Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 15
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DORIAN

El marcador anuncia el final de un partido de infarto.

¡Joder! He luchado como un animal para coronar al equipo con la tercera final consecutiva en mis tres años de quarterback , y lo he logrado.

Hay una explosión de aplausos, vítores, gritos y felicidad en el SoFi Stadium de Los Ángeles, sede de la final nacional este año.

Y sí, por unos segundos me dejo seducir por la ilusión de haber logrado algo grande.

Choco los puños con mis compañeros, sonrío y me olvido de la mierda de dolor que me acompaña desde hace un poco más de seis meses, con esa presión constante en el pecho, y es liberador.

Aunque dure poco, aunque enseguida piense en ella, aunque la realidad de mi vida caiga a plomo sobre mí pasados unos minutos y mi mirada traidora la busque en las gradas.

Un foco más potente que los otros se enciende hacia el centro del campo, acompañado de la música que indica el inicio de la ceremonia.

Caminamos todos juntos felicitándonos con gestos y palabras rápidas, hacia el centro, donde las animadoras están celebrando el triunfo.

Un escenario aparece casi de la nada, son unas piezas negras que se ensamblan con rapidez.

Y mucho confeti cayendo a nuestro paso. El público se ha levantado en las gradas, aplaudiendo, silbando y jaleándonos.

—¡Vamos, vamos, campeones, al centro! —grita nuestro entrenador, eufórico.

Campeones. La palabra pesa más que el trofeo. Y, a la vez, me hace sentir vacío.

Una vez sobre el escenario, con mi cuerpo pegado al de mis compañeros, observo la grada.

Mi mirada la busca, aunque sepa que ella no está ahí.

El confeti ha dejado de caer, se ha quedado pegado a mi piel.

Hace un año estaba en un escenario similar, en Nueva Orleans, celebrando el triunfo, con mi chica entre el público.

Las luces blancas del estadio no parpadean. No tiemblan. No fallan. Lo iluminan todo demasiado bien. Levanto la vista un segundo y ahí está, suspendida sobre nosotros, la pantalla gigante repitiendo la jugada una y otra vez. Mi brazo. El pase. El touchdown .

Cruzo la mirada con mi hermano, Rachel, Juls y Ralph. Y mi corazón se salta un latido porque solo puedo pensar en que ella no está aquí.

Un tipo trajeado habla. No escucho nada. Veo sus labios moverse en una pantalla gigante sobre nuestras cabezas. Me obligo a prestarle atención, a tragarme la ansiedad.

—…campeones —dice.

El estadio vuelve a rugir, con una ovación cargada de emoción.

El tipo del traje sonríe como si ese ruido le perteneciera. Hace un gesto hacia un lado del escenario y entonces traen el trofeo. Dorado. Pulido. Perfecto. Ridículo en su perfección. Hace poco lo significaba todo, pero ahora…

Me empujan otra vez hacia delante. Soy el capitán, yo debo recibirlo, levantarlo, darle un pequeño empujón a la afición para que estalle en vítores.

Y eso hago.  Me acerco al micrófono. Veo mi cara en la pantalla.

Gigante. Demasiado nítida. Demasiado falsa.

Con el trofeo sobre mi cabeza, alentado por la euforia de mis compañeros.

—Esto… —mi voz sale un segundo tarde— esto es por ellos.

Señalo al equipo y los chicos se abalanzan sobre mí. Nos abrazamos entre gritos y aplausos. El entrenador ocupa mi lugar para dar un pequeño y sentido discurso. Varios de mis compañeros se hacen con el micrófono. Hasta que dan por concluida la ceremonia.

Alguien me agarra por detrás cuando bajo de la tarima y me zarandea como si quisiera arrancarme del suelo. Me coloca frente a una cámara, justo cuando un micrófono casi me golpea la boca. El logo de la cadena me resulta familiar, pero ahora mismo todo lo es y nada lo es.

—Guido en directo para la MVP —se presenta el entrevistador—. Dorian Stone, ¿qué significa esto para ti? Tres finales en tres años como capitán y quarterback del equipo, ¿cómo lo explicas?

Fuerzo una sonrisa.

—Somos un equipo cojonudo —respondo—. Trabajamos duro y eso se nota.

Las preguntas siguen llegando. Paso de un reportero a otro, al igual que el resto de los chicos.

Cuando al fin consigo que me suelten, camino hacia el túnel.

Un compañero me pasa el brazo por los hombros, me grita algo al oído que no entiendo.

Asiento igual. Todo es asentir. Las gradas siguen rugiendo.

Hay gente que no se va, que no quiere que esto termine nunca.

Banderas, camisetas, caras pintadas. Busco sin querer.

Siempre sin querer. Y por primera vez en toda la noche, me doy cuenta de que no tengo claro si quiero entrar ahí dentro o quedarme aquí fuera fingiendo que esto es suficiente.

Los chicos están eufóricos al entrar en el vestuario. Esta temporada nos ha costado llegar hasta aquí, los rivales han subido el nivel y cada uno de los partidos ha sido más duro que el anterior. Pero ha sido una forma perfecta de refugiarme, de no pensar en Madison.

Si como mínimo pudiera comprobar con mis ojos y mis oídos que está bien, pero no ha dado señales de vida ni ha dejado un rastro de piedrecitas a seguir, y esa realidad me cabrea y me parte el alma a la vez.

