21 #2
Los llevo al salón para que el calor del hogar los reconforte, caliento agua en la chimenea, los limpio a ambos antes de cortar el cordón umbilical con una ansiedad del copón…
Todo sucede demasiado rápido. Apenas cuento con tiempo para asimilar cada acción, para centrar mis emociones, para entender que mi vida acaba de cambiar para siempre y que quizá nos hemos dejado llevar por la intensidad del momento, porque no tardan en regresar la ansiedad, el rencor, los silencios incómodos, las miradas cargadas de reproches.
La operadora recupera el teléfono y me asegura que me han mandado un helicóptero a recogernos. Por suerte, no tardará.
Madison no acaba de encontrarse bien, está cansada, sangra bastante y la debilidad la deja poco habladora.
Tiene al niño envuelto entre sus brazos, piel contra piel, tal como nos han sugerido por teléfono.
Se ha quitado la camiseta para arroparlo bajo la manta y que nuestro bebé se nutra de su calor corporal.
«Nuestro bebé…».
Cuanto más lo pronuncio en mi mente, más consistencia coge, más cierto se hace, más arraiga en mi corazón para despertar mi sistema nervioso. Soy padre. ¡Joder! ¡Lo soy!
Cuelgo el teléfono, me siento en el sofá al lado de Madison y del niño y me cubro la cara con las manos. Ahora que ha pasado la acción, que solo nos queda esperar, la realidad me impacta.
Soy padre…
Bajo las manos, giro la cabeza con lentitud y mi mirada se posa en ellos dos. Siento una sacudida en el pecho. Hay demasiados sentimientos en él, dispersos, contradictorios, revolucionados, punzantes.
—¿Por qué has venido? —pregunta Madison, y quiebra el hilo de mis pensamientos—.
¿Cómo nos has encontrado? —Su voz es frágil, pero su mirada es firme, como si necesitara una explicación coherente—.
Si no llegas a aparecer… —Y esta última frase es tan reveladora, tan cierta, tan cargada de connotaciones…
Suelto un suspiro, parpadeo un par de veces y asiento.
Debo ser sincero con ella, empezar a dejar atrás mis miedos, los resentimientos, la rabia.
No va a ser sencillo porque el dolor por su forma de actuar está muy arraigado en mí, pero me basta verlos, sentirlos y casi tocarlos para entender qué quiero y necesito.
No tengo ni idea de si el destino me unirá a Madison, pero sí prevalece mi intención de ejercer de padre, de darle a este chiquitín todo cuanto sea capaz de otorgar y mucho más, a pesar de mis diferencias con su madre.
Y sé que para enmendar mis errores debo encontrar la paz interior, ser capaz de dominar mi ira de verdad, completamente, sin errores.
—Juliette, Ralph y Warren estaban preocupados por ti —explico para ponerla en contexto mientras descubro matices ocultos en mis actos de los últimos días.
Quizá las visitas al doctor Johnson estén dando sus primeros frutos—.
Y yo también. —Lo admito para ser sincero conmigo mismo, con ella, con la situación.
Estoy tan cansado del enfado, el sufrimiento y el resentimiento…
Aceptarlo no es un proceso fácil, pero ver nacer a mi hijo ha abierto una fisura enorme en mis defensas, como si quisiera darme una visión global de mi verdadero sentir, de ese paraje inexplorado que es mi corazón, de mis deseos más ocultos y arraigados.
Los observo con una oleada de calidez en mi cuerpo, y una suave sonrisa me curva los labios
—Teníamos razón, ¿no crees? —remato.
Ella asiente con los ojos llenos de lágrimas.
Las llamas de la chimenea, junto a las dos linternas colocadas de manera estratégica, me ofrecen una visión inmejorable de mi familia.
Porque, pase lo que pase a partir de ahora, acabo de entender que Madison y el bebé son mi familia, y siempre lo serán.
Ella está pálida, unas bolsas oscuras bajo sus ojos muestran agotamiento, tiembla un poco y me preocupa.
Pero cuando su boca se arquea un poco hacia arriba para mostrarme un amago de sonrisa, me atrapa una oleada de emoción.
