Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 26
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MADISON

Abrazo a Juliette con cuidado de no estropearle el vestido. Por detrás. Estamos frente al espejo de cuerpo entero de mi habitación en la casa del bosque, a pocos minutos de la ceremonia que unirá a mi amiga con Ralph en matrimonio.

Desde que el jet ha tocado tierra hace seis horas, el tiempo me ha pasado a una velocidad vertiginosa. Mientras Sutton se encargaba de Denton, Juls y yo nos hemos aprovechado de un servicio de masajes y belleza que contraté para hoy en la casa del bosque.

Masaje corporal, hidratación facial, maquillaje, uñas, peluquería…

No he escatimado en gastos porque hoy es su día y ha de ser perfecto, y como me prohibió volar a Elberta antes de hoy para evitar que me metiera en todo —quería encargarse ella personalmente de los detalles de su boda junto a Ralph, y sabía que si yo estaba aquí sería difícil apartarme—, accedí tras una negociación bastante dura donde me salí con la mía al ser la responsable de asumir los costes del día y ofrecerle carta blanca a la hora de encargar todo cuanto le hiciera ilusión.

Tengo demasiado dinero para no compartirlo con las personas importantes en mi vida, y Juliette encabeza la lista. Mi amiga se acabó decidiendo por una carpa frente a mi casa del bosque.

Quería un lugar significativo para dar el sí quiero…

Está guapísima, siempre lo ha sido, pero en este momento, engalanada con un larguísimo vestido blanco pegado al cuerpo, que realza su figura perfecta, maquillada como una diva y peinada con un recogido digno de una reina, mi amiga luce deslumbrante.

Me separo de ella, doy un paso atrás y la miro con emoción, apretando los labios para que no se me note demasiado.

Hace un instante se ha marchado la peluquera y solo quedamos nosotras dos.

Juls sigue de pie frente al espejo, con la atención puesta en su reflejo. La conozco demasiado como para no intuir una hebra de tristeza en su expresión; sus dedos se tensan un segundo sobre la tela del vestido.

—Le mandé una invitación —musita con dolor, sin mirarme, como si no pudiera enfrentarse a mí—. Y no ha contestado.

No necesito saber de quién está hablando, lo tengo clarísimo.

Su hermano se volvió bastante irascible tras la muerte de sus padres, la tomó con Juliette, la culpó de no poder ir a la universidad, de la ruptura con su novia, de quedarse en Elberta atrapado.

Lo hizo con los puños demasiadas veces. Me exaspera que ella siga defendiéndolo y echándolo de menos. El muy capullo no se lo merece.

—Hace años que no sabes nada de Reese. —La envuelvo de nuevo entre mis brazos, apretándola más de lo que debería, como si pudiera sujetarla para que no se rompiera.

No voy a dejarla sin consuelo cuando más me necesita—.

Encontramos la manera de que fuera a la universidad y desapareció de tu vida sin mirar atrás.

No puedes seguir esperando a que cambie, Juls.

—Me pidió perdón —susurra separándose de mí y buscando fuerzas para reprimir las lágrimas. Parpadea rápido y se clava las uñas en la palma de la mano—. Antes de irse se arrepintió, habló conmigo, incluso se comprometió a ir a terapia. Y es la única familia que me queda.

—Llevamos demasiado tiempo con la misma conversación.

—Suelto el aire despacio, tensando la mandíbula—.

Si hubiera querido solucionar las cosas contigo, habría aparecido alguna vez por Dallas, te habría llamado, habría contactado por cualquier medio.

Estamos en la era digital. No es tan difícil.

—Asiente con muchísimo dolor en la mirada, en sus gestos, en su expresión.

No quiero verla así, hoy es un día especial, ha de disfrutarlo—.

Sácatelo de la cabeza, no le permitas estropearte la boda.

No lo vale. Además, para mí te has convertido en una hermana.

No se necesitan lazos de sangre para eso.

Eres parte de mi familia, ¡que le den a Reese! Me tienes a mí, a Ralph, a Do…

Me callo, el nombre se me queda atrapado en la garganta. Aprieto los dedos contra la tela de mi vestido de dama de honor antes de dar un paso atrás. Inspiro con fuerza y me limpio la humedad de los ojos con el dorso de la mano, rápido, como si pudiera borrar también lo que siento.

—Tienes razón. —Fuerza una sonrisa, se vuelve a mirar en el espejo, se pasa la mano por el vestido y suspira—.

Me voy a casar en unos momentos con el mejor hombre del mundo.

—Lejos ha quedado ya aquel desliz de Ralph que un poco más y rompe lo suyo para siempre.

Me alegro muchísimo por ellos—. Y eres una hermana muy generosa.

—Levanta la mano derecha y empieza a enumerar con los dedos—.

Nos has construido una casa en los terrenos de la mansión Reynolds, para estar juntos e independientes a la vez, me has pagado esta boda de ensueño, me has regalado una luna de miel idílica en un paraíso terrenal, e incluso me has consentido esta tarde con la sesión de chapa y pintura después de obsequiarme con el vestido de novia más impresionante del mundo. ¡Eres mi hada madrina!

