que me dejes formar parte de tu vida.
—No puedo hacerlo, Dorian. —Apretó las pestañas con dolor—. No puedo.
—No me rendiré. —Volví a colocarle la frente sobre la suya, con el anhelo de sentirla, de tocarla, de tenerla lo más cerca posible—.
Porque mi única meta es formar una familia contigo y con Denton.
Quizá sea de mecha corta, pero he aprendido a distinguir por qué quiero luchar.
—Ella cerró los ojos—. Y es por ti y por Denton.
Por formar una familia. Para siempre. Sin dolor, ni rabia ni miedos absurdos.
—¿Y qué pasará si no lo consigues?
Otra vez me lanzó una daga con su desconfianza en la voz.
El antiguo Dorian habría contestado con rabia, lo habría mandado todo a tomar por el culo y habría sido ese chico frío, con coraza, vengativo e insensible.
Ese había sido yo hasta hacía pocos meses, alguien a quien no deseo parecerme nunca más.
Y lo curioso es que no me costó actuar como una persona diferente; la terapia, mi hijo, mi amor, mi nueva capacidad de entender quién quiero ser me lo impidieron.
—Que seguiré insistiendo. —Sonreí a darme cuenta de la gran verdad escondida en mis palabras—.
Mientras haya esperanza y tus ojos sigan diciéndome cuánto me amas, me esforzaré por demostrarte que soy el hombre que mereces.
Porque ya no me asusta amarte, Madison. Quiero hacerlo, ser tu centro, tu inicio, tu final, tu todo. Como tú lo eres para mí.
Gimió. Sollozó. Lloró. Y me besó de nuevo. Fue un gesto tierno, cariñoso, bonito, perfecto. Y, cuando se separó con lentitud de mí para levantarse, tuve la certeza de que acabábamos de dar un paso en la dirección correcta.
—Ojalá esta vez sea cierto…
Se fue para regresar con los invitados y mi corazón latió con fuerza.
Durante el resto de la boda nos cruzamos miradas, sonrisas ansiosas por su parte y expectantes por la mía.
Nos despedimos con palabras, sin gestos ni besos.
Solo un «nos hablamos». Me dejó a Denton para pasar el fin de semana con mi familia, ella debía regresar a Dallas a primera hora de la mañana para acudir a un evento de trabajo al que no podía faltar.
Abrazó a los novios, les prometió enviarles el jet a las doce de la mañana del día siguiente para que iniciaran la alucinante luna de miel pagada por ella y se quedó de pie frente a la puerta de su casita del bosque hasta que nos perdimos en la lejanía.
Si algo he aprendido con la terapia y la introspección es cómo la confianza se nutre de actos, demostraciones, evidencias.
Antes creía que mi único motor para caminar por la vida era demostrarle a mi padre mi valía, conseguir todas y cada una de sus metas, llegar a lo más alto en el fútbol, superar sus récords en el circuito de la granja Rowan y las vejaciones verbales a costa de mostrarle hasta dónde era capaz de llegar.
Y, sin embargo, cuando la rabia se aplacó y las cicatrices de sus golpes, tanto físicas como emocionales, casi desaparecieron de mi cuerpo y de mi corazón, descubrí que mi único deseo real era conseguir estabilidad, una familia, amor, llegar a la cima acompañado de Madison y de Denton.
Por eso hace veinte días empecé a escribirle el primero de una larga lista de mensajes: «Buenos días.
He soñado contigo, con nuestro niño, con un futuro a tu lado. Buen vuelo. Te quiero».
Su respuesta a esa primera comunicación fue escueta, un simple «gracias».
Mi estúpido corazón se había ilusionado con recibir un poco más de literatura, pero lo acaté y no me rendí, mi promesa de no hacerlo es lo único válido en mi vida, una premisa para avanzar con la fuerza requerida para lograr mis metas.
Desde ese día, cada mañana le deseo buenos días; por las noches, antes de apagar la luz, le escribo para que sepa a quien le dedico mi último pensamiento; y durante la jornada le cuento cada hecho de mi existencia, comparto con ella mis ilusiones, mis penas, mis alegrías.
Desnudo mi alma como jamás lo he hecho. Le doy pinceladas certeras de quién es Dorian Stone, qué piensa, qué teme, qué ama, qué desea, qué le duele.
