22 #2
—Deberíamos intentar mantener una relación cordial.
—Es un tormento pedírselo, aunque sea lo correcto no deja de herirme—.
Nos jugamos demasiado para arriesgarnos a otro tipo de interacción.
—Sus lágrimas arrecian, como las mías. Me pasa a Denton y yo lo acurruco contra mi pecho—.
No confiamos el uno en el otro, si intentáramos volver a estar juntos, podríamos herir a nuestro hijo, y ahora él es lo único importante.
—No puedes hablar en serio.
—Lo siento…
Algo se rompe en mi interior, lo escucho con claridad, el sonido reverbera por mi cuerpo, por mi piel, por mi corazón.
Esto es un cierre, una forma clara de poner punto y final a las posibilidades de solucionar lo nuestro, como mínimo a corto plazo, y me perfora el alma.
Pero es lo correcto, aunque me lastime, debo rendirme, aceptar que muchas veces los deseos son contrarios a la razón.
—Te quiero, Madison —susurra, no tengo ni idea por qué, ni qué busca con esa afirmación, solo puedo sentirla como un ataque en toda regla a mi corazón porque se rebela creando fisuras cada vez más profundas, llenando mi cuerpo de desgarros—.
Me arrepiento de muchas cosas. Créeme. Si pudiera borrar mis errores, no dudaría en aniquilarlos.
—Acerca su boca a la mía—. No puedo renunciar a ti.
Su caricia es tierna y necesitada a la vez. Pasional. Cargada de sentimientos. Y dispara una lucha encarnizada en mi interior. Los anhelos contra la lógica.
Denton hace un movimiento y emite uno de esos ruiditos de recién nacido, como si quisiera ayudarme a tomar un camino de la encrucijada.
Me separo de Dorian, pongo distancia entre nuestras bocas ávidas, le doy un beso en la cabecita a mi niño y me trago la cantidad ingente de roturas para enfrentarme a la única posición posible en estos instantes.
—Vuelve a Austin. —Con un esfuerzo intenso le sostengo la mirada, tragándome las lágrimas—.
Termina la universidad, sigue con la terapia, consigue ese puesto en los Dallas Cowboys que tanto quieres, alcanza tus sueños.
—Su reacción es la habitual, contrae los músculos, abre las aletas de la nariz y sus ojos lanzan chispas.
Es como si toda esa maraña de sentimientos que ha mostrado hace un instante volviera a encerrarse entre los muros de su rabia—.
Seguiremos en contacto, nunca te negaré ver a tu hijo ni ejercer de padre.
Pero lo nuestro ahora es imposible. —Bajo la mirada, incapaz de seguir sosteniéndosela—.
Quizá en el futuro podamos intentarlo de nuevo, ¿quién sabe?
Pero no en este momento. Denton se merece una relación sana de sus padres, y nosotros también.
Es tan doloroso ver cómo regresa esa ira tan habitual en él, una capaz de destruir el momento, las lágrimas, la pena, la necesidad. La veo reflejada en su rostro, incluso antes de su explosión.
—¡Joder! ¿En serio no vas a darle una oportunidad a lo nuestro?
¿No te he demostrado que lo eres todo para mí?
¡Todo, joder! —Su voz se rompe antes de endurecerse, al ritmo de su enfado—.
¿Qué más quieres? ¡Ese niño también es mío!
¿Te crees que me puedes mandar de vuelta a Austin como si fuera un puto mueble?
¿Y qué hay de lo que yo quiero? ¿De poder abrazar a mi hijo cuando me pase por las narices?
¿De tenerte a ti? ¿De demostrarte que lo daría todo por estar a tu lado?
—Regresaré a Dallas en unas semanas —afirmo decidiéndolo en este mismo instante.
Una cosa es zanjar una relación íntima con él y la otra es separarlo del niño.
Eso me convence de que ha llegado el momento de volver a tomar las riendas de mi vida, de instalarme de nuevo en la mansión Reynolds, de dejar de huir y de avanzar—.
Seguiré en contacto contigo, Denton te verá cuando quieras, no permitiré que nuestro hijo crezca sin un padre.
—¿Y nosotros? —Ahora su voz es una mezcla de rabia y dolor, como si no acabara de definirse—.