—¡Capitán! —grita Miller lanzándome una toalla que me golpea en la cara—. Te debo una cena. Nos has salvado el culo en la última jugada.

—No me jodas, ha sido cosa de todos —respondo quitándome la camiseta empapada y tirándola sobre el banco—. Si no llega a ser por la línea, no habría tenido ni un segundo para pensar.

—Sí, sí, lo que tú digas —se mete Jackson desde su taquilla—. Ese pase ha sido de otro puto planeta, tío.

—¿Habéis visto la cara del defensive back ? —añade otro entre risas—. Se ha quedado clavado. Al tío un poco más y se le revienta la cabeza de tanta ira. —Me mira con una sonrisa—. Stone, serás cabrón. Tus jugadas son de otro puto mundo.

—Era eso o nos íbamos a casa —digo encogiéndome de hombros mientras abro el grifo de la ducha—. Y el tío no se lo esperaba.

—Pues volvemos a ser los jodidos campeones —remata Miller dándome un golpe en el hombro—. Tres años seguidos, tío. Miedo me da pensar en cuando te vayas.

—Seguiréis siendo cojonudos —aseguro.

—Pasarás a la historia, tío. Como un puto as.

Asiento con una media sonrisa mientras el agua me cae por la cabeza, arrastrando el sudor y parte del ruido.

—Esta noche lo reventamos —dice alguien al fondo—. No olvides la fusta en el hotel, Dorian. Será épica.

—Contad conmigo —respondo con la voz más firme de lo que siento. Sin tener claro si voy a ser capaz de ir—. Voy a ir acompañado. Mi hermano y su chica han venido a pasar unos días conmigo. Y quiero enseñarle la vida universitaria.

—Así me gusta, capitán. —dice Jackson—. Llevas meses sin salir de farra. Y eso hay que remediarlo.

Sonrío por inercia para fingir la euforia, como el resto del equipo.

No es justo para los demás mostrar que estoy hecho una mierda por dentro, no cuando soy el capitán, uno de los motores más fuertes de los Texas Longhorns.

Y menos por su culpa. Porque, joder, estoy trabajando con el doctor Johnson para canalizar mi ira de una manera correcta, pero no voy a negar lo que siento hacia ella.

Hacia su silencio. Hacia esta separación impuesta.

Mantengo la fachada de tío duro, chulo y seguro de mí mismo en el discurso pospartido compartido con el entrenador. Es como si hubiera puesto mi vida en un piloto automático de buen rollo mientras mi interior es un puto desastre.

El entrenador me da un par de palmadas en la espalda de felicitación antes de salir todos juntos hacia el autocar que nos llevará al hotel.

Juliette, Ralph y Warren me esperan en la zona de familiares, junto a mis dos invitados de hoy, dispuestos a arroparme otra vez.

—¡Ha sido alucinante! —Ernesto me choca los cinco con emoción.

Voló anoche desde Elberta para pasar unos días conmigo y asistir a la final.

Nos fue fácil convencer a mi madre de este viaje, pero durante mi visita a casa por Navidad, logré traerlo a Nueva Orleans un par de días para después acompañarme a Austin con Rachel y que se queden una semana conmigo, aunque se salten clases—.

Hacía tiempo que no sufría tanto en un partido. Pero ha valido la pena.

—Nos ha costado un poquito derrotarlos —admito.

—Tengo un cuadro con estadísticas —anuncia Rachel—. Y un par de propuestas para mejorar una parte de vuestro juego. ¿Crees que podría mostrárselo a tu entrenador?

Es una chica poco convencional en cuanto a aficiones. En realidad, es un cerebrito, una persona excesivamente inteligente, con curiosidad innata para todo y unas capacidades de procesamiento muy fuera de lo común.

En lo físico es más bien normalita, con curvas un poco excesivas, no demasiado alta, el pelo rubio ceniza, siempre recogido sin gracia, unos rasgos asimétricos en una piel muy pálida, vestida siempre con un estilo alternativo, una cantidad inmensa de piercings…

Pero en conjunto resulta perfecta para mi hermano, y lo más extraño de todo es que llevan años juntos y siguen queriéndose como el primer día

—¡Claro! —Sonrío con sinceridad. Al principio me molestaban sus críticas directas a algunos aspectos de mi vida, pero cuando comprendí que lo hacía con todo, que su mente se dedica a analizar cualquier aspecto de su día a día en busca de fallos y posibles mejoras que después resultan muy útiles, empecé a confiar en su instinto—.

Esta noche te lo presento y debates con él tus ideas para aplicarlas la temporada siguiente.

—Le guiño un ojo—. A ver cómo se lo toma. Es un tío bastante hermético.

Ella asiente. Si bien es cierto que la mayoría de personas con su altísimo coeficiente suelen ser unos ineptos sociales, Rachel ha perfeccionado el arte de camelarse a los demás usando su cerebro para estudiar los comportamientos humanos y lograr entenderlos para manejarlos a su antojo.

A su lado, Ernesto ha aprendido mucho, incluso sabe distinguir los estados anímicos de los demás, detectar sus mentiras gracias a las microexpresiones y un sinfín de chorradas parecidas que ambos estudian por Internet.