Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 11 #2
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—Tengo una sorpresa para ti —anuncia con una sonrisa de lo más radiante cuando al fin llegamos frente a la puerta de la habitación—. Estoy deseando verte la cara cuando te la muestre. ¿Preparado?

No. Me la suda su sorpresa de mierda, la verdad, solo quiero regresar a la fiesta para velar por la seguridad de Madison, pero me sacudo esa respuesta y me ciño a la única que ella desea oír.

—Contigo siempre estoy listo para ser feliz. —No vomito por mantener mi papel, pero vaya asco de frasecita.

Doy en el clavo. Ella se emociona y su cara muestra una ilusión extrema que solo deseo borrar con una hostia en todos los morros. Pero, una vez más, me contengo.

—Te amo, Dorian Stone. —Me da un beso apasionado y enseguida se separa para abrir la puerta—.

Te he hablado un poco de mi padre. —El simple comentario acerca de Albert Reynolds me dispara el corazón.

Ojalá tuviera mi móvil aquí, pero tampoco sería de mucha ayuda porque la gente de Candy ha puesto inhibidores de frecuencia en toda el área del hotel y ha requisado la mayoría de los aparatos electrónicos.

Ella entra en la habitación tirando de mi mano—.

Sé que lo acusan de infinidad de delitos, pero no son ciertos.

Es una buena persona y lo quiero muchísimo.

Hay una súplica en su cara cuando nos adentramos en el salón con comedor, chimenea y muebles rústicos que comprende la primera parte de la casa.

Las luces no están encendidas, lo que me pone en guardia.

Me detengo medio segundo. Y es un buen instinto porque cuando ella tira de mí hacia dentro y la puerta se cierra tras nosotros, mi mujer acciona el interruptor para iluminar la estancia y mis nervios alcanzan una cota imposible.

—¿Papá? —Candy parece sorprendida, no suelta mi mano, la aprieta con fuerza y lo mira perpleja mientras yo lo hago con rabia, miedo y una desesperación imposible—. ¿Qué haces?

—¡Es una jodida trampa! —Albert Reynolds me lanza una mirada asesina. Apenas puedo moverme, ni pestañear ni reaccionar al ver el arma que sostiene en la mano, dónde apunta, a quién—. ¡Eres una estúpida, Candy! ¿Por qué no me dijiste quién era la exnovia de tu marido?

Escupe la palabra «marido» con repulsión.

Mi atención sigue puesta en la persona a la que mi suegro rodea con un brazo por la cintura, apostado a su espalda.

Le tapa la boca con una mano para evitar sus sonidos, con la otra apoya el cañón del arma en su sien.

Mi pulso pasa de cero a cien en un milisegundo.

Sus ojos están llenos de pánico y un impulso fiero y decidido.

Me hiela la sangre porque anuncia a gritos su intención de correr cualquier riesgo necesario para atrapar al hombre que le ha destrozado la vida durante demasiados años.

—¡No te lo dije para protegerlo! —grita Candy bastante fuera de sí—. Nos queremos, papá, da igual su pasado.

Albert irrumpe en unas carcajadas frías, letales, cargadas de odio.

—¿De verdad te lo crees? —pregunta sin rebajar el tono—. Estaba ahí cuando ha pronunciado sus votos y cuando el padrino le ha tenido que convencer para casarse. —Ahora su atención se dirige a mí—. Lo he oído todo.

—Entonces, ya sabes que el lugar está plagado de agentes del FBI —mascullo saliendo de mi tapadera, con la mirada puesta en la mujer de mi vida, la única persona por la que lo daría todo.

Se mantiene inmóvil para evitar un mal movimiento de su tío y me habla con los ojos.

Me suplica que me mantenga a salvo, pero necesito luchar por los dos.

El miedo me corroe la sangre, me incita a respirar más rápido, me colma de desesperación.

Peleo por combatirlo, para reducirlo, para aplacarlo con la determinación de salvarla—. Ríndete de una vez.

Candy se gira hacia mí y su semblante se descompone antes de cruzarme la cara con una bofetada.

—¡Serás hijo de puta! —espeta con rabia—. ¿Cómo te atreves?

—Porque la quiero —anuncio, dando un paso al frente, con mi vista dirigida a la única mujer para mí—.

Y no voy a permitir que la sigáis amenazando para conseguir algo que no os pertenece.

—Veo cómo se rompe, y no siento remordimientos.

Ella quiere asesinar a Madison, está en el ajo, y sus lágrimas me resbalan—.

Ahora suéltala —le digo a Albert. Si no lo hace, si dispara…

Trago el nudo de nervios que se ha aposentado en mi garganta y aprieto los puños—. No tienes escapatoria posible.

—Tienes cojones, hay que admitirlo. —Mi suegro no pierde la calma ni la sonrisa—. Es una lástima que no hayas firmado ningún contrato prematrimonial porque acabarás como ella. Bajo tierra.

—¿Lo de los agentes del FBI no te suena?

—ataco, repasando con agitación la conversación que he tenido con Ralph antes de la ceremonia.

No me ha contado cómo Madison ha previsto deshacerse de la amenaza de Albert, nos conocemos lo suficiente como para hablar solo con miradas, y eso significa que no está a salvo.

Oculto el pánico que me produce eso y continúo aparentando un control de la situación que se me escapa—. No tardarán en aparecer.

—Nunca llegarán a tiempo. —Desbloquea el arma—. Mañana todo será mío.

¡No! ¡Joder! Ese sonido me parte en mil pedazos.