Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 14
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MADISON

Hace fresco a estas horas. Me arrebujo en mi abrigo, hundo las manos en la arena y miro hacia el horizonte, con una sensación de ahogo en el pecho y los ojos llenos de lágrimas.

Los últimos cuatro meses han sido duros. Muy duros.

Por fin soy libre, pero no lo siento así.

Una ráfaga de viento me agita la larga melena que llevo atada en un moño sobre la nuca y suelta algunos mechones rebeldes. Recuerdo su mano colocándolos tras la oreja, el tacto de sus dedos en mi mejilla, su olor… Es cíclico.

Me acaricio el vientre y noto el peso suave de la barriga hacia delante, como si mi cuerpo se inclinara apenas, encontrando un nuevo equilibrio.

Y consigo esbozar una sonrisa pequeña, apenas visible.

Porque este pequeño milagro es mi única esperanza para encontrar un camino de vuelta.

Aunque todavía no me siento capaz de avanzar demasiado y sigo varada en la cuneta de la vida.

Respiro hondo. Los cambios en mi cuerpo son cada vez más visibles. El vientre, los pechos más grandes y sensibles. La sensación de estar acompañada por esa vida que crece dentro de mí.

De repente noto un cosquilleo leve, desde dentro.

Coloco ambas manos planas sobre el abdomen y se me acelera la respiración, como cada vez que se mueve.

Sigo esa patada con la mano, reverbera en todo mi cuerpo.

Cierro los ojos y sonrío otra vez. En momentos como este me siento llena de energía, capaz de capear el temporal que arrecia en mi interior.

Otros me pierdo en un abismo oscuro y denso.

La bala no me robó esta parte de mí, una a la que cada día quiero más. Tardé un mes y medio en recuperarme físicamente de ese disparo, pero todavía no he superado el dolor anímico.

Ojalá tuviera a Dorian conmigo, ojalá su mano estuviera sobre la mía, sobre mi piel, acariciando a nuestro niño, ojalá pudiera perdonarlo, confiar en él.

A veces me cuesta digerir mis decisiones; entonces cojo el teléfono y busco su nombre entre mis contactos para llamarlo.

Pero no está ahí, al dejar Dallas aparqué también mi número americano, junto a mi iPhone.

Fue para evitar tentaciones, para no desear lo imposible ni cometer una locura.

Aunque es absurdo porque me sé su número de memoria y no me costaría nada marcarlo.

—¿Por qué me odias? —le susurro al destino—. Me lo has quitado todo.

Mis sentimientos convulsos se unen con mis recuerdos de esa noche maldita, y a la vez liberadora. La boda, el rapto, la bala, la muerte de Albert y los brazos de Dorian rodeándome, salvándome la vida y, sin saberlo, también protegiendo a nuestro hijo.

Evoco mi «te quiero» y el suyo susurrado una y otra vez, acompañado por el «resiste, Ash. No me dejes».

Cuando desperté en el hospital, ocho horas después, tras pasar por una operación para extraerme la bala, solo quería abrazarlo, estar junto a él, besarlo…

Pero entonces entró el doctor, me contó mi estado, la intervención, la suerte que había tenido de estar viva, sin secuelas y todavía embarazada.

Me sacudieron tantas emociones al mismo tiempo que no podía procesarlas todas.

He de admitir mi primer impulso, el de agarrar el teléfono y llamarlo.

Solo necesitaba a una persona a mi lado con quien compartir parte de mi nueva libertad.

Sin embargo, la sucesión de situaciones vividas en los últimos cuatro años se encadenaron en mi mente.

El poco equilibrio mental de Dorian. Sus decisiones impulsivas.

Su rabia. Mi culpa por haberlo mentido… Y todo me cayó encima aplastando mis deseos.

Ya había decidido alejarme de él. Y el embarazo solo reafirmaba esa necesidad.

No podía quedarme para volver a caer en la misma trampa mortal de estar con él hasta que todo explotara por los aires por culpa de uno de sus ataques de ira y de mi falta de confianza en él.

A pesar de amarlo con locura, debía distanciarme de la tentación, de mis sentimientos, de la toxicidad.

Todavía estoy convencida de que es lo mejor. Aunque eso no me salva del dolor.

Mi niño ha dejado de moverse. Acaricio la barriga un instante de más y saco el teléfono de mi bolsillo. Lo dejo sobre las piernas cruzadas, sin encender, pero con el cosquilleo en los dedos.

Rompí con todo.

Cuando estuve lo suficientemente fuerte para viajar, hice las maletas y me subí a mi jet privado sin contárselo a mis amigos. No les di mi paradero, borré el plan de vuelo una vez en destino y solo entonces respondí a sus llamadas insistentes.

Me suplicaron que regresara a Dallas y hablara con Dorian para contárselo, él se merece saber lo del niño y encontrar conmigo un entendimiento para ejercer de padre en el futuro.

Sin embargo, yo no podía verlo en ese momento, ni enfrentarme a él.

Discutimos, nos dijimos cosas hirientes y al final colgué con la sensación de haber creado una zanja entre nosotros.

