19 #2
No tengo ni idea de por qué, en vez de ceder a la rabia, me levanto con dificultad y me arrastro hasta el baño para meterme bajo un reconfortante chorro de agua tibia.
Paso más tiempo del recomendable limpiando mi piel y una parte insignificante de mi alma, desprendiéndome de las gotas de alcohol que destilan mis glándulas sudoríficas, cediendo a las lágrimas en algunos instantes, permitiendo que el agua choque contra mi maltrecho cuerpo. Estoy en las últimas, joder.
Con una toalla envuelta en mi cadera, y varias gotas de agua deslizándose desde mi pelo empapado por mi piel expuesta, me voy a mi habitación para vestirme con unos vaqueros y una camiseta del montón de ropa que he acumulado sin limpiar.
Juls tenía razón, la ducha me ha sentado de narices, aunque el dolor de cabeza, la pastosidad en la boca y el estómago revuelto no me lo quita nadie.
Miro la hora en el móvil, todavía enganchado en el cargador de la mesilla de noche. ¡Son las tres de la tarde! ¿Cómo se me ha podido pasar el día tan rápido?
Juliette y Warren están acabando de limpiar la casa mientras Ralph ocupa la cocina preparando algo que huele de la hostia cuando salgo por fin de la habitación.
También hay una cafetera italiana humeante sobre la vitrocerámica.
Ralph levanta la mirada al verme aparecer y señala la encimera con la barbilla, justo donde hay un vaso de agua al lado de un par de comprimidos.
—Tómate las pastillas e hidrátate. La comida todavía tardará una media hora —expone en un tono neutro. Suelo mofarme de él cuando se atavía con el delantal de cocinar, pero hoy no estoy de humor, así que obedezco sin chistar—. Tío, estás hecho una piltrafa.
—Ni que lo digas. —Esbozo una sonrisa sincera.
De alguna manera retorcida mi corazón se alegra de tenerlos aquí.
Camino hasta la encimera, agarro los comprimidos, los coloco en mi boca y me bebo el agua de un trago.
Luego poso la vista en mi amigo y una oleada de decepción me invita a hablar con sinceridad mientras me sirvo una taza de café recién hecho—.
Os habéis portado como unos auténticos cabrones —espeto sin esconder mi dolor—. Merecía saberlo.
—Por ella —interviene Juliette, quien ha dejado de limpiar para acercarse, seguida de Warren—. No nos correspondía a nosotros decírtelo, debía ser Maddie. ¿Lo entiendes?
—No queríamos joderte —añade Warren—. Pero no podíamos hacerlo de otra manera. En el fondo lo sabes.
Es cierto, lo comprendo. Lo del niño es algo entre ella y yo, un asunto que debía compartir Madison conmigo y se calló de forma voluntaria. La ola de rabia se desata en mi interior como un tsunami dispuesto a arrasar con todo a su paso.
—La odio por hacerme esto —suelto crispando los dedos en la taza de café—. No la perdonaré en la puta vida. —Exhalo con fiereza—. ¿Por qué se lo calló?
—Hay tantas razones… —Warren suspira—. Ahora lo relevante no es eso, Dorian. Ya habrá tiempo para reproches más adelante, para hablarlo y entenderla. En este momento es importante preocuparnos por Madison y por el niño.
Una descarga de ansiedad me atraviesa el cuerpo como si fuera un rayo.
—¿Qué pasa con ellos?
Durante unos segundos siento el peso del incómodo silencio que se apodera de la estancia. Mis amigos tensan los labios, como si buscaran la manera de explicarme lo que sucede. Y en mi interior solo mora la inquietud.
—Siempre ha sido una mujer muy terca —susurra Juls en un tono que me hiela la sangre—. Ya la conoces, lucha por sus ideas a muerte y cuando se le mete algo en la mollera…
—Me estás asustando —admito—. ¿Vas a explicarme de una puta vez qué pasa?
—Está sola en una casa bastante aislada, en algún lugar de la isla de Mallorca que no tenemos localizado —explica Warren—.
Hace cuatro días tuvimos una larga conversación con ella, nos contó cómo se sentía y por qué se había recluido ahí sin contar con nadie, y nos dimos cuenta de lo jodida que está.
Después nos mandó los datos de la clínica donde dará a luz, nos corroboró que el once de febrero es la fecha prevista del parto y adjuntó billetes de avión para todos para el siete de febrero.
Tú incluido. —Suelta un suspiro inquieto—.
Pero está muy jodida, Dorian. Mucho. Ella también necesita terapia para superar su pasado, y no puede continuar aislándose en su estado, apenas le quedan unas semanas para dar a luz. Te necesita.
Escucharlo duele como un hierro candente contra mi piel. Pero también me mosquea no estar a su lado y ser digno de su confianza.
