Ya te olvidé (Trilogía Recuerda 3) 8
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MADISON

Las luces del amanecer me sorprenden en el circuito, sentada encima del coche y apoyada en el parabrisas tras mi larga y machacona carrera matinal.

Llevo los cascos todavía puestos en mis oídos para escuchar la larguísima lista de canciones de rap que he recopilado durante años y que me traen todo tipo de recuerdos.

Hoy apenas he logrado dormir. Las sombras de mi situación son demasiado densas.

Porque a veces la vida te lleva a un lugar donde cualquier decisión es letal.

Han pasado doce días desde mi visita a Elberta.

Han sido largos, demasiado largos. He sobrevivido a duras penas, siempre en la cuerda floja, atenazada por pesadillas y necesidades imposibles, por el acoso al que me ha sometido Dorian, por mis sentimientos contrapuestos en relación a él y por esas maratonianas sesiones dedicadas a pulir el plan. Siempre al acecho de un cabo suelto.

Mi estómago no para de revolverse. Vomito.

Y el cansancio me arrastra. Hay días en los que no logro terminar mis entrenamientos, como si el peso de la situación con Dorian me ahogara de una forma tan implacable que incluso me manda al banquillo.

Eso y algo más que no quiero hacer frente, ni siquiera insinuar.

—Esos mareos, el malestar, mi falta de apetito, el rechazo al olor a café…

—. «No vayas por ahí, Madison. Solo es una reacción a la situación, el corazón roto, las heridas… » .

Le doy un trago largo a la bebida isotónica que llevo en la mano, rescatada de mi nevera del garaje, y observo cómo el sol tiñe de rojo las primeras nubes del alba, cómo se empieza a abrir paso el día, cómo mi corazón está a punto de colapsar al repasar la cantidad ingente de emociones que me depara hoy. Treinta de junio. La boda.

Suspiro. He tomado una decisión inamovible. Ese secreto que no quiero nombrar es lo único que me empuja a seguir. Necesito tiempo, soledad. Pensar, decidir. Aceptar.

Durante un par de minutos me permito dejar la mente en blanco. Voy bebiendo con lentitud mientras observo cómo el día se despierta. Apoyo la lata en el capó sin apartar la vista del horizonte.

Si todo va bien, en unas horas conseguiré derrotar a la familia Reynolds al completo. Pero también asistiré a mi último asalto con Dorian, como mínimo durante una larga temporada. Nos hemos derruido piedra a piedra. Y esta vez no hay vuelta atrás.

¿Puede un corazón recomponerse tras lo sucedido entre nosotros? Hace poco estaba enfadada con él, quería olvidarlo y arrancármelo del alma. Pero sé que ha llegado el momento de luchar. Debo encontrar la forma de soltarlo. O me romperé del todo.

Me llevo la mano al vientre. Sin querer. Como si no fuera mía. La dejo ahí un segundo. Demasiado. Una parte de mi cuerpo que oculta un secreto aterrador. Trago saliva. Y cierro los ojos.

—Mañana —susurro—. Mañana lo afrontaré.

Las lágrimas se asoman a mis ojos para dar salida a una tromba de sentimientos contenidos en mi interior.

Y les permito invadirme. Me doblo hacia delante, con sollozos audibles.

Estrujo la tela del mono entre las manos, hasta hacerme daño en los dedos.

Y me rindo. Porque a veces hay que dejar que duela.

Me levanto, tiro la lata en la papelera y me acerco al coche. El capó está abierto. Lo observo en silencio y las risas del pasado se cuelan en mi mente. Cuando Simon, Garrett y mi padre estaban aquí. Cuando todo parecía menos peligroso.

Cojo una llave inglesa y bajo la cabeza hasta el motor. Para empezar a trajinar con él. Pero me tiembla tanto la mano que se me cae al suelo. La recojo, inspiro hondo, me fuerzo a calmarme y, al fin, me concentro.

Las canciones van sucediéndose.

Si todo va bien hoy, el futuro se abrirá ante mí de manera diferente a casi toda una vida. Podré respirar. Y decidir por fin qué hacer con mi vida.

