9
DORIAN
Su voz es dura, llena de fuerza y rechazo. Anuncia un final al que no quiero enfrentarme. Parece tan definitivo… Pero no, ni de coña voy a aceptarlo. Perderla sienta como si un hierro candente arrasara con mi corazón.
He empezado a ir al psicólogo. Estoy decidido a cambiar, a encontrar el equilibrio capaz de llevarme a ella otra vez.
Ernesto acabó de convencerme, aunque lo de la terapia es lento de cojones y según el doctor Johnson necesito al menos medio año para poner algo de perspectiva en mi vida y empezar a serenar ese temperamento irascible que me posee cuando nada sale como esperaba.
Y eso solo será un comienzo.
No tengo ni puta idea de cuánto tardaré en avanzar lo suficiente para ver progresos. De lo único que estoy seguro es de cómo me afecta imaginarme un futuro sin ella. ¿Qué pasará después de la boda? ¿Cómo la recuperaré? ¿Cuánto tardaremos en superar el daño infligido?
Aprieto los dientes. Necesito que sea rápido.
Camino en círculos por la cocina de mi apartamento, con el teléfono en el oído y una sensación angustiosa en el estómago.
El silencio se alarga tras sus dos frases.
He aguantado con serias dificultades el paso de las últimas semanas, me he tirado a Candy a diario, siempre con la imagen de mi verdadero amor en la mente y la sensación de que con cada asalto me alejaba más de Madison.
Y sí, joder, la he acosado porque no podía renunciar a hablar con ella.
No sé cómo salir de este bucle interminable.
Si no escucho de sus labios que tenemos un futuro, si me cuelga, si lo nuestro se vuelve solo un recuerdo…
Me detengo y apoyo la frente en la pared, con los ojos cerrados.
—Perdóname —suplico con desesperación al teléfono, donde solo escucho su respiración alterada, como si a ella también le costara mantener esta conversación—.
Empecemos de cero cuando termine este circo y tengas al fin un futuro libre, dame una oportunidad.
—Me limpio una de esas jodidas lágrimas que me da por expulsar de mis ojos con demasiada facilidad—. Por favor.
Nunca imaginé que un día me convertiría en uno de esos tíos patéticos, vencidos por el amor y suplicantes. ¡Joder! ¡Si hasta me pondría de rodillas para enfatizar mi ruego! Durante cinco segundos el silencio atenta contra mi capacidad de respirar.
—Se terminó, Dorian.
Me quedo quieto, congelado. Con la respiración irregular y una sensación de ahogo en el pecho. Si me hubieran disparado, no me habría hecho tanto daño.
Tardo unos instantes demasiado angustiosos en recuperar capacidad de hablar.
—No puedes hacerlo. No puedes dejarme —susurro, casi sin voz.
Aprieto muy fuerte el teléfono y vuelvo a caminar sin rumbo, azuzado por resuellos ansiosos—.
Estoy enamorado de ti —Me paso la mano por los ojos y me obligo a centrarme durante unos segundos—.
Desde hace la hostia de tiempo. Siento haber actuado de esa forma, haber deseado herirte en vez de pedirte explicaciones, ser cómo soy.
Pero quiero cambiar, lo estoy intentando, solo necesito tiempo y tenerte a mi lado.
No puedo seguir con esto sin ti, Madison.
Te necesito. —Su nombre verdadero me quema en la boca—. Siempre has sido tú.
Otro largo instante sin respuesta. Mi corazón se encoje y se desmigaja.
—Amar no es suficiente ahora mismo —decreta con un envidiable dominio de sus emociones—.
No estás preparado para una relación, tienes muchos demonios.
Y yo tampoco puedo entregarme al cien por cien, hay demasiado en mi vida para asimilar, y lo nuestro es muy inconsistente.
Necesito confiar en las personas que me acompañan, estabilidad, y contigo no la tengo.
—Podemos conseguirla, encontrarla juntos —susurro en busca de mi voz, ahogada por mis lágrimas—. He empezado a ir a terapia. Porque quiero ser mejor persona. Porque necesito cambiar y ser digno de ti.
Me acerco a la ventana, miro por ella y ruego en silencio una respuesta positiva. Una señal de que podemos estar juntos.
—Te excluí de una parte de mi vida por miedo a tus reacciones después de haberme enfrentado a demasiados golpes.
—Trago saliva—. Yo también fallé, Dorian.
Por mi silencio, por estar contigo a pesar de mi desconfianza, por apartarte en vez de dejarte entrar.
—Se le rompe la voz, pero logra dominarse en un tiempo récord—.
No somos buenos el uno para el otro, ya nos hemos destruido demasiadas veces y ahora debemos seguir por separado, recomponernos, encontrar nuestra paz interior.
Cierro los ojos y aprieto el puño contra el cristal.
—¿Y cuándo lo logremos? —El ruego domina mi voz—. ¿Podremos estar juntos entonces? Porque no puedo hacerlo sin ti, Madison.
—No lo sé. —Esta vez su respuesta es rápida y sincera—.
Mi única certeza en este momento es que debemos alejarnos el uno del otro y no volver a caer en la misma rueda de siempre.
—Niego con la cabeza—. Romper el círculo tóxico en el que estamos inmersos desde hace años.
