24
MADISON
Cierro el capó del coche con un golpe seco, con esa satisfacción breve que solo me da arreglar algo que no está roto por dentro. Me limpio las manchas de grasa en el mono y me paso la muñeca por la frente perlada en sudor tras una hora intensa de trabajo.
Denton sigue con su siesta en la cuna que instalé en el garaje, ajeno a todo. A mí. A lo que todavía no he sido capaz de enfrentar. La mecánica me ayuda a mantener la mente ocupada. Como el entreno diario, las horas de ordenador, ejercer de madre, trabajar sin tregua…
La terapia con la doctora Sondra Adams está siendo mucho más difícil de lo que esperaba. Sabe exactamente dónde apretar. Me sienta bien en muchos aspectos de mi vida. En otros, no tanto… Porque no me dejo ayudar, eso es cierto.
Ha pasado medio año desde que empezamos a vernos y ahora empiezo a percibir resultados.
Me ha obligado a mirar cosas que llevaba años esquivando.
A ponerle nombre a lo que pasó. A dejar de fingir que no me afecta.
Aunque todavía queda mucho trabajo por delante, ambas lo sabemos.
Sobre todo, en lo referente a Dorian. A lo que siento cuando pienso en él, cuando los recuerdos quieren atraparme.
A cómo lo evito cada vez que aparece en mi cabeza.
En ese sentido estoy retrocediendo. Es demasiado doloroso, así que lo aparto y miro hacia otro lado.
Aunque me queme por dentro. Toda esa madurez que demostré en Mallorca me ha pasado factura y ahora me niego a evaluar mis sentimientos hacia él.
Prefiero mantenerme en negación, no mirar de frente el dolor, sumirme en un limbo donde puedo ignorarlo.
No se sale del miedo de un día para otro. Ni de una vida entera fingiendo. Ni de todo lo que hemos vivido Dorian y yo.
Mi hijo me da la energía suficiente para no desfallecer en el esfuerzo y seguir avanzando, apartar obstáculos, creer en mí…
Pero no estoy preparada para ver a su padre, ni para mirarlo a los ojos sin derrumbarme.
Tampoco para dejar que todo vuelva a empezar.
Primero tengo que aprender a vivir sin lo que he perdido. Y luego…
No sé qué vendrá entonces, si seré capaz de volver a él sin romperme.
Mi decisión de separarnos fue la correcta, los dos necesitamos encontrarnos antes de intentar algo de verdad.
Por eso rehúso hablar con él de cualquier otro tema que no sea Denton, verlo, mirarlo a los ojos, dejarme llevar por ese amor indómito.
Y sí, tarde o temprano deberé acatar mis sentimientos —tanto con Sondra como conmigo—, darles una dimensión real, desgranarlos y aceptarlos.
Pero no va a ser ahora, primero debo superar las pérdidas para reunir fuerzas y luego… Quizá dejaré de huir de él.
Levanto un segundo la mirada hacia el muro de fotografías que adorna una de las paredes.
Fue una sugerencia de Sondra, crear un mural de recuerdos, y yo la llevé a lo grande, extendiéndola por varias estancias de mi casa, en todas aquellas que significan algo para mí.
Este mural contiene fotos de mi padre, de Simon y de Garrett en el taller y en el circuito; de mi abuelo, mi hermano y mi madre en el lugar antes de convertirse en un garaje; pero también lo he llenado de otras con mis personas favoritas de ahora.
Warren, Juliette, Ralph, Denton y Tammy.
Quiero seguir dándole vida, porque quedarme en el pasado no es una opción.
Pero Dorian no aparece en ninguno, quizá Sondra tiene razón y lo único que hago es retrasar lo inevitable.
Y, según sus palabras, actuar así solo me traerá más dolor.
Sin embargo, hay demasiadas emociones punzantes en mi interior en lo que a Dorian se refiere, y en estos instantes no puedo hacerle frente.
Mi hijo emite un par de sus sonidos característicos para anunciar que se acaba de despertar. Me quito el mono, me limpio las manos y me acerco a la cuna para cogerlo en brazos. Huele tan bien… Es perfecto, una extensión de mí, de Dorian, de mi maldito amor por él.
¿Por qué no desaparece? ¿Cómo es posible que siga presidiendo mi corazón?
—Os hubiera gustado conocerlo.
Acerco a Denton a una de las fotos más bonitas de mi colección, donde salimos mi padre, Garrett, Simon y yo muy sonrientes.
La tomó Tammy cuando yo tenía once años, cuando me subí por primera vez a un coche para dar la vuelta al circuito de la casa.
Hacía doce meses del tiroteo que nos había arrebatado a mi madre, a mi hermano y a mi abuelo, y seis desde la construcción de esta parte tan importante del jardín.
Correr en un coche de carreras me concedió esa sonrisa brillante, como si por primera vez dejara atrás el dolor y consiguiera dar un paso hacia la recuperación.
—Ojalá estuvierais aquí. —Le doy un beso a mi niño en la frente—.
Mañana volaré a Elberta para la boda y él estará ahí.
No sé cómo comportarme con Dorian ni cómo me sentiré al verlo.
A pesar de no querer estar con él, sigo pensando mucho en nosotros.
