Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 25 #2
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—Nosotros somos civilizados —suelta en un susurro airado—. Nos comportamos como personas adultas por nuestro hijo, pero no somos amigos, no tenemos una relación, no hablamos de otra cosa. Sabes tan bien como yo que juntos solo nos hacemos daño.

Su tono es hiriente, me alcanza el corazón y lo parte en mil pedazos, y más al descubrir la determinación en su mirada, esa resolución que se lee en ella. Está decidida a no darme ninguna oportunidad. Y sí, quizá me lo merezco, pero duele tanto…

—Estoy enamorado de ti. —Le abro mi corazón de par en par—.

Sé cuánto daño te hice, Madison. Me porté como un cabrón, me asusté muchas veces, te herí, te trituré el corazón.

—Trago saliva y suelto un suspiro—. Tenía miedo a amar, esa es la verdad.

Había visto cómo el amor destruía a mi madre, había vivido un infierno en casa y no podía permitirme sentir nada parecido.

—Tensa los labios, como si estuviera luchando por retener las lágrimas—.

Pero lo he entendido, no quiero vivir sin ti.

He tardado mucho, es cierto. —Todo su cuerpo se pone rígido y el mío tiembla—.

No soporto nuestra distancia, no poder tocarte, no despertarme cada día a tu lado, no ser parte de tu vida.

Por favor, Madison, déjame demostrarte que he cambiado, dame una oportunidad. No te defraudaré.

El silencio es su respuesta inmediata. El paso de los segundos se me clava en el alma y dispara mi ansiedad. Ella endurece su mirada. Sus ojos muestran un brillo fulminante, casi letal.

Y empiezo a desmoronarme.

—No puedo, Dorian —pronuncia sin separar sus pupilas de las mías—.

Te di todas las oportunidades posibles. —Me sienta como un jodido derechazo en la mandíbula—.

Ahora solo nos une Denton. Por él vamos a ser capaces de entendernos como hasta el momento.

Pero no sé si algún día estaré preparada para volver a confiar en ti.

Remata con una paliza nivel MMA. Duele. Desintegra.

—Madison, por favor —suplico, casi sin voz.

Me quita la mano de su barbilla, niega con la cabeza y me separa de ella con poca firmeza, temblando, como si le doliera actuar así y a la vez no fuera capaz de hacerlo de otra manera.

Me tambaleo hacia atrás, las piernas dejan de sostenerme y necesito buscar el apoyo de una butaca. Como puedo, llego a la primera y me siento en ella.

—Puedes seguir llamándome y mandándome mensajes cuando se trate de hablar de Denton. —Su voz es angustia pura. Ojalá pudiera convertirme en una coraza sin sentimientos porque captar la amargura en ella me desgarra—. Pero nada más.

Coloca el ramo de flores y la caja de bombones a su lado, mira un segundo a nuestro niño y luego cambia su foco a la ventana, con las manos retorciéndose en el regazo.

—Es mi regalo de cumpleaños tardío —susurro al señalarle la caja de bombones—.

Son de praliné con trufa. Sé que te encantan.

—Sus ojos se humedecen. Le coloco el USB en la palma de la mano y se la cierro para que lo abarque—.

Dentro encontrarás esas listas de canciones que te preparé hace tiempo, junto a nuestras fotos.

La última de todas ellas es Eternal Flame .

Sigue quieta, rígida, con lágrimas en sus ojos.

Mi corazón se desmigaja y la ira aparece como siempre, dispuesta a arrasar con todo.

¿Por qué se niega a intentarlo? Aprieto los dientes, contengo un resoplido y me interno durante unos segundos en la retahíla de pensamientos descontrolados de siempre.

Es como si esa pose suya me incendiara. Sin embargo, las muchas horas de terapia con el doctor Johnson se deslizan con suavidad en mi mente, burbujean en mi corazón, susurran palabras cargadas de sensatez.

Me levanto, aprieto muy fuerte los párpados, suelto el aire despacio por la nariz y doy un paso atrás, sin dejar de mirarla. Tardo unos instantes en contenerme, en rebajar la cólera, en tomar conciencia de cuánto voy a dar de mí mismo para lograr mi propósito.

—Te quiero, Madison. —Modulo la voz a un registro lo más suave posible.

Mis latidos todavía andan bastante acelerados, así que me cuesta un esfuerzo no ceder a mi temperamento, aunque estoy decidido a todo para domarlo—.

Llevamos mucho tiempo sufriendo, ¿no crees que es hora de intentar ser felices?

Se gira de golpe, con rabia. Está enfadada, lo noto en la llamarada que emiten sus ojos, en sus músculos faciales apretados, en la tensión de su postura, en las lágrimas que no cejan en su empeño de llenarle la cara.

—¿Qué parte de «lo nuestro se acabó y nunca volverá a ser posible» no entiendes? —pronuncia cada palabra con resquemor y ansiedad, como si necesitara convencerse a ella misma de esas palabras que flaquean sin remedio—. ¿Por qué estás aquí?

—Te quiero —repito con el corazón en la palma de mi mano—.

Y tú también me quieres a mí, aunque intentes negarlo.

—Me acerco a ella. Otra vez, suplicando en silencio un resquicio de esperanza—.

No podemos continuar así, cariño. Por favor, sal conmigo, volvamos a intentarlo, empecemos de nuevo sin mentiras, sin engaños, sin traiciones.

—¡En tus sueños! —brama apretando los labios e hinchando las aletas de la nariz.

—Me equivoqué muchas veces. Tienes derecho a desconfiar de mí.

Pero me arrepiento de verdad y ya no tengo miedo a amar.

—Aplaco el incendio de mis nervios, la tentación por levantar la voz que se apodera de mí, y le muestro mi alma—.

Denton y tú sois todo cuanto quiero. Me da igual lo demás.

Ya no me importa ser el mejor, ni jugar con los Dallas Cowboys ni demostrarle a mi padre que no soy un mierda.

He comprendido que lo único significativo de verdad es compartir los éxitos contigo, hacerte feliz, ser parte de un nosotros.

Alcanzar las metas sin vosotros a mi lado no vale la pena.

Noto cómo se le desfigura un segundo la cara, cómo una oleada de dolor la azota, cómo las lágrimas la inundan con su textura salada.

Avanzo hasta casi tocar sus labios con los míos.

Escucho su respiración acelerada, casi saboreo su boca.

Madison no se gira, no me aparta, no se mueve.

Levanto una mano hasta acariciar su mejilla.

Ella suelta un gemido casi sordo. Tiembla.

Está a punto de ceder, de conectarse con mi boca anhelante, de rebajar su contención…

Y entonces Denton se despierta. Mi hijo rompe el momento con un llanto débil, y su madre lo aprovecha para apartarse de mí, girarse y ocuparse de él mientras mi mundo estalla en pedazos y algo dentro de mí se rompe del todo.

La ira hierve en mi cuerpo con fiereza. Las ganas de golpear algo se desatan, me apresan, me duelen.

Pero me basta un vistazo a madre e hijo para sujetarla, para rebajarla, para colocarla en el lugar adecuado.

Porque ese no es el camino para recuperarla, ni la forma en la que quiero comportarme con mi hijo, ni mucho menos el carácter que quiero mantener.

Me siento en una butaca, me bebo mi infusión y me paso el vuelo comportándome como toca. Apenas interactúo con Madison, solo con Denton. Pero no voy a rendirme. Este solo ha sido el primer asalto.