—Gracias por aparecer en plan héroe salvador —musita sin apartar sus pupilas de las mías—. No sé qué hubiéramos hecho sin ti.
—Sobrevivir. —Poso una de mis manos en su mejilla y ella la atrapa contra su hombro—. Eres la mujer más luchadora y valiente que conozco. Siempre lo has sido.
—Quiero llamarlo Denton —anuncia—. Denton Stone, ¿te parece bien? Mi padre dio la vida por mí, es tu ídolo, se merece un homenaje de esta dimensión.
—Denton Stone… —repito con un ahogo en el pecho—. Suena bien.
Nos quedamos unos segundos callados, interiorizando la intensidad del momento, de esa nueva vida que nos va a unir el resto de las nuestras, de ese niño que va a llevar mi apellido.
Y no sé cómo sucede, pero imaginarme a su lado borra cualquier resquicio de miedo o de duda.
Un fuego caldea mi corazón, lo colma de amor hacia el pequeñajo, como si el simple hecho de existir despertara un millar de sentimientos hacia él.
—Es tan perfecto… —susurra agarrándole la manita con mucho cuidado—. Hola Denton, bienvenido a nuestro mundo.
Acaricio la cabeza de mi hijo, despacio, percibiendo su tacto, su olor, cada uno de sus movimientos, incluso su respiración. Y luego miro a su madre. Quizá no podamos solucionar los obstáculos que nos separan con facilidad, sin embargo, la necesidad de hacerlo me embarga.
—Deberíamos darle las gracias a Ernesto y a Rachel —expreso con cariño—-. Sin ellos, no estaría aquí. Y también hay que llamar a nuestros amigos, y a mi madre.
—Eso lo hará real. —Percibo un poco de miedo en su voz.
—Lo es, Madison. Denton es una realidad, y lo vamos a querer mucho.
Ella cierra los ojos un segundo. Está cada vez más pálida; espero que la ayuda médica no tarde demasiado. Me acerco mucho a ella, le paso el brazo por los hombros y la atraigo hacia mí para que se apoye en mi cuerpo.
—Cuéntame qué he de agradecerle a tu hermano y a su novia —solicita con un hilo de voz, como si le costara hablar.
—Te tenían localizada. —Le acaricio el cabello con suavidad—.
Has mantenido el contacto con Ernesto desde tu llegada, me lo ha contado.
Incluso les has ayudado en algunos de sus «asuntos», por eso consiguieron rastrear tu IP hasta situarte en esta ubicación.
—Espero haberlo explicado bien porque a veces la jerga de mi hermano me parece más parecida al suajili que al inglés—.
¡Si tenían hasta una foto del Google Maps de esta casa y un plano de las cámaras de seguridad!
—Les voy a mandar una caja de bombones —bromea—. Aunque no sé si me hace mucha gracia que usen sus dotes informáticas de esta manera.
Cada vez habla más flojo, como si le costara mantener los ojos abiertos. La estrecho contra mí y lucho contra la inquietud. No puedo mostrarme asustado ante ella, aunque por dentro rezo por escuchar el helicóptero.
—Como si tú no fueras igual… —Le doy un beso en el pelo—. Además, esta vez ha servido para algo cojonudo.
—Visto así… —Suspira—. Estoy muy cansada, Dorian. Se me cierran los ojos.
—Quizá te iría bien dormir un poquito.
—Solo si me prometes algo. —Asiento cuando ella levanta la mirada buscando constatación—. Cuidarás de Denton siempre, serás tu mejor versión con él, pase lo que pase entre nosotros.
—Cuenta con ello.
Me contesta con una sonrisa muy débil, pero real.
Me ilumina, joder, me llena de una luz que ignoraba tener, una repleta de promesas de futuro, de esperanzas, de curación.
Y sí, quizá tarde una eternidad en solucionar mi cabeza, conseguir su perdón y a la vez perdonarla a ella, pero si algo tengo claro en este instante es mi necesidad de lograrlo, de unir a mi familia, de ser todo cuanto ellos necesitan.