Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 16
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MADISON

La pantalla muestra con claridad el bebé, es una pasada, puedo hasta descubrir la forma de su cabeza, sus pies, su cuerpo… Y encima escucho el latido de su corazón. Es como si de verdad lo tuviera delante, como si pudiera tocarlo, acariciarlo, tenerlo junto a mí.

Me gustaría tanto tener aquí a mis amigos, a mis personas favoritas, a…

Aprieto fuerte los puños.

¿Por qué no soy capaz ni de admitirlo? Solo con pensar en él la necesidad me invade sin medida, ahogándome. Pero sigo reticente a llamarlo, a explicarle la situación, a hablar con él. Y los meses pasan volando…

Ya es catorce de enero, me queda poco menos de un mes para dar a luz y no acabo de decidirme a dar el paso.

Es como si me negara a mirar a la cara la cantidad insana de sentimientos hacia él, las mil razones para lanzarme al vacío, para aceptar de una vez por todas que quiero compartir esto tan grande con él.

Pero tengo miedo, ¿y si en vez de abrazar a su hijo lo ciega el rencor hacia mí?

—Todo está yendo perfecto —asegura la doctora mientras mueve el ecógrafo por mi barriga untada de gel—. Está bien colocado —añade, señalando la pantalla con una seguridad tranquila—. Cabeza abajo, como tiene que estar ya a estas alturas.

El gel está frío, aunque ya me he acostumbrado. Noto cómo el aparato presiona un poco y mi piel cede, tensa, brillante. Miro la pantalla con una emoción desbordada. Veo su carita, los pies, el cuerpo…

—El tamaño también es correcto —continúa—. Está creciendo dentro de lo esperado.

Asiento despacio. Me doy cuenta de que tengo la mano apoyada sobre un lado de la barriga, como si pudiera sujetarlo desde fuera.

—Puede que notes más presión en la pelvis estas semanas —dice mientras se desplaza un poco más abajo—. Es normal, está encajándose poco a poco.

Y sí. Esa palabra encaja con lo que siento: presión. Como si todo pesara hacia abajo. Como si mi cuerpo se estuviera reorganizando sin pedirme permiso. Como si algo dentro también se estuviera moviendo de sitio.

—¿Los movimientos siguen siendo frecuentes?

—Sí —respondo—. A veces incluso demasiado.

La doctora sonríe, sin apartar la vista del monitor.

—Eso es buena señal. En esta etapa, más que patadas bruscas, notarás movimientos más amplios, como estiramientos o empujes.

Justo entonces, como si la escuchara, algo se desliza dentro de mí. No es un golpe, es más bien una presión lenta contra un lado, firme.

—Lo acabo de sentir —anuncio.

—Ahí lo tienes —responde ella, girando un poco la pantalla hacia mí—. Está muy activo.

Intento seguir lo que señala. Una curva, una sombra, algo que se mueve. Me cuesta, pero, aun así, me emociona.

—El líquido está bien, la placenta también —añade con tono casi automático, como si enumerara piezas de un mecanismo que funciona sin fallos—. Todo dentro de la normalidad.

Normalidad. La palabra se queda flotando un segundo. La repito por dentro, como si necesitara asegurarme de que significa lo mismo que siento: que todo esto, lo raro, lo intenso, lo nuevo está bien. Que mi vida es normal. Que no falta nada en ella.

La doctora retira el ecógrafo y el contacto desaparece de golpe, dejando el frío del gel expuesto al aire.

—Si notas una disminución clara de movimientos, o cualquier cosa que te preocupe, vienes sin dudarlo, ¿de acuerdo?

Asiento otra vez. Me limpio el vientre despacio, sintiendo la piel sensible bajo el papel. Y mientras me incorporo, con ese cuidado que ya es automático, lo noto otra vez. Un empuje lento, decidido. Como si también él —o ella— hubiera escuchado: todo está bien.

El embarazo ha ido bien, sin ninguna complicación.

Pasar el tiempo a solas en esta isla de las Baleares es un bálsamo capaz de serenar cualquier alma.

Pasear, sentarme cerca del mar, tumbarme por las noches en la tumbona del porche para absorber el firmamento, descubrir el amanecer con una infusión entre las manos…

Hay demasiadas emociones dentro de mí, y no logro ordenarlas.

En el centro de todas ellas está Dorian, junto a esa criatura que pronto será un niño en mis brazos, nuestro pasado y el futuro incierto al que nos enfrentamos.

Me visto con lentitud mientras la doctora me manda una copia de la ecografía al móvil y se sienta tras su mesa para escribir en mi informe. Me gusta su profesionalidad y su forma de interactuar conmigo, es cercana, y a la vez mantiene en todo momento el tono justo para darle firmeza a sus palabras.

La última conversación con Juliette se reproduce en mi mente con una cadencia dolorosa. La he apartado de mi vida, a ella, a Ralph, a Warren… Incluso he dejado de contestar a Tammy y a cualquier interacción capaz de recordarme a Dorian.

Juls estaba muy enfadada, dolida y triste con la situación cuando hablamos por última vez hace una semana, y no ha vuelto a ponerse en contacto conmigo.

La entiendo. Yo también me sentiría desplazada si ella se hubiera comportado tal como lo he hecho desde mi marcha de Dallas, incluso la he ignorado en Navidad, cuando ella quería venir a pasar las fiestas conmigo, junto a Ralph y a Warren. Me suplicó que le diera mi ubicación, pero me negué.

