Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 9 #2
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Termino sentado en el suelo, encogido sobre mí mismo, agarrándome de los pelos y estirándolos con fuerza para hacerme daño, para demostrarme a dónde me ha conducido mi temperamento y prometiéndome que no la voy a dejar escapar nunca más.

No le permitiré alejarse de mí. Acudiré a mi boda para permitirle llevar a cabo su plan, sea cual sea, y luego la seguiré y evitaré que desaparezca, aunque tenga que retenerla contra su voluntad.

Porque me quiere, joder, lo sé. Y yo la amo a ella.

Nada nos va a separar de nuevo.

Levanto la cabeza, asiento y me prometo que no pararé hasta lograrlo.

Treinta minutos después, me calmo lo suficiente para levantarme y recoger el estropicio. En cinco horas debo estar en Dallas para empezar con la actuación de mi vida. Candy se ha ocupado de todos los detalles de la ceremonia y los ha mantenido en secreto para no poner en peligro a su padre.

Dentro de dos horas todos los invitados recibirán una citación para acudir a la entrada del parking blue 10 del AT&T Stadium, el estadio de los Dallas Cowboys, donde esperarán los autocares para llevarnos al lugar de la boda.

No tengo ni idea de dónde será, Candy me ha ocultado esa información incluso a mí, solo sé que voy a ir en uno de esos autobuses junto a mi familia, que está a punto de llegar.

También tengo claro que mi futuro suegro ha contratado seguridad personal y ha elegido el punto de encuentro para comprobar con facilidad que nadie se atreva a seguirnos o a averiguar algo de antemano referente a la ubicación del sitio donde supuestamente me casaré.

Es como vivir en una película de espías, pero Albert Reynolds ha permanecido escondido durante muchos años, es un artista del escapismo y está claro que no deja nada al azar. Y quiere estar presente sin correr riesgos.

Lucho contra mi rabia y mi desesperación porque el primer paso para recuperar la confianza de Madison es ayudarla a atrapar a su tío y a sus primos. Me deshago de las malditas lágrimas y me encamino a la ducha para arreglarme lo antes posible.

El chaqué me espera encima de la cama. Odio ese traje, lo que representa, la realidad que esconde.

Pero Candy se empeñó en una boda de etiqueta, y no era plan de contradecirla cuando mi único propósito era hacerla creer en mi amor incondicional por ella.

Cuando me he puesto el bóxer y la camisa, mi móvil empieza a sonar.

—Candy —susurro al contestar, con pocas ganas de hablar con ella, pero esforzándome al máximo para parecer entusiasmado, ya que ha elegido una videollamada—. ¿No se supone que no puedo ver a la novia hasta la ceremonia?

—Necesitaba hablar contigo. —Se muerde el labio con una expresión ilusionada—. Y todavía no he empezado a vestirme, solo he tenido mi sesión de masaje e hidratación. En un ratito empezaré a arreglarme.

—Estás preciosa —miento para alimentar su ego, ya de por sí muy elevado. Pero yo noto la amargura en el estómago—. No necesitas nada para parecerme la mujer más guapa del universo.

Si supiera la acidez que me provoca decirle estas palabras…

—Tú estás para comerte. —Me lanza un beso, feliz—. Recién salido de la ducha, con ese cabello mojado… Cuento los segundos para verte con el chaqué —baja la voz—, y para quitártelo.

—Y yo.

La hago feliz. ¡Qué puto asco! Si pudiera decidir, la insultaría hasta quedarme seco de rabia, pero por el bien de la misión debo mantenerme en el papel de novio enamorado, y más cuando estamos en la recta final para terminar con los Reynolds.

Ojalá conociera el plan de mis amigos a la perfección, sin embargo, apenas me han dado cuatro retazos para asegurarse mi colaboración, sin atreverse a delinearme los detalles ni la sucesión de pasos que darán para meter a Albert Reynolds y a sus hijos en la cárcel.

En estos instantes la culpabilidad cae de nuevo a plomo sobre mí.

Si hubiera confiado en ellos, si no me comportara siempre como un descerebrado cegado por la ira…

Candy sigue hablando con una emoción latente en su voz. Mis deseos ocultos son los de borrarle la sonrisa con una hostia en esos morros de mentirosa que me gasta, pero en vez de escupir veneno con mis palabras, me marco una sonrisa de enamorado que lo flipas y aguanto estoico el tipo dándole coba.

Unos minutos después colgamos el teléfono y descargo mi rabia lanzando el móvil con fuerza sobre la cama y gruñendo en alto. ¡Es una pesadilla, joder!

El timbre de mi apartamento suena cuando ya he terminado de vestirme. Saludo a mi familia con una sonrisa postiza. Mi madre, Miles, Ernesto y Rachel han venido a recogerme, mi abuelo, tía Emily y mis primos ya están de camino a Dallas.

—¿Estás listo? —pregunta mi madre tras los saludos de rigor. Está impresionante guapa gracias a la sesión de peluquería y maquillaje que le he regalado. Lleva un vestido azul de gasa de seda que realza su figura.

Ojalá fuéramos a mi boda de verdad, ojalá la novia fuera la adecuada, ojalá Madison me esperara frente al altar y no entre los invitados.

Cierro los puños, agarrando la tela del pantalón.

—Vamos —contesto sin mirar a mi madre a los ojos. Si lo hiciera, no podría mentir acerca de mis sentimientos, y necesito conservar la cabeza fría, interpretar mi papel hasta el final. No he llegado hasta aquí para venirme abajo ahora.

Ella esboza una sonrisa forzada.

No le gusta Candy, le cayó como el culo en nuestra visita a Elberta, incluso mantuvo una charla conmigo acerca de ello.

Fue cauta, expuso sus reparos con mucho tacto, habló de la precipitación de la boda, de lo pronto que era para comprometerme así.

De que quizá debería aplazarla para conocer mejor a mi novia.

Compartía al cien por cien sus palabras y, a pesar de ello, le mentí. Por el bien de Madison rebatí sus palabras con una perorata acerca de lo maravillosa que es Candy. Y me tragué un montón de ácido mientras hablaba.

Cierro la puerta con el corazón a punto de desintegrarse por la ansiedad, con la sensación de que también acabo de dar carpetazo a una etapa de mi vida, como si supiera que después de esta noche nada volverá a ser igual.