Incluso me permito añadir algunos recuerdos punzantes de mi padre, de cómo me marcó tanto en el corazón como en el cuerpo.
Ella a veces responde con un emoticono simple, llano, sin contenido de verdad. Ese pulgar hacia arriba que tanto me destroza las esperanzas porque lo considero vacío. Otras pone «igualmente» o «gracias» u «ok», y en muchas no hay respuesta, me deja en visto y sigue con su vida.
En el pasado esta ausencia de avances me habría desquiciado hasta el punto de subirme al coche y montarle una escena en la puerta de su casa. De gritar, vilipendiar, golpear de manera verbal, buscar venganza…
Ese era el Dorian de antes, el de ahora ha entendido que Maddie se merece caminar a su ritmo, ofrecerle muestras de que puede confiar en mí de verdad y, a pesar de los malditos impulsos que pugnan por exigirle una réplica a mis insistentes palabras, pesa más su bienestar, brindarle el espacio necesario para que cuando vuelva a mí sea porque quiere estar conmigo y confía en mí.
Mi rutina actual es muy predecible: entrenar dos horas al día, no perder ni una sola clase, recoger a mi hijo cuando me toca, estudiar, ver partidos de fútbol y pasarme algunas horas libres en el circuito de Warren; y no dejar de escribirle, llamarla, escucharla, preparar la cita perfecta para cuando al fin la acepte.
Porque lo hará, aunque tarde toda una vida lo lograré.
Madison es mi destino y nada me lo arrebatará.
Es sábado. Ayer tuvimos el último scrimmage antes de que arranque la temporada universitaria.
Es mi último año en la universidad, con los chicos, en Austin.
Todo apunta a que mi futuro en la NFL pasa por los Dallas Cowboys, y quiero disfrutar de cada segundo, atesorarlo, sentir la importancia de todo cuanto sucede.
Antes no lo hacía, solo buscaba un fin en vez de saborear el camino. Es muy gratificante cambiar de actitud y ser consciente de las mil emociones encerradas en instantes que a simple vista parecen triviales.
Me subo al coche para recorrer el circuito con él y alzarme con una victoria.
Mi nivel de ansiedad está por las nubes, casi toca la estratosfera.
Y la culpa la tiene ese último mensaje de Madison que esta mañana me esperaba en el teléfono y ha conseguido arrancarme un grito de victoria, junto al puño levantado, tras contarle que un ojeador de los Dallas Cowboys estuvo en mi último partido y me felicitó después por mi rendimiento: «Eres el mejor, Dorian» .
Ha sido como si por fin sintiera que todos estos meses de lucha fructificaran, porque esas simples palabras muestran que he llegado a ella.
Desde mi desafortunada boda con Candy y el posterior divorcio la prensa no ha dejado de hablar de nosotros. Cuando Madison regresó de Mallorca con un niño y anunció que era mío, las habladurías se multiplicaron por mil y se centraron en mi paternidad, la infidelidad, mis malas decisiones…
Una pesadilla.
Muchas veces las cámaras me siguen, me acosan, me agotan. Las publicaciones siempre se ensañan conmigo, la pintan a ella como una víctima de mi puño de acero, como si me hubiera aliado con su tío y sus primos. Y cada vez que me persiguen me hierve la sangre.
Hoy ha salido uno de esos artículos punzantes.
Mientras estoy al volante del Mustang GT cupé de 2002 que heredé de mi padre, permito que esa rabia de antaño se convierta en garra, en energía, en mi motor para conducir al límite de la prudencia. He aprendido que es una de las mejores terapias para soltar la adrenalina.
La música a un volumen machacón, el pie en el pedal dándole gas al coche, los dedos agarrados al volante con fuerza, esa sensación en el estómago, las cosquillas invadiendo mi piel, la concentración total en el asfalto, en tomar cada curva a la máxima potencia, sin volcar…
Mi inquietud desaparece al instante porque solo importa correr más rápido, forzar el GT hasta los topes, superar cualquier marca anterior.
Ser el rey de la pista. Dejar que el coche alcance su máximo potencial.
Ganar la carrera. Y hacerlo por la emoción, no por la necesidad de ser el mejor.
Competir mientras disfruto de cada una de las sensaciones y el peso de los agobios se diluye en la nada.
