15 #2
Las groupies se me echan encima a la salida, como en cada partido. Cuando Madison desapareció, pasé por varias fases, pero en ninguna me he interesado por otra mujer.
¡Puta Madison!
Otra cosa que me ha robado es mi pasión por el sexo. Antes era un máquina en ese sentido, me tiraba a un montón de tías buenas sin importarme lo más mínimo sus sentimientos ni los de nadie. ¿Y ahora? ¡Solo se me levanta pensando en ella! ¡Patético!
Mientras sorteo con una sonrisa fingida y el paso firme el acoso de las chicas que se me insinúan sin ningún tipo de pudor, un recuerdo me sacude hasta los cimientos. Últimamente me pasa mucho. Desde que lo reviví en terapia.
Ese día en su casa, cuando la rematé.
Evoco mi deseo al verla, la necesidad de ella mezclada con la rabia.
Nuestros besos. Su sabor. Y sus lágrimas al entender que no estaba haciéndole el amor, sino castigándola.
Se rompió ante mis ojos y yo no me frené.
Ni siquiera cuando me apartó la cara y empezó a llorar.
Seguí cavando mi propia tumba mientras me rendía al placer.
Soy un jodido cabrón. Y me odio a muerte.
Me detengo un segundo a recuperar el resuello, con los puños apretados y los ojos húmedos. La culpa es una mierda. Se me agarra al corazón con sus zarpas y no me da tregua.
Si pudiera regresar a ese momento, si no la hubiera herido de esa forma, si no fuera un cabrón sin cabeza…
Me pongo en marcha de nuevo, recompongo como puedo mi máscara y camino hasta llegar al autocar que nos llevará al hotel. Subo sin mirar atrás.
La celebración es todo un éxito. Mis amigos, Ernesto y Rachel se lo pasan en grande.
Ríen, brindan, se mezclan con el resto del equipo como si llevaran toda la vida aquí.
Yo también sonrío cuando toca, levanto el vaso cuando alguien lo alza, asiento a cada frase que me lanzan como si realmente estuviera escuchando.
Pero en realidad estoy en otro sitio. En otro momento.
En esa noche que no deja de repetirse como la jugada en la pantalla del estadio.
A medianoche ya no puedo más.
—Tengo que irme —murmuro a Ernesto, apoyando una mano en su hombro.
—¿Ya? —frunce el ceño, sorprendido.
Asiento.
Rachel me observa un segundo más de la cuenta. No dice nada, pero sé que lo ve. Siempre lo ve.
—Ve —dice al final—. Nosotros nos apañamos.
Les doy un par de palmadas torpes y me aparto antes de que alguien más intente retenerme. Nadie se da cuenta. O nadie quiere hacerlo.
Subo a la habitación y cierro la puerta con más fuerza de la necesaria. El silencio cae de golpe, como si alguien hubiera apagado el mundo.
Me dejo caer en la cama sin quitarme la ropa. El móvil sigue mudo. Ni un mensaje. Ni una llamada. Ni una señal. Nada.
Aprieto la mandíbula hasta que me duele.
A las seis de la mañana ya estoy en pie. El cuerpo protesta, la cabeza pesa, pero hay algo dentro de mí que no me deja parar. Me ducho rápido, preparo una bolsa con lo justo y bajo a desayunar.
Dos horas después, con todo listo para partir, el equipo ya está en marcha. En el hall solo hay caras largas, gafas de sol, conversaciones a medio gas. Nadie tiene energía para repetir la euforia de anoche. Mejor así.
Ernesto y Rachel aparecen poco después, arrastrando maletas y sueño. Juliette y Ralph son los últimos en llegar, lo hacen corriendo, casi sin aliento. Ellos volarán a Dallas un par de horas más tarde.
—No tienes buena cara —murmura él.
—He dormido lo justo.
Juls no dice nada. Me observa un segundo y asiente, como si confirmara algo que solo ella entiende.
—Eres un crack, Dorian. —Se acerca y me da un beso en la mejilla—. No te pongas nervioso esta tarde, todo saldrá de puta madre.
El autobús nos recoge y en menos de una hora estamos en el aeropuerto. Todo va rápido. Demasiado rápido. Seguridad, acreditaciones, acceso directo a pista. El avión nos espera.
El vuelo pasa en silencio. Algunos duermen. Otros revisan jugadas en sus tablets. Yo me quedo mirando al frente, con el móvil en la mano más tiempo del que debería, tenso por lo que está a punto de ocurrir.
Austin aparece bajo nosotros como una mancha seca y conocida. Cuando el avión toca tierra, empiezo a acusar los nervios.
Nos levantamos todos casi al mismo tiempo, con ganas de llegar a casa. Aunque no es donde me dirijo yo… Miro el reloj para comprobar que voy bien de tiempo. Aprieto el paso para llegar cuanto antes a la salida.
—Nos vemos en el entreno de mañana —me despido del entrenador. Conoce mis planes y me dio una autorización para no subirme al autocar.
—Suerte, chaval.
Avanzo con rapidez por los pasillos hasta llegar a la terminal de llegadas, donde me espera Warren.
—¿Listo? —pregunta cuando me paro frente a él.
Asiento con una sonrisa real. Porque, tras meses de una batalla legal cruenta, por fin voy a deshacerme de Candy.
Ha sido un viacrucis llegar hasta aquí. Mi futura exmujer ha puesto todas las trabas posibles al divorcio, y más cuando le anuncié hace tiempo que no volvería a verme nunca más.
Entonces sacó las uñas para arañarme de una manera rastrera.
A veces me pregunto cómo fui tan estúpido para dejarme engañar por ella.