21
DORIAN
Llegar hasta aquí ha sido una jodida odisea.
He tardado un largo día y medio. Incluso usando el jet privado de Reynolds Oil, la tormenta ha sido difícil de sortear, por eso se ha retrasado tantísimo el aterrizaje en al aeropuerto de Palma de Mallorca, y una vez allí me he vuelto loco para encontrar un vehículo de alquiler capaz de sortear el temporal.
¡Encima los últimos cuatro kilómetros los he hecho andando bajo la lluvia porque era imposible circular!
Una mierda de presentimiento funesto me empujaba a marchar más rápido, como si intuyera que algo iba mal.
Al fin, he visto la verja de entrada. Pensaba que me costaría más entrar, pero la electricidad se había ido y el mecanismo de seguridad estaba desbloqueado.
Acceder a la casa no ha sido difícil gracias a mis dotes de forzar cerraduras, adquiridas por las lecciones de Madison hace unos años.
Ahora, aquí dentro, la negrura, acompañada de esos alaridos desgarradores, incrementa mi angustia.
—¡Madison! —suelto con ansiedad—. ¿Dónde estás, joder?
La respuesta son gritos bastante inquietantes, procedentes de algún lugar de la casa. Blasfemo un par de veces e insisto llamándola mientras apuro mis pasos al llegar al primer piso, donde empiezo a abrir puertas guiado por sus sonidos.
La oscuridad es casi absoluta en cada una de las estancias.
¿Por qué narices la casa ha de ser tan grande? ¡Hace un frío de la hostia!
En la quinta puerta, la veo, y me quedo inmóvil, con una sacudida fuerte en el vientre.
¡Hostia puta! En mi vida me había enfrentado a una visión semejante.
Madison está en cuclillas, con el rostro desfigurado por el dolor, los ojos cerrados y las manos entre sus piernas, donde veo sangre, fluidos y…
¡Joder! ¿Es una cabeza de bebé? ¿Está de parto?
No reacciono. Me quedo quieto durante unos difíciles segundos, viendo cómo mi hijo corona y quiere salir al mundo, cómo esa pequeña cabeza asoma entre sus piernas, brillante, cubierta de fluidos, abriéndose paso con una lentitud insoportable.
«Mi hijo…».
Las pestañas de Madison se mueven despacio al entrar en contacto con el haz de mi linterna, como si acabara de darse cuenta de mi presencia en la habitación.
Cuando sus pupilas intentan conectarse con las mías, intuyo el porqué de su desconcierto, las sombras me esconden tras la luz, no puede saber quién soy, por eso giro la mano para iluminarme.
—¿Dorian? —masculla entre chillidos—. ¿Eres tú?
No puedo hablar, la escena es demasiado para mí.
Lo único que soy capaz de hacer es asentir con la cabeza.
Ella tarda un segundo en desfigurarse completamente y emitir un nuevo sonido, todavía más desgarrador.
La veo concentrarse en el bebé, cómo sus manos temblorosas lo aferran con fuerza mientras lucha por mantenerse entera, cómo su cuerpo se tensa en una nueva contracción que la atraviesa de arriba abajo, arqueándola, obligándola a empujar, aunque apenas le queden fuerzas.
Y al fin reacciono. Corro a su lado, dejo la linterna de cualquier manera en el suelo, me coloco a su espalda y la abrazo para sostenerla.
—¿Cómo puedo ayudarte? —pregunto, decidido a todo para ser útil.
—¡Ya está aquí! —masculla con dificultad—. ¡Nuestro hijo ya está aquí!
«Nuestro hijo…».
Gruñe, es como si pudiera sentir la intensidad de sus esfuerzos, el dolor, la batalla de nuestro hijo por ver la luz, cómo cada empuje le arranca un pedazo de alma mientras el cuerpo del bebé avanza apenas unos centímetros y vuelve a quedarse atrapado.
La sostengo, ella se apoya en mí con pocas energías.
Está sudada, agotada, completamente vencida por el esfuerzo, pero, aun así, no se rinde.
Le hablo con ternura, la sostengo, le ofrezco mi apoyo incondicional.
Ella me cuenta entre gritos y jadeos cómo puedo colaborar, cómo colocar las manos, cómo no soltarlo, cómo esperar al siguiente empuje.
Siguiendo sus instrucciones, coloco mis manos sobre las suyas para tirar del niño y ayudarlo a salir al mundo mientras ella empuja en cada contracción, notando cómo el cuerpo resbala poco a poco entre nuestros dedos, caliente, húmedo, real.
Unos minutos después, mi corazón se salta un latido para luego expandirse por todo mi cuerpo al escuchar el llanto del recién nacido, justo cuando el resto del cuerpo termina de salir y lo sostenemos entre los dos, torpes, temblorosos, incapaces de procesar lo que acaba de ocurrir.
—La placenta —anuncia Madison entre jadeos. Empuja un par de veces más, como si todavía no hubiera acabado—. He de sacar la placenta.
Ella se ocupa del niño y empuja hasta que logramos la última hazaña. Entonces le sobreviene el llanto y se deja caer apoyada en mí, con la criatura entre sus brazos, pegada a su cuerpo, sin saber muy bien cómo proceder a continuación.
El bebé está sucio por los fluidos, envuelto en una capa de grasa, pero vivo.
