24 #2
—Pareces una niña pequeña, y me cansas. —Deja a Denton en su cuna, me agarra las manos y las separa de mí—.
Ahora mismo vas a escucharme y a dejar esa posición tan absurda.
—Resoplo indignada, pero él no se amedranta—.
Dorian tampoco se ha acercado a ninguna otra chica desde que se fue de Mallorca, no se ha saltado ni un día de terapia, ha dejado las fiestas, saca buenas notas, se ha ocupado de Denton y ha conseguido demostrar lo bueno que es en el campo.
—Trago saliva. Demasiado rápido. Como si el cuerpo me traicionara antes que la cabeza—.
Está loco por ti, lo sabes tan bien como yo.
¿Y quieres saber lo peor de esta negatividad tuya?
—Sacudo la cabeza con ímpetu, pero Warren esboza una sonrisa burlona —.
Sigues enamorada de él y esta cabezonería tuya solo os hace daño. ¿Vale la pena seguir así?
—¡No! —grito—. Ni de coña es así. —Niego con la cabeza, más para convencerme a mí que a él—. No voy a volver ahí. No otra vez.
Chasca la lengua haciendo un sonido bastante perturbador. Luego exhala un suspiro de frustración y señala el coche.
—Adentro —brama—. Quiero un tiempo de puta madre, ¿me has oído? Vas a convertirte en esa conductora a la que conocí hace años en mi circuito, la que no le tenía miedo a nada y era una temeraria. Y no pienso escuchar una negativa por tu parte, así que tú verás cómo te lo haces.
—Es peligroso…
Su mirada cambia y se convierte en hielo.
Es una de sus tácticas en el juzgado, y suele funcionarle a la perfección porque cuando la usa se convierte en un abogado muy despiadado.
El único inconveniente para él es lo mucho que lo conozco.
Warren tiene un corazón de oro. Tanto que las chicas siempre acaban jugando con él.
—Me estás cabreando, Madison Gardner —anuncia—. Siéntate frente a ese volante, pon la música a toda caña y dale al acelerador. ¡Ya! Y mientras corres acepta de una vez que lo quieres en tu vida. ¡Ya no puedo más de tu victimismo!
«Ni yo tampoco». Pero eso no lo digo en voz alta, ni cómo me acojona volver a estar frente a Dorian. El deseo por él nunca me ha abandonado. He luchado tantas veces… —aprieto los dedos contra mi ropa—. Tantas…
Ha habido instantes de debilidad en los que le he abierto el chat y he escrito palabras cargadas de sentimiento, pero por suerte las he borrado a tiempo, antes de darle a enviar y cometer un error gravísimo.
Estoy muy enfadada con él, tanto que no pienso ceder a la posibilidad de regresar a sus brazos como si nada hubiera ocurrido. Porque sí sucedió, una y otra vez. Me desgarró a conciencia, y si le doy la potestad de volver a entrar…
Acepto la orden de Warren y me siento frente al volante de mi Pontiac. Lo acaricio con emoción, las cosquillas de siempre se aposentan en mi estómago, y más cuando enciendo el aparato de música y le doy vida a canciones raperas para alentar la conducción.
Arranco el motor. Su rugido poderoso se filtra por mis venas para encenderme. Y los recuerdos entran en tromba en mi mente. Se remontan a mis primeras carreras en este circuito, con Garrett instruyéndome, a las competiciones que siguieron, a la emoción de conducir como una descerebrada a veces…
Y entonces vuelan a ese primer enfrentamiento con Dorian en la granja Rowan, a todas las que vinieron después, a nuestro encuentro en el circuito de Warren, cuando me convertí en la «chica de la capucha», a las carreras, a nuestra reconciliación…
Mis ojos se llenan de lágrimas cuando evoco esos idílicos meses en nuestra casa de Waco, frente al lago. Las noches, la pasión, las horas charlando como una pareja normal, cada uno de nuestros encuentros.
Escuchar la primera de esa lista de canciones rap que nos unen en gustos musicales me trae reminiscencias de esa vez que me reconquistó con listas de canciones. Y de repente me invaden los reveses, sus jugarretas, esos golpes certeros y mortales para mi corazón.
Pongo el coche a la máxima velocidad, recorro el circuito rozando la peligrosidad elevada a la máxima potencia, rompo todos los requisitos de seguridad y piso a fondo. ¿Por qué se lo cargó todo una y otra vez?
Cojo una curva muy al límite, con esos recuerdos invadiéndome por primera vez en seis meses, y me descontrolo. El coche está a punto de volcar, pego un grito mientras lucho para enderezar el volante y reconducir mis pensamientos.
Al lograrlo suelto un suspiro de alivio, acompañado de imágenes del nacimiento de Denton.
El corazón me va tan rápido que me obliga a respirar en resuellos y las ingratas de mis lágrimas irrumpen con decisión. La culpa es sin duda de la música porque por alguna razón incomprensible acaba de decidirse por la única canción con un significado muy claro para Dorian y para mí.
Eternal Flame , de The Bangles.
Detengo el coche de un frenazo, doblo los brazos sobre el volante, apoyo la cabeza en ellos y el llanto se descontrola.
Hay tanto de nuestro pasado oculto en esa canción…
Es como si ya no pudiera retener el manantial eterno de sentimientos por Dorian, mi negación a amarlo, la testaruda oposición a encajarlo en mi vida de nuevo.
Las frases de la canción se introducen en mi sistema con una cadencia destructora. No quiero amarlo, no quiero perdonarlo, no quiero verlo, no quiero pensar en él, no quiero hablar acerca de lo que pasó.
¡No quiero!
Y, sin embargo, alargo el brazo, cojo mi móvil, marco el número de Sondra y espero a escuchar su voz con el corazón en vilo.
—Dorian estará en la boda —susurro cuando contesta—. Estoy acojonada, Sondra, lo quiero tanto… ¿y si le doy permiso para volver a destrozarme? ¿Qué será de mí entonces?