18 #2
—Todavía es pronto para sacar conclusiones —musita Ralph—. Estaba muy afectado, nunca lo había visto así. Necesitaba hablar contigo, pero no le contestabas, y eso lo ha trastocado del todo.
—Ha pasado algo alucinante —añade Juls—. De repente se ha dado cuenta de que la ira lo dominaba y se ha derrumbado.
—¡Lo he visto llorar, Maddie! —Ralph vuelve a tomar la palabra—. Estaba destrozado.
—Hace ocho horas se ha largado de la oficina y desde entonces no contesta al móvil —interviene Juliette con un cabreo de tres pares de narices—. No sabemos dónde está ni qué piensa hacer.
Asiento sin contener las lágrimas. Entiendo su mosqueo, el mío alcanza una cota preocupante en mi estado. Debo calmarme para enfrentarme al asunto con la cabeza lo más despejada posible, aunque me parece una tarea titánica.
—Me he equivocado tanto… —me lamento—. Estaba tan enfadada y confundida…
—¡Ya basta! —grita Juliette en un tono que me desconcierta—.
¡Venga ya, Maddie! Llevas meses escondiéndote para lamerte las heridas en vez de enfrentarte a la realidad.
¿Es más fácil lamentarte que hacer frente a la situación?
Mi amiga, esa chica que conocí en Elberta, era una luchadora, y no tengo ni puta idea de dónde la has metido.
¿Qué has hecho con ella? Porque en este momento te miro y no veo ni pizca de la persona que eras.
—Sus duras palabras me impactan con fiereza, pero ella no se detiene, sigue soltando sapos por la boca, y lo peor es saberlos ciertos, escuchar unas verdades dolorosas y necesarias a la vez—.
Mi Ash jamás hubiera mandado ese mensaje, ni se habría acobardado después ni nos habría alejado de su vida.
¡Haz el jodido favor de no autocompadecerte y actúa!
Sigues enamorada de Dorian, llevas a su hijo en el vientre, y él también te quiere.
—Resopla—. A ver, puedo entender que no quieras una relación con él, os habéis causado un daño irreparable.
Pero te digo desde ya que no tolero cómo te has comportado con él ni con nosotros.
¡Eres una adulta, joder! ¡Habla con él! ¡Llegad a un acuerdo! ¡Vuestro hijo no tiene la culpa!
Ralph le pone una mano sobre el hombro para instarla a contener su arrebato. Ella se gira un segundo hacia él y asiente con los labios fruncidos por el nerviosismo.
—Yo… yo —farfullo sin saber muy bien qué decir.
La abrumadora verdad que ha pintado mi amiga me impacta como un tornado capaz de remover mi conciencia.
Debería haber encajado los giros del destino de otra manera, haber mantenido a mis amigos cerca, haberle dado a Dorian la posibilidad de conocer la existencia de su futuro hijo.
Mis decisiones han sido un completo desastre—. Ojalá pudiera dar marcha atrás…
—¡No puedes! —suelta Juls, todavía exaltada—. Ese es el problema, ¿sabes?
—Cariño —susurra Ralph con un gesto hacia ella para tranquilizarla. Juliette contrae los labios, resopla y cruza los brazos bajo el pecho.
—¡Está bien! —La voz de mi amiga está cargada de resentimiento—. La trataremos como a una princesita de cristal. Total, solo nos ha ignorado durante meses y ha conseguido que Dorian nos odie por no ser capaz de asumir sus responsabilidades. ¡Y te ha roto la nariz, joder!
Cada una de sus frases se clava en mi alma para llenarla de dolor. Su rencor es entendible, la he echado de mi lado cuando más la necesitaba, y me merezco sus desprecios. Aunque no por eso duelen menos.
Fuera se escuchan truenos y algún relámpago ilumina la oscuridad. Es un claro anuncio de tormenta. Me encojo un poco en el asiento, sin ganas de quedarme varada por la lluvia, acompañada por ese tiempo gris, apático, triste…
Miro a la pantalla, a mi amiga, a su novio, a Warren. Tres personas que han estado ahí cuando los necesitaba, mi familia. La culpabilidad se apodera de mí y me hace sentir como un tren de mercancías a punto de descarriar.
—Tienes razón. —Levanto la mirada hacia Juliette y la fijo en ella.
Su expresión es una clara muestra del sufrimiento infligido por mi forma de tratarlos a los tres desde la boda de Dorian, y la entiendo tanto…
Solo quiero confortarla, purgar mi culpa, retomar el camino correcto—.
No reaccioné bien y me he cargado demasiadas cosas.
No tengo excusa, esa es la verdad. —Busco en mi corazón las razones que me impulsaron a irme, a alejarlos, a no hablar con Dorian, a acabar mandado ese mensaje—.
Fue excesivo… Mi tío muerto, ver a Dorian casarse con Candy, estar a punto de morir, que me disparara otra vez, enterarme de mi embarazo…
Un montón de emociones zarandeándome… Y…
—Suspiro antes de pronunciar las palabras adecuadas—.
Desde que tenía diez años he vivido con la amenaza de mi tío pendiendo sobre mí, he fingido ser quien no era fuera de mi casa, me he preparado, he luchado y he perdido a muchísimas personas en el camino.
Y de repente la libertad me cogió por sorpresa, embarazada, enamorada de alguien con quien mi vida era un infierno, sin un fin concreto.
—Fijo mis pupilas en las de mi amiga, quien parece angustiada—.
Todo explotó, me sentía tan perdida… Y solo quería escapar, ¿lo entiendes?
No era capaz de soportar el peso de la realidad, de asumir las pérdidas ni mi estado.
—Era más fácil ignorarlo —aventura Ralph—. Por eso pusiste tierra de por medio y culpaste de todo a Dorian.
—Solo intentaba olvidar —admito.
La tromba de agua empieza a caer con furia en el exterior y sonrío con dolor al darme cuenta de cuánto se asemeja a mi estado.
Por fin he abierto las compuertas de la cantidad insana de sentimientos encerrados en mi corazón.
Los dejo deambular por mi cuerpo con total libertad, y noto cómo destilan dolor.
Pero ha llegado la hora de mirarlos a la cara, de asimilarlos, de soltarlos.
—Pues olvida con nosotros cerca —apostilla Warren, más calmado—. O más bien empieza a superarlo. Porque no puedes continuar encerrada en ti misma, Madison. Has de salir ahí fuera y ser fuerte para criar a tu hijo. Y para encontrar un pedacito de felicidad.
—Te queremos, ¿sabes? —Juliette está compungida por mis revelaciones—. No me gusta que nos hayas apartado en un momento tan doloroso para ti, pero te perdono si prometes no volver a hacerlo.
Asiento con las lágrimas sellando el acuerdo. Un amago de sonrisa se insinúa en mis labios para contagiar a mis amigos al otro lado del océano.
—Y yo… —Tiro un poco más hacia arriba de las comisuras de mis labios—. Yo también os quiero.
«Y a Dorian, mal que me pese…».