18
MADISON
Llevo doce horas exactas mirando el teléfono apagado, luchando contra la ansiedad, intentando reunir fuerzas para encenderlo y enfrentarme a las inevitables palabras de Dorian, de Ralph, de Juliette, de Warren.
Se me ha ido la cabeza, lo sé. Decírselo así…
¿Cómo puedo ser tan hipócrita? Quiero una reacción madura por parte de él y yo actúo como una adolescente alocada.
Pero hay tanto dolor hirviendo en mi interior que he olvidado cualquier cautela y me he dejado llevar por la impulsividad del momento.
Tengo una formación sólida en tecnología, sé mejor que nadie las precauciones a tomar cuando se mandan mensajes de esa índole, pero ni se me ha pasado por la cabeza pensar antes de apretar las teclas, y he acabado enviándoselo en abierto, con mi número, incluso con el prefijo.
Porque necesitaba tanto decírselo… Y, quizás, en el fondo quería darle pistas de mi paradero.
A estas horas ya me habrá ubicado en España. ¿Cuánto tardará en encontrarme? ¿Luchará por nuestro hijo?
Dorian es incapaz de comportarse como toca. Volverá a golpearme con fiereza, lo sé demasiado bien. Pero ¿y si no lo hace? ¿Y si ha cambiado de verdad?
Estoy sentada frente a mis cinco pantallas, en la habitación a la que cariñosamente llamo «mi cueva», acompañada por los últimos dispositivos para hackear y mantenerme conectada con Dallas. Pero conservo los monitores apagados y los dedos alejados del teclado.
Nunca me había dado miedo el mundo cibernético porque es parte de mi esencia, pero ahora, cuando el reloj marca las seis de la mañana, envuelta en el silencio y la oscuridad del incipiente amanecer, me aterra enfrentarme a un mensaje, a sus palabras, a la realidad.
Me acaricio el vientre de nuevo.
Parezco una obsesa en ese sentido, es como si el gesto me acercara a mi niño, me mantuviera conectada a él de alguna manera y me trajera a Dorian a la mente, junto a unas esperanzas nada realistas.
¿Por qué me empeño en seguir esperándolo?
Debería ser capaz de borrarlo de mis sentimientos.
Sigo casi inerte, como en las horas precedentes, sin hacer otra cosa que mirar a la nada, sin luces, ni música ni otro sonido imperante que mis latidos y mis respiraciones agónicas. Solo me acompañan mis pensamientos, esos cargados de reproches y deseos imposibles.
Hace frío, o como mínimo mi cuerpo se ha quedado gélido tras demasiadas horas sentada en esta silla, por muy cómoda que sea. Siento cómo un escalofrío me recorre la espina dorsal, el peso de mis acciones precipitarse sobre mi aliento y la soledad golpearme el corazón con una fiereza indomable.
Mis ojos se llenan de las lágrimas negadas desde que me he sentado a esperar no tengo ni idea de qué, como si estuviera sumida en un limbo donde el tiempo apenas fuera perceptible. Y, de repente, estallan sin aviso previo, junto a unos sollozos desesperados.
Lo he hecho todo mal.
Dorian es una persona inestable, soltarle la bomba de esa forma es de cobardes, de insensibles, de… Me tapo la cara con las dos manos, al ritmo del llanto desgarrado, de mis remordimientos, del dolor que apalea mi alma.
Nunca me perdonará, y no podré culparlo porque he actuado como una auténtica descerebrada.
Tardo una eternidad en calmarme lo suficiente para apretar la tecla precisa y devolverle la vida a los monitores. Los cinco están colocados en semicírculo frente a mi mirada.
Mantengo los párpados cerrados durante unos instantes, en un gesto pueril y carente de lógica. El corazón me retumba en las sienes con una palpitación intensa. Respiro en resuellos.
Exhalo con ímpetu, coloco la mano derecha sobre el ratón y con una contundente afirmación abro los ojos para enfrentarme a las pantallas. En la de la izquierda puedo visualizar la lista de mensajes del móvil.
Con una taquicardia imposible, desplazo mi atención a los nombres y a la cantidad de comunicaciones no leídas.
El pulso me golpea en la garganta al comprobar las cifras:
Juliette, 15 mensajes. El último de hace 45 minutos.
Ralph, 10 mensajes. El último de hace 1 hora.
Warren, 12 mensajes. El último de hace 2,5 horas.
Dorian, 22 mensajes. El último de hace 8 horas.
Suelto una larguísima exhalación, junto a un arranque de lágrimas nerviosas. Abro y cierro el puño sobre el ratón varias veces, sin contener la ansiedad. Desplazo el cursor hasta el nombre de mi amiga y me detengo a punto de clicar sobre el botón izquierdo para leer sus misivas.
Mi pensamiento repasa una y otra vez las horas que han pasado desde el último intento de Dorian de contactar conmigo. ¿Se ha rendido? ¿O está tan cabreado que busca la venganza perfecta? Esta vez no lo superaré, no encontraré la luz después de hundirme en la negrura. Será mi naufragio total.
Con la respiración en espera, unos latidos furiosos en el pecho y la sensación de estar a punto de perder la conciencia por tantos nervios, le doy al botón.
Tardo unos instantes en reunir el aplomo suficiente para leer el último mensaje de Juls: «¡Contéstame de una jodida vez, Maddie!
