Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 14 #2
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—Estás embarazada de él. Madison —razona Juliette con contundencia. Me llevo la mano al vientre de forma instintiva—. No vas a poder zanjar lo vuestro del todo jamás porque ese niño os une más allá de tus deseos.

El golpe seco de la realidad me deja sin aliento. Las manos me tiemblan tanto que dejo escapar el teléfono. Cae en mi regazo y de él salen los exabruptos de mis amigos.

—¡Joder, Madison! —Es Juls—. ¡Coge el teléfono y enfréntate a la realidad! La chica que conocí en Elberta hace cuatro años, mi amiga, jamás se comportaría así. Era una chica fuerte, luchadora, justa.

Esa descripción se me clava en el pecho. Dejo de respirar unos segundos, con la cadencia del silencio como compañera. Y vuelvo a coger el teléfono entre mis dedos. Con las lágrimas inundándolo todo.

—Quizá esa chica ya no existe… —susurro.

Mi amiga cierra los ojos, Ralph contrae los músculos faciales y Warren sonríe con tristeza. Saben que no es cierto, que me impulsa el miedo. Sus miradas se llenan de una determinación extraña, como si los tres supieran algo que a mí se me escapa.

—No puedes huir del amor —sentencia Warren—.

Los dos habéis madurado tras esa noche. Él te sostuvo en sus brazos cuando la bala te alcanzó, te vio en el suelo inconsciente, luchando por tu vida, y luego te negaste a verlo.

Te despediste de él con una nota y le prohibiste cualquier interacción contigo.

Necesita verte, Madison. Y tú necesitas verlo a él.

El recuerdo de esa noche, de mis labios pronunciando «te quiero», de su expresión desolada cuando la negrura me invadió…, es como una punta candente entrando en mi cuerpo, desgarrándolo, quemándolo.

—No te pedimos que le des más esperanzas de las que puedas ofrecer —añade Juliette.

Es tan repetitiva esta declaración suya, tan machacona, y a la vez tan realista—.

Pero los dos estáis sufriendo, y él se merece hablar contigo, saber que va a ser padre.

Igual que tú requieres aclarar las cosas para superarlas.

—La mirada de mi amiga se ensombrece con un poco de temor, pero no tardo en ver cómo se llena de decisión—.

Estás enamorada de él, Madison, por mucho que lo niegues, sigues queriéndolo.

Y Dorian te quiere a ti. Busca la forma de perdonarlo.

Será el padre de tu hijo, estará a tu lado tanto si quieres como si no.

¿Crees que lo mejor es seguir así? ¿No darle la oportunidad de demostrarte que puede cambiar?

¿Negarte la posibilidad de ser feliz con él?

Niego con la cabeza, soy incapaz de atreverme a dar ese paso, de dejarlo entrar de nuevo. Muevo la mano en mi vientre. Si solo estuviera yo, si no pudiera hacerle daño al niño, si… Endurezco mis facciones, la expresión, la determinación.

—Le di muchísimas oportunidades —aseguro, y me dispongo a repetir hasta la saciedad mis argumentos—.

Y me hirió en todas. Debo proteger a mi hijo de su toxicidad, mantener la distancia necesaria para evaluar cómo se comporta con él, no permitir que me vuelva a partir el corazón, porque ahora ya no puedo pensar solo en mí.

Abro la palma vacía y la coloco sobre el vientre hinchado, como si quisiera proteger a mi hijo con ese gesto.

—¿Te das cuenta de lo absurdo que suena eso?

—dice Ralph, cabreado. Es el que lo está llevando peor—.

¿Lo vas a mantener alejado? ¿A impedirle ejercer de padre?

—Chasca la lengua—. ¡Estás comportándote como una niñata inmadura!

¿No te das cuenta de que sabrá la verdad en cuanto te vea con un niño?

¡Así no proteges una mierda! Solo estás retrasando lo inevitable.

Y esta vez, Madison, él tendrá razón por enfadarse.

Pum. Ni una bala me habría dejado más fuera de juego.

Veo cómo Juliette le agarra la mano a Ralph con ansiedad en la mirada. Y me siento muy lejos de aquí, muy poco centrada. La noria emocional en la que vivo da medio giro y permite que la angustia tome el control.

—Todavía no estoy preparada para decírselo —suelto con un tono desequilibrado—.

Solo han pasado cuatro meses desde la boda, desde que lo sé.

¡Cuatro meses de mierda! —Niego con la cabeza—.

¿Acaso creéis que es fácil? Mi vida entera es un puto campo de minas que explotan a todas horas. ¡Y no aguanto más! ¡Me ahogo!

—Maddie… —musita Juliette.

—No, Juls, ni Maddie ni hostias. —Me pongo en pie con un arranque de rabia y camino en círculos—.

No puedes juzgarme tan a la ligera, ponerte del lado de él y pasarte por el forro mi situación.

¡Estoy enamorada del peor hombre de la tierra!

Uno que se ha pasado cuatro años destruyéndome.

¿Y ahora pretendes que lo perdone en un abrir y cerrar de ojos?

¿Sin tener en cuenta al niño? ¡Se te va la cabeza!

No permitiré que le haga daño. Y sabes tan bien como yo de qué es capaz.

La tensión me agarrota los músculos. Respiro con dificultad y apenas puedo retener las lágrimas furiosas que se escapan de mis ojos.

—La única manera de proteger a vuestro hijo es dejándolo entrar en vuestras vidas de manera voluntaria —asegura Juls con una mirada agitada—. El niño necesita que os entendáis, lo sabes tan bien como yo. Pasarte la vida escondida es un error.

—No tardes demasiado en encontrar la fuerza para contárselo y retomar el contacto —añade Warren—. Es importante que lo hagas cuanto antes.

—¡Joder, Madison! Cualquiera diría que te estamos presionando para volver con él. —Ralph mira a la cámara con seriedad—. Solo te decimos que encontréis un equilibrio por el bien del bebé. Y por el vuestro.

—Hablamos pronto, ¿vale? —digo.

Ellos me responden con sonrisas tristes y se rinden.

Cuando cuelgo, la oscuridad se ha instalado en la cala donde estoy sentada.

Me alejo de la orilla despacio, acompañada por la linterna de mi móvil para iluminar el camino.

Mis pasos se llenan de acero, como si mis piernas pesaran y todo cuanto me han dicho me espesara la sangre.

Los mareos siguen acosándome, a pesar de la medicación que me han dado para combatirlos y de haber traspasado el primer trimestre, pero en ningún momento les he permitido que dirijan mi vida.

Llego al coche tras una caminata de veinte minutos. La noche es fresca, por eso pongo la calefacción a toda potencia cuando empiezo a circular por las carreteras rumbo a mi casa.

En el camino me cruzo con personas disfrazadas, con las decoraciones en los pueblos, en los bares, en todos los rincones.

Los flashes de nuestro primer Halloween juntos se suceden en mi mente, clavándose en mi corazón.

Esa primera vez en la que Dorian dejó atrás su coraza para hablarme con sinceridad, nuestro baile tras la cena, su frase antes de subirnos al coche: «Solo me ha faltado besarte…

», cuando la repitió más tarde en mi habitación, y ese primer beso que todavía me quema en los labios.

El llanto se desata al compás de las arcadas. Mis amigos tienen razón, no soy feliz, no logro serlo sin él y me mata mantenerme tan lejos, no tenerlo a mi lado en estos momentos, no confiar en él, pero ¿puedo hacerlo?