Antes de acompañar a la doctora al otro lado de su mesa, observo a mi niño en la pantalla del móvil. Otra vez Dorian ocupa el cien por cien de mis pensamientos, me atrapan las inquietudes de ocultarle el embarazo, de no darle la potestad de estar presente en el proceso.

A veces las dudas pueden despertar una ansiedad más viva que cualquier otro sentimiento.

Y entonces las palabras insistentes de mis amigos me vienen a la mente.

Tienen razón, debo encontrar las fuerzas para explicárselo o me estaré comportando como él.

Pero ¿y si cuando lo descubre cava un agujero todavía más hondo en nuestros corazones ya derruidos?

¿Y si no quiere ejercer de padre? ¿Y si busca una nueva venganza para demostrarme cuánto lo ha herido mi silencio?

¿Y si…? Otra vez las preguntas insidiosas me ametrallan la mente.

—Bueno —dice apartando la vista del ordenador—, todo está yendo muy bien.

—Asiento, todavía con esa sensación rara en el cuerpo, como si siguiera tumbada—.

Estás ya en la recta final —continúa, echando un vistazo rápido al informe—.

Si todo sigue así, lo más probable es que el parto se desencadene solo en estas próximas semanas.

Hace una pequeña pausa, suficiente para que la frase se asiente.

—No falta mucho…

—Es normal que notes más cansancio, más presión abajo, incluso que te cueste dormir —explica—.

Intenta moverte, caminar un poco cada día, pero también escucha tu cuerpo.

A partir de ahora, es importante que estés atenta a tres cosas: los movimientos del bebé, que ya sabes cómo van, contracciones regulares y dolorosas y si rompes aguas.

—Levanta la vista hacia mí—. Si pasa cualquiera de esas, o algo te inquieta, vienes directamente, ¿vale?

—Asiento otra vez—. ¿Tienes ya la bolsa preparada?

La pregunta me pilla un segundo desprevenida.

—Más o menos…

Sonríe, leve.

—Pues termínala. Ya estamos ahí. —Cierra la carpeta con suavidad—. Y, sobre todo, intenta estar tranquila. Todo está evolucionando como tiene que evolucionar.

Silencio breve.

—Vale, gracias.

Me tiembla todo el cuerpo. Acabo de darme cuenta de que no voy a tardar en tener un bebé en brazos y no puedo evitar sentir un ramalazo de pánico.

—Si todo sigue igual nos vemos en quince días —se despide la doctora con una sonrisa muy afable—. Cuídate mucho.

—Lo haré —aseguro.

Salgo al frío invierno de Palma de Mallorca, envuelta en un abrigo de lana y una bufanda. Hay poca gente en la calle, no es una época turística ni hace un clima demasiado agradable para pasear, y menos a estas horas, cuando ya ha oscurecido.

Miro el reloj, en Austin son las once de la mañana, Dorian debe estar en clase… ¡Qué lejano queda Texas! Y nuestros días en Waco, en esa casa cerca del lago, compartiendo risas, caricias, emociones, instantes. O todo lo vivido a su lado…

¿Por qué no logro borrarlo de mi corazón?

Podría mantenerlo cerca solo como el padre de mi niño, ser una persona por la que apenas sintiera un poco de nostalgia, alguien a quien apreciar.

Pero mi amor sigue ahí, como una cicatriz permanente en mi alma, a pesar de los recuerdos, del momento en el que concebimos al niño, de ese día en el que me destruyó en muchísimos sentidos.

Sé que ha llegado la hora de afrontar la dura tarea de hablarle del embarazo, de dar la cara en ese sentido, de avanzar. No puedo retrasarlo más ni ceder a mis ansiedades porque hay una criatura inocente en medio y se merece lo mejor.

Si no se lo concediera, ¿qué clase de madre sería?

Las palabras de la ginecóloga me acompañan en mi camino al coche y al entrar en él con dificultad.

Llevo demasiado tiempo alejando a todo el mundo y en estos instantes, cuando mis dedos helados se aferran al volante para conducir hacia la casa aislada en la que he pasado estos meses, la soledad me pesa como algo físico, clavándose en el pecho.

Enciendo la calefacción al máximo y el aparato de música, en busca de una distracción a mi patético sentimentalismo, pero nada me ayuda a calmarme y, de repente, empiezo a llorar como una idiota.

¡Malditas hormonas revolucionadas!

No me ayudan en mi intención de ser feliz sin él, de borrar los sentimientos, de serenarlos, de templarlos, de…

Mis dedos toman una iniciativa desconcertante y de repente el tono del teléfono se escucha en los altavoces en vez de la canción. Creo que lo estoy imaginando.

—¿Madison? —La voz inquieta de Juliette me responde al cuarto timbrazo—. ¿Estás bien? ¿Y el bebé? Quería llamarte, de verdad, pero estoy tan enfadada contigo…

—Yo… —Un llanto inclemente se ocupa de ahogar mi intención de hablar—. Lo siento, Juls. De verdad, lo siento mucho. —Sollozo—. Todo esto… Todo… Es demasiado para mí. No acabo de encontrarme, de superarlo, de… —Suspiro—. Lo siento, de verdad —repito.