Me siento una completa estúpida en ese sentido…
Papá, me gustaría tanto que pudieras aconsejarme y me ayudaras a mantenerme firme en mis decisiones.
No quiero volver a sufrir, y Dorian siempre me hace daño.
—¿Te valgo yo? —Doy un respingo al escuchar la voz de Warren. Me giro para descubrirlo apoyado en el marco de la puerta, con esa sonrisa socarrona de siempre. Se ha convertido en uno de mis amigos más cercanos, y me alegra muchísimo tenerlo aquí—. Tammy me ha dicho dónde encontrarte.
—¡No te esperaba! —Camino hacia él—. ¿Ha pasado algo?
—Solo quería invitarte a cenar. Pero ya que estás aquí, podrías poner en marcha ese precioso cacharro. —Señala el Pontiac con un guiño de ojos—. Llevas demasiado tiempo sin correr en el circuito, ya va siendo hora de pisarlo a fondo o se oxidará.
Ganas no me faltan. Durante mucho tiempo la conducción al límite fue una vía de escape muy efectiva contra mi ansiedad. Me gusta la velocidad, arriesgar en la pista, avivar la adrenalina al frente de un volante. Pero…
—Soy madre y ahora Denton es mi principal prioridad. —Le doy un beso en la frente—. No voy a ponerme en peligro.
—¡Ya estamos! —Chasca la lengua y gesticula con desaprobación—.
Acabas de cumplir veintiún años, Madison.
Basta de comportarte como una mujer de más edad.
Disfruta de la vida, haz aquello que te apasiona, equivócate porque quieres vivir, asume riesgos calculados, pero no te quedes con las ganas de intentarlo.
—Como correr en el circuito… —Cierro los ojos un instante, pero enseguida niego con la cabeza—. No puedo, lo siento. Quizá tengo veintiún años, pero mis responsabilidades pesan demasiado.
—Pues apártalas a ratos y diviértete. ¡Suéltate el pelo, Madison! Basta ya de compadecerte —Se acerca, observa las fotografías del mural y me mira de nuevo—. La Madison que conocí no era ni de lejos esta de ahora. ¡Vuelve a ti!
Mi expresión se tensa. Giro la cara hacia las fotos para no prestarle atención a él. Para no aceptar cuánto me afectan sus palabras.
—Deja de decir eso —suelto con rabia—. Ya sabes lo que pienso.
—Una sarta de chorradas que solo te hacen infeliz.
Hay un silencio bastante denso. Escucho mi corazón a toda pastilla y esas frases que se guarda, pero flotan en el ambiente.
—No puedo volver con él —afirmo con un suspiro—.
Estamos mejor así, Warren, lo sabes tan bien como yo.
—Inspiro profundo y acuno a mi niño—. Dorian y yo solo nos hacemos daño.
Mientras seamos civilizados y solo hablemos acerca de Denton, nos irá bien.
Intentar algo más sería un riesgo para todos. Sobre todo para él.
Señalo a Denton, que aprovecha el momento para abrir sus ojitos y hacer un gorgorito. Sonrío con ternura. Nunca imaginé que se pudiera querer tanto a un hijo.
—No lo veo para nada como tú —afirma—. ¿Sabes una cosa, Madison? A mí no me engañas. Sé leer en esas ojeras tuyas, en tus gestos cuando hablamos de él. No podrás evitarlo eternamente. En dos días lo tendrás enfrente en un altar.
Crispo los dedos sobre el cuerpecito de mi niño. Llevo atacada por esa realidad desde hace días. Aprieto los labios, levanto el mentón y enfrento a mi amigo.
—Tampoco es que vaya a estar con él a solas —aseguro—.
Habrá mucha gente en la boda, y ya somos mayorcitos, sabremos comportarnos por el bien de nuestro hijo.
—Suspiro antes de pronunciar la parte de mi discurso de la que quiero convencerme—.
Lo nuestro es pasado. —Sostengo su mirada—. Y no voy a volver a abrir esa puerta.
Suelta una carcajada que me sienta como una patada en la barriga.
—Sigue mintiéndote, aunque te digo desde ya que no te va a funcionar.
—¿Sabes qué pasa? —aprieto los dientes—. Que tú no estabas ahí. No sabes lo que fue. Ni lo que me hizo.
Se acerca para cogerme a Denton de los brazos.
Su expresión es más decidida que otras veces.
Warren es una persona muy tenaz, por eso se ha convertido en un respetado abogado corporativo y en un gran amigo.
Pero a veces le retorcería el pescuezo porque le basta un sarcasmo para llegar a mi alma y desatar mis sentimientos más ocultos.
—Súbete a ese coche —ordena señalándolo con la mirada—.
Ponlo a tope, quema un poco de nervios y déjate de tonterías.
No puedes continuar ignorando tus sentimientos.
—Curva los labios en una sonrisa de lo más socarrona—.
No te has acercado a ningún otro tío desde que Dorian se marchó de Mallorca. ¿Y sabes lo mejor?
—No me interesa lo más mínimo —replico con rabia.
—¡Claro que te importa! —Ríe ante mi gesto pueril.
—No quiero oírte —murmuro, apretando las manos contra las sienes como si pudiera bloquearlo.