Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 11
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DORIAN

«¡Joder! ¿Se me ha ido la cabeza o qué? ¡Me he casado con una capulla integral! Y Ashley estaba ahí, viéndolo, escuchándolo, sufriéndolo. Un poco más y lo jodo todo por mi necesidad de ella, de demostrarle que voy a luchar a muerte por lo nuestro».

Sonrío en piloto automático, sin encontrar fuerzas reales para centrarme en Candy, en su mano aferrándose a la mía con posesividad, en su ilusión de mierda. La odio. Con todo lo que tengo. Es la persona más rastrera de mi vida. Y el único culpable de haber llegado hasta aquí soy yo.

Aprieto la mandíbula hasta rechinar los dientes.

Cuando Ralph me ha contado esta parte del plan, un poco más y destrozo la habitación.

Porque, joder, nadie me había hablado de llegar hasta el final de la ceremonia.

Pensaba que sería más fácil, que el cabrón de mi suegro —¡un suegro de mierda!

— ya estaría arrestado y yo sería libre para reconquistar a Madison.

Pero claro, nada es tan sencillo. ¿Verdad?

El fotógrafo lanza una instantánea tras otra, nos indica cómo colocarnos para brillar, y Candy parece en su salsa.

¿Cómo puede ser tan estúpida? He pronunciado mis votos para Ash…

—Madison—, cada palabra iba para ella, porque necesitaba explicarle mis intenciones con claridad, y he estado a punto de lanzar por los aires el plan de los cojones, pero no he necesitado más que una excusa barata para que mi mujer —joder, cómo suena de mal— volviera a sonreír llena de emoción.

—Solo quería joderla —he susurrado antes de intercambiar los anillos—. Ver cómo sufría cuando te explicaba cuánto te quiero.

La muy tonta ha caído a pies juntillas en mi trampa, se lo ha tragado como la pringada enamorada que es, y ha aceptado un razonamiento pobre porque necesitaba creerlo.

Y me he casado con ella. ¡Qué fuerte! ¡Casado!

Si no llega a ser por la última parte de mi conversación con Ralph, no hubiera cedido ni de coña en esa parte.

Pero ha habido una frase que ha logrado acelerarme el corazón hasta casi sacarlo del pecho.

—Albert planea asesinar a Madison. —Ha sido apenas un susurro, pero con la suficiente consistencia como para atraer mi atención.

En un primer impulso solo deseaba gritar, arrancar cabezas, golpear la cara y el cuerpo de mi suegro hasta dejarlo sin vida.

He sentido cómo la taquicardia me arrebataba la capacidad de contención.

La idea de perderla ha sido como si me arrancaran una parte de mí.

Entonces Ralph ha seguido hablando—. Has de casarte y ganarle tiempo, a ver si el FBI logra arrestarlo antes de ponerla en peligro.

Esa declaración lo ha cambiado todo. Un resorte en mi cerebro se ha abierto, dándome acceso a mi fuerza interior, a la capacidad para serenarme lo suficiente y analizar sus palabras, todas ellas; la realidad que escondían.

—¿Matarla? —he mascullado entre dientes, tensando la mandíbula.

—Necesito que te calmes. —Mi amigo ha colocado su mano sobre mi brazo, que se había alargado para golpear la pared, y ha contenido el movimiento—. Esta vez no puedes explotar, ni actuar por impulso, Dorian. Nos jugamos la vida de Madison. Y la de nuestros seres queridos.

Me gustaría decir que no he forcejeado con él un rato y que no he estado a punto de salir por la puerta para golpear a mi novia, a su hermano, a su padre y a todo Cristo. Pero mentiría. ¡Solo he hecho un par de sesiones de terapia! ¿Qué coño esperabais?

—¿Quieres ser el culpable de su muerte? —Esa pregunta susurrada me ha detenido en seco.

Estaba a dos pasos de la puerta, agarrando el tirador, con un acceso de ira acojonante y me he quedado clavado.

Inerte. Con los latidos pulsando en mis oídos—.

Porque si cedes a tus impulsos, eso es lo que sucederá. Madison morirá.

—¡Joder! —He golpeado con el puño la pared y me he dado la vuelta para enfrentarme a la mirada de Ralph—. No puede hacerlo, Ralph. Madison… ¡Hostia puta, tío! No puede matarla. Ella no puede morir. —Me he tapado la cara con las manos—. No lo soportaría.

—Se arriesgará hasta el final… —Escuchar esa realidad de los labios de mi amigo ha sido como si todo el peso del mundo cayera sobre mí para aplastarme.

—No. —Me he tambaleado hacia atrás, hasta que la pared ha frenado mi huida—.

¿Cómo habéis podido ayudarla en algo así?

—Otra vez el fogonazo de ira se ha ensañado conmigo.

Me he acercado a Ralph, lo he agarrado de la americana y lo he acercado mucho a mí— ¿Se te ha ido la puta olla?

¡Madison no puede ir en serio! Ni vosotros, joder. ¡Sois unos amigos de mierda!

—Sabe lo que hace. —Su expresión ha sido suficiente para noquearme—. Y ha sido ella quien me ha pedido que venga. Porque has de casarte con Candy. Y Maddie está de acuerdo.

He cerrado los ojos, lo he soltado, he dado varios pasos hacia atrás y me he apoyado en la pared. Otra maldita vez. He dejado que mi cuerpo resbalara hasta sentarme en el suelo. Abatido.

