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MADISON
Han pasado seis días desde mi confesión a Dorian, ciento cuarenta y cuatro horas, ocho mil seiscientos cuarenta minutos desperdiciados frente a la ventana, sin otra ocupación que ver cómo las gotas se apoderan del exterior, caen en el jardín, llenan el suelo y se deslizan por el cristal de la ventana como si fueran mis lágrimas.
Apoyo la frente en el cristal frío un segundo más de la cuenta y suelto un largo suspiro angustiado.
Desde hace cuarenta y ocho horas, cuando la lluvia se convirtió en una tempestad peligrosa, todo se ha desbordado y ahora mismo estoy al borde del colapso.
Me llevo una mano al vientre sin darme cuenta, como si pudiera protegerlo del caos.
Empezó a caer con una virulencia inusitada, sin detenerse en ningún momento.
Ha ido arreciando con el paso de las horas hasta alcanzar un punto de no retorno.
Sabía que podía pasar, lo anunciaron en los telediarios una y otra vez, el móvil pitó con una alerta naranja, tanto el matrimonio que cuida la casa como mis amigos me insistieron en que me instalara en Palma, en un hotel.
Pero yo no los escuché. No quería aceptar la posibilidad de cambiar otra vez mi vida. O quizá solo fue miedo.
Miro otra vez el móvil, en busca de algún cambio, de una forma de cambiar esto, pero estoy aislada.
Lo aprieto con fuerza hasta que me tiemblan los dedos, suplicándole en silencio que vuelva a funcionar, porque ahora mismo ya no sé cómo saldré de esta.
Hace veintiocho horas se fue la electricidad.
No puedo cargarlo ni revisar Internet ni saber qué está pasando o pedir ayuda.
Ayer intenté salir. El agua me llegaba por encima de los tobillos antes de cruzar la verja.
Las inundaciones han obstruido las vías de acceso a la casa, la torre de telecomunicaciones ha caído presa de un rayo y carezco de opciones para conectar con el resto del mundo o llegar a un hospital, que es donde debería estar. Y eso me ahoga.
Ojalá hubiera instalado un generador… Ojalá hubiera escuchado…
Golpeo la pared con la palma. Es demasiado tarde.
Y demasiado peligroso. ¿Cómo saldré de esta?
Hace un frío infernal en el interior de la casa —a mi padre se le ocurrió la brillante idea de no usar el gas natural para la calefacción y puso placas de suelo eléctricas, así que solo me queda la chimenea como fuente de calor—.
Mi aliento sale en vaho cuando respiro. Y me encuentro fatal desde hace horas.
La despensa empieza a vaciarse y no sé cuánto aguantará la comida.
Empiezo a desesperarme…
Solo me salva la cantidad ingente de leña que compré al llegar y se amontona en el cobertizo para proporcionarme algo de confortabilidad, aunque en mi estado apenas soy capaz de transportar dos troncos a la vez.
Para lavarme pongo un cazo en la chimenea y consigo un poco de higiene, tanto física como mental.
El agua tarda una eternidad en calentarse y apenas llega templada.
Me levanto con dificultad, aguantándome la barriga por abajo, como si ese gesto pudiera retener al niño dentro de mí.
Me arrastro hasta la pila de troncos que conseguí reunir cuando se fue la calefacción y meto dos en la chimenea.
Me mareo al agacharme y tengo que apoyar la mano en la pared para no caerme.
Durante unos segundos me quedo quieta, respirando hondo, intentando que el mundo deje de dar vueltas. Hasta que me veo con fuerzas para llegar al sillón que coloqué frente al fuego. Me siento, me tapo con una manta, me encojo sobre mí misma y me tapo la cara con las manos. ¿Qué voy a hacer?
Ahora golpea los cristales con más fuerza, como si quisiera entrar. Ese sonido me angustia, es la sentencia a mi situación. Y necesito desesperadamente calmarme, pensar, prepararme para lo que está por venir.
—¡Oh, Dorian! ¿Por qué tuviste que condenarnos así?
Grito. Cuando mi vientre se contrae con fuerza, lanzo un puñado de blasfemias hacia el padre de mi hijo, la persona a la que más echo en falta en estos momentos.
La contracción se ramifica hacia la espalda para explotar en mis riñones.
