19
DORIAN
Han pasado cuatro días desde que lo sé, y todavía no soy capaz de aceptarlo ni de reaccionar. He atravesado varios estados, todos ellos penosos, joder. Estoy hecho mierda y oscilo entre la venganza, el llanto,
la rabia y la culpa.
Quizá por eso me he encerrado en mi apartamento y no he contestado ni a una de las llamadas ni de los mensajes de nadie, ni siquiera los de Madison.
Aunque soy tan imbécil que sigo cargando el móvil cada noche para no perderme ni una sola de sus palabras, de sus patéticos intentos de disculparse y hablar conmigo acerca de la existencia de ese niño que crece en su vientre y de hablar del futuro.
Me llevo la botella a los labios para darle un enorme lingotazo al tequila. Estoy estirado en el sofá, con los restos de comida basura amontonándose en el salón, junto a las botellas de José Cuervo que me han servido de sustento desde que me enteré.
El móvil pita. La muy capulla de Madison lleva enviándome mensajes desde hace tres días. Pero va lista si piensa que voy a ceder así de fácil. ¡Que se joda! Lleva seis meses y medio desaparecida, con un puto bombo. ¿Y ahora pretende que le responda cuando a ella le pase por las narices?
Ni. De. Puta. Coña.
Primero necesito calmarme y saber qué quiero.
Si dijera que no he mirado la ecografía un millar de veces, mentiría.
La bajé a la galería de fotos, la he ampliado, la he observado detalle a detalle, la he memorizado, incluso he sentido una conexión extraña con esa mancha tan perfecta, real, anunciadora de un cambio inevitable en mi vida.
Y he hecho lo mismo con las demás que me ha enviado para ilustrar su gestación alejada de mí, aunque sean en 2D y apenas aprecie manchas inespecíficas en ellas.
Pero he ignorado las frases envenenadas que las acompañaban.
Sé dónde está, busqué el prefijo en Internet y la ubiqué en España, un país no muy grande de Europa.
Y hay instantes en los que no dudaría en ir a por ella para compartir estos momentos, arrinconar la rabia y encontrar la forma de ser un buen padre, para no dejarme vencer por mi temperamento. Porque voy a ser padre…
«¡Joder!».
Vuelvo a empinar el codo. Borracho todo se amortigua mejor en esta situación. Porque si me mantengo sobrio acabaría por destrozar algo.
Me aterra ser padre, pero también me ilusiona, y más si es con ella.
¿Cómo cojones se come eso?
Es como si mi cabeza estuviera dentro de una batidora dando vueltas sin parar, por eso me he apartado y he preferido evitar cualquier interferencia exterior, como si negarme a responder sus palabras, darle al alcohol y deambular en ropa interior por la casa, sin ducharme ni hacer nada de provecho —ni siquiera entrenar—, fuera la única manera de lidiar con la situación.
El entrenador me ha mandado varios mensajes preguntándome qué me pasa.
Y, joder, lo sé, debería contestarle, exponer mi caso.
Pedir un tiempo para mí. Por suerte la liga ha acabado, ya no hay partidos ni la presión inmediata para competir.
Pero las clases siguen, debo mantener la media para no perder la beca y mi forma física se resiente.
Hay demasiado dolor en mi interior para domarlo y lo único que me ayuda a disipar un poco la sensación de estar al borde de la devastación total es atontarme con alcohol. Aunque en muchos instantes me ha tentado llamar al doctor Johnson para escuchar sus consejos.
El móvil vuelve a pitar para traerme un mensaje de Madison: «Dorian, por favor, llámame. Deberíamos hablar». Esa última frase me enciende en un segundo y una ola de la cólera más desquiciante arrasa con mis pensamientos coherentes.
Otra vez entro en modo vengativo, resentido, depredador. Solo quiero hacerla sufrir, atizarle en el corazón con la misma fiereza que ella ha machacado el mío. Si la tuviera enfrente, no dudaría en tratarla con desprecio, frialdad, odio…
¡Joder!
Lanzo la botella de José Cuervo contra la pared con mucha fuerza y me quedo mirando cómo se desmenuza en miles de cristales, cómo el líquido chorrea por el blanco inmaculado de la pared hasta crear un charco en el suelo, cómo mi mundo estalla con ella.
—¡Jodida Ashley! —La llamo por el nombre con el que la conocí, ese arraigado en mi alma, el de una persona diferente a la que me ha roto en pedazos tan pequeños que dudo poder acoplarlos de nuevo alguna vez.
Y entonces viene la riada de lágrimas. El dolor penetrante. La laceración de mi alma. La quiebra total. Y acabo sentado en el suelo, con las piernas levantadas, los brazos rodeándolas y el cuerpo apoyado en ellas.
¡Soy tan patético!
Solo he salido una vez estos cuatro días, y fue para ir a la tienda en busca de comida basura y varias botellas de tequila, ¿y cuál elegí? ¡El de Madison! ¡El jodido José Cuervo!
¡Puto amor!
¿Cómo se me ocurre elegir el alcohol que tanto significa para ella?
¿Hasta dónde llega mi gilipollez? Los minutos me ayudan a calmarme lo suficiente como para volver a enderezarme.
