22
MADISON
Despierto en una cama. Huele a desinfectante y a ambientador. Escucho unos pitidos, ruidos de pasos y una respiración cercana. Mi conciencia regresa poco a poco, como si acabara de enchufarse a la corriente y necesitara su espacio para ir arrancando todos los sistemas.
El parto, Dorian, el niño, el cansancio…
Abro los ojos de repente, alarmada por el recuerdo de cuando me he quedado dormida.
¿Dónde estoy? Mis pupilas renqueantes repasan el lugar, hasta detenerse en Dorian acostado en un sillón con Denton en brazos.
Ambos están dormidos, el niño con una manta arropándolo, su padre no se ha cambiado de ropa y lo abraza con firmeza.
Mi corazón salta en el pecho, me produce un ahogo, como si pudiera atenazarme tanto con ese amor que supuran hasta los poros de mi piel. Estoy en un hospital, en una habitación bastante amplia, y hay electricidad.
Sonrío con una tristeza que me ahoga. Porque acabo de comprender cuáles son mis siguientes pasos y la responsabilidad implícita de convertirme en madre.
Debo primar a Denton sobre cualquier otra cosa, incluso sobre mis sentimientos.
Y eso empieza por aclarar las cosas con Dorian, por renunciar a estar juntos y por definir un futuro seguro para el niño, uno donde sus padres no sean presos de emociones exaltadas, de discusiones, de roturas.
Y de eso ha habido demasiado estos años.
Puedo tomar decisiones, poseer un control férreo sobre ellas, pero jamás conseguiré domar mi corazón, los sentimientos, el anhelo de tener a Dorian junto a mí.
Ojalá pudiera olvidar, empezar de cero, confiar en él.
Y sí, quizá muera un poquito cada día al seguir los designios de la razón —cuando una entrega su alma ya no hay posibilidad de recuperarla—, sin embargo, no puedo exponer a Denton. Y si algo he comprendido en las últimas horas, es que yo tampoco estoy bien.
Durante unos minutos me dedico a observarlos en silencio.
Llevo una vía en el brazo, me duelen muchísimo los pechos, tengo la garganta reseca, un cansancio incómodo, un dolor no muy intenso entre mis piernas y otro mayor en el vientre.
Me siento débil, como si hubiera corrido una maratón hace un instante.
Pero nada de eso me importa mientras mi mirada se posa en mi familia, en lo que podría ser, en lo que no será y en las personas más importantes de mi vida.
Evoco con una nostalgia dolorosa los buenos momentos, esos «te quiero» tan reales y palpables, las risas, los besos, cada uno de nuestros encuentros durante las pocas ocasiones en las que lo mío con Dorian ha sido estable.
Si no viera la sombra oscura y acechante en esos meses de efímera felicidad, si no fuera consciente de cómo las mentiras siempre han emborronado cualquier intento de construir una relación sólida…
Las lágrimas me queman en los ojos antes de bajar por mis mejillas y llenarlas con la tristeza y las heridas abiertas en mi alma.
A veces hacer lo correcto es como si atentaras contra tu corazón.
El desgarro se va ensanchando, y más al seguir mirándolos, al tener frente a mí cómo podría ser si todo fuera distinto.
El deseo de mantener esta farsa y de seguir soñando en un futuro diferente me embarga, a pesar de la seguridad acerca de cuál es mi decisión.
No tengo ni idea de cuánto tiempo pasa hasta que Dorian percibe mi mirada y parpadea para abandonar el mundo de los sueños y regresar a la habitación del hospital.
Fuera se escucha el rugido de la tormenta en todo su esplendor.
La lluvia sigue pisando fuerte y el viento se arremolina con ráfagas igual de aceleradas como mi corazón.
—Estás despierta —susurra todavía somnoliento—. Llevas más de veinte horas durmiendo. Estaba muy preocupado.
—¿Denton? —inquiero palpándome los pechos. Por alguna razón, estoy convencida de que el niño ha estado ahí.
—Lo han ayudado a mamar para conseguir que te subiera la leche y que él comiera —explica abrazándolo—. Estás bien. Te debilitaste mucho por el esfuerzo, la pérdida de sangre, los nervios… Pero no es nada alarmante. Te han hecho una transfusión.
—¿Y la vía? —La señalo.
—Para inyectarte suero y algún calmante. —El niño se remueve sobre su padre y él enseguida le presta atención—. Se porta superbién. —Sonríe con un amor infinito al posar sus ojos en él—. Y es guapísimo.
Se levanta con cuidado de no despertarlo y camina un poco vacilante hasta estirarse a mi lado en la cama. Es tan reconfortante tenerlos a los dos así, tan maravilloso…
Durante unos minutos me rindo a la posibilidad de convencerme de que podemos lograrlo, pero entonces la realidad se impone con imágenes y sensaciones de nuestro pasado compartido, uno que no se puede aniquilar ni arrinconar sin un trabajo previo, sin superación, sin tiempo, no si quiero la felicidad de mi hijo, si me niego a volver a esa rueda infinita de ilusión para luego caer en el infierno del dolor.
—Se parece a ti —musita abrazándome por los hombros para que me acurruque junto a ellos—. Es un luchador.
