Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 10 #2
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Una vez sentada en mi silla de segunda fila del lado de la novia, junto a Juliette, observo todos los rostros de mi alrededor en busca de alguna pista acerca del paradero de mi tío, pero nada anuncia su presencia ni tengo idea de dónde se esconde. Tampoco he visto a Carl, por suerte.

La idea de ver cómo Dorian pronuncia el «sí quiero», aunque sea para ayudarme y no lo sienta de verdad, me empieza a pasar factura.

Respiro con dificultad, mi ritmo cardíaco ha escalado una montaña en un segundo y no sé cómo detener el repiqueteo de mis pies en el suelo ni de los dedos sobre las piernas.

A medida que los minutos avanzan, la expectación por la llegada del novio alienta murmullos entre el resto de los invitados.

—Tardan mucho —me impaciento—. ¿Y si se echa atrás?

Trago el nudo de mi garganta con muchísima dificultad. Inmersa en un carrusel de decisiones contrapuestas. Quiero que no aparezca, pero no me lo puedo permitir.

—Ralph lo convencerá —susurra Juliette, alterada—. Aunque no se case, el plan seguirá en marcha. Tu tío está aquí.

Asiento, y entonces mi mundo se hace pedazos cuando la música anuncia la llegada del novio. Un tirón me atraviesa el pecho.

No puedo apartar la mirada de Dorian vestido de chaqué al inicio del pasillo, junto a Sutton.

Cuando empieza a caminar para adentrarse en el final de nuestra historia de amor, me permito, durante un segundo absurdo, soñar en un final perfecto, imposible, en el que fuera yo quien recorriera el pasillo tras él.

Aprieto los puños a los lados hasta clavarme las uñas en las palmas. Ya basta. Debo encontrar la fuerza para superarlo o no conseguiré levantarme nunca más. Una nueva arcada me recuerda que quizá Dorian permanezca para siempre conmigo. De una u otra forma.

Sus ojos me encuentran desde el primer momento. Claman su dolor. Me quedo sin aire cuando llega al altar, le da un beso en la mejilla a Sutton y cruza las manos frente a él, con los brazos a lo largo de su cuerpo. Quien lo conoce, puede ver más allá de su máscara. Vuelve a centrar su mirada en mí.

—Tranquila. —Juliette me coje una de las manos, la que está más cerca de ella, y me obliga a abrirla—. Estamos contigo.

—Lo sé —susurro, murándola.

Suena una canción clásica, lenta, romántica.

Demasiado. Como si alguien hubiera decidido poner música a nuestra ruina.

Cada nota se me clava dentro, acompasada con ese «sí quiero» que todavía no ha llegado y que ya lo está arrasando todo.

¿Por qué la vida es tan injusta? ¿Cómo pudimos destrozarnos así?

Ojalá pudiera detener esto antes de que todo mi autocontrol explote en mil pedazos.

Quiero pararlo en seco, plantarme frente a él, gritar mi verdad.

Romper algo. Hacer cualquier cosa que no sea quedarme sentada viendo cómo se casa con otra.

Pero no me muevo. Mi situación es demasiado endeble y lo único que hago es quedarme sentada en la segunda fila, con el corazón astillándose, a punto de cruzar un límite del que no hay regreso.

La marcha nupcial irrumpe y nos obliga a levantarnos. El aire pesa. Mis piernas parecen de gelatina. Apoyo las manos en el banco de delante para no caerme, y Juliette, otra vez, me sostiene con su cuerpo contra mi costado.

Candy aparece del brazo de Carl al principio del pasillo, radiante, perfecta, feliz. Con los ojos puestos en su novio, en las personas que abarrotan el lugar. Y a mí me dan ganas de vomitar. El mareo regresa con una violencia que me obliga a tragar saliva una y otra vez para no ceder.

Me fijo en su sonrisa, en el brillo de sus ojos, en esa ilusión limpia de quien se siente en la cúspide de su vida. Camina hacia él. Hacia Dorian. Mi Dorian.

