Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 10
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MADISON

Miro por la ventana del autocar que me lleva a la boda del hombre de mi vida —o al patíbulo, más bien—. Ha llegado el momento más delicado y todavía no sé cómo conseguiré mantenerme entera.

He programado los e-mails que inundarán los medios de comunicación tras el arresto de Albert y mis primos.

Es parte de mi venganza y de mi necesidad de honrar la memoria de todos mis seres queridos muertos a manos de esos malditos traidores.

No he escatimado en información ni he rebajado la dureza de los vídeos ni de las confesiones de Carl.

En Texas existe la pena de muerte y, aunque suene duro, quiero que la justicia se encargue de ajustar cuentas para que por fin pueda cerrar el capítulo más horrible de mi vida y empezar a escribir en un folio en blanco, sin amenazas, ni miedos ni maldad latente en mi entorno.

En la comunicación que recibimos los invitados a esta boda hace un par de semanas, se explicaban con claridad las normas durante los dos días que pasaremos junto a los novios, y por eso nadie se ha extrañado cuando, antes de subir a los autocares con destino a un lugar indeterminado para la mayoría, unos tipos, que se han identificado como el cuerpo de seguridad privada de la ceremonia, nos han escaneado con detectores para despojar a todos los invitados de los dispositivos capaces de exponer nuestra ubicación a otras personas o de mantenernos conectados con el mundo exterior durante el fin de semana.

Una vez han confiscado los aparatos, los han apagado y nos han asegurado que cuando nos traigan de vuelta al estadio nos los devolverán intactos.

Para la mayoría de los asistentes es como si fuera una aventura, les parece emocionante el secretismo, la idea de vivir un evento donde se quiere a toda costa evitar las filtraciones para mantener la privacidad de los novios, el averiguar juntos la ubicación del enlace.

Si conocieran la verdad…

Albert va a estar ahí, escondido entre las sombras para ver cómo su hija se casa y para intentar deshacerse de mí.

Me estremezco al recordar los tejemanejes de mi tío y Candy para conseguir legalizar mi testamento falso, y me siento afortunada por mis dotes informáticas.

Si no tuviera esas capacidades, podrían haberme ganado la partida.

Pero ahora, tras trabajar a destajo para invalidar sus sucias maniobras, incluso si todo saliera mal esta noche, no conseguirían nada.

Entre los documentos que le proporcioné al FBI, y que están en el e-mail para los medios, se encuentran las pruebas de la falsificación, junto a las transacciones al notario, y Warren es depositario de mi verdadero testamento.

Si muero…

Qué duro suena. Y qué cercano está.

Coloco una mano plana sobre el cristal y la otra en el vientre. Si muero, Juliette, Ralph, Sutton, Ernesto y Dorian serán mis herederos. Pero debo ganar. Por mí, por ellos, por… No, todavía no puedo decirlo…

Escucho el ronroneo del motor, las conversaciones de los invitados, el repiqueteo de los pies de Juliette sobre el suelo.

—Esa mirada… —susurra, colocándome una mano en el regazo para evitar que siga estrujándome la tela del vestido entre los dedos—. No va a ser fácil para ninguno de los dos.

Niego con la cabeza, sin girarme todavía.

Con los ojos inundados en lágrimas. El recuerdo de Dorian, Sutton, Ernesto y Rachel llegando al aparcamiento justo antes de subirme al autocar me sacude con fuerza.

Me deja sin respiración. Nos hemos quedado atrapados en un limbo extraño.

Nuestros ojos no han dudado, se han conectado en la distancia, han hablado.

De amor, de dolor, de rotura. Y todavía no lo he digerido.

—Con el tiempo, lo será —sentencio.

Debo ser fuerte, aferrarme a la única posibilidad de no hundirme tras esta noche. Otra vez mi mano acaricia mi vientre, se ha convertido en un gesto mecánico desde que mi cerebro ha procesado de forma clara los síntomas.

—¿El plan de fuga sigue intacto? —El susurro de Juliette me acelera el corazón.

Crispo los dedos sobre la tela, con la respiración contenida.

—Necesito un tiempo lejos de aquí —susurro—. Lejos de él. Ahora mismo no puedo pensar con claridad ni permitirme ceder. Sabes tan bien como yo cómo reaccionará Dorian. Nos merecemos estabilidad emocional, Juls. Y si no me voy, nunca la lograremos.

Cuando giro la cabeza para mirarla, sigo la dirección de su mirada.

—¿Y si…? —Posa su mano sobre la mía en el vientre.

Aprieto los labios y retengo el aire en los pulmones. Mis latidos se escuchan rápidos, estresados. Inquietos.

—Me iré igualmente. —Apenas se escucha mi voz. Inspiro profundo y le encaro—. Pase lo que pase, desapareceré durante unos meses. Ninguno de los dos está preparado para otra cosa. Lo sabes tan bien como yo.

—Ha llovido mucho desde que nos conocimos —musita acercándose para abrazarme—. Me alegro tanto de que le partieras la nariz al imbécil de mi cuñado. Te quiero, Maddie. Estaré siempre a tu lado, pase lo que pase.