Camino descalzo hasta la cocina, importándome una mierda si me encuentro cristales, líquido o porquería.
Sobre la barra está mi nada desdeñable colección de bolsas de patatas, de chocolatinas de mil tipos y de gominolas.
Me hago con una de fritas con paprika y la abro para meterme un buen puñado en la boca.
También agarro una de las cuatro botellas que todavía me quedan para darle un buen trago, sin molestarme en buscar un vaso.
Son las diez de la mañana, hace sol, hay una luz molesta entrando por la ventana e imagino a mucha gente en la calle pasándolo en grande un sábado a estas horas.
Y yo estoy a punto de coger el puntillo capaz de borrarme la mente, de envolverme en la bruma del alcohol lo suficiente para nublar con el potente anestésico del tequila ese dolor afilado, los pensamientos insistentes, la realidad.
Completo el círculo de mis crisis con un torrente de imágenes del pasado compartido, con una culpabilidad nada desdeñable por mis actos cada vez que me he cargado nuestra armonía, con esos arrebatos de capullo arrogante.
Y el ramalazo de anhelo al recrearme junto a ella y mi hijo en un futuro ideal, uno que no tiene cabida en mi mundo, pero al que me aferro con una fuerza implacable.
Intento regresar al punto donde me rindo a la rabia con un par de lingotazos de su querido José Cuervo, pero solo puedo pensar en Madison, en su soledad, en dónde estará, con quién, cómo llevará el embarazo, si se encontrará bien, si me echa tanto de menos como yo a ella…
—¡Ya basta, joder!
Mi grito desesperado apenas se oye en medio de la abrumadora sucesión de deseos en forma de instantáneas que acribillan mi mente.
Dos tragos más tarde me tiro de nuevo en el sofá, con el mando de la tele en la mano y la atención fija en la pantalla, donde hago zapping en busca de algo que me emocione, aunque llevo cuatro días igual y todo me parece vacío, carente de sentido y sin el más mínimo interés para mí.
Quizá por eso regreso a mi rueda eterna: autocompasión, dolor, rabia, culpabilidad, nostalgia, mucho alcohol…
¡Y vuelta a empezar!
No tengo ni idea de en qué momento me duermo, ni de la cantidad de tequila que me espesa entonces la sangre ni, mucho menos, del tiempo que transcurre, pero la consciencia regresa de nuevo a mí al escuchar con claridad unas voces increpándome.
Parpadeo molesto, en un intento nada productivo de abrir los ojos.
El sol me impacta con insidiosa maldad en los ojos enrojecidos por la resaca.
¡Maldita luz! Me jode que te cagas. ¿Y esos gritos?
Se cuelan por mis oídos para perforarme el cráneo de una manera insoportable.
—¡Dejadme dormir en paz! —aúllo, todavía inmerso en el sopor y con un tono despiadado—. ¡Largaos de mi casa!
—Ni de coña —anuncia Juliette con contundencia—. ¡Ya basta de tanta tontería, Dorian! Este piso huele a vertedero. —Noto su mano zarandeándome—. Ahora mismo te vas a meter en la ducha y a dejar de comportarte como un zombi sin cabeza. —Tira de mí—. ¡Vamos! ¡Arriba!
Logro abrir un ojo para enfocarla, a ella y a sus acompañantes: Ralph y Warren. ¡El trío sacapuntas, no te jode!
El dolor de cabeza me atraviesa las sienes con contundencia, los rayos de sol, que se cuelan por la ventana abierta, me destrozan las retinas, y ni te digo de sus órdenes. ¡Qué cojones! ¿Por qué no me dejan regodearme en mi mierda y se piran de una vez?
—¡Lárgate, Juls! —rujo sin ninguna intención de hacerle caso.
Siento la boca pastosa y el regusto amargo del tequila en el paladar.
Y, ¿cómo no?, esa mierda de dolor de los últimos días, vivo, agudo y desgarrado, se apodera de mi corazón para encogerlo, estrujarlo, desangrarlo—. ¡Quiero dormir en paz!
—Pues te aguantas —insiste ella—. Llevas encerrado en esta pocilga cuatro días. Se acabó, no pienso tolerar que sigas destrozándote de esta manera. ¡Afróntalo de una vez!
—A ver si te enteras, joder. —Me agito despacio para sentarme en el sofá, aunque he de admitir que cada movimiento me dispara una nueva punzada en la cabeza, y ni te cuento las arcadas que me suben por el tubo gástrico—.
Te lo deletrearé si hace falta: no os quiero aquí, me la suda lo que penséis de mí.
Me mentiste, Juls. Los tres lo hicisteis.
—Señalo con el dedo a mis otros dos amigos silenciosos.
Las muecas de dolor de los tres dejan claro su malestar. Pero Juliette no se amilana, se crece, como si quisiera mostrar su intención de luchar por mí, por nuestra amistad, por el futuro.
—¡A la ducha! —ordena señalándome el baño con el dedo índice de la mano derecha—.
¡Ya! Después limpiaremos juntos este desastre y comeremos algo en condiciones, no esa mierda.
—Señala las bolsas de patatas, las chuches y los restos de chocolatinas desperdigados por el salón, la cocina, el recibidor…