Él sigue mirándome con una súplica callada. Y yo…

Se me corta la respiración. Noto cómo algo dentro de mí se desgarra, tirante, insoportable. No puedo seguir aquí. No puedo. Duele. Es como si tuviera puñales en mi interior, clavándose sin parar.

Las lágrimas caen sin permiso, lentas, calientes, hasta deslizarse por mis labios. No me muevo. No respiro. Solo aguanto.

Candy llega al altar, le da un beso a Carl y se gira hacia Dorian.

Él la observa un segundo, impasible. Veo cómo la tensión se apodera de él, cómo las heridas se reabren.

Y mi estómago se contrae de forma violenta.

Está frente a ella. Presente. Correcto. Pero en su cara sigue habiendo algo roto, algo que no encaja con esa escena perfecta que Candy parece estar viviendo sola.

Ella no ve nada. O no quiere verlo.

—Siempre te querrá —susurra Juls a mi oído para ayudarme a superar lo insuperable—. Y tú a él.

—Ojalá bastara con eso.

La ceremonia me va destruyendo en retales tan pequeños que apenas puedo contener la cantidad de emociones que me estremecen, que ya ni siquiera sé cómo sostenerlos.

A la hora de expresar los votos, la mirada de Dorian vuelve a unirse a la mía.

Y el mundo deja de girar, la gente desaparece, es como si solo estuviéramos él y yo.

Me coloco una mano en el vientre, casi sin darme cuenta.

Él empieza a hablar y cada una de sus palabras se cuela en mi mente para circular por mi cuerpo, alcanzar mi corazón e impactar contra mi alma.

—Prometo luchar contra viento y marea para estar siempre a tu lado.

—Su voz aterciopelada y cargada a rebosar de lágrimas no derramadas me estremece—.

Prometo no darme nunca por vencido en lo nuestro, encontrar maneras de superar cualquier obstáculo, pasar el resto de mi vida a tu lado, en lo bueno, en lo malo y en lo peor.

—No aguanto un segundo más, pero tampoco puedo apartar la mirada, a pesar de la extraña situación, de que en vez de dirigirse a su novia me hable a mí y que ella pueda notarlo—.

Prometo ser mejor persona para ofrecerte la mejor versión de mí.

Cuidarte, amarte, venerarte todos los días de mi vida.

Cierro los ojos con fuerza, incapaz de seguir dándole alas para hacerme promesas imposibles. Porque ambos sabemos a quién van dirigidas esas palabras.

Al abrirlos observo cómo una sonrisa falsa ocupa el rostro de Dorian al centrarse en una Candy tan pletórica que no parece querer darse cuenta de nada mientras pronuncia sus votos.

Juliette aprieta todavía más el agarre de mi mano y me aferro a ese gesto para superar los minutos siguientes.

La expresión de Ralph a un lado del altar, justo detrás de Dorian, es ansiosa.

Hay una evidente tensión entre los novios y los invitados, como si la declaración de Dorian clareara en sus mentes.

Tanto él como Juls sienten el peligro en esa decisión impulsiva. Los agentes toman posiciones de forma disimulada. Y yo a duras penas domino mi estado agitado y revuelto.

Entonces es como si él se diera cuenta de su temeridad, como si por un instante recuperara la lucidez y, con una sonrisa y un susurro a Candy, logra serenar los ánimos.

Ella se deja engañar. El amor es así, ciego e inclemente.

Y en vez de llorar, gritar o entender la realidad, mi prima asiente con una sonrisa radiante.

Se intercambian los anillos. Siento un puño apretarme el corazón al fijarme en la expresión fingida de Dorian, esa que encandila a mi prima y consigue disipar la tensión ambiental.

Se fuerza a seguir mirándola, sin perder la expresión cargada de una emoción ilusoria mientras yo me siento lejos de aquí, buscando la manera de recomponerme.

Apenas me percato de las palabras del cura, de la lluvia de arroz y pétalos de rosas cuando la «feliz» pareja camina por el pasillo convertida en marido y mujer, de las conversaciones, de las felicitaciones, de los corrillos. Nunca imaginé que me dolería tanto.

Nuestros ojos se vuelven a encontrar un segundo, y las heridas de ambos sangran.