¿Estás bien? ¿Ha pasado algo? En serio, ¿te das cuenta de cómo te estás comportando?
¡Pareces una descerebrada! ¡Una niña pequeña!
¡Háblame! Estoy muy preocupada, ¿no te das cuenta? ».
Pum, pum. Pum, pum…
El corazón apalea tan fuerte mi garganta que casi me aturde. Los seis mensajes anteriores van en la misma línea. La preocupación y el cabreo de Juliette han aumentado con el paso de las horas, al ver mi ausencia de respuesta.
Llego hasta los primeros, donde todavía no estaba en modo desesperada y me instaba a contestarla de una forma menos incisiva. Una oleada de culpabilidad me abofetea. La entiendo, si ella hubiera desaparecido sin dar señales de vida después de lanzar semejante revelación estaría preocupada.
«Habla con él, lo necesita». Datado hace nueve horas, cuatro después de mi comunicación con Dorian.
Es de su tercer intento de contactar conmigo, tras un par en los que intenta averiguar cómo se me ha ocurrido semejante idiotez y me explica que mi ex ha irrumpido en las oficinas de Dallas en busca de respuestas.
La aplicación muestra las palabras «en línea» bajo su nombre. Quizá por eso tecleo deprisa, casi temiendo echarme atrás en el último momento: «Estoy bien. Pero no me siento con fuerzas para hablar ahora».
Ahora está escribiendo.
Veo los puntitos suspensivos en el chat y cuento los segundos con un millar de latidos por segundo invadiendo varios rincones de mi cuerpo. «Te llamo. ¡Coge el teléfono!».
Niego con la cabeza, con las lágrimas manando a mares por mis ojos.
La pantalla empieza a mostrar la comunicación procedente del otro lado del océano. Parpadea sin dejar de insistir, con la foto de Juls anunciando de quién proviene la llamada. La dejo apagarse sin mover ni un dedo, pero empieza de nuevo como un reclamo a mi valentía.
¿Por qué me comporto así?
Yo nunca he sido una gallina, jamás le he permitido al miedo apoderarse de mi capacidad de enfrentarme a las situaciones, ¿y ahora actúo como si hubiera regresado a la infancia? ¿Con pánico absoluto? No me reconozco, esta mujer aterrada no soy yo.
Exhalo muy fuerte y me decido a apretar la tecla capaz de traerme la cara de Juliette.
Aparece en la pantalla enseguida, cansada, despeinada y con los ojos angustiados, como si la espera la hubiera dejado agotada emocionalmente.
Apenas logra componer una sonrisa tensa tras soltar un suspiro de alivio que se me clava en el corazón.
A cada uno de sus lados la flanquean Ralph y Warren. Están los tres sentados en el sofá del salón de la mansión Reynolds, frente al televisor, donde instalamos el equipo necesario para mantener videoconferencias con el resto del mundo.
En Dallas es medianoche.
—Estás bien —susurra Juls observándome con detenimiento—. Ya no sabía qué pensar.
Se tapa los ojos con las manos un segundo. Está llorando.
—¿Por qué se lo has mandado así? —suelta Ralph a bocajarro, sin medir su tono enfadado.
Tiene un moratón en la nariz que anuncia con letras de neón de quién provenía el puño causante.
Y está cabreado—. Si lo hubieras visto… Estaba destrozado, su enfado ha sido explosivo.
¡Si hasta se ha presentado en la oficina echando fuego por los dientes!
Un poco más y se lía a hostias con Tuck.
—Lo siento. —Aparto la mirada un segundo, avergonzada por mi comportamiento y por las consecuencias impresas en su cara—.
No lo he pensado. Quería tenerlo a mi lado, acababa de salir de la consulta de la ginecóloga, he hablado con Juls y…
—Suspiro—. Llevo horas buscándole una explicación a mi impulso, pero no la encuentro.
Ojalá pudiera darle un sentido. Solo sé que necesitaba decírselo, y esa ecografía era tan explícita…
—Ese mensaje… —interviene Warren, igual de airado—. Te has pasado de vueltas, ¿no crees?
—¡No tengo ni idea de qué me ha pasado por la cabeza! —admito arrancando a llorar—. Ojalá me entendiera.
Parezco un manantial eterno, de esos incapaces de detener el flujo de líquido. Vuelvo a llorar de forma descontrolada. Llevo a cuestas demasiadas emociones y decisiones inconscientes. Me zarandean hasta marearme.
—Pues indaga en tu interior —me espeta Ralph, nada calmado—. Porque has desatado una guerra nuclear. Y esta vez no sé a dónde nos conducirá.
—¿Cómo está? ¿Dónde se ha ido? ¿Cómo ha reaccionado?
—Mi mente sigue disparando una pregunta tras otra, como una ametralladora repleta de munición.
Pero observo los rostros contraídos de mis amigos, es como si no quisieran contestarme, como si intuyeran que sus respuestas pueden ser demasiado dolorosas para mí.
Así que me armo de valor y pronuncio la siguiente cuestión—. ¿Quiere a este niño o nos odia?
Se me encoje el corazón, la voz, el vientre. La espera hasta recibir la respuesta me ahoga. Apenas soy capaz de concentrarme en la pantalla, las palpitaciones invaden mis oídos, mis sienes, mi frente…