Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 26 #3
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Nos quedamos un instante observando cómo ambos juegan con Denton. Es tan doloroso enfrentarme otra vez a la felicidad ajena. Mis ojos se desplazan hacia Dorian. Está junto a los hermanos de Ralph en la barra, sin perderme de vista un instante.

—Tu madre se merece ser feliz —aseguro con un nudo en el estómago.

—Y vosotros también. —No hace falta indagar en las palabras de Ernesto para saber a quién se refiere—. Ha cambiado de verdad. Lo está intentando, Maddie, ha luchado mucho por ti, no deberías negarte la posibilidad de intentarlo.

Escucharlo de sus labios me destroza.

¿Por qué los demás intentan convencerme de darle una oportunidad a lo mío con Dorian? ¿No ven cómo nos destruimos el uno al otro cuando estamos juntos?

Me disculpo con ellos para correr a encerrarme en el baño y vencer mi pequeño escarceo con el dolor. Una vez dentro, el pasado me abofetea.

Esa reconciliación en este mismo lugar de hace unos años, cómo acabamos haciendo el amor bajo la ducha, lo estúpidos que fuimos al pensar en la posibilidad de dejar atrás todas nuestras diferencias y construir una sólida pareja.

Bastó la llegada de Juliette y Ralph para basar esa idea idílica en mis mentiras.

Me siento en la taza del inodoro con el corazón en carne viva.

Apoyo los codos en mi regazo y escondo la cara entre mis manos, muerta por dentro, desangrándome, y muy enfadada conmigo misma.

Mi decisión de no intentarlo de nuevo no debería hacerme sufrir, más bien concederme una paz duradera.

Pero se resiste. Es escurridiza y difícil de agarrar.

Hay demasiadas parejas felices en esta boda.

Escucho cómo alguien entra.

Huelo su aroma inconfundible antes incluso de descubrir el sonido de la puerta al cerrarse, de sus pasos acercándose, de cómo se arrodilla frente a mí, de sus manos retirando las mías de la cara.

Aprieto fuerte los párpados, me niego a mirarlo, a sentir cómo mi corazón bombea al triple de velocidad, cómo mis labios hormiguean de deseo, cómo lo anhelo. Abro los ojos con mucha lentitud, con resuellos. Él no suelta mis manos y su tacto dispara una corriente cálida en mi piel.

Nos quedamos mirándonos durante una eternidad. Nuestras pupilas hablan de sentimientos, de avidez, de amor. ¿Por qué sigo amándolo con esta intensidad? ¿Por qué me estoy muriendo por sellar nuestros labios? ¿Por qué no puedo simplemente levantarme y alejarme de él?

Hago el amago de apartarme. Apenas unos centímetros. Pero no lo suficiente.

Avanza la cabeza hasta posar su frente en la mía.

Contengo la respiración. No me muevo. No huyo.

Suelta mis manos para colocarme las suyas en las mejillas.

Las mías dudan un segundo en el aire antes de caer, como si no supieran si apartarlo o rendirse.

Me muerdo el labio para reprimir los gemidos, hasta notar el leve escozor, intentando anclarme a algo que no sea él.

Las ganas de besarlo y la cantidad insana de emociones que me sacuden me incitan a unir nuestras bocas, a sentir ese chispazo al conectarlas, a desatar mi avidez, a devorarlo.

—No… —susurro sin convicción, sin apartarme.

Un gruñido bajo rompe el aire antes de que me bese, como si él también estuviera perdiendo el control.

Mi lengua actúa por decisión propia, se une a la de él, sigue su misma pasión, se dedica a recorrer cada recoveco de su boca.

Lo abrazo, lo ciño a mí, lo acerco, lo aprieto tanto contra mi cuerpo que hasta lo ahogo.

Pero no puedo evitarlo. Lo necesito, es superior a cualquier lógica o pensamiento coherente. Lo echaba tanto de menos…

—¿Recuerdas la última vez que estuvimos en este baño? —susurro con la vista perdida en cualquier lugar que no sea él—. Volvimos a estar juntos después de meses de separación. Nos queríamos demasiado para estar separados y, aun así, me dijiste esa frase, esa que se clavó en mi alma.

—«Te amo aún más de lo que te odio». —Su voz suena tan afectada…

—Eso lo resume todo, Dorian. —Mi llanto arrecia al mantener mi deseo a raya—. Nunca nos hemos dado una oportunidad real porque entre nosotros ha habido demasiados secretos, rencores, obstáculos, suspicacia… Y no podemos hacer esto, Denton no se lo merece, ni nosotros tampoco.

—Nuestro hijo vale la pena, Maddie. —Su respiración me roza los labios.

Apenas un suspiro más y lo besaría. Coloca su frente sobre la mía y me abraza.

Yo actúo por inercia, abro las piernas y lo abarco muy cerca, casi pegado a mí—.

Él necesita que lo intentemos, que le demos una oportunidad a lo nuestro.

—Escucho el repiqueteo de mi corazón a mil por hora, al ritmo de mi respiración acelerada—.

Entiendo que te dé miedo, pero por favor, cariño, déjame demostrarte cuánto he cambiado. No quiero vivir sin ti ni un día más.

—¿Y si vuelves a asustarte? —susurro—. ¿Y si esta vez no sobrevivo?

—Empecemos de cero —propone—. Vayamos despacio. Déjame que te prepare una cita, salgamos juntos, hagamos todo aquello que jamás tuvimos. Por favor.

Mi corazón grita que sí. Pero no soy capaz de dejarlo salir.