¿Te importa una mierda que esté enamorado de ti, verdad?
¿Que no pueda quitarte de mi corazón? ¿Que lleve meses sin acercarme a otra tía porque solo estás tú?
—Le da un puñetazo al colchón y ese gesto asusta a nuestro niño, quien arranca a llorar—. ¡Joder!
Dorian se levanta de un salto, casi como huyendo de la cama.
Sus ojos se desplazan entre Denton y los míos.
Es como si acabara de percatarse de cómo le afectan los gritos al niño, de cómo sus arrebatos pueden hacerle daño.
Y se desmonta. Se tapa la cara con las manos, se frota los ojos, se sienta en la silla donde estaba antes y cuando se destapa la mirada, apenas es capaz de aguantar las lágrimas. Tardo un rato en calmar a nuestro hijo.
El cansancio hace mella en mí al juntarlo con la abrumadora tensión que nos rodea, siento cómo todo se desmorona. Pero Denton me da las fuerzas necesarias para afrontar la situación con entereza y rehacerme.
—Dorian —susurro. Él sigue en la silla, abatido, con las manos otra vez tapándole la cara.
Las baja y me mira con los ojos húmedos—.
Yo también estoy enamorada de ti. Nunca dejaré de quererte, pero cuando estamos juntos nos hacemos daño, no somos buenos el uno para el otro.
Cuando conseguimos estabilidad algo la rompe.
Yo no he sido capaz de confiar en ti en todos estos años y tú te rindes con facilidad a la ira, permites que te domine.
—Una oleada de tormento me arrasa, pero la controlo como puedo—.
Nos merecemos más. Denton lo vale, y nosotros también.
—Suspiro—. Solo podremos lograrlo si ambos curamos las heridas, si aprendemos a mostrar la mejor versión de nosotros mismos.
Si conseguimos crear unos lazos de confianza que nos ayuden a vencer la toxicidad.
—¿Es una proposición? —inquiere con esperanza—. ¿Una forma de decirme que todavía puedo aspirar a formar una familia con vosotros?
—No lo sé —declaro—. Solo el tiempo puede decírnoslo. Ambos necesitamos superar mucho antes de ver qué sucede. Lo único que tengo claro es que ahora no podemos estar juntos.
Ahí está otra vez la prueba de su inestabilidad porque se incorpora con rapidez y la cólera vuelve a desfigurarle su rostro perfecto.
Pero, por primera vez, noto un cambio, una lucha interna en él, como si intentara desbancar la reacción visceral.
Aunque la estabilidad no gana la batalla y acaba levantando el índice para señalarme con una fiereza indomable en sus ojos.
—¡Te arrepentirás de esto! —me espeta—. Voy a tirarme a todas las tías que se me insinúen a partir de ya.
¡A ver si consigo olvidarme de ti de una puta vez!
—Aprieta la mandíbula, con fuerza—. Te las restregaré por la cara.
Y contrataré al mejor abogado de Texas para conseguir la custodia compartida de Denton.
—Camina hacia la puerta con cuatro zancadas rápidas—.
Acabas de declararme una guerra, Madison, y te aseguro que no la voy a perder.
Alarga la mano para colocarla en el picaporte. Denton empieza a llorar de nuevo, la habitación está cargada de tirantez y mi corazón ya no se sostiene, está tan roto que sus piezas parecen no encontrar su lugar.
—Ojalá pongas el mismo empeño en superar tus arranques de ira —expongo con contundencia.
Él se detiene y se da la vuelta para mirarme con una expresión herida—.
Piénsalo, Dorian. Cuando algo te sale mal, atacas.
Y yo tampoco estoy bien. —Niego con la cabeza—.
No fui honesta contigo, no te llamé, no te conté lo del embarazo hasta que fue imprescindible y lo hice con un mensaje.
—Cierro un segundo los ojos—. No es nuestro momento, Dorian. Ambos necesitamos tiempo.
—Te arrepentirás de esto. —Me mira con rabia—. Te lo prometo.
Sale de la habitación con un portazo, y yo me quedo abrazada a mi hijo, con el peso del mundo aplastándome el corazón.