Me ahoga la necesidad de él, de aclarar las cosas, de ordenar mi caos interno para afrontar el futuro.
La lluvia golpea los cristales como mil agujas.
El sonido es cíclico. Escucho el ulular fiero de la arremetida, como si fuera un silbido potente, acompañado por un rugido de las hojas de los árboles y los arbustos de mi jardín, como si gritaran la indómita bravura de las rachas de aire, y luego aparece el estruendo de las gotas al ser lanzadas contra la ventana sin ningún tipo de contención.
Parece como si mil agujas rebotaran en el cristal.
Por fin se relaja el dolor. Respiro aliviada, me seco el sudor y me envuelvo todavía más en la manta, con la adrenalina por las nubes.
Estoy sola. Y es culpa mía.
Los recuerdos se apoderan de mi mente con una asfixiante sensación de fracaso. El tiroteo de Albert, las muertes, Dorian… Todo vuelve. Su peso me aplasta, inutiliza mis pulmones. Hay demasiado para asimilar.
Coloco las manos sobre mi abultado vientre.
La existencia del niño en su interior es lo único que me ata a la cordura.
Mi hijo llegará pronto y se merece crecer con su padre presente, negárselo sería cruel.
He tardado demasiado en asimilar la importancia de Dorian en su vida, en arrinconar mis tormentos para volver a ser la Madison de siempre, una mujer capaz de capear cualquier temporal.
Aunque hay heridas que deberían cicatrizar cuanto antes.
Este niño es mío. Y voy a sacarlo adelante. Cueste lo que cueste. Por él debo sobreponerme, me necesita demasiado para dejar de luchar. No puedo hundirme ahora.
Una fuertísima punzada me atraviesa el vientre y lo tensa.
Me quedo un instante sin respiración, clavo las uñas en la manta y grito ante la reverberación del dolor en los riñones.
Es la más fuerte hasta ahora; violenta, larga, insoportable.
Inspiro hondo y exhalo el aire con lentitud por la boca en un intento de destensar el abdomen.
Tardo un poco más de lo previsto, pero al final lo consigo y mi tripa vuelve a la normalidad.
Sé lo que significa. Y me da pánico.
La luz fuera ya ha cambiado. Me quedo quieta, mirando el fuego, con el corazón desbocado. Ya está pasando.
He leído mucho sobre este momento, pero no tengo ni idea de cómo afrontarlo sin luz, ni anestesia ni un profesional ocupándose.
—Tú puedes, Maddie —le aseguro al salón vacío—. Eres fuerte. ¡Lucha!
Cierro los ojos y lo repito varias veces en voz alta. Me tiemblan las manos y las piernas; mis ojos están húmedos, asustados y a punto de dejar salir las lágrimas en tromba. Emito jadeos ansiosos. Repaso a toda velocidad lo que sé sobre el parto.
Mi vientre vuelve a tensarse, las arcadas regresan y el dolor es lacerante. Me encojo sobre mí misma, aguantándome el bajo vientre. Y entonces…
—¡Joder! —El líquido se derrama entre mis piernas—. He roto aguas.
No me puede estar pasando esto… no así.
Cuento en la cabeza para intentar dilucidar los segundos de duración de la contracción. Uno, dos… treinta y cuatro…
—No, no, no.
Entro en pánico. No me puede estar pasando esto, no puede ser.
Resoplo con rabia por mi recaída tan rápida en la cobardía y me insto a levantar el ánimo. Busco el teléfono con desesperación en cuanto cede la contracción. Pero sigue igual de apagado.
—Vas a lograrlo porque eres una valiente y el niño se lo merece —me digo en voz muy alta, como si expresarlo fuera a llenarme de la fortaleza perdida en los últimos minutos—. ¡Ánimo, Maddie!
Estallo en un llanto ansioso, completamente incapaz de sentirme preparada para enfrentarme a lo inevitable.
La siguiente contracción me sobreviene con una fiereza indomable.
Esta vez dura más, el fuetazo se apropia de mis riñones con una intensidad desesperante, pero grito con vehemencia y me obligo a no rendirme a las náuseas que suben sin piedad por mi tubo gástrico para llegar a mi boca e inundarla de su sabor agrio.
Duele.
Es como si me estuvieran rasgando el cuerpo.
El miedo se manifiesta a través de mis cuerdas vocales, con gritos y jadeos, pero me obligo a combatirlo con un tesón casi violento.