—Logan se lo merecía. —Suelto una pequeña carcajada al recordar ese día, cuando Juls entró en mi vida por la puerta grande—. Y me trajo un regalo enorme.

Al deshacer el abrazo le dedico una enorme sonrisa con los ojos un poco húmedos.

—Déjanos ir contigo.

—No. —Niego con todo mi cuerpo, como llevo haciendo desde el principio—.

Ya te lo he explicado, Juls. Necesito hacer esto sola.

Y alguien ha de quedarse en Dallas para ser mis ojos y mis oídos.

Tenéis la mansión a vuestra disposición, a Tammy, mi dinero…

Ralph no va a dejar sus clases para seguirme al otro lado del planeta. Ni tú tampoco aparcarás tu vida por mí.

—Prométeme que estaremos en contacto. —Me estruja fuerte entre sus brazos, clavándome la barbilla en el hombro—. Por favor, Maddie. No nos apartes de tu lado.

La suelto con lentitud, asiento y me limpio las lágrimas con cuidado de no destrozar el maquillaje.

—Cuenta con ello. —Le guiño un ojo—. No es tan fácil deshacerte de mí.

Vuelvo a mirar el paisaje mientras el autocar se acerca a nuestro destino. Apoyo la cabeza en el cristal y cierro los ojos.

Tras una hora y media de camino, llegamos a un hotel perdido en una de las islas del lago Lanier, llamado Lanier Islands Legacy Lodge.

Es un establecimiento muy bonito, construido en piedra, con unas vistas inmejorables al lago y lo bastante aislado para que Albert se sienta seguro.

Según la información recabada de sus comunicaciones, el hecho de tener un embarcadero propio le ofrece una vía alternativa de escape si algo sale mal.

Me tiembla el cuerpo cuando caminamos hacia recepción entre el resto de emocionados invitados.

Hay varios agentes del FBI infiltrados entre el personal del catering y del hotel.

Se han cubierto todas las posibles salidas y se ha previsto cualquier contingencia, aunque, tal como nos temíamos, no han logrado interceptar a Albert todavía.

Si lo hubieran encontrado, ya lo sabríamos y no tendríamos que seguir con esta farsa.

Pero mi tío es demasiado inteligente para dejarse ver con facilidad y no asomará hasta que venga a por mí.

Hace un mes, tras analizar la información que nos proporcionó el periódico, junto con los agentes del FBI asignados al caso, nos dimos cuenta de que había partes del plan para asistir a la boda que mi tío no había compartido con sus hijos.

Y no tenemos ni idea de cómo pretende llegar al hotel ni cuándo.

Hay más de quinientos invitados en los autocares, aparte de la limosina de Candy, del personal del hotel, de seguridad, del catering …

Albert podría estar camuflado en cualquier parte, incluso podría llevar días en la isla con un disfraz muy convincente.

Por eso nuestra aportación al plan soy yo como cebo.

El ego siempre ha sido algo muy arraigado en mi tío.

Cuando se decida a matarme se mostrará al natural, dispuesto a hacerme partícipe de sus intenciones.

—¿Cómo estás? —Ralph se acerca mucho a mí, con disimulo, para susurrarme la misma pregunta que lleva haciéndome desde que nos hemos levantado y darme estabilidad al doblar el brazo para que me agarre a él.

—Bien —respondo igual que las otras cien veces, aunque no es cierto.

Ambos sabíamos que no cazarían a Albert sin necesidad de ponerme en riesgo, mi tío no ha permanecido tantos años en la sombra por simple casualidad, es un estratega nato y nunca deja nada al azar.

Me estremezco. Estoy aterrada, esa es la cruda realidad, pero estoy dispuesta a todo para vencerlo de una forma u otra.

Porque si consigue acabar conmigo, se encontrará sin el objeto de su codicia, y eso me ayuda a caminar con la cabeza bien alta hacia el peligro.

—Voy a hablar con Dorian. —Ralph me da un apretón en el hombro una vez me deja apoyada en el mostrador de recepción—. Mis deberes de padrino me obligan a explicarle esta parte del plan. —No lo dice, pero ambos sabemos a qué se refiere: ha de casarse de verdad—. Se lo tomará de pena.

—Hemos llegado hasta aquí y no vamos a recular ahora. —La voz me sale ahogada—. Convéncelo. Tú puedes.

—Puede ser una conversación explosiva.

Se aleja mientras Juliette y yo nos ocupamos del check in . Es rápido y enseguida nos sentamos en los asientos que nos han asignado en la piscina, frente a un altar repleto de flores blancas.

Mi estómago aprovecha el momento para hacer de las suyas y disparar un millar de arcadas angustiosas.

Veo a Sutton, Miles, Ernesto y su novia desde lejos y le hago un gesto a mi amigo para evitar que me delaten antes de tiempo.

He mantenido el contacto con el menor de los Stone desde nuestro encuentro en la casa del bosque, y ha sido un gran apoyo para mí, sobre todo gracias a las dotes informáticas, tanto suyas como de Rachel.

Él asiente con una sonrisa antes de evitar el acercamiento de su madre, su abuelo o cualquiera de la familia.

Se lo agradezco en silencio porque no podemos fallar ahora.