23
DORIAN
La consulta del doctor Johnson me saluda otra vez.
Llevo un año, dos meses y dos días acudiendo a él para seguir la terapia, y cada vez me siento más entero, capaz de dominar mis arrebatos, más sereno.
Empecé con visitas semanales, ahora ya son quincenales y, si todo va bien, en un par o tres de meses pasarán a mensuales.
Ya no lo llamo por el apellido, ahora lo tuteo y uso Charles cada vez que me dirijo a él. Se ha convertido en alguien importante en mi vida, me ha acompañado en mis peores momentos y me ha ayudado a superarme.
—¿Estás preparado para verla en persona?
—inquiere con esa voz tan conocida—. En un par de días estarás frente a Madison después de meses de solo hablar con ella por teléfono o por mensaje, y siempre acerca de Denton.
Sabes tan bien como yo que se muestra poco comunicativa fuera de los temas que atañen al niño.
Y ambos tenemos claro cómo te afecta eso.
No lo contradigo, pero han pasado exactamente seis meses y dieciocho días desde mi huida de ese hospital de Mallorca. Hace apenas unos días inicié mi último curso en la universidad. Y en todo este tiempo ella ha rehuido los encuentros en persona.
Jamás se ha negado a contestarme a una llamada, ni a un mensaje ni a una petición para ver a Denton.
Incluso me ha permitido llevármelo a Elberta durante diez días este verano para que mi familia disfrutara de él de una manera más cercana.
Pero la interacción presencial siempre ha corrido a cuenta de Ralph, Juliette, Tammy o Warren.
Tal como apunta Charles, nuestras comunicaciones abarcan un único tema, como si ella se resistiera a intimar cuando intento llevar la conversación más allá, a contarme cualquier cosa que exceda de lo referente a Denton, a darle alas a su corazón para apoderarse de la conversación.
Al principio me dolió, pero a medida que pasaba el tiempo y mi terapia avanzaba, entendí cuán necesario era para cada uno de los dos actuar así. Requeríamos espacio, perspectiva, aprender a colocar cada sentimiento en su lugar, superar el pasado.
Aun así, duele cada vez que la escucho al otro lado de la línea telefónica, con su tono medido, casi frío, como si fuera el de un robot; cada minuto, en cada una de las llamadas carentes de la profundidad ansiada por mi corazón derruido, su voz es como un reclamo a mi alma, y la necesidad de contárselo todo de mi vida y escucharlo todo de la suya se vuelve acuciante, como si me fuera la vida en ello, y reprimirla me mata con mucha lentitud.
No duermo, me paso los días suspirando por volver a verla, tocarla, hacerla mía. Ese es el motor de mi lucha por ser un poco mejor cada día, por liberarme de esos demonios que me tenían aprisionado. Porque solo ella es mi destino.
—Estoy nervioso —admito con una profunda exhalación—. La última vez que la vi me comporté como un energúmeno. He querido disculparme mil veces, pero no era nuestro momento, en eso Madison tenía razón.
—Quizás ella se siente igual que tú —razona Charles—.
Sabes que también está yendo a terapia, todo por lo que ha pasado, cuánto dolor ha de superar.
Este tiempo de separación os ha venido bien a los dos.
Habéis crecido como personas, estoy convencido de ello.
—Se queda un segundo callado, a punto de soltar una de sus lapidarias frases—.
Vais a veros en la boda de vuestros amigos después de meses sin encontraros.
No puedes precipitarte, Dorian. Has de ir con pies de plomo y evaluar cada paso. O no avanzarás.
Mi pensamiento se desplaza por el tiempo transcurrido desde ese día aciago y a la vez feliz en el que mi hijo nació.
He creado unos lazos muy poderosos con él, lo amo con un fervor desconocido hasta la fecha, por él lo daría todo, y tenerlo a mi lado me ha ayudado a entender mis errores, a domesticar mis instintos desbordados, a cambiar mi manera de reaccionar ante las adversidades.
Estuve ahí cuando tuvo su primera fiebre alta, cuando balbuceó su primera palabra, cuando aprendió a sonreír, cuando le salió su primer diente, cuando sostuvo la cabeza por primera vez…
Madison me ha enviado vídeos de los momentos que me he perdido en directo y nunca me ha dejado en segundo plano.
Y sí, me duele en el alma no poder compartirlo con ella en persona, pero sus constantes mensajes, escuchar su voz por teléfono, conocer algo acerca de ella gracias a mis amigos me ayuda a sobrellevar la situación.
Mi corazón ha ido sanando poco a poco, pero mentiría si dijera que está al cien por cien recuperado. El proceso es largo, pesado y cargado de traspiés que redirijo con tesón. Porque el deseo de cambiar es mi motor: por mi hijo, por Madison y por mí.
Cuando salí esa habitación de hospital estaba dispuesto a hacerle daño.