—¡Me ha dejado clarísimo qué piensa de mí! —respondo—. ¡Me ha excluido!
—No ha salido de casa en cuatro días —explica Ralph—.
Nos contesta cuando la llamamos, y últimamente incluso se abre un poco con nosotros, pero está muy deprimida y apenas se conecta a los ordenadores, ni quiere hacer otra cosa que pasarse las horas sentada frente a una ventana a mirar la lluvia.
—Suelta un improperio bastante airado—. ¡Está embarazada de ocho meses y no atiende a razones!
¿Y si necesita ayuda médica? Tiene contratado a un matrimonio para que se ocupe de la casa, la mujer va cuatro horas al día, y para Madison son suficientes.
—Chasca la lengua con ansiedad—. ¿Y si le pasa algo cuando esa señora no esté?
Seguir así es una locura. Y más con las tormentas que se han desatado ahí…
—Hemos visto la previsión del tiempo —apostilla Juliette—.
Va a empeorar durante la semana. Hay un frente ártico sobre España y no dejan de anunciar unos días jodidos, sobre todo en las Baleares.
—La voz de Juls está llena de angustia—.
He visto los pronósticos meteorológicos de España, se predicen catástrofes en esas islas, se están preparando para cortes de electricidad, inundaciones, desastres varios…
Te necesita, Dorian. Quizá no se da cuenta de ello ni es capaz de admitirlo, sin embargo, no puede seguir ahí sola…
Y vosotros debéis veros de una vez, tenéis mucho de qué hablar.
Una bola de nervios estalla en mi corazón.
Hay demasiadas implicaciones en las palabras de mis amigos, demasiados indicios de que por una vez en mi vida debo desprenderme de la rabia y enterrar mis necesidades para abrazar las de otra persona.
Porque ya siento algo por ese futuro niño y quiero protegerlo.
Me paso las dos manos por el pelo, lo aliso, lo manoseo.
El dolor de cabeza sigue tan punzante como hace unos minutos, la resaca es como un estigma difícil de eludir, mis pensamientos parecen embotados y mis sentimientos apenas son lógicos ni ordenados, se empeñan en martillearme el sistema nervioso sin darme tregua.
—¿Qué proponéis? —inquiero con el sabor del café recién hecho invadiendo mi boca.
Camino hasta el sofá sin soltar la taza y me siento para encontrar un poco de estabilidad en mis piernas temblorosas.
Hay demasiado para asimilar y mis emociones son como pequeñas puntas de puñal clavándose en mi piel—.
¿Por qué estáis aquí? ¿Qué esperáis de mí?
Los conozco lo suficiente para intuir la respuesta, se ha apoderado del ambiente, flota en él, pero no estoy preparado para interiorizarla ni para arriesgarme a aceptar hasta dónde me afecta la situación y me embarga la necesidad de proteger a Madison. ¡Mierda de sentimientos!
—Has de ir a por ella —sentencia Ralph—.
Tragarte todo ese orgullo y esa ira y dejar de comportarte como una persona inestable.
¡Madurar de una vez! —Se acerca a mí con una expresión cargada de sinceridad—.
Estos meses de terapia han sentado las bases para ayudarte a actuar como debes.
Y sí, tío, es una putada lo que ha pasado, lo sé.
Pero la quieres, ella está enamorada de ti y vais a tener un hijo, ¿no es suficiente para luchar?
—Redirige esa rabia hacia la fuerza necesaria para hacerle ver que puede confiar en ti —interviene Warren—. Acepta de una vez que la echas de menos, que estás loco por ella, que no quieres seguir muerto en vida ni siendo un capullo.
Juliette se sienta a mi lado, me pasa un brazo por los hombros y se apoya en mí.
Suelta un largo y profundo suspiro. Su tacto me reconforta tras tantos días solo, sin otra compañía que una botella y comida basura.
Quizá tienen razón y debo avanzar, aparcar de una vez mi rencor para aceptar mis sentimientos por Madison…
—Está destrozada —susurra mi amiga—. Ha pasado por mucho, su vida se desmorona, Dorian.
Es importante que la entiendas y te preocupes por ella.
Te necesita, Dorian. Y quizá tú también la necesitas a ella.
—Suspira—. La temporada de fútbol ha acabado, tu equipo ha ganado la liga, puedes hablar con el entrenador y tomarte unos días para ir a verla e intentar convencerla de que vuelva a casa.
—Hazlo, tío —la secunda Ralph—. Tráela de vuelta, a ella y a su barriga para que el niño nazca entre nosotros.
¿Y si tiene razón? ¿Y si lo único que necesito para volver a ensamblar las piezas rotas de mi alma es darle a mi corazón lo único que anhela? ¿Y si…?