13 #2
La tormenta mediática sobre lo sucedido sigue en la cresta de la ola, aunque ahora empieza a disminuir.
Los medios recibieron un material muy jugoso tras la boda: todos los vídeos de Carl donde relataba cada uno de los ataques directos a Madison, incluso del asesinato de su padre, junto a Simon y Garrett, pruebas incriminatorias acerca de cómo un notario compinchado con los Reynolds había falsificado su testamento y algunas otras acerca de intentos de joderla.
Y, por desgracia para mí, estoy en medio del huracán como el marido de Candy. Por suerte, no ha trascendido mi pasado con Madison ni su anterior identidad.
Paso la siguiente hora en las máquinas del gimnasio, realizando mi rutina de ejercicios para ponerme a tono, junto a mis compañeros de equipo.
Estoy a tope con el fútbol, que sigue siendo mi evasión, el lugar donde residen mis fuerzas para enfrentarme al futuro sin ella.
Es tan duro saberla lejos de mí, tan inalcanzable.
Por eso el entrenamiento de hoy es igual de intenso que los anteriores.
Los chicos me felicitan en el vestuario, me encuentro la misma horda de grupies al salir y mi corazón se astilla al comprobar que el resto del mundo sigue igual, ajeno a mi dolor.
Cuando regreso al apartamento releo por enésima vez la nota que me dejó como despedida.
Habían pasado diez días desde la boda y yo seguía llamando a Ralph de forma compulsiva, presentándome en el hospital donde ella estaba para protagonizar cómo me echaban a la calle cada vez, y fueron muchísimas.
Madison había contratado a un par de hombres para evitar que me acercara a ella.
Ni siquiera me había permitido abrazarla, hablar con ella, sentir que estaba viva.
Pasó cuatro días ingresada y después la fortaleza de su mansión fue su refugio.
Intenté colarme por el pasadizo, pero había cambiado la contraseña y reforzado la entrada colocando una puerta blindada.
Luego probé de saltar la valla, de gritar, de aporrear el timbre una y otra vez, sin ningún éxito.
Y entonces, al décimo día, encontré su nota pegada en la puerta de mi casa.
Cuando la vi mi mundo dejó de girar. Estaba por fuera, pegada a ella, como las que solíamos dejarnos.
No necesitaba leerla para saber que era una despedida, sin embargo, no estaba preparado para las palabras escritas de su puño y letra. Me impactaron como si acabara de recibir la paliza de mi vida y nada lograra mitigar el dolor de mis heridas.
«Recuerda… Ya te olvidé».
Unos lagrimones, de esos que no comprendo cómo cojones salen de mis ojos con tanta facilidad últimamente, se desplazaron por mis mejillas. Le di la vuelta a la tarjeta, como hago ahora mismo, para leer su otra frase, una lapidaria porque significa mucho más de lo que parece a simple vista.
«Y tú deberías hacer lo mismo».
Ese día me emborraché, arrasé con una parte importante de mi casa y me pasé las horas maldiciendo. Después vino el bajón, sentirme mal, odiarla, echarla de menos, desear abrazarla…
Pasé cinco días inmerso en ese ciclo infernal. Bebía, gritaba, lloraba, me dormía borracho perdido, me despertaba con resaca y vuelta a empezar. Apenas salí del apartamento, ni comí ni contesté al teléfono que sonaba con insistencia.
Fue Ralph quien me rescató de mí mismo. Mi familia había vuelto a Elberta tras suplicarme con insistencia que los acompañara.
Tanto Ernesto como mi madre intentaron ayudarme, estar a mi lado, pero los eché.
No podía compartir mi dolor con nadie más, no era persona, no me mantenía en pie.
Me quedé solo, como yo mismo había decretado. Me lo merecía.
Al sexto día Ralph apareció por la puerta.
No tengo ni idea de dónde sacó las llaves de mi apartamento, solo sé que entró mientras dormía la mona y no se amedrentó por el desorden, ni el mal olor ni el amasijo de ropa sucia tirada por cualquier parte, ni el montón de botellas acumuladas en el suelo, compradas con un carnet falso.
Se puso en plan sargento de hierro, me obligó a ducharme, a tomarme un café cargado, junto a un par de pastillas, a despejarme y a hablar de ello. Pasó conmigo todo el día y no se largó hasta que me arrancó una promesa de volver al psicólogo y de dejar de autodestruirme.
Regresó al día siguiente, y al otro y al de más allá.
Me acompañó a terapia, me llevó de la manita, me dio de comer, arregló mi apartamento y estuvo ahí para mí, aunque se negó a darme detalles acerca de Madison.
Solo me dijo que planeaba irse lejos, y unas semanas más tarde me confirmó que se había subido a un avión con rumbo desconocido.
Tanto Ralph como Juliette han sido mis sustentos estos últimos meses.
Y, por extraño que parezca, Warren también ha estado a mi lado.
He usado su circuito como pista para correr a toda leche con el Mustang y descargar adrenalina, su taller para poner el coche en marcha, su bufete para deshacerme de Candy y a él como compañero de algunas cenas cargadas de confidencias.
Poco a poco he recuperado algo de aplomo, he descubierto que ir al psicólogo me ayuda a aceptar la situación, pero si de algo estoy seguro, es de que no me voy a rendir con Madison; tarde o temprano la encontraré, y entonces la convenceré de volver conmigo. Y esta vez no la perderé.
Estoy dispuesto a cualquier cosa para recuperarla.