25
DORIAN
Me siento en la parte de atrás del taxi con mis «regalos» a un lado. La palabra alterado se queda hipercorta para explicar mi estado actual. Más bien estoy a punto de sufrir un colapso nervioso.
—Al aeropuerto, por favor —le indico al conductor—. A la terminal de jets privados.
Responde con un simple «OK» y se pone en marcha.
Nada me detendrá en mi plan ni conseguirá disuadirme a la hora de lograr mis objetivos.
Madison va a casarse conmigo más temprano que tarde, porque regresará a mis brazos, nos dará una oportunidad y esta vez no la cagaré; tengo claro que es la mujer de mi vida, la única dueña de mi corazón, y voy a reconquistarla como me llamo Dorian Stone.
Mientras el taxi avanza entre la difícil circulación de Austin a estas horas, recuerdo una de las conversaciones con Charles en nuestras últimas sesiones.
Fue acerca de la tendencia nada sana de las novelas y las películas románticas a mostrar cómo tras una ruptura amorosa el hombre acaba tirándose a cualquiera y la mujer se rinde al celibato.
La verdad, no comprendo de dónde viene esa creencia.
Los tíos somos unos inmaduros muchas veces, pero de eso a follar para olvidar va un trecho. ¿Y lo de las tías? En serio… no tiene sentido. Nadie sabe cómo reaccionará ante una ruptura. Y no se puede generalizar según el sexo de la persona…
Mi experiencia es la hostia de jodida. Vale, joder, tuve alguna tentativa de tirarme a otra por despecho una semana después de volver de Mallorca, esa parte es cierta, pero no tardé en ignorarla porque tenía de verdad el corazón roto, ocupado por Madison, y la única mujer con la que quería hacer el amor era ella.
Y no comprendo cómo se pueden superar esos deseos acostándose con tías anónimas, como si pudieran sustituir a la única importante.
Durante el tiempo de separación he pasado por varias fases, pero en ninguna de ellas he cometido estupideces de ese calibre porque mi verdadero anhelo es recuperarla. Tenerla. Formar una familia juntos.
No puedo perder esa opción, es la única viable para ambos.
Y también para Denton. Aunque he de reconocer que mis arranques de rabia formarán parte de mí siempre.
Charles Johnson me ha dado armas para contenerlos y entender la vida de otra manera.
Hay instantes en los que lo consigo con rapidez, otros necesito mucho esfuerzo.
Tras este tiempo de duro trabajo, al fin me siento preparado para afrontar los reveses con más serenidad, sin darles la potestad de dominar mi forma de actuar.
Llegamos a la zona del aeropuerto donde están los jets privados.
Muestro el pase que me han conseguido Ralph y Juliette, mis cómplices en este plan que podría estallarme en la cara.
Si lo hace, si Madison me rechaza, si acabo perdiendo este asalto, no voy a darme por vencido.
Jamás me rendiré. Ella es mi chica y nada ni nadie me arrebatará la convicción de que voy a recuperarla.
Porque sé que ella tampoco ha dejado de quererme.
Quizá es una locura, la mayor de todas, pero la ruptura con Madison me ha otorgado la potestad de sanar muchas partes rotas de mi corazón, me ha devuelto el alma, me ha mostrado un camino claro hacia mi futuro, y ya no permitiré que mis miedos me desvíen de la meta, una trazada con convicción y sensatez, obtenida tras una lucha encarnizada contra mis tendencias a dejarme llevar por la ira.
El traje para la boda ya está en Elberta, al igual que mi equipaje.
Lo mandé todo junto con las cosas de Ralph hace cuatro días, gracias a los servicios de una de las secretarias más eficientes de Reynolds Oil.
Mi amigo ya me ha confirmado su recepción, así que solo llevo un ramo de flores en una mano y una enorme caja de bombones en la otra.
Dentro hay un pendrive lleno con esas listas de canciones que una vez me sirvieron para ganarme de nuevo su corazón cuando era un crío y todavía no entendía hasta qué punto el amor es importante, junto a las pocas fotos que atesoro de nosotros dos.
Visto sport. Unos vaqueros, una camisa, un jersey de lana y mi abrigo.
Hace un calor sofocante al bajar del vehículo, todavía está oscuro por la hora tan temprana, pero quiero llegar al avión antes que ella, y el vuelo está previsto para las siete de la mañana.
Camino hacia la zona de embarque con un subidón de inquietud demasiado intenso para asumirlo con dignidad. Hay tantas cosas que pueden salir mal, tanto por reparar y tanto que perder.
En mi imaginación resulta todo tan sencillo… Esperarla a bordo del jet, ofrecerle mis regalos, decirle palabras bonitas, abrir los brazos y ver cómo ella se lanza a besarme, como si fuera algo natural, como si me hubiera echado tanto en falta como yo a ella…
Cierro un segundo los ojos, me muerdo el labio y suspiro. Ojalá fuera tan fácil. Pero en el fondo de mi mente entiendo que hará falta mucho más para demostrarle hasta dónde estoy dispuesto a llegar para arreglar lo nuestro y mi amor por ella.
