Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 17
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DORIAN

«¿Madison?».

¡Joder! Se me va a salir el puto corazón por la boca y se va a poner a bailar en medio de la clase. ¿Qué coño significa este mensaje? ¿En serio acaba de anunciarme algo así por teléfono? Y, lo más importante, ¿va en serio?

¡Estoy blasfemando en voz alta en medio de una lección!

Pero esa ecografía, esas palabras, esa realidad…

¡Es ella! No me cabe ninguna duda de que la persona detrás del mensaje recibido desde un número que no está en mi agenda es Madison, solo hace falta leer el «Recuerda…» para asegurarse. Y su significado es…

Tecleo a cien por hora, casi al borde de un colapso nervioso.

«¡Haz el jodido favor de contestarme! ¿Eres tú? ¿Estás embarazada? ¿De mí?».

Embarazada…

Esa palabra retumba en mi cabeza como una maldición.

¡Joder!

Amplio la imagen para fijarme en las palabras del borde superior derecho. La fecha: «14 de enero», la hora: «17:08», una serie de medidas en centímetros que no acabo de entender, unos parámetros, unas palabrejas y una críptica realidad: «36S 1D». Lo remata la frase « Real time ».

Mi rabia va en aumento mientras abro el calendario para contar.

Ese «36S 1D» solo puede significar una cosa: treinta y seis semanas y un día. ¿Es eso? ¿Su edad gestacional?

Durante unos segundos hiperventilo, hasta asegurarme en Internet y después leer cómo contar el día aproximado de la concepción.

Me tiemblan los dedos al comprobarlo en el calendario.

De ira, de dolor, de ansiedad. Si coincide con ese fatídico día en el que me volví loco, cuando la jodí de esa forma tan dura, me destruirá, pero si no es mío…

¿Puede ser el destino más capullo? Porque en el fondo lo sé, ella no se ha acostado con otro.

Estoy tan cabreado que me pierdo dos veces y debo empezar de cero. A medida que mis dedos van punteando las semanas, la furia burbujea más fiera en mis venas, las enardece, las colma del veneno letal del rencor.

Si es mío, si me lo ha ocultado durante meses, si se ha atrevido a trolearme de esta manera…

¿Y si no lo es?

La cuenta me lleva a dos semanas antes del maldito veinte de mayo del año pasado, y mi mundo se detiene un segundo para arder en llamas al instante. Vuelvo a mirarlo, por si me he perdido o lo he entendido mal. Pero regreso al mismo día, a la misma realidad, a la única posible.

Porque sé que ella jamás me engañaría con algo de este calibre.

Y entonces me la suda la clase y la amonestación del profesor cuando recojo mis cosas a toda leche y me largo de ahí con una sola idea en mente: encontrar a Madison, devolverle las mentiras, los engaños, las mierdas que la han mantenido alejada de mí y sin los cojones de hablarme de la carita impresa en esa ecografía.

Y sí, joder, todo el puto trabajo de mi terapeuta se va al carajo porque la ira es demasiado potente para detenerla.

Mis dedos teclean a toda velocidad, imprimen mi cabreo en cada una de las palabras.

Quiero una explicación, saber por qué se ha atrevido a jugármela otra vez.

¿No tuvo suficiente con mentirme acerca de su identidad?

¿Encima se las ha arreglado para ocultarme algo tan grande?

¿Por eso se fue? Mientras yo me moría de remordimientos por cómo la traté y me pasaba los meses sintiéndome culpable hasta la médula, ¿ella se dedicaba a reírse en mi cara guardándose un secreto de semejante calibre?

«¿SE TE HA IDO LA PUTA CABEZA, MADISON? ¡Ese crío es mío! ¡Joder! ¿Y se te ocurre decírmelo así? ¿Después de meses sin hablarme? ¿Y no contestarme después? No voy a perdonarte en la puta vida, ¿me oyes? Dime dónde estás y deja de comportarte como una capulla sin sentimientos».

Le doy una patada a la pared con muy mala hostia.

Estoy hiperventilando, casi cerca de una taquicardia preocupante, y solo quiero golpear algo con fuerza, descargar toda mi frustración sobre cualquier superficie mientras en mi cabeza machaco a Madison.

Me detengo un segundo frente a la puerta de salida de la universidad para toquetear la pantalla del móvil y observar que solo hay un tic en mis mensajes.

¡No los recibe! ¿Qué cojones?

En un arranque de rabia marco el número que aparece junto a los mensajes. Tiene un prefijo internacional: +34. No me había fijado. ¿Dónde está? ¿Ha salido del país?

La voz pregrabada anuncia con claridad: « El teléfono marcado está apagado o fuera de cobertura» . Cuelgo con un golpe seco y meto el teléfono en mi bolsillo del vaquero, incapaz de enfrentarme un segundo más a la pantalla vacía.

Llego al coche con una aceleración lacerante de mis latidos cardíacos. Quiero castigarla por mentirme, darle una lección, demostrarle cómo me ha jodido su idea de no compartir conmigo la situación.

¿Tan mierda me considera?

Voy a hacerle pagar todas y cada una de mis heridas. ¡Es mi hijo, joder! Tenía derecho a saber de su existencia desde el minuto cero y de hacerme a la idea. Porque, ¡voy a ser padre!

¡Hostia!

