Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 17 #2
46%

17 #2

—¡Señor! —grita el segurata alcanzándome. Por el rabillo del ojo veo cómo el recepcionista llama por el teléfono interno—. Haga el favor de alejar el vehículo de la entrada y váyase.

Me coloca una mano en el hombro para obligarme a girarme, pero no estoy para gilipolleces, así que me giro para enfrentarlo tras asestarle una palmada bastante potente en el brazo y conseguir que me suelte.

—Me la suda lo que quieres —anuncio casi sacando espuma por la boca—. He venido a hablar con Juliette Monroe y Ralph Brown, y será ahora mismo. ¿Estamos?

El par de tíos apostados ante las barreras reaccionan con rapidez y se acercan para apoyar a su compañero al escucharme. Piensan que me intimidan, pero van listos si creen que pueden impedirme llegar hasta mis «amigos».

—Por favor, señor —insiste el tío que tiene mis llaves—. No convierta esto en algo más difícil. Cálmese.

—¿Qué parte no has entendido, tío? —Me mantengo firme, aumentando la tensión—. ¡No me voy de aquí sin hablar con mis amigos! —anuncio con un tono gélido—. ¿Queda claro?

—Está prohibido aparcar en la entrada. —El guardia está a punto de perder los nervios, y eso significaría darnos de hostias.

Yo no me voy a mover ni un ápice hasta la llegada de Ralph o de Juls.

Y sí, quizá tengo mucho que perder, pero ahora mismo carezco de tiempo para preocuparme por eso, ni me importa una mierda si me golpean, ellos van a salir jodidos también—. Así que tú verás.

Inspira con fuerza, hincha las aletas de la nariz y puedo notar cómo busca fuerzas para controlarse. En este momento ambos tenemos ganas de golpear, queda clarísimo. Cierro el puño con fuerza varias veces y me preparo para la pelea. Me va a venir cojonuda para deshacerme de la rabia que me consume.

—¿Dorian? —La voz de Ralph me disuade de darle el primer golpe al segurata—. ¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí?

—¿Lo sabías? —pregunto mirando a mi amigo—. ¿Lo has sabido todo este tiempo y no me has dicho nada? —Hago ademán de caminar hacia él, pero el de seguridad me lo impide al agarrarme por el hombro con firmeza.

—Suéltalo, Tuck —solicita Ralph con una sonrisa tensa, y entonces me observa—. ¿De qué estás hablando, Dorian?

La mano que me sujetaba desaparece de mi hombro muy despacio, casi a regañadientes. Pero no me detengo a valorar los sentimientos de ese tipo. Toqueteo la pantalla de mi móvil para buscar el mensaje de Madison y lo coloco frente a la cara de Ralph.

—¡Contesta! —espeto—. Dime cuánto tiempo os habéis reído en mi cara.

—¡Joder! —Empalidece—. ¿Cómo…? —Sacude la cabeza—. ¡Joder! —Se gira hacia el tal Tuck y le habla con un hilo de voz—. Necesito hablar con el señor Stone a solas —anuncia—. Déjalo pasar.

—Pero ha aparcado el coche enfrente y me ha dado las llaves para que lo solucione —explica con rabia.

—Es un asunto muy urgente —balbucea mi amigo recuperando el aplomo—. Por favor, Tuck, hazlo. Ayúdame en esto.

El guardia asiente con el ego magullado y yo sigo a Ralph hacia uno de los ascensores, que nos espera con la puerta abierta, tras pasar por la barrera levantada para mí, ante la atenta mirada de los tipos de seguridad.

Mi amigo se mantiene con la cabeza baja, las manos en los bolsillos del traje y la tensión apretando sus músculos de una manera implacable. Yo apenas logro respirar sin sentir cómo la ira se hace eco en mis nervios, los inflama y los deja al borde de estallarme en la boca.

—¡Cabrón! —Lo alcanzo dentro del ascensor y le asesto un puñetazo en pleno careto cuando la puerta se cierra y nos deja encerrados—. ¿Cómo has podido joderme así?

La sangre mana de su nariz con ímpetu, le he dado fuerte, con contundencia. Usa un pañuelo de papel que lleva en el bolsillo para frenar la hemorragia y domina su expresión dentro de unos parámetros bastante más contenidos de lo esperado.

—¿De verdad necesito contarte por qué no te lo hemos explicado?

—Su pregunta circula por mis venas como su fuera ácido—.

Mírate, meses de terapia, promesas llenas de buenas intenciones, ¿y qué haces al descubrirlo?

—Suspira con dolor, y soy demasiado consciente de que no es por el puñetazo—.

Eres violento e impredecible, Dorian. Nunca cambiarás.

A veces no hacen falta los puños para golpear bien fuerte. Las palabras de Ralph, su rictus, su mirada… Son como puntas candentes de puñal atravesándome la piel. Le ha faltado decir cómo me parezco a mi padre para rematar la frase.

¡Joder! ¡Soy un perdedor! ¡Un jodido cabrón!

Ralph me dice algo, pero no llego a procesarlo.

Por primera vez en toda mi vida consigo ver el alcance de mis actos, de los arrebatos con los que afronto los giros inesperados de mi vida, esos arranques de genio capaces de lanzarme al vacío para actuar sin pensar y destrozar todo cuanto toco, herir, magullar…

Me quedo dentro del ascensor, inmóvil, analizando la sucesión de momentos cumbre de mi vida, esos donde solo ha capitaneado la rabia, la sensación nada agradable de caer en el abismo de la necesidad de venganza, sin detenerme ni un solo instante a valorar mis decisiones.

Y me derrumbo.

Lo hago de forma escandalosa, sin medida ni lógica, casi tiempo a procesarlo.

Las piernas dejan de sostenerme, mi cuerpo se desmadeja en el suelo como si acabara de convertirme en una muñeca de trapo y unas lágrimas del copón arrecian en mis ojos para internarlos en una vorágine de sollozos descontrolados.

¿Qué coño me pasa?

Los brazos de Ralph me envuelven a los pocos segundos. Ha pulsado el botón de «stop», por eso se escucha un pitido. Mi amigo permanece unos instantes a mi lado al notar cómo me aferro a él, cómo me agarro a su traje caro, a su cercanía, al resquicio de aire que me proporciona.

—Soy un hijo de puta —susurro—. No quiero parecerme a mi padre, odio comportarme como él, pero no puedo evitarlo.

Madison ha hecho lo correcto, apartarme del niño, no dejarme ser nada en su vida, mantenerme al margen para que no lo destroce con mi rabia.

Me lo merezco, joder. Soy un puto desastre, un mierda, un nada. Mi viejo tenía razón…

—No seas tan duro contigo mismo. —Ralph me habla firme y a la vez con cariño, como si ya no le afectara mi puñetazo—.

Estás en el camino para cambiar, vas a terapia, y mírate, has frenado el arrebato en cuanto te has dado cuenta de lo que estabas haciendo.

Solo has de seguir luchando en la dirección correcta.

—¿Es mío? —inquiero, aunque ambos conocemos la respuesta.

—Madison solo ha estado contigo. Siempre has sido tú.

—Y ahora es tarde para un nosotros.