16 #2
—Y yo —admite ella sin rebajar las heridas de su tono—.
Te echo de menos, Maddie, quiero estar contigo cuando nazca, darte la mano, apoyarte.
Es duro sentir que no me quieres ahí. —Su voz suena apagada—.
Has de perdonarte por sobrevivir a tu familia y encontrar la manera de absolver a Dorian. Es tu único camino para ser feliz.
Durante unos segundos lucho para controlarme y frenar el acceso de ansiedad que se escapa por mis ojos. Ojalá fuera tan sencillo como escucharlo…
—Acabo de ver su carita —anuncio entre hipidos.
Detengo el coche en un recodo, incapaz de seguir conduciendo, doblo las manos en el volante y apoyo la cabeza en ellas—.
Es tan guapo, Juls. Tan real. Y… yo… yo…
—Me callo un segundo, buscando fuerzas en mi interior—.
¿Cómo está Dorian? ¿Pregunta por mí? ¿Me recuerda?
¿Crees que aceptará al niño? ¿Que lo querrá?
—Pregúntaselo. Habla con él. Dale la oportunidad de demostrarte si de verdad ha cambiado.
—El trillado discurso de siempre me perfora el corazón y lo hace subir decibeles—.
Lo está pasando fatal, nos pregunta por ti cuatro veces al día; pasa por fases, pero no ha vuelto a mirar a otra y se ha divorciado de tu prima.
Sigue en terapia. —Escucho un profundo suspiro—.
Has de darle cabida en esto, Maddie. No sigas apartándonos ni negándole a Dorian el conocimiento de tu estado.
Por favor. Si continúas empeñada en ello, traerás más dolor a tu vida y a la de tu bebé.
Tiene razón…
—Lo pensaré —aseguro sin mucha convicción—. Prometo llamarte a diario. No más distancia entre nosotras. Te quiero, te añoro, no quiero que estemos enfadadas.
—Dime dónde estás, en qué clínica vas a dar a luz, cuándo es la fecha prevista, y déjame estar a tu lado cuando nazca, por favor.
—Lo haré, solo dame un poquito más de tiempo. Todavía faltan cuatro semanas.
—No lo olvides, ¿vale? —El dolor es tan agudo en su voz—. Te quiero, Maddie. Todos te queremos. No me dejes fuera de esto, quiero estar ahí, agarrarte la mano, ver cómo traes al mundo una vida.
—Yo también os quiero. Te llamaré, lo prometo.
—Ojalá sea cierto.
Tras despedirme y colgar, el rap vuelve a inundar los altavoces y mis oídos. El dolor se agarra a mis músculos, a mis nervios, a mis sentidos. Y otro torrente de lágrimas sale a borbotones por mis ojos, lo llenan todo, casi me nublan la vista.
Llevo tantos meses luchando contra mi necesidad de hablar con Dorian, que ahora explota con una fuerza arrolladora, se lleva mi capacidad de mantenerme serena, de razonar, de comportarme con algún tipo de coherencia.
Las palabras de Juliette se repiten en bucle en mi mente, me recuerdan la necesidad de decirle de una vez por todas la verdad a Dorian.
Se me está yendo la cabeza a marchas forzadas, no estoy viendo la situación desde la perspectiva correcta, no debo estar cuerda.
Porque mi miedo, el más profundo, es enfrentarme a su rechazo, a no cumplir con la oscura fantasía de que sea él quien aparezca en el parto, de que sea su mano la que sostenga la mía, de que nos quiera al niño y a mí.
La canción cambia, se adentra en un tema conocido, incisivo, repleto de reminiscencias de Dorian, de sus caricias, de su olor de su sabor.
Mis manos bajan al vientre abultado, enorme, lleno de una realidad que me dispara la necesidad, el anhelo. Los remordimientos.
Todavía no he pensado en ningún nombre, y en mi fuero interno conozco la razón, una absurda, carente de lógica, pero ardiente en mi corazón. Las imágenes de mis deseos más ocultos deambulan por mi mente ávida de encontrar una pizca de felicidad en medio de la asfixiante oscuridad que me envuelve.