—Yo…
—Maddie, te quiero. —Ese diminutivo, su emoción…—. Con todo mi corazón. Por favor, volvamos a estar juntos, intentémoslo otra vez. Será la definitiva, te lo prometo.
Sus palabras me atraviesan el pecho. Me gustaría tanto decirle que sí, rendirme…
—No puede ser, Dorian —anuncio con un temblor ansioso en mi voz—. Él nos necesita, no podemos ofrecerle algo tóxico a su alrededor. Y así somos nosotros.
Inspira con profundidad, suelta el aire despacio y unas lágrimas se desprenden de sus ojos. Jamás lo había visto llorar, ni dejarse dominar así por sus verdaderos sentimientos ni mostrar su corazón al rojo vivo. ¿Acaso hay esperanza para nosotros? ¿Existe la posibilidad de redimirnos?
—He cambiado, créeme. —Su mirada me quema en los labios—.
Te quiero, Madison. Llevo enamorado de ti desde que te quitaste esa toalla para demostrarme de la pasta que estabas hecha.
Entonces no lo sabía, tardé en entenderlo, pero ese instante prendió la chispa. Y no puedo perderte otra vez. No puedo.
Hay tantísima tristeza en su voz… Escuchar cómo Dorian acepta sus errores me ensancha el corazón y a la vez lo rasga.
Esta conversación es dolorosa porque en el ambiente flota la única conclusión plausible, y no sé si estoy preparada para aceptarla.
Y, aun así, asiento mientras mis lágrimas les hacen la competencia a las suyas.
—Ojalá amar fuera suficiente…
Baja con lentitud los labios para besar los míos. Es apenas una caricia, un roce, pero es suficiente para hacer estallar una bomba en mi alma. ¿Por qué no puede ser siempre así? Lo haría todo tan fácil… Pero la verdad es otra.
—Lo siento —susurra separándose de mí, con la voz ahogada por los sentimientos y un arrepentimiento real, palpable, casi corpóreo—.
Sé que las palabras no son suficientes, pero créeme, me arrepiento de todo.
Si pudiera cambiar el pasado… —Sus ojos se humedecen—.
Madison, los dos nos hemos equivocado, ¿no podemos encontrar una manera de ser felices juntos?
—Eso sería increíble. —Los labios me cosquillean con una necesidad absoluta por volver a sentirlo ahí, por darle la potestad de besarme para siempre.
Un agujero se aposenta en mi corazón al entender que no habrá más besos y que será por decisión propia—.
Tengo fe en ti, Dorian. Vas a ser un buen padre. Pero nosotros…
—El mío no lo fue…
Hay tanto escondido en esas cinco palabras… un mundo, sus miedos, sus ansiedades, la inquietud que le oprime el corazón.
—Eres distinto a él —afirmo con certeza—. Solo has de luchar contra tus demonios, domarlos, sujetarlos y entender que cada uno se busca su felicidad, nadie nos la regala. A veces debemos batallar muchísimo para conseguirla.
—Lo estoy haciendo. Pero no quiero seguir sin ti, Maddie. Sin él. —Me mira con un anhelo demasiado intenso—. Intentémoslo. Seamos una familia a tiempo completo.
El peso de esa propuesta cae a plomo en el ambiente. Me cuesta respirar por culpa de los silencios cargados de significado. El nacimiento de Denton ha sido el detonante para que analizara la situación con la objetividad necesaria. Y, aunque duela, no voy a cambiar de opinión.
—No te voy a alejar de él —aseguro con convencimiento—. Te necesita, es tan tuyo como mío. Me he equivocado mucho al escondértelo tanto tiempo. Lo siento, perdóname las mentiras, los engaños, la distancia que he impuesto. No he sabido llevar las cosas mejor.
—Los dos hemos cometido errores.
Sonrío ante esa afirmación. Es cierto, no sería justo echarle la culpa absoluta a él, yo también contribuí al desastre. Sabía cómo era, tenía miedo a sus reacciones y en vez de ser sincera, decidí jugar con verdades a medias.
—Juls me dijo que has empezado una terapia para controlar tu ira. —Denton emite un ruidito que me despierta un amor infinito—. Es un gran paso.
—Todavía estoy en pañales en ese sentido —intenta bromear, pero hay demasiado dolor en su voz para lograrlo—.
El doctor Johnson me está ayudando de verdad.
Al principio me costó un huevo eso de hablarle de mi pasado, de lo sucedido con mi padre, de lo nuestro… Aunque al final ha resultado liberador.
—Estoy convencida de que conseguirás mucho con la terapia.
En mi fuero interno deseo demasiado, sin embargo, no puedo engañarme ni anhelar un imposible. Estamos en un momento de inflexión, si queremos ser buenos padres debemos iniciar una nueva etapa, y ambos lo sabemos.
—Todo será más fácil si estamos juntos. Si me apoyas.
—Has de regresar a Austin, terminar el curso, seguir la terapia, entrenar, luchar por tus deseos…
—Se me quiebra el alma, pero sigo adelante, pronuncio esa sentencia tan real y absoluta—.
Tendremos videoconferencias, mi casa estará abierta a ti tantas veces como desees venir, puedes contar con el jet. Denton siempre será tu hijo.
—¿Y qué hay de nosotros?
Es una pregunta estrangulada, cargada de puñales, de padecimiento, de tristeza.