—Suelta un pequeño sollozo—. Ninguno de los dos está bien ahora mismo.
No es sano, Dorian. Y menos después de lo de Candy.
Joder. Puta Candy. Puta decisión que tomé. ¡Puto yo!
Golpeo flojo la pared, con el corazón repiqueteando furioso y una rabia desatada contra mí, esos actos impulsivos de mierda que me caracterizan. Mis acciones. Las que me llevaron a acostarme con alguien tan dañino para Madison. Con un demonio. Con otra mujer.
—Esta vez será distinto, te lo prometo —aseguro.
Apoyo la espalda en la pared y dejo que mi cuerpo se escurra hasta sentarse en el suelo—.
Seré el mejor novio del mundo, haré lo que sea, pero contigo, cariño.
—No puedo imaginar mi mañana sin ella—. Ya he dado el paso más difícil, he empezado la terapia, y lo he hecho por ti.
Por favor, Madison, dame una oportunidad. Solo una más. La última.
Hay un instante de silencio. Tenso. Eléctrico. Casi como si fuera un rayo a punto de atravesarme. Empiezo a hiperventilar.
—Me alegro de que hayas tomado esa decisión, será bueno para ti, pero yo no debería ser la razón para ir al psicólogo, sino tú.
Nunca serás feliz si no consigues superar tus traumas.
—Escucho un suspiro largo y profundo mientras siento el desgarro de mi alma—.
Me destruiste, Dorian. —Calla un segundo y mis latidos desbocados invaden el silencio.
Tenso la mandíbula—. Ese día, mientras estabas dentro de mí y me mirabas con tanto odio, rompiste partes de mi corazón que jamás volverán a latir igual.
Es un golpe seco. Un derechazo que me deja sin aire.
—Lo siento tanto… —No contesta—. Te quiero —musito—.
Y no voy a permitir que te alejes. —Mi tono empieza a llenarse de ira, la misma que me posee, esa incandescente, fiera, letal.
Me levanto en un movimiento brusco. No puede hablar en serio de romper todo cuanto nos une, no por culpa de ese día, de mi gilipollez.
De mi mierda de decisiones—. Una vez estemos a salvo de los Reynolds, no me daré por vencido ni te dejaré respirar hasta que me aceptes de nuevo en tu vida. Porque sin ti no vale nada.
—No puede ser, Dorian. Has de dejarme marchar —susurra con dolor—. Juega al fútbol, conviértete en una estrella, cumple tus sueños y sigue adelante con la terapia para domar a tus demonios. Pero lejos de mí.
¿He dicho ya lo patético que soy? Pues añádele unos lagrimones de mil pares de narices y una rabia descomunal. ¡Me cago en todo!
—¡No, joder! No puedes dejarme —Golpeo con fuerza la encimera de la cocina, veo cómo caen tres platos al suelo y se rompen en mil pedazos, en mitad de un estallido, me seco el llanto con el dorso de la mano y vuelvo a impactarlo contra el mármol, haciéndome daño—.
Si lo haces, no apareceré en la mierda de boda ni seguiré adelante con esta locura.
Si no prometes darme una oportunidad. Si me condenas…
Siento la cólera circular a toda potencia por mi sistema nervioso, con una fuerza desgarradora. Es la misma de siempre, la que me lleva por el mal camino. Pero no la controlo, es insaciable, corrosiva, inclemente. ¡Puto amor de las narices! ¿Quién me mandaba a mí enamorarme?
—Haz lo que consideres —responde, sin mostrar demasiada inflexión en la voz—.
Puedes empezar a cambiar ahora mismo, tomar la opción correcta o destruir todo por lo que he luchado, aunque de esta manera pongas en peligro a muchas de las personas importantes para ti, incluso a ti mismo.
Tú decides. Pero lo nuestro no tiene solución, y por mucho que intentes extorsionarme para que me quede contigo, no funcionará.
—¡Me niego a aceptar un no por respuesta! —aseguro sin rebajar mi tono, dando pasos furiosos de un lado a otro mientras golpeo cuanto me encuentro en mi camino—. Me pegaré a ti hasta que te des cuenta de que no puedes vivir sin mí.
—Ojalá lo nuestro fuera más sencillo, pero no lo es. —Se queda un instante en silencio—. No vas a poder acercarte a mí nunca más, Dorian. Esta vez es un adiós definitivo, uno sin vuelta atrás. Ya desaparecí una vez…
—Te juro que si… —Me paro en seco, con palpitaciones en la garganta. No puede hablar en serio. ¿Y si lo hace? ¿Y si me deja de verdad?
No, no, no. Es imposible. No puede dejarme. ¡No puede, joder!
—Respeta mi decisión —susurra—. Te agradeceré tu ayuda el resto de mi vida, pero necesito que aceptes de una vez que lo nuestro se acabó. Sé feliz, Dorian.
Cuelga el teléfono sin darme tiempo a replicar o a buscar argumentos para mantenerla conmigo.
—¡Joder! —grito en pleno ataque de ira, una y otra vez, destruyendo todo cuanto encuentro a mi paso.
Arraso con los muebles, los pocos detalles que los ocupan, los vasos sobre la encimera de la cocina, la botella de whisky que me pimplé anoche para intentar acallar mis nervios revolucionados… —. ¡Me cago en todo!