13
DORIAN
Le doy muy fuerte al saco de boxeo que hay en el gimnasio del piso donde he elegido vivir este nuevo curso universitario. Mi tercer año. Y es una mierda porque todo se ha vuelto negro, oscuro, sin vida.
Si como mínimo supiera algo de ella…
Golpeo con más fuerza para deshacerme de la ira, tal como me ha indicado el psicólogo al que acudo con regularidad, y sí, me ayuda a no actuar con tanta impulsividad, pero no borra mi necesidad de ella, de cambiar mi vida, de luchar contra cualquiera que me mantenga a distancia de Madison.
Han pasado dos meses desde esa noche, la de mi boda, y sigo esperando una llamada suya, una señal, cualquier cosa que no sea esa nota pegada en la puerta de mi casa unos días después.
La escribió ella —su caligrafía la delata—, y es cuanto tengo para atestiguar que no murió por culpa de la bala, porque quince días después de la boda desapareció y se negó a verme, a hablar conmigo, a darme la oportunidad de disculparme, de explicarme, de convencerla.
La versión de mierda que me dio Ralph no me convence. Dijo que solo quería escapar de la tormenta mediática se desató tras la boda. Pero yo sé que hay más. Y no aguanto su desaparición.
Tengo poca información de su vida actual: sigue dirigiendo Reynolds Oil en remoto, no está en Dallas, nadie conoce su paradero, en la mansión Reynolds hay un gran vacío en su armario —lo comprobé personalmente—, su coche y su moto no se han usado y sus cuentas no han mostrado ningún movimiento desde su huida.
Uso mi puño para arremeter contra el saco con furia. Es como si el destino se hubiera confabulado contra mí y quisiera demostrarme con dolor mis errores. La imagen de Madison en el suelo de mi villa nupcial, con la sangre manando de uno de sus costados, vuelve de repente para robarme el aliento.
Recuerdo cómo Albert se desestabilizó al recibir el disparo en la sien por parte de uno de los hombres contratados por ella.
En ese mismo instante, el dedo se le cerró sobre el gatillo justo antes de caer fulminado, y el tiro salió desviado hacia abajo, alcanzándola de lleno.
Madison se desplomó entre mis brazos, cayó al suelo y vi el carmín teñirlo todo.
Me retiro hacia atrás y coloco las manos enguantadas en mi frente, intentando no rendirme al lacerante dolor que me invade. Recordarla en ese instante me destruye.
Mientras Candy gritaba desesperada sobre el cuerpo sin vida de su padre, yo lo hacía agarrando a Madison muy fuerte, suplicando para que abriera los ojos. Incluso cuando mi mujer se levantó y empezó a pegarme con rabia, acusándome de haberla despojado de demasiado, seguí aferrándome a Madison.
Los agentes irrumpieron en la habitación a los pocos segundos.
Todo fue demasiado rápido, pero a mí me pareció una eternidad.
Arrestaron a Candy, llamaron a una ambulancia, un paramédico del equipo se encargó de taponar la herida de Madison cuando me apartaron de ella entre cuatro, y mi cerebro se desenfocó, se internó en una maraña de confusión donde solo importaba ella.
Grité con rabia para intentar estar a su lado. A pesar de estar inmovilizado por los cuatro tíos que me habían separado de ella, conseguí golpearlos y rebelarme, sin embargo, nada impidió que me arrastraran fuera de la villa, me alejaran de ella y me encerraran en una habitación.
Y en ese instante estallé en un llanto nervioso.
En mi puta vida había llorado con esa desesperación. ¿Y si estaba muerta? ¿Y si la había perdido de verdad?
Recuerdo los brazos de mi madre envolviéndome una vez la trajeron a esa habitación cerrada con llave y ya había arremetido contra todo.
Los muebles, los detalles, las paredes, las puertas.
Lo había destrozado con los puños en medio de un ataque de ira, ansiedad, necesidad.
Fue todo confuso y desgarrador. Y la falta de noticias me perforaba el alma.
Mi madre me encontró en el suelo, en una esquina, con las piernas levantadas y la cabeza escondida entre las manos ensangrentadas por haberlo golpeado todo sin piedad.
Había cristales en el suelo, maderas destrozadas, objetos, agua del jarrón, ropa…
Y también estaba mi corazón pateado y pulverizado.
Me había pasado más de quince minutos aporreando la puerta, gritando, insultando a los agentes que me habían encerrado, hasta que había acabado sentado, muerto en vida.
Los brazos de mi madre consiguieron hacerme reaccionar.
Me aferré a ella como si fuera mi único salvavidas en medio de un maremoto.
Y lloré como un niño perdido, como jamás había llorado, como si de repente todo cuanto había asolado los cimientos de mi vida se desatara para arrollarme.
Ella se limitó a sostenerme, a envolverme con su abrazo y su presencia, con su olor, con su voz suave llena de consuelo, con su amor.
—¿Ashley? —pregunté entre sollozos.