Lo sé por su llanto, como si le fuera la vida en ello, y su madre ríe y llora a la vez, completamente desbordada.
Los abrazo. A ella y al niño. A mi hijo.
Estoy inmerso en una cantidad insana de sentimientos, como si fueran una marea con resaca y quisieran invadirme en oleadas cada vez más largas.
Euforia, felicidad, amor… Es mi hijo. ¡Joder!
¡Mi hijo! No me lo creo. Esa pequeña criatura que Madison acaba de acurrucar contra su pecho es nuestro hijo. Mío, suyo, de los dos…
—¿Te encuentras bien? —susurro acariciándole el pelo.
Se ha sentado en el suelo, con la espalda apoyada en mi torso.
Tiembla, el sudor le engancha la poca ropa que conserva al cuerpo y respira en resuellos fatigosos.
Abrigo al niño con una manta porque hace mucho frío en esta estancia, y los envuelvo a los dos entre mis brazos.
—Es increíble. —Su voz está plagada de impresión, como si los últimos sucesos la hubieran tomado por sorpresa y todavía estuviera procesándolos. El niño ha dejado de llorar al entrar en contacto con el torso de su madre y escuchar su corazón a través de la ropa—. Es tan perfecto, Dorian.
—Como tú. —Le doy un beso en la frente, compartiendo su emoción.
—Estás aquí, has llegado justo a tiempo. —No puedo verle bien la cara por culpa de la falta de luz, pero siento su mirada en mí y me estremezco.
—No me lo hubiera perdido por nada del mundo.
Permanecemos abrazados durante lo que me parece una eternidad, con el niño junto a su pecho y la sensación de que algo grande acaba de pasar, hasta que nos percatamos del frío, de la situación, de la necesidad de actuar.
—Deberíamos limpiarlo, ¿no crees? —inquiere ella—. La verdad es que desconozco los pasos a seguir ahora. —Se le quiebra la voz—. No tengo ni la menor idea de cómo hacer esto.
El pánico se cuela en su voz al darse cuenta de nuestra situación. Ninguno de los dos tenemos experiencia en algo así, y ahora este bebé depende cien por cien de nosotros. Ella está débil, lo noto en cómo se le aflojan los músculos y los temblores se incrementan.
—Necesitamos más mantas —anuncio. Antes de moverme la arrastro conmigo hacia atrás y consigo apoyarla en la pared del fondo—. Quédate aquí quieta mientras las encuentro y os arropo con ellas.
—Vale. —Asiente con menos determinación de la que me gustaría, y suelta un suspiro al encontrar la estabilidad necesaria gracias al apoyo en la espalda—. Están en el armario, en el altillo.
Me levanto con rapidez. Al regresar junto a ella con un par de mantas, me percato de algo: el suelo está manchado, y ella también. Debo encontrar la manera de limpiarla y llevarla a la cama, pero primero me he de ocupar de darles calor a ambos.
—Dame al niño. —Extiendo una manta en mis manos para alcanzarlo y envolverlo en ella.
Cuando lo tengo entre mis brazos y lo acuno contra mi pecho, una emoción desconocida me arrasa el alma.
Es como si el amor más puro acabara de arraigar en ella, como si esa pequeña criatura ya se hubiera ganado un pedacito de mí.
—Es precioso —murmura ella mirándonos. Yo me muevo sin soltar al niño para colocarle la otra manta sobre sus hombros y permitir que sus manos trémulas acaben de arrebujarse en ella tras separarse un segundo de la pared.
—Como tú. —Por un momento dejamos a un lado los reproches, las discusiones, todo cuanto nos ha separado los últimos meses. Y es tan liberador estar con ella así, poder admitir en mi interior cuánto la amo, aplastar la rabia, el rencor, la ira…
—¿Qué vamos a hacer ahora? —Su pregunta me devuelve al presente, a esta habitación, a la realidad—. No hay agua caliente, ni electricidad ni cobertura de móvil. Estamos aislados e incomunicados.
—Han restablecido las telecomunicaciones hace cosa de tres horas —anuncio sacando el teléfono de mi bolsillo, sin soltar al niño—. Podemos llamar a emergencias y que nos indiquen los pasos a seguir a partir de ahora.
—¡Dios! —Arranca a llorar de nuevo, presa de la tensión de lo sucedido—. Pensaba que no lo conseguiría, he pasado tanto miedo.
Me agacho para sentarme a su lado y la abrazo.
Ha llegado el momento de establecer el contacto con el exterior y hablar con un profesional para que nos asesore de cómo proceder a continuación.
Aunque por un momento me gustaría permanecer los tres a solas durante unos minutos más, no regresar al momento donde estamos enfrentados, rehacer nuestros lazos desde cero, sin dolor, sin pasado, sin rabia.
Marco el +34 061 con el corazón palpitando a toda potencia y mi ansiedad dejando su rastro en mis jadeos. Ella se mueve con lentitud para recuperar el bebé, lo apoya contra su pecho de nuevo y lo acaricia. Cuando lo suelto, noto una frialdad. Los miro con un amor infinito.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarlo? —La voz de una operadora me saluda desde algún lugar indeterminado.
Con un esfuerzo inmenso, me centro en ella y empiezo a contarle la situación. Ella no tarda en pasarme con un médico, y entonces la burbuja en la que vivíamos Madison y yo hace un instante explota mientras seguimos sus indicaciones.