Por eso he decidido irme un tiempo. Voy a seguir ostentando la presidencia y la gerencia de la empresa a distancia, Warren será mi hombre de confianza en Texas mientras sano mi mente.

Me muerdo el carrillo.

Mi cuerpo ya es otra cosa…

—No es el momento, Madison —mascullo cuando mis latidos se precipitan—. Mañana…

Vuelvo al motor.

Y durante media hora consigo trabajar sin interferencias.

Me limpio la grasa en el trapo, me quito el mono y miro en derredor. Echaré en falta este garaje, el circuito, la casa. Lo sé. Pero también tengo clarísima mi necesidad de aceptar el pasado para abordar los cambios inevitables que están por venir.

Regreso a la casa caminando, a paso lento, sin dejar de empaparme por última vez en mucho tiempo de cada rincón de la mansión.

Despidiéndome de ella. El calor de finales de junio es pegajoso.

Llego llena de sudor, de dudas y de inquietud.

Me ha sentado bien el descanso mental, sin embargo, cuanto más avanza el reloj, más siento que voy a romperme.

Ver a Dorian casarse con mi prima será devastador.

Lleva semanas llamándome, sin obtener respuestas. Busca formas cada vez más imaginativas de coincidir conmigo, de intentar mantener una conversación. Nuestro abismo es demasiado profundo. Y ahora nuestro único foco de atención debe ser el plan.

Mi tío planea otro golpe contra mí, lo sé por sus comunicaciones en el periódico, por algunos movimientos que he neutralizado sin dejar rastro, por la repentina exoneración de Carl en Tailandia y por cómo quiere aprovechar su presencia en la boda para iniciar un plan para él definitivo.

Esta vez su estrategia es mucho más arriesgada, ya que ha falsificado mi testamento untando a un notario a través de Candy, sin contar con mi pericia con los ordenadores para rastrear cada una de las transacciones secretas ni con que conocemos sus comunicaciones.

Es tan macabro…

Pretende eliminarme tras el banquete, y quiere hacerlo él mismo, con sus manos, para después hacerse con el control de todo a través de Carl y de Candy, a quien supuestamente les he dejado mi herencia en ese testamento falso.

Su intención es esconderse entre los invitados hasta que caiga la noche y pueda colarse en mi habitación para perpetrar su crimen. No le teme a la justicia, lleva tantos años eludiéndola, y sus deudas con ella son tan elevadas, que ya no viene de un homicidio más.

Entro en mi habitación, me desnudo y me meto en la ducha.

El agua caliente se lleva el sudor enseguida.

Apoyo la espalda en la pared, cierro los ojos y dejo que el chorro impacte en mi piel durante una eternidad.

Tiemblo, apenas soy capaz de sostenerme y requiero de un gran esfuerzo para recomponerme.

Mi tío no se dejará ver con facilidad, no llevará a la novia al altar ni mostrará su presencia a los invitados, no ha llegado hasta aquí invicto sin usar su inteligencia.

Es un psicópata, una persona fría, calculadora, paciente.

Alguien que lleva obsesionado desde hace mucho tiempo con la consecución de sus objetivos, un hombre al que temer.

Yo soy el cebo porque quiere ir a por mí, y solo se mostrará en el momento preciso, ese en el que aspira a asesinarme.

Espero que todo salga a la perfección.

Soy fuerte y optimista, he previsto mil dificultades, he valorado un millar de fatalidades, pero también he tomado precauciones por si llegara a herirme o a cumplir su plan.

Tengo pruebas irrefutables contra el notario que ha colaborado con mi tío y he preparado, junto con Warren, un nuevo testamento y varios papeles legales para neutralizar las maquinaciones de Albert si fuera necesario.

Aunque tengo fe en que todo va a salir bien, nunca se debe subestimar el poder del destino.

Me visto de forma funcional, con un chándal. Ya llegará el momento de arreglarme para caminar hacia el desastre emocional. Me miro al espejo para hacerme una coleta y le prometo a mi reflejo que voy a superar con nota la tarde. Aunque no acabo de estar convencida de lograrlo.