Desde entonces apenas me comunico con ellos si no es por trabajo. Y cuando lo hablamos, acabamos con el regusto amargo de las palabras no dichas o de las pronunciadas con acritud.

Llevo tres meses y medio recuperándome en mi casa de la isla de Mallorca, un pequeño oasis en las Baleares, en España. La propiedad no aparece en ningún registro, fue un regalo que mi padre nunca llegó a entregarle a mi madre porque Albert la asesinó antes de darle tiempo.

Las lágrimas vuelven a inundarme los ojos.

Al desligarme de la presión de las amenazas, el dolor se desbordó junto con los recuerdos.

Fue como si una presa enorme hubiera retenido la tromba de nostalgia mientras luchaba por sobrevivir y una vez libre de las maquinaciones de mi familia, la conciencia de cuánto me arrebataron se despertara en todo su esplendor.

Toco la arena con una de mis manos, la hundo en ella y la levanto llena a rebosar, dejando que los granos se deslicen de entre mis dedos para volver a llenar el arenal.

Es una analogía de todo cuanto Albert me arrebató, por eso cierro el puño y retengo una parte en su interior, para aferrarme a algo, para no deshacerme de todo, para…

El sol se oculta lentamente en la línea que une el mar con el cielo, tiñendo el firmamento de colores rojos y anaranjados.

El mundo sigue su curso, todos los días llegan a su fin, todo se acaba, y al día siguiente vuelve a empezar.

Y me gustaría poder extinguir así mi amor por Dorian, de la misma forma que el sol se apaga cada noche, dejar esa estela rojiza capitanear en mi alma durante unos minutos y rendirme después al olvido, donde las estrellas serían mis recuerdos más luminosos, mis momentos más álgidos con él.

Pero mi corazón va por libre, sigue palpitando por él, trayéndome imágenes claras de un futuro compartido, atándome a Dorian con un lazo irrompible.

El pitido del teléfono me devuelve al presente. Solo pueden ser una de las cinco personas que tienen acceso a este número, así que lo cojo para averiguar de quién se trata. Es una videollamada desde Dallas, de Juls.

Descuelgo con un nudo en el estómago.

No está sola, la acompañan Ralph y Warren, sentados en el sofá de la mansión Reynolds, usando mi equipo de videoconferencias. Y sé que vamos a repetir la misma conversación de las últimas veces. Que me van a hundir todavía más en la miseria del dolor.

—Hola —saludo, casi con un susurro estrangulado.

El silencio atraviesa la distancia para clavarse en mi interior. Leo la angustia en los rostros de los tres. Parecen estar buscando las palabras para explicarme algo que posiblemente me va a trastocar.

Espero unos segundos, con los músculos en tensión y un repiqueteo molesto de mi corazón. A veces las frases no pronunciadas pesan mucho más que las palabras.

Juliette quien se aclara la garganta, suelta un suspiro y se lanza.

—Has de hablar con él —anuncia como otras veces, aunque esta parece afectada, como si la situación se estuviera descontrolando—. Dorian necesita escucharte, ver que estás bien para pasar página. Si lo vieras… Está cada vez peor, Madison. No podéis continuar así, os estáis destruyendo.

—¡No! —grito sin darme ni tiempo a procesar su petición—. Estoy harta de esta conversación. ¡Respetadme!

—Escucha —interviene Ralph con un tonillo agobiado—. No se trata de reconciliarte con él, solo necesita cerrar lo vuestro con un cara a cara, escucharlo de tus labios, comprobar que no te quedaron secuelas de lo sucedido en Lanier. Y también se merece saber lo del niño. Estás siendo cruel, Madison.

Suelto un resoplido.

—¡Claro que sí! —grito, fuera de mí. Aprieto el teléfono hasta que me duelen los dedos—. El niño bonito me destruye, me hace un bombo con una actuación digna de un capullo integral, se casa con mi prima, se la tira mil veces, y ahora soy yo la cabrona, ¿no?

Mi corazón parece la batería de un grupo de heavy en pleno concierto.

Respiro mal. Y mi cabeza se revuelve con demasiados pensamientos diferentes.

Es como una lucha encarnizada entre mis deseos de recuperarlo y los de apartarlo de mí para siempre.

Como si se hubiera desatado una tormenta de granizo que impacta con cada pedazo de mi piel.

Liberarme del peligro me ha desestabilizado, ha desatado un maremoto de dolor, angustia, desasosiego. Y ha barrido la fortaleza de antaño, la ha catapultado a la estratosfera para debilitarme. Soy un manojo de nervios.

Pero ni en broma aceptaré que ellos lo defiendan.

—Está muy cambiando —explica Warren con un tono más empático—. La terapia funciona, aunque la batalla legal contra tu prima lo está matando. Y no saber nada de ti lo hunde todavía más.

—¡Me alegro! —Aprieto los dientes—. Es su castigo por destrozarme.

Otra vez se quedan callados. Y yo… Siento un zarpazo en el estómago, se revuelve. Con un movimiento brusco, giro la cara para no verlos. Para no sentir la nostalgia. Para no rebajar mi ira al enfrentarme a todo cuanto dejé atrás.