Amor…
Mis labios se curvan en una sonrisa melancólica.
No hace tanto tiempo renegaba de ese sentimiento.
Lo odiaba, lo tachaba de lo peor, pensaba que solo te producía dolor, dependencia, vulnerabilidad.
Y todavía me acojona bastante admitir que anida en mi interior, para qué voy a negarlo, pero ahora le veo otras cualidades al recordar esos meses idílicos junto a Madison en nuestra casita de Waco; la felicidad, el aleteo del corazón al estar a punto de encontrarnos de nuevo, la alegría constante, las cosquillas en la piel cuando nos quedábamos horas abrazados, hablando, haciendo el amor.
Lo añoro. Es la hostia, pero lo añoro. A ella, a su sabor, al sonido de su voz, a su tacto, a sus sonrisas, a sus ojos brillantes y expresivos, incluso a sus secretos.
Los prefiero a esta soledad dolorosa. Y sí, Dorian Stone está colado hasta los huesos por ella.
Y, por primera vez en toda mi vida, me siento capaz de gritarlo a los cuatro vientos, de no encorsetarme en esas creencias estúpidas de que amar te destruye.
He descubierto que lo único con la capacidad de matar mi felicidad es continuar blindando mi corazón, jugando a ser un capullo integral mientras niego lo que de verdad siento.
Así que lo proclamo en mi mente: «amo a Madison desde hace mucho tiempo».
Y estoy cansado de la amargura, la ira, el miedo, el deseo de vengarme por cualquier nimiedad.
Por eso estoy aquí, a punto de subirme a ese jet, con un ramo de flores, unos bombones, una playlist y unas cuantas fotos. Temblando de ansiedad.
Dentro del avión me recibe Sandy, la azafata.
Es una chica joven, agradable y con una sonrisa perenne.
Es mi segunda vez a bordo, pero eso no impide que me quede un buen rato observando embobado la decoración: ocho cómodas butacas reclinables de piel color crema, espacio entre ellas, una mesa con sillas para comer, un sofá frente a una tele, baño privado de dimensiones nada desdeñables y una habitación con cama de matrimonio.
Sé desde hace tiempo el tipo de fortuna que ostenta Madison, pero cuando me encuentro cara a cara con este derroche de lujo me recuerda nuestras diferencias.
Imagino lo mucho que debió costarle adaptarse a Elberta, a trabajar en un taller, a vivir en una casa tan pequeña, a ayudar en las tareas, incluso a hacer la comida. Pero jamás se quejó ni mostró un mínimo de resentimiento, y la admiro por ello. Es una mujer alucinante, ¿cómo pude tratarla tan mal?
Sandy me ofrece una taza de café, pero la rechazo y le pido una tila.
Sí, joder, el antiguo Dorian se cachondearía de esa elección, pero el nuevo está demasiado nervioso para aguantar un segundo más de espera.
El plan está saliendo a la perfección, sin embargo, estos minutos en soledad dentro del jet se me hacen insoportables. ¿Y si se cabrea?
Cierro los párpados con muchísima fuerza.
Inspiro con profundidad. Aprieto los puños, los labios y los músculos, con esa tremenda sensación de estar al filo del abismo.
Hay partes de mí que han madurado gracias a las sesiones de terapia y a mi tesón, pero nunca se cambia del todo, y ahí está la bravura, el pánico a fracasar, la…
—¿Dorian? —La voz de Madison me obliga a abrir los ojos y a mirarla. Estoy sentado en una de las butacas, con mis regalos en el regazo. Ella lleva a Denton dormido en sus brazos, va vestida con ropa cómoda y me mira con una mezcla de sorpresa e incomprensión—. ¿Qué haces aquí?
Me levanto con una timidez tan impropia de mí que me doy asco, la verdad. Le ofrezco las flores con una sonrisa apocada.
—No podía pasar ni un día más sin verte —admito. Su mueca de contrariedad me parte el alma, pero no me amilano y sigo adelante—. En unas horas estaremos en la boda, tú eres la dama de honor y yo el padrino, es importante actuar con naturalidad. Debíamos vernos antes. Y hablar.
Deja a Denton en una cuna que hay para él, con mucho cuidado de no despertarlo, y después se sienta en un sillón a su lado. Ignora mis regalos y mi presencia, como si estuviera debatiendo en silencio sus próximos pasos.
Está tensa, no me mira y sus manos retuercen la tela de su camiseta sin tregua.
Me acerco, le coloco las flores y los bombones en su regazo y me acuclillo frente a ella.
Mi corazón está desbocado, como si fuera un caballo galopando hacia la horca.
Controlo como puedo la respiración mientras mi mano temblorosa se posa en su barbilla para levantarla con ligereza.
Ella se resiste un instante a mirarme, pero termina conectándose con mis pupilas, y una corriente me recorre el cuerpo.
La necesidad de besarla me ahoga, recurro a toda mi fuerza de voluntad para dominarla.
El tacto de su piel, el aroma de su cuerpo, la intensidad de su mirada…
¡Joder! Es demasiado potente para aguantar impertérrito. Pero lo hago al enfrentarme a su rabia.