—Y yo pensando que no me querías por lo material…

Ahora su sonrisa es real, y me siento orgullosa de haberla alegrado.

—Te querría aunque lo perdieras todo —asevera—. ¡Si me hice amiga tuya cuando pensaba que eras una mindungui ! Y resultaste una princesa.

Nos volvemos a abrazar de forma fugaz, pero me aferro un segundo más de la cuenta antes de soltarla. Cuando me separo de ella al fin ha relajado la expresión y la ilusión vuelve a brillar en sus ojos.

—¿Vamos a casarte con tu príncipe azul? —La ayudo a arreglarse el desaguisado intentando retener mi emoción—. Ralph debe estar de los nervios. Llegas tarde.

—Venga. —Asiente con una sonrisa radiante—. No necesito a ningún Reese que me lleve al altar teniéndote a ti de dama de honor. Y mi futuro suegro lo hará de película.

Unos golpecitos en la puerta anuncian la llegada del padre de Ralph. Justo a tiempo, porque estamos listas. O eso pensábamos hasta que nos fijamos en quien acaba de entrar en la habitación.

—Reese… —susurra Juliette al borde de las lágrimas otra vez.

Él da dos pasos hacia dentro de la habitación y se detiene, como si el suelo quemara.

Se queda mirándola en un gesto tímido, asustado.

Ha cambiado mucho. Se ha cortado el pelo, está fuerte, cuidado, musculado; viste de traje, su mirada parece nítida y tierna, e incluso me atrevería a decir que está lleno de arrepentimiento.

—¡Qué guapa estás, Juls! —Se queda a pocos pasos de ella, como si no se atreviera a avanzar más—. Ralph es un tipo afortunado.

Habla con ansiedad, frotándose las manos como si no supiera dónde meterlas.

Se me tensan los hombros al instante, los dedos se me curvan en un puño antes de darme cuenta. ¿Cómo se atreve a aparecer ahora?

Juliette no reacciona. Se ha tapado la boca con las manos, mantiene los hombros rígidos, como si temiera que cualquier movimiento lo hiciera desaparecer, y sus ojos se han humedecido de forma peligrosa. Espero que el maquillaje sea de verdad waterproof o acabará emborronándole la cara.

—Has venido. —Mi amiga parece en estado de shock .

—Cuando recibí la invitación me hizo tanta ilusión… —Su voz suena sincera—. Tardó mucho en llegar porque me mudé hace dos años con Emmy. Sigo con ella, ¿sabes? Ha sido una buena influencia para mí.

Emmy era su novia…

Cuando Juls y él vendieron el diner que era de sus padres para seguir con sus vidas por separado, Emmy siguió a Reese a California para que él pudiera estudiar en la UCLA con Hunter, el hermano mayor de Ralph.

Si hubiéramos querido, habríamos conocido todo acerca de su vida, pero existe un acuerdo tácito entre Juliette y la familia de Ralph para no hablar de Reese jamás.

Sé que ella lleva todos estos años esperando una señal por su parte.

Al principio le escribió muchísimo, pero ante la falta de respuesta, se rindió.

—Me alegro —asegura mi amiga, y sé que es de verdad—. Me hace feliz saberlo. Pero… Yo…

Cierra los ojos y se calla.

—Perdóname —suplica Reese, con los dedos entrelazados con tanta fuerza que se le blanquean los nudillos—.

No tenía ni idea de si volverías a aceptarme después de cómo te traté.

—Baja la vista un segundo, como si no pudiera sostenerla—.

Estaba cabreado con el mundo y la pagué contigo.

—Se le quiebra la voz. Hay lágrimas deslizándose desde sus ojos; ni siquiera hace el amago de secárselas—.

He cambiado, Juls, de verdad —añade, dando un paso más cerca, pero frenándose antes de tocarla—.

He entendido que nunca tuviste la culpa.

—Se lleva una mano al pecho y aprieta la chapa que cuelga de su cuello—.

Emmy y alcohólicos anónimos me han salvado.

Llevo sobrio dos años, una semana y cuatro días.

—Traga saliva, como si cada palabra pesara—.

Y en todo ese tiempo no he dejado de pensar en ti.

—Podrías haberme buscado, llamado, hablado. —Juliette parece a punto de desmontarse; su pecho sube y baja demasiado rápido—. Te habría perdonado enseguida. Te necesitaba, Reese, eres lo único que queda de nuestra familia.

—Tenía miedo. —Aparta la mirada—. En realidad, soy un cobarde.

Sabía de ti por Hunter. Me ha contado un montón de cosas.

Lo bien que te va trabajando en Reynolds Oil, quién es Madison Gardner, dónde vives, con quién, qué haces.

Incluso a veces le pedía fotos. Tenía tantas ganas de verte, y a la vez estaba tan asustado…

A Juliette se le escapa un gemido.

—¿Por qué no diste señales de vida? —Sorbe por la nariz para evitar el desastre del llanto—. Era fácil, solo temías que llamarme.