Si puedo dirigir un imperio, conducir un coche al límite, ser una mecánica cojonuda y repeler cualquier ataque cuerpo a cuerpo, también cuento con la habilidad de parir yo sola.
¿No? ¡Muchas mujeres lo han conseguido antes que yo!
Otra vez la calma afloja la piel de mi abdomen, dejándome temblorosa y vacía tras el golpe.
Me levanto aguantándome el vientre por abajo, como si temiera que el niño se escapara si lo mantengo sin sujeción.
Con dificultad, me quito los pantalones y las braguitas manchadas y me alejo del charco; ya tendré tiempo de limpiar cuando me encuentre mejor.
Necesito llegar a mi dormitorio para consultar los libros que he ido reuniendo acerca del embarazo y del parto.
Pero el dolor, aunque ha cedido, me obliga a avanzar con torpeza.
En mitad del pasillo, me atrapa una nueva contracción.
Ahora sí me agarro con firmeza el bajo vientre y batallo con uñas y dientes para contener el vómito en mi interior, aguantar con vigor la embestida, la tensión en el abdomen, los latigazos en los riñones, el sudor frío que se apodera de mi piel.
Grito sin parar, como si mi voz desafiara al miedo.
Consigo llegar a la habitación una vez mi abdomen se relaja. Resuello debido al esfuerzo, sudo, me cuesta moverme y sigo perdiendo líquido entre las piernas.
¿Es normal o algo va mal?
Con una linterna firmemente atada a mi mano libre, llego a la mesa donde se amontonan todos los volúmenes sobre el parto y los recién nacidos.
Dejo la luz sobre la madera y rebusco entre ellos hasta encontrar uno con varios capítulos dedicados al parto natural.
Me siento en la silla y paso las páginas con la respiración al límite, leyendo en diagonal, solo me detengo en las partes importantes.
Necesito toallas, agua caliente…
Una ilustración me llama la atención, es una chica en cuclillas y, al leer el pie de página, descubro que es la mejor manera de hacerlo tú misma.
Profundizo en el capítulo al máximo, memorizo todo cuanto me será de utilidad en las siguientes horas —o minutos, qué sé yo—. ¿Cuánto se tarda en dar a luz?
La idea de ir en busca de toallas o agua caliente es impensable en este estado. Estoy inmersa en una nueva contracción, cada vez son más frecuentes y duraderas. Apenas logro moverme con soltura, pero tras esforzarme al máximo, logro colocarme en la posición idónea para dar a luz yo sola.
Durante un tiempo indeterminado encadeno contracciones con pausas cada vez más cortas, atenta a las sensaciones de mi cuerpo, acompañando mis esfuerzos por mantener la calma con gritos y jadeos.
El vientre vuelve a tensarse, pero esta vez la descarga de dolor es tan aguda que chillo con una voz cargada de sufrimiento. Parezco un animal en el matadero. Y siento deseos de empujar, como si de verdad estuviera en el instante álgido.
Lucho por dominarme, pero sé que estoy en un momento cumbre cuando la presión entre mis piernas aumenta y siento cómo algo asoma por ahí tras varias contracciones continuas, y esa sensación que me aboca a apretar con fuerza. ¿Puede ser el niño? ¿Va a nacer ya?
Palpo la zona con ansiedad, temblores, empeño, pánico…
—¿Madison? —escucho la voz de Dorian y me reprendo mentalmente por mantenerlo tan dentro de mí que soy capaz de imaginármelo aquí en este instante tan significativo para ambos—. ¿Dónde estás? ¿Madison? ¿Te encuentras bien?
No calla, sigue llamándome, como si de verdad hubiera desafiado la distancia, la tormenta, la situación y hubiera sido capaz de llegar a nosotros en el momento preciso, cuando más lo necesito.
Disipo su presencia en mi mente como puedo y me concentro en la cabeza que asoma entre mis piernas. Grito sin contención. Por los nervios, la inexperiencia, la inquietud y el deseo de ver la carita de mi niño, y empujo con fuerza.
La voz de Dorian no se ahoga, sigue presente, cada vez más cerca. ¿Me estoy volviendo loca? ¿Acaso no tengo suficiente con dar a luz yo sola como para machacarme con la idea de tenerlo aquí?