—Está bien —explicó intentando separarse de mí sin éxito porque me agarraba con fuerza a su ropa—. Se la han llevado al hospital, pero el doctor ha dicho que saldrá de esta. La bala la ha alcanzado en una parte sin órganos vitales.
Ahí volví a derrumbarme.
Fue como si mi cuerpo fuera una construcción efímera que consiguiera rehacerse y derruirse en bucle. Mi corazón sufrió una nueva rotura. Una imposible de remendar.
Pasé cerca de diez minutos abrazado a mi madre, sin hacer otra cosa que llorar y procesar.
Ella me contó cómo habían llegado los agentes a nosotros, gracias a la intervención de los hombres contratados por Madison, de los que nadie, aparte de Juls y Ralph, tenían constancia.
Ellos se habían ocupado de neutralizar a la seguridad de los Reynolds, liberar a los miembros del FBI y llevarlos hasta la villa donde Albert nos tenía retenidos.
Un tal Edmond tenía controlada a Madison desde el principio.
Y gracias a su lectura de los ojos de ella había entendido su mensaje: «dispara».
¿Por qué cojones le había hecho caso?
Tras escuchar el relato de labios de mi madre, supe que Candy y Carl estaban detenidos, junto a la mayoría de hombres contratados por su padre. Albert no había sobrevivido. Y yo estaba casado con Candy. Esa certeza era como una losa aplastando mis pulmones, incapaces de respirar con facilidad.
Las horas siguientes apenas las recuerdo.
Nadé entre la bruma, la ansiedad, el dolor y la angustia.
Primero un doctor se encargó de mis heridas, luego los agentes me interrogaron varias veces en una sala del hotel, a un lado de una mesa, con el «poli bueno, poli malo» enfrente de mí.
Las preguntas eran las mismas una y otra vez, hechas de forma diferente, pero idénticas en contenido.
Me obligaron a revivir la situación sin darme tregua, a ver cómo esa bala la alcanzaba, a sentirla caer, a descubrir la sangre a su alrededor, a escuchar los gritos airados de Candy… Fue como si me atizaran latigazos sin pausa, como si mi cuerpo se fragmentase en bucle, sin descanso.
Y después vino la nada, el silencio, la ausencia de acción.
Los invitados se habían ido en los autocares, el FBI acabó de procesar el escenario, los empleados del hotel empezaron a limpiarlo todo.
Pero yo seguía sentado a esa mesa donde me habían tenido horas cosiéndome a preguntas, intentando aceptar mi situación.
Suplicaba ir con Madison, pero la respuesta siempre era la misma: una negativa con todas sus letras.
Ralph apareció al amanecer. Su aspecto no era mejor que el mío; llevaba la ropa sucia y arrugada, el pelo alborotado, unas ojeras de tres palmos de narices y el dolor impreso en sus facciones. Se sentó a mi lado, me pasó el brazo por los hombros y apretó la mano para mostrarme su presencia.
—Está fuera de peligro —anunció—. Le han sacado la bala y ahora está durmiendo. Juls está con ella.
—Necesito verla —susurré a punto de volver a llorar. ¡Joder! ¡Me había convertido en un blandengue sentimental!—. Por favor.
El silencio se alargó durante un agónico minuto. Cada uno de los segundos que lo conformaron me abocó a una ansiedad sin límites, una que me estrujaba el corazón anunciando la frase pronunciada por mi amigo unos segundos después.
—No quiere verte —musitó casi sin voz—. Lo siento, tío.
Sobraban más palabras. Me quedé ahí, con la sensación de haber perdido cualquier opción para vivir a partir de ese instante. Y entonces, en esos minutos, u horas, comprendí de una forma desgarradora hasta dónde dolía el amor.
Por la mañana, tras un desayuno silencioso junto a mi familia, emprendí el regreso a Austin.
Casado. Para mi desolación, había firmado el acto de matrimonio, no podía deshacerlo sin más.
Ella estaba detenida, a espera de juicio, pero sin posibilidad de salir.
Y yo estaba irremediablemente casado con ella y, tal como había anunciado Albert antes de morir, sin contrato prematrimonial.
Quería el divorcio, uno rápido. ¿Y qué hizo Candy?
Negarse a cualquier entendimiento conmigo.
Le asesto un nuevo puñetazo al saco con toda mi ira.
Mi «mujer» me ha obligado a visitarla en la cárcel varias veces para «negociar» el divorcio.
¡No quiero nada de ella, joder! Pero no se entera, no le importa una mierda.
A veces me grita por haberla traicionado y otras me exige cariño, incluso se ha empeñado en un vis a vis para follar.
¡Se la ido la puta cabeza!
No pienso volver a tocarla nunca más. He contratado a Warren para ayudarme con el divorcio.
Aunque no es su especialidad, está haciéndolo de narices.
Debería ser un trámite sencillo. Tengo cero interés en obtener algo de la familia de Candy.
Por mí pueden metérselo todo por el culo, joder, pero si ella se niega a firmar, deberemos acudir a un juzgado para conseguir mis propósitos de deshacerme de ella.