—Eso será el final… —he musitado.

—Dorian, mírame. —Ralph se ha puesto en cuclillas frente a mí—. No tengo ni idea de si te perdonará alguna vez, pero ahora no va a ser. Lo sabes tan bien como yo. Hay límites que si rebasas la vuelta atrás es casi imposible.

—No. —He negado con todo cuanto tenía. Y me he cubierto los ojos llenos de lágrimas con las manos—. Yo no… No… No puedo, tío. No me imagino mi vida sin ella.

Durante unos segundos solo se han escuchado nuestras respiraciones. Mi rotura total.

—Me gustaría decirte algo diferente, pero no puedo.

Lo he entendido. De repente, sin filtro. Mi única opción es ofrecerle la libertad y después rezar para que algún día me redima. Sentenciarnos por protegerla.

—Prométeme algo —he pronunciado casi al borde de la desintegración, mientras me destapaba los ojos y empezaba a enderezarme.

—Lo que sea.

Una vez en pie, me he arreglado la ropa con las manos temblorosas.

—No la dejarás sola en ningún momento. Si al irnos de aquí no han encontrado a Albert, hablaremos de cómo seguir. Pero la quiero rodeada de gente en todo momento. ¿Queda claro?

—Meridiano. No la perderé de vista, lo prometo.

Mientras caminaba hacia el altar junto a mi madre, no podía dejar de mirarla, de recriminarme mis actos.

De jurarme que cambiaría, que conseguiría ser digno de ella.

Cuando el «sí quiero» ha salido de mis labios, todo se ha desintegrado.

Nos hemos herido demasiado. Lo he comprendido durante la ceremonia, incluso tras anunciarle mis intenciones a través de mis votos. Porque siempre será ella.

—¿Estás bien? —Candy me abraza para darme un beso—. Ya sé que lo de las fotos es cansado, pero cuando tengamos el álbum nos hará ilusión.

Una sonrisa forzada invade mis labios. La abrazo para acercarla hacia mí, debo tranquilizarla, hacerle creer que todo es perfecto, por el bien de Madison.

Nada es más importante en este momento: ganar tiempo para ella, evitar la confrontación con mi suegro, conseguir una actuación a la altura.

Por eso la beso con una pasión destinada a otra persona, y ella —mi mujer, joder— se derrite entre mis brazos mientras el fotógrafo aprovecha para disparar varias veces el objetivo.

—Contigo siempre vale la pena cualquier esfuerzo. —Y lo digo con doble sentido.

—Te quiero.

Me besa sin imaginarse siquiera la realidad, y eso, no sé muy bien por qué, me da la fuerza justa para seguir interpretando el papel de novio solícito —«no, tío, del maridito solícito»— durante una larguísima sesión de fotos, en la que no faltan la familia de ella, la mía, Ralph y Juliette, sus amigas, mis compañeros de la facultad, del equipo…

Es como un puto suplicio, pero descubrir a Madison cerca, con vida, me da la suficiente cuerda para aguantar.

—Estoy sedienta —me susurra Candy al oído cuando el fotógrafo da por finalizada su tarea, tras mirar un segundo su móvil, como si pudiera recibir algo.

Supongo que es la costumbre—. Y quiero meterle algo de mano a mi marido.

—Me guiña un ojo—. Ven, vamos a conseguir un par de copas de champán y nos metemos en nuestra habitación un segundo.

Trato de no revelar mi asco, tensando la mandíbula, porque quiera follar ahora ni mi deseo de localizar a Madison para comprobar que está bien.

Inspiro con fuerza para apartar esa idea de mi pensamiento.

No hay peligro mientras continue al lado de Ralph y Juliette.

La boda está repleta de agentes del FBI.

Y Ernesto se ha ocupado de mantener a mi familia a distancia de ella, tal como le han pedido, para evitar suspicacias en Carl o en Albert Reynolds.

—Pero nuestra villa frente al lago está un poco lejos… —expongo para quedarme en el salón—. Y vas con tacones.

—Hay carritos para llegar sin problemas. —Me guiña de nuevo un ojo y empieza a caminar tirando de mi mano.

La acompaño sin rechistar para no ser el culpable de colocar una soga en el cuello de Madison, aunque no acabo de aplacar mi inquietud. Ojalá pudiera verla…

Mi mente busca estrategias para cubrir cualquier contingencia si no arrestan a mi suegro a tiempo.

Cuando llegamos frente a un camarero con una bandeja repleta de copas de champán francés, de una marca carísima, tras sortear a varias personas y aceptar algunas felicitaciones ineludibles que nos retrasan muchísimo, me bebo una de golpe y me encargo de coger otras dos para seguir a mi mujer —«joder, joder, joder, mi mujer …

» — hacia el exterior para montarme en uno de los carritos tipo golf que hay apostados cerca de la puerta para que los invitados den un pequeño tour por la isla, ocupada en su totalidad por las instalaciones del hotel.

¡Puede ser más patética! Está tan feliz que hasta podría vomitar arcoíris.

Y yo estoy de los nervios porque he perdido de vista a Madison durante los últimos treinta minutos. Debería domar esa faceta controladora, porque ya está Ralph con ella. Pero me acojona la idea de perderla, de que Albert Reynolds se salga con la suya.