Las palabras del mío resuenan en mi mente: «eres un perdedor, jamás conseguirás ser nada en esta vida».

Lleva mandándome el mismo mensaje desde el instante en que decidí bloquear el primer número que usó para machacarme desde la cárcel.

He hecho lo mismo con los mil de después.

Y hasta ahora los había ignorado. Pero la forma en la que Madison me ha tratado, su falta de confianza en mí, su manera de ningunearme…

Tiro el móvil en el asiento del copiloto y golpeo el volante sin piedad, una, otra y otra vez. Gritando, airado.

—¡Me las vas a pagar, Madison Gardner!

Enciendo el aparato de música a todo volumen, arranco el motor y conduzco como si estuviera en una de las carreras del circuito de Warren. Pongo rumbo a Dallas, donde pienso exigirles a mis amigos una explicación y una dirección. Porque nada ni nadie me va a detener en mis intenciones.

Madison va a desear no haberme jodido. He intentado ser mejor persona por ella.

He ido a terapia, me he divorciado sin pedir nada a cambio, no me he tirado a ninguna tía mientras la esperaba, incluso me casé con su prima para ayudarla y la sostuve en mis brazos cuando estuvo a punto de morir, ¿y la muy capulla me ha mentido así?

¡A la mierda con ser una mejor versión de mí mismo!

¿Quiere al Dorian de siempre? ¡Pues lo va a tener!

Mis pensamientos escalan en la furia a medida que me trago kilómetros superando de mucho el límite de velocidad. Hago adelantamientos peligrosos, piso el acelerador sin medir las consecuencias, me salto todas las normas de tráfico y desafío las leyes de la física volando hacia mi destino.

No pienso en otra cosa que en mi venganza.

Contra Madison, contra Juliette y contra Ralph.

¡Ellos también me han mentido! Estaban con ella en el hospital después de la boda, le sostuvieron la mano, saben dónde se esconde.

¡Y se han mantenido al margen! Mientras yo me lamía las heridas y me sentía arropado por su consuelo, ellos conocían la única verdad importante en ese momento. ¡Y se callaron, joder!

Nadie confía en mí.

Otra vez pesa sobre mí la sombra de mi padre. ¡Y no permitiré que me traten así! Ellos han visto cómo me hundía en un pozo de desesperanza, han estado a mi lado en cada curva del camino, en mi lucha por superar mis arranques de furia, ¡y me estaban troleando en la puta cara!

Acelero todavía más. El motor está al máximo y vibra un huevo. Pero, en vez de rebajar la velocidad, todavía la aumento más, necesito llegar cuanto antes y encontrarla. Castigarlos a todos. Destrozarlos. Convertirlos en migajas.

«Vas a ser padre».

¿Por qué cojones mi cabeza se encalla en esa parte? ¿Acaso se ha vuelto imbécil de repente? Sí, tendré un hijo, ¿y qué? ¡Yo no lo pedí! ¡Está ahí! ¡En esa ecografía! ¡Creciendo en el vientre de Madison!

«Y es tuyo».

No soy capaz de controlar mi respiración.

Entra en barrena y se precipita hacia la asfixia como un jodido rayo.

Las connotaciones de la revelación de Madison se amotinan en mi mente, me acuchillan la tranquilidad, me aplastan los pulmones.

¿Qué sé yo de ser el padre de alguien? El mío es un auténtico capullo, siempre me ha tratado con odio, me ha golpeado, me ha herido…

¿Seré mejor?

La rabia no me deja pensar con claridad. Oscilo entre el rencor más fiero hacia los traidores y la ansiedad de conocer mi vinculación imborrable hacia ese niño, la realidad implacable que se apodera de mis pulmones y me estruja el corazón.

Apenas soy consciente de los kilómetros que avanzo, ni de cómo estoy forzando el motor ni de los bocinazos a mi paso. Solo puedo pensar en dos cosas: encontrarla y borrar de mi cerebro esa obsesión insana por analizar la parte del bebé.

¡Puto cerebro!

Llego a Dallas con más rapidez de la esperada, y me interno en sus calles con una conducción suicida, por eso no tardo en divisar el edificio Reynolds a poca distancia.

Sin valorar demasiado mis acciones, me detengo frente a la puerta, en doble fila, agarro el móvil y me bajo del coche.

Ni siquiera pongo las cuatro luces ni me importa una mierda lo que le pase a mi Mustang.

Incluso he estado a punto de dejar el motor en marcha.

—¡Señor! —Uno de los guardias de seguridad del edificio me llama la atención—. ¡Aquí no puede aparcar!

Le lanzo las llaves con una mirada cargada hasta los topes de ira. Él hace ademán de volver a increparme, pero no le doy opción.

—¡Mételo dónde te pase por los huevos! —le espeto dejándolo atrás para internarme en las entrañas del vestíbulo de la empresa de Madison, donde me dirijo con rapidez hasta el mostrador, flanqueado por dos tipos fornidos y unas barreras metálicas que solo puedes traspasar escaneando una acreditación.

Me detengo frente al chico de recepción, con el recuerdo de hace unos meses, cuando me echaron a la calle y ella me puso en la lista negra—.

Vengo a ver a Juliette Monroe y a Ralph Brown —anuncio ignorando al otro guardia de seguridad.

En vez de aparcar mi coche, me sigue a corta distancia—. Dígales que Dorian Stone está aquí.