Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 12
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MADISON

Conservo como puedo la sangre fría, aunque tener un arma apuntando a mi sien no ayuda demasiado. Siento el frío metal en la sien. Una amenaza difícil de ignorar y, aun así, la rechazo. Necesito plantarle cara a mi tío.

Está aquí, tal como esperábamos.

Ha venido a la boda, una donde, además de los agentes infiltrados cubriendo todas las salidas, tengo mi propia seguridad privada.

Una que él no conoce ni imagina. Confío en que han visto lo sucedido y no tardarán en intervenir.

Aun así, la pistola apoyada en mi hueso temporal, podría detonar en algún momento.

Lo único importante ahora es saber que Albert no saldrá libre de este hotel, y eso es suficiente aliciente para soñar en un final merecido para él.

—¡Cabrón! —grita Dorian con una rabia desbordante, mezclada con el dolor y el miedo que destellan en su mirada—. ¡Ni se te ocurra disparar!

—¿Acaso crees que puedes impedirlo? —La carcajada de mi tío rebota en las paredes y llena el salón, junto con el grito desgarrado de Candy—. Los dos vais a morir.

—No. —grita Dorian.

—¡Serás hijo de puta! —espeta mi prima asestándole un puñetazo a Dorian en el brazo—. ¡Yo te quiero de verdad! ¿Y tú solo me has utilizado?

—Y así te ha ido —masculla su padre mirándola con desprecio—. Si hubieras confiado en nosotros, no estaríamos en esta situación.

Se le desencaja la cara al escucharlo, es como si acabaran de golpearla a ella. Reprime como puede el llanto y baja la mirada al suelo, dándose cuenta de cómo se la hemos jugado y de la realidad de su situación con Dorian.

—Me enamoré de verdad —susurra buscando un ímpetu en la voz que no consigue ganar fuerza—. Creía en él.

—Y se aprovechó de ello.

Observo a Dorian. Sus ojos están heridos de muerte, tiene todos los músculos del cuerpo en tensión, hay una vena palpitante en su frente y sus pupilas se dirigen al dedo con el que Albert acaricia el gatillo.

Mi mente repasa los últimos minutos, en busca de alguna grieta, de una esperanza para salvarlos a todos, para evitar que Dorian corra mi misma suerte en unos segundos.

¿De verdad moriremos?

No, ni de coña. Mis hombres llegarán a tiempo, seguro.

Respiro demasiado rápido mientras mis ojos barren el lugar en busca de indicios de la presencia de Edmund o uno de los suyos. Soy incapaz de admitir que nadie me ha seguido hasta aquí y esto es el final. Su cometido era no perderme de vista, protegerme, ser mi as en la manga.

¿Estarán ahí? ¿O la he fastidiado del todo?

Me gritaría por mi estupidez. El amor me fríe el cerebro, lo convierte en un caos. ¿Por qué me he escabullido del banquete al ver cómo Candy se llevaba a Dorian hacia la salida? ¿Al imaginar sus intenciones? ¿Al darme cuenta de la realidad?

El dolor era inmenso, me ahogaba, y el requerimiento de respirar, de alejarme de la gente, de no seguir celebrando una unión que me hacía pedazos, me ha llevado a escapar y a cometer la mayor imprudencia de mi vida.

«¡Estúpida!».

Jamás había actuado de forma tan impulsiva.

Pero estaba tan hundida en la miseria… Solo me han faltado las náuseas, esas capaces de delinear con absoluta claridad hasta dónde llegó el último acto de venganza de Dorian, para enfrentarme un segundo a mi verdadera situación, esa que me resisto a mirar a la cara.

Les he mentido a mis amigos, he rechazado su ofrecimiento de acompañarme al baño, con una sonrisa de lo más falsa. Juliette me ha abrazado al imaginar mi mareo. Ha insistido, pero se ha fiado de mí cuando le he asegurado que estaba bien y solo precisaba unos instantes a solas.

Me ha seguido con la mirada hasta que he entrado en el aseo de mujeres.

Pero, en vez de quedarme ahí, he salido por la ventana a la piscina para caminar un poco envuelta en la soledad.

Las arcadas han regresado con más virulencia de la deseada.

Gracias a Dios, había un baño cerca. He corrido a uno de los cubículos.

