Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 15 #3
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Me subo al coche de Warren. Mientras conduce en silencio hacia el despacho de una firma de abogados con sucursales en varias ciudades de Estados Unidos —y que representan a Candy—, mi pensamiento recorre los últimos meses en busca de alguna sensación positiva, de ser capaz de hallar una ilusión oculta en la sucesión de días grises.

Debería sentir como mínimo una llamarada de emoción en la consecución del divorcio, en las propuestas de hoy, en haber ganado de nuevo el campeonato nacional, en avanzar con la terapia.

Y, sin embargo, parezco metido en un jodido agujero negro.

—Dime al menos que te pregunta por mí —solicito de golpe, sin necesidad de explicar a quién me refiero. Llevo muchos meses preguntándole por Madison en plan machacón, y él siempre se niega a llenar mis lagunas—. Por favor.

—Lo estáis pasando mal los dos.

Sube un poco la música, pero no me va a amedrentar con ese gesto.

—Necesito saber dónde está. —Llegados a este punto vuelvo a suplicar como siempre—. Recuperarla. Al fin vamos a deshacernos de la capulla de Candy, seré libre, podré ir a por ella.

Resopla con fuerza, como suele hacer. Este tema es repetitivo y un poco obsesivo por mi parte. También interrogo a Ralph y a Juliette demasiado a menudo, con resultados más bien pobres. Warren me lanza una mirada fugaz antes de volver a centrar su atención en la calle.

—Cuando esté preparada, te llamará —asegura—. Estás en el camino correcto, pero todavía hay mucho dolor entre vosotros. Solo necesita tiempo.

—Y yo la necesito a ella. —Es tan cierto que hasta me entran ganas de gritarlo—.

No paso un segundo del día sin recordarla, sin echarla de menos, sin darme cuenta de lo cabrón que fui.

—Me paso las manos por el pelo, suspiro y lo miro—.

¿Por qué no me da la posibilidad de arreglarlo?

¿De demostrarle cómo me arrepiento de lo que hice?

—A veces no es tan fácil. —Aprieta la mandíbula—. Los dos os habéis herido, Dorian. Pasar un tiempo separados os puede ayudar a poner las cosas en perspectiva y a decidir realmente qué queréis.

—No me hace falta decidir algo que ya sé. La quiero a ella a mi lado para siempre.

No me contesta, se limita a crispar los dedos en el volante.

Una vez aparca cerca de nuestro destino, apaga el motor, se gira hacia mí y me habla con una seriedad impropia de él, como si quisiera darme un soplo de esperanza.

—Estás dando los pasos correctos para controlar tu ira y superar el pasado —anuncia—.

La terapia, este divorcio, tu actitud… Todo eso es un indicio real de que estás luchando por ella y por ti mismo.

Y eso Madison lo va a ver, pero has de tener la mente abierta, seguir haciéndolo bien, no desviarte.

Has de estar listo para asumir responsabilidades, para darlo todo, para no cuestionar sus decisiones ni actuar por impulso como sueles hacer, porque podría ser tu última oportunidad para no perderla.

Y te aseguro, Dorian, que cuando regrese lo hará a lo grande.

Sale del coche sin pronunciar una palabra más, dejándome aturdido. ¿Acaso sabe algo? ¿Madison va a ponerse en contacto conmigo? ¿Qué decisión ha tomado para hacerme saltar de nuevo?

La ansiedad crea un agujero profundo en mis nervios y estos se rebelan punzantes. Necesito tanto saber de ella…

Llegamos al bufete con rapidez.

No me he vestido con traje ni nada parecido, no necesito esas tonterías para despedirme de un matrimonio de mierda.

Y sí, joder, las instalaciones de estos tíos impresionan que te cagas, son una clara manifestación de lujo y poder.

Pero a mí me la suda todo. Solo quiero firmar y cerrar lo mío con Candy.

La sala donde nos llevan está preparada para intimidar. Con paredes de cristal, que ofrecen unas vistas inmejorables a la ciudad, la modernidad de sus muebles, todos en tonos blancos y negros, las sillas de diseño… A mí no me causa ningún efecto porque sé qué quiero obtener de esta reunión.

Hay un intercambio de papeles entre Warren y los cinco letrados del otro lado de la mesa.

Parecen tiburones en busca de carnaza, amenazantes, preparados para saltar si hay alguna discrepancia.

Pero no la habrá porque no quiero nada de los Reynolds, no lo necesito ni lo deseo.

Solo espero librarme de Candy de una vez.

—Está todo correcto —anuncia Warren—. El matrimonio se disuelve y cada una de las partes conserva intacto el patrimonio preexistente.

—La señora Stone ha solicitado que recapacite, señor Stone —anuncia uno de los abogados de Candy. ¡Qué mal suena mi apellido en ella, joder!—. Si está dispuesto a visitarla de nuevo en la cárcel de manera regular, le dará tres millones.

Parece mentira lo cabezona que es la tía. Me cabreo, no puedo evitarlo. ¿De verdad se cree capaz de comprarme? ¿Después de haber intentado matar a la mujer que amo?

—Dígale a mi exmujer que puede meterse su propuesta por el culo. —Agarro los papeles del divorcio y los firmo al lado de la rúbrica de Candy—. Y no vuelvan a llamarla señora Stone. No se ha ganado ese nombre.

Me levanto con una sonrisa triunfal. Y, aun así, no siento nada.

He logrado darle un giro a mi vida, avanzar, deshacerme de la parte más letal. Pero no soy feliz. Ni lo seré sin Madison.