Dorian junto a mí, abrazando a nuestro pequeño…
Una patada precede otra escalada del llanto. Él quiere conocer a su papá, y yo lo necesito tanto…
He perdido la batalla contra mis sentimientos, contra mi intención descabellada de erradicarlo de mi alma, contra la rabia, el rencor, la necesidad de permanecer sola. Y un único pensamiento me ocupa la mente, uno sangriento, difícil de asumir, cargado de repercusiones: debo decírselo.
Si él lo sabe, si tiene constancia de la existencia de nuestro niño, a lo mejor no me deja sola en el momento clave. Porque ahora mismo no estoy segura de si quiero seguir adelante con el parto sin su presencia.
En mi cerebro está todo tan confuso…
Alcanzo el móvil, busco la ecografía de hoy y me la quedo mirando durante un largo rato. Unas cuantas patadas más acompañan mis pensamientos agitados por las hormonas y la sensación de estar ante algo grande. Mi hijo. Son palabras mayores. Y se merece amor, comprensión, una madre y un padre. Lo sé.
Si no le doy la potestad de tenernos a los dos, si me rindo al rencor en vez de abrazar la posibilidad de otorgarle la felicidad completa, ¿me convertiré en una destructora de ilusiones?
Durante unos instantes mantengo una mano en mi vientre y la otra sujetando el móvil, donde mi niño me saluda desde la pantalla. Es tan perfecto. Daría cualquier cosa por él.
Necesita un padre.
La música se adentra en otra de las canciones de nuestro pasado. Llevo un tiempo poniendo esta lista cargada hasta el tope de nostalgia.
La ansiedad capitanea mi decisión repentina. Ha llegado el momento de asumir una parte de mis decisiones y de hacerle frente a la realidad.
Mis dedos caminan sobre la pantalla, abren un chat con Dorian y se detienen. Está vacío, solo grabé su número hace un par de meses, por si alguna vez me atrevía a contactar con él.
Los nervios me disparan un tic en la mandíbula. Escribo un par de palabras y las borro. Vuelvo a intentarlo, pero no tengo ni la más mínima idea de qué decirle, quizá por eso clico sobre la ecografía para adjuntársela y tecleo un texto absurdo…
«Recuerda… ya te olvidé. Pero él no podrá hacerlo. Es tan tuyo como mío».
Estoy unos segundos indecisa, con el pulgar sobre la tecla «enviar», con un nudo en el estómago, ansiosa.
¿No sería mejor llamarlo? ¿Decírselo de voz?
Pero entonces me arriesgaría a asistir a su arranque de ira, y me demolería hasta los pocos cimientos que me quedan.
Bajo el dedo despacio, pulso sobre «enviar» y, cuando el mensaje vuela por el ciberespacio hacia el móvil de Dorian, me arrepiento al instante.
¿Qué acabo de hacer? Coloco con rapidez el dedo tembloroso sobre la palabra «eliminar», pero los dos tics azules muestran la inevitable verdad: Dorian lo ha leído, ha visto la foto, ya no hay vuelta atrás.
El corazón se me detiene un segundo.
Las lágrimas ahora manan sin piedad, presas de un nerviosismo extremo. Tiemblo. Mi cuerpo parece un motor a mil revoluciones. Y más cuando hay esos puntitos junto al «escribiendo». El miedo no es un buen aliado en un momento así, lo sé por mi inestabilidad, tanto física como mental.
¿Y qué hago? ¡Joder!
Parezco una niñata inmadura, porque en vez de proceder de una forma lógica, apago el móvil, lo tiro en el asiento y me pongo en marcha para llegar cuanto antes a casa y esconderme en sus entrañas, como si ese simple gesto me eximiera de cualquier responsabilidad sobre mis actos, como si mis muchos años sumida en el arte del hackeo acabaran de esfumarse y no quisiera asumir la tontería más grande que acabo de cometer.
¿A quién se le ocurre enviarle la ecografía a Dorian? ¿Y apagar el teléfono después?
Vuelvo a detener el coche en la cuneta, con los dedos crispados en el volante y una creciente ansiedad en mi cuerpo. Apenas puedo contener el agujero en mi estómago, los temblores y de nuevo las lágrimas. ¡Parezco una maldita fuente eterna!
Un par de patadas en mi hinchado vientre se acoplan a mi necesidad insana de golpear algo. Y mi mirada se pierde en el teléfono, en ese aparato que me llama, en mis sentimientos convulsos, en mi necesidad de saber qué ha contestado, y a la vez de no querer saberlo.