Ni siquiera he tenido tiempo de cerrar la puerta antes de arrodillarme y sacar hasta el desayuno, acompañada de las lágrimas.

Ese ha sido el momento elegido por mi tío para aparecer y colocar el cañón de un arma en mi espalda.

—He tardado en encontrarte a solas. —Su voz ha sido el detonante para activar mis glándulas sudoríficas, mi miedo, la adrenalina—. Pero ya te tengo y no te voy a dejar escapar. —Su tono contenía una amenaza muy real—. ¡Levántate, zorra!

El peso del cañón de su pistola ha sido suficiente para obedecer. A veces nos aferramos demasiado a la vida como para calibrar otras opciones. Me he puesto en pie y he seguido sus instrucciones de caminar hacia la puerta, con la sensación de haber cavado mi propia tumba.

Ojalá no hubiera elegido un sitio tan desprotegido para rendirme a mi dolor.

He mirado ansiosa hacia todos los lados en busca de ayuda, pero no era el momento propicio para actuar —mi parte racional ha evaluado los riesgos y ha decidido que en esta situación no podía intervenir—.

Respiraba demasiado rápido. La taquicardia ha estado a punto de descontrolarse.

—Sal sin hacer ningún movimiento sospechoso.

—Me ha dado la vuelta un segundo para mostrarme el silenciador.

Después se ha pegado a mi espalda con el cañón de nuevo apretado contra ella—.

Si me desafías, te dispararé sin matarte, porque antes tenemos un par de asuntos entre manos.

—Al llegar al exterior no he visto a nadie en los alrededores—.

No los busques, Madison. He escuchado la conversación de tu querido Dorian con su padrino antes de la ceremonia, y ha sido muy reveladora.

—Presiento su sonrisa, a pesar de no verla—.

Mis chicos de seguridad son muy fieles por unos cuantos miles de dólares.

—Ha soltado una carcajada letal—. Ya no queda ni un agente del FBI vigilando el recinto. Estás indefensa.

El golpe me ha zarandeado un segundo, pero no he permitido que se notara. Jamás le daré esa satisfacción. Sin embargo, me he recriminado mi forma de exponerme sin pensar en lo mal que he valorado mis opciones al escabullirme por la ventana del baño.

¿Por qué le he obedecido sin chistar?

Tengo preparación militar, podría haber realizado algún movimiento para deshacerme de la amenaza, aunque pusiera mi vida en riesgo.

El cañón seguía apretándome las costillas…

Podría como mínimo haberlo intentado, pero en vez de eso he abierto la puerta para seguirlo hasta un carrito de golf escondido entre la maleza.

—Siéntate frente al volante —ha ordenado blandiendo su arma—. Y no hagas ninguna tontería. Vamos a la casita de los novios.

La pistola ha permanecido en mi cuerpo, esta vez en las costillas.

Sabía cuál era la villa, antes de la boda me había estudiado el plano del hotel a conciencia.

Cuando he empezado a conducir, él ha mandado un mensaje de texto con bastante rapidez.

Mi mente se ha puesto en marcha. ¿Tenía comunicación con el exterior?

—Tengo conexión —ha anunciado Albert con una sonrisa altiva, como si me leyera el pensamiento—. He dejado una frecuencia abierta que solo conocemos algunos.

—Capullo —he mascullado.

La villa nupcial estaba a oscuras al llegar. En ese instante me he dado cuenta de lo extraño de la situación y he empezado a preguntarme por qué no se ha limitado a eliminarme en la piscina y a qué respondía entrar en la habitación donde en unas horas Dorian y Candy deberían consumar su matrimonio.

Al descender del vehículo, Albert me ha colocado la pistola en la sien, me ha rodeado el cuerpo desde atrás por la cintura, ha tapado mi boca y me ha empujado dentro de la villa sin encender la luz.

—Te lo advertí —ha susurrado tan cerca de mi oído que su aliento me ha estremecido—. Te quitaré todo cuanto te importa.

Apenas he tenido tiempo de procesar sus palabras porque enseguida he escuchado voces al otro lado de la puerta, las de Dorian y Candy. Me he puesto a temblar en la penumbra, y he cerrado los ojos con un ruego planeando sobre mi cabeza, porque no he tardado en comprender las intenciones de mi tío.