Warren está esperando a los conductores de la última carrera de hoy, como cualquier tarde de sábado, observando el circuito que era de su padre y del que se ocupa solo los fines de semana.
Con el tiempo se ha convertido en un verdadero amigo, uno de esos al que puedo confiarle hasta mi vida.
Al aparcar el resentimiento no solo estoy dando pasos gigantes hacia mi futuro soñado, también he descubierto pequeñas ilusiones jamás imaginadas, como compartir parcelas de mí con personas a las que de verdad aprecio.
La mirada de mi amigo está velada por una agitación monumental y mi sonrisa más socarrona ocupa los labios.
—¡Eso ha sido la hostia! —exclama al verme bajar del Mustang—. ¡Ibas a toda leche! ¡Lo has petado, joder!
—Ella también conduce así —concedo con chanza—. Y nunca te he visto hablarle con esta ilusión, tío. ¿Te estás ablandando?
—¡Es una jodida kamikaze! —Suelta una carcajada—. Flipé la primera vez que la vi correr. No le tenía miedo a nada. Y parece que has aprendido de ella porque, tío, acabas de superar uno de sus récords.
—¿En serio? —inquiero con una sonrisa de tres pares de narices. La euforia se cuela en mi voz—. ¡Me lo he pasado en grande! Ha sido una de mis mejores carreras.
—Te sienta bien esta nueva versión de ti, Dorian. —Palpo su emoción y me siento muy feliz de contar con él en mi vida—. Sigue así y ella volverá a confiar en ti.
Mi corazón da un vuelco enorme. Warren es muy observador, quizá por eso es un portento en el juzgado y uno de los mejores abogados del estado. Suelto una enorme bocanada de aire, me paso la mano por los ojos, por el pelo, por la cara, y lo miro.
—Cuando nos besamos en la boda de Juls y Ralph fue… ¡Joder! Fue impresionante... —Suspiro con ansiedad y un sinfín de emociones dispares—. Sé qué quiero, Warren, y es a ella.
—Pues no te rindas. —La vehemencia en su voz me despierta una sonrisa—.
Madison solo necesita tiempo para descubrir en quién te estás convirtiendo, dejar de sufrir, de tener miedo.
—Me da una palmada en la espalda—. Y tú también lo necesitas.
Sigue así, no la cagues y ve a por ella, pero con paciencia, tío, dando un paso tras otro.
—Estoy jodidamente enamorado de ella —afirmo—. Lo he estado durante más de cinco años. Y sí, la he cagado muchísimo, un montonazo de veces, se me ha ido la olla… Pero no la fastidiaré nunca más.
—¿Estás dispuesto a dejar de ser un capullo integral para siempre? —inquiere—. ¿A no dejarte dominar nunca más por esas ansias de venganza que no llevan a ninguna parte?
—Absolutamente. —Asiento con determinación—. Ella y Denton serán siempre lo primero en mi lista de prioridades.
Es la primera vez que lo verbalizo fuera de la consulta de Charles, y sienta increíble. La sonrisa de Warren se ensancha, parece complacido.
—Sois unos tontos de remate —suelta dándome un suave puñetazo en el pecho—.
Mañana llegan Juliette y Ralph de su viaje.
Te propongo una sesión de brainstorming los cuatro en su casa.
Utilízanos para planear una estrategia, indaguemos cómo encontrar un hueco por el que colarte en su corazón y encontrar la manera de ser felices.
Porque Madison parece un alma en pena. Te quiere, recuerda ese beso, pero tiene tanto miedo a volver a sufrir que en realidad ya lo hace.
Regreso a Austin una hora después con la mente dispersa y los sentimientos amotinados.
Paso la noche inquieto, dándole vueltas a cómo actuar a continuación.
El mensaje de Madison de esta mañana es un comienzo, una pequeña luz en un túnel cargado de oscuridad.
Pero he de ir con tiento, no correr demasiado, no acelerarme y asustarla. Y mis amigos pueden ayudarme.
Sonrío al volante del coche, mientras circulo por la autopista de vuelta. Tenerlos a ellos es una de las mayores bendiciones de mi vida. No los merezco y, sin embargo, siguen conmigo. Solo me falta Maddie y mi vida estará completa.