Los meses de terapia hasta entonces me habían servido para mostrar mi lado más humano durante un rato, incluso para percatarme en instantes de cómo me comportaba, pero todavía no había alcanzado el punto donde me controlaba de verdad, por eso actué de nuevo sin calibrar las consecuencias, y acabé en un bar cualquiera, borracho, cabreado y sin ver la luz.
Si no llego a recibir una llamada de Ralph, quizá me hubiera hundido en la miseria, pero en esa ocasión mi amigo me salvó. Otra vez. Acababan de llegar a Mallorca y vino a buscarme mientras Juliette y Warren se iban al hospital a ver a Madison y a Denton.
Me pagó una noche de hotel, me habló sin pelos en la lengua, me exigió que tomara de una vez las riendas de mi vida y dejara atrás todo cuanto me impedía ser feliz, y me consiguió un billete en business para regresar al día siguiente a Austin.
Las primeras semanas fueron durísimas. Madison regresó a Dallas pocos días después de dar a luz, y yo empecé a ver a Denton con regularidad, volví a las clases, a los entrenos, a correr en el circuito, a la terapia.
Durante un mes me rendí a la bebida, a la juerga desenfrenada, a cualquier actividad que me ayudara a no pensar en ella, y a la vez la acosaba sin tregua, puesto hasta arriba de alcohol, siempre mostrándome como un animal herido, suplicando un instante de su tiempo, humillándome como un gilipollas.
Pero no tardé en darme cuenta de que ya no me llenaba salir de fiesta, ni intentar sin éxito estar con otras mujeres —solo existía Madison, así que no siquiera lograba besarlas— ni esconderme bajo esa coraza de cabrón insensible de antes.
Conquistar de nuevo su corazón era lo único importante, y no lo lograría comportándome como un demente.
Dejé de beber, de ir a fiestas, de perseguirla, de aparecer en su empresa, en su casa, en su vida, y empecé a comportarme como debía, dándonos espacio a los dos. Porque entendí que, si no conseguía superar mis traumas, jamás sería digno de ella.
Desde entonces cuento los días para reconquistarla. Y trazo planes constantemente para merecerla.
En tres días estaré en Elberta para ejercer de padrino en la boda de Ralph y Juliette. Estoy contento por ellos. Su relación ha sido siempre tan sólida… Ojalá la mía con Madison también lo hubiera sido.
Recuerdo hace años, cuando mi amigo cometió un único error y los separó durante meses.
Lo superaron, Juliette lo perdonó, vivieron una reconciliación perfecta y ahora van a casarse.
Daría cualquier cosa por alcanzar algo así con Madison.
La redención. Su clemencia. Su corazón sin fisuras.
Y lo único que mantiene mi esperanza viva es saber que ella sigue recordándome, queriéndome, ansiándome.
Porque a veces basta con una expresión de mis amigos cuando les pregunto por Madison para reconocer cómo está ella.
—Quiero recuperarla —admito fijándome en Charles—.
Entonces no estaba preparado para tener una relación sana, pero he cambiado y ahora veo las cosas desde una perspectiva diferente.
Puedo hacerla feliz. No me rendiré. —Él se mantiene serio ante la vehemencia de mi discurso—.
La quiero, Charles. Mis esfuerzos han de valer para algo.
—Tómatelo con calma —aconseja sin relajar su expresión—.
Madison también ha pasado por lo suyo. No habéis hablado de verdad en mucho tiempo, desconoces en qué punto está ella.
Y los dos habéis cambiado. Tú ya no eres el mismo Dorian que ella conoció y probablemente con ella pase lo mismo.
—Hace una pausa medida para atacar de nuevo con su contundencia—.
Si quieres recuperarla de verdad, es importante que vayas despacio.
Conócela de nuevo, invítala a salir un día, empieza desde cero con ella.
Asiento. He aprendido a domar mi carácter impulsivo en la mayoría de los momentos, pero eso no significa que haya vencido la inquietud ni mi forma de ser.
Y me gustaría tanto solo necesitar un chasquido de dedos para volver a estar con ella…
Pero Charles tiene razón, no puedo lanzarme a por todas sin pasar por cada una de las bases.
—No me precipitaré —me comprometo—. Pero no tengo ni idea de cómo reaccionaré cuando la vea en persona.
Y no pienso aguantar ni un día más sin luchar de forma correcta para tenerla a ella a mi lado para siempre.
Ya basta de conversaciones donde sonamos como si fuéramos extraños que comparten un hijo.
Hay mucho más entre nosotros, aunque ella intente negarlo.
Su sonrisa es una clara muestra de cómo ha llegado a conocerme.
Ambos hemos compartido muchos instantes difíciles, me ha visto desmoronarme, gritar, llorar, reír…
Ha sido mi apoyo y mi guía, sin embargo, el trabajo de fondo lo estoy realizando yo solo, día a día, con energía, coraje y decisión.
Y me siento muy orgulloso de haber seguido adelante en todo momento sin desfallecer, sin rendirme, aunque todavía me quede un trecho largo hasta alcanzar la luz completa.
Ahora empieza la batalla más complicada, la más cruda, la más letal. Porque si no la gano, mi vida será historia.