—Cabrón de mierda —he musitado sin llegar a escuchar mi voz por culpa de su mano firmemente anclada en mi boca.

La reacción de Dorian me ha mostrado una vez más su impulsividad y su amor por mí. Uno dañino, perjudicial, capaz de arrastrarnos a situaciones como esta.

Vuelvo a la realidad.

Candy sigue defendiéndose de los ataques agresivos de su padre e insultando a Dorian. Él ha perdido los nervios y grita con agravios destinados a hacerle daño. Albert es tan frío y calculador como siempre, mide sus palabras y no tarda en zanjar la discusión entre el nuevo matrimonio.

—¡Basta! —ordena con un tono glacial—. Te ha engañado, Candy. ¡Supéralo! Está enamorado de Madison, siempre lo ha estado, y te ha utilizado para llegar hasta mí. Ahora va a morir como castigo.

Mi prima se descompone un segundo, pero enseguida se crece, como le han enseñado toda la vida.

—Tienes razón —acepta—. Ha de pagar por sus mentiras. Dispárale de una vez. Pero quiero que sufra, por cabrón.

Le dirige una mirada herida a su marido y da un paso hacia nosotros para posicionarse al lado de su padre. Albert sale de detrás de mí, sin bajar el arma, me destapa la boca y la abraza un segundo con uno de sus brazos. Me parece un gesto fuera de toda lógica.

¿Albert mostrando afecto?

Dura un segundo fugaz, pero lo suficiente para dejarme un poco aturdida.

Entonces lo veo. Y la esperanza estalla en mi corazón, a pesar de lo que significa, de lo que debo arriesgar, de la única forma real de acabar con esto.

El punto rojo sobre el pecho de Albert, casi invisible, procedente de la ventana detrás de Dorian.

Y enseguida entiendo que pertenece a alguno de los chicos de Edmond, mis propios infiltrados, mi seguridad privada, o incluso podría ser al propio Edmond.

Sonrío con dolor mientras intento hablar en morse con la mirada.

«Dispara».

Tanto él como yo sabemos que, si lo hace, no sobreviviré, por eso vuelvo a decírselo un par de veces y compongo una sonrisa para mostrarle que estoy dispuesta a asumir las consecuencias.

No tengo miedo. Por extraño que parezca, el pánico es lo último que queda de mí en este momento. Dicen que cuando estás a punto de morir reproduces tu vida en imágenes. En mi caso solo puedo pensar en un futuro sin la capacidad de Albert para destruir todo cuanto me importa.

Si el sonido de desbloqueo que he escuchado hace un instante significa mi adiós definitivo cuando el disparo —de Edmond o de quien sea que está ahí fuera—, alcance su pecho y se dé cuenta de la realidad, me iré con la felicidad de haberlos protegido a todos.

Y esa es suficiente razón para encontrar la paz, una que me acompaña cuando mis ojos se posan en Dorian para transmitirle mi amor sin palabras.

Porque, aunque no podamos construir un nosotros, mi corazón le pertenece.

—Te quiero, Dorian —anuncio en un tono de despedida mientras mis ojos gritan «ahora, dispara»—. No lo olvides nunca.

Hay un segundo de pánico en mi cerebro porque con Edmond y los míos hemos hablado del código morse varias veces cuando preparábamos este operativo, pero si no se trata de ellos…

Los dos segundos siguientes espero el final, que no llega.

Calibro la distancia del punto rojo, observo el láser y busco la manera de conseguir que me hagan caso.

Quizá no han leído mis ojos, pero mi voz será suficiente para convencerlos.

—¡Dispara de una jodida vez! —grito con mi atención en la ventana—. ¡Ahora, joder!

Todo sucede en un instante, casi no hay tiempo a reaccionar.

Es como si Dorian comprendiera la situación porque cuando la bala procedente del exterior restalla en la distancia, él se lanza sobre mí, apartándome del peligro.

Albert abre los ojos con asombro cuando recibe el balazo y lo alcanza de lleno.

El dedo del gatillo se contrae con fuerza para disparar.

Candy grita, se desploma sobre su padre cuando este cae al suelo.

Y entonces siento el impacto.

El aire desaparece de mis pulmones. Me atraviesa un dolor lacerante en un lado, justo bajo las costillas. Y todo a mi alrededor se apaga de repente. Solo queda la oscuridad, el silencio, la nada.