Juliette me espera en la cocina, con mi zumo multifrutas y una sonrisa nerviosa. Tanto ella, como Ralph y Warren, han sido mis grandes apoyos estas últimas semanas, les debo demasiado para pagárselo en una vida. Me acerco a ella con los ojos húmedos otra vez y la abrazo con fuerza.

—¿Estás bien? —pregunta mi amiga desde detrás de la isla de la cocina, con mi zumo en las manos y otro para ella. Va vestida de deporte, como cada mañana, preparada para nuestro entreno diario.

—No —admito cogiendo el vaso. Camino hacia uno de los taburetes de la barra y lo ocupo sin dejar de mirarla. Mentirle no entra en mis planes, no vale la pena esconderme, me conoce lo suficiente para leer en mi expresión—. Hay muchos sentimientos en mí ahora mismo. Y me ahogan un poco.

No añado lo que ya sabe: mi estado físico tan lamentable, la falta de sueño, la angustia, el estado de agotamiento extremo al que me ha llevado mi ansiedad. Lo que puede significar en realidad… Desde hace quince días los vómitos son a todas horas.

—Tómate el zumo. —Lo señala—. Voy a prepararte unos huevos con beicon. Hoy necesitas recuperar fuerzas para enfrentarte al día.

—No sé si me apetece demasiado. —Mi estómago se contrae al oler la comida en la sartén.

Le doy un sorbo al zumo para rebajar la bilis que se empeña en subir por el tubo gástrico.

Por suerte nunca salgo a correr sin tomarme una barrita energética y, si vuelvo a devolver, no serán solo jugos gástricos—. Prefiero otra cosa.

—Estás superpálida. —Se gira para mirarme al escuchar mi tono—.

¿Vuelves a tener náuseas? —Asiento, y ella compone una expresión ansiosa, pero se fuerza para relajarla.

Conoce mi reticencia a escuchar la posible verdad y me deja tiempo para asumirla.

Aunque llegará un punto en el que la negación no servirá de nada—.

Te prepararé un par de tostadas con mantequilla y mermelada, ¿vale?

—Mejor.

Doy otro sorbo al zumo y me levanto con rapidez para ir al baño y rendirme al vómito. El pulso me late desbocado y me tiemblan las manos. No me demoro mucho en regresar a la cocina, el tiempo suficiente para lavarme los dientes, refrescarme la cara y recomponerme un poco.

Juliette me espera ocupando un taburete. Tiene las tostadas preparadas, junto al zumo. No me ha servido ninguna taza de café como solía, desde hace tres semanas no soporto tomar café, me sabe mal, como si fuera un atentado contra mi cuerpo.

—Hace un mes y diez días de la visita de Dorian a esta casa, de ese día maldito —musita cuando me siento a su lado. Su mirada es intensa y me encojo porque tengo clarísimas cuáles van a ser sus palabras, y no estoy preparada para abordar esa posibilidad—. Quizá deberías plantearte en serio…

—No quiero oírlo —la corto con decisión—. Hoy no, Juls. No podría con algo así, no ahora, no cuando lo importante es atrapar a mi tío.

—De acuerdo. —Frunce los labios—. Pero cuando los cabrones estén entre rejas, no tendrás más remedio que afrontarlo.

Leo en su expresión como en un libro abierto y me resisto a ahondar en sus sospechas, porque son idénticas a las mías, a las que no me dejan dormir y aplasto con mi determinación a no dejarme llevar por el pánico, no todavía.

—¿Y si…? —Antes de continuar con esa frase le doy un largo sorbo al zumo y cierro los ojos con mucha fuerza. No puedo acabar ese condicional como le he dicho hace un momento, no hoy—. Es imposible, me niego a creerlo. Porque si es verdad… ¡No puede ser, Juls! Solo fue una vez…

—Nos tienes a tu lado, Maddie. —Me agarra la mano en un gesto reconfortante—. Todo irá bien.

—Ojalá no os necesite para algo así.

Cierro los ojos y mi mano baja de forma involuntaria hasta mi vientre, como si tuviera vida propia y solo le interesara manifestar de alguna manera las sospechas de ambas.

Mi amiga tiene razón, negarme a mirar a la cara la realidad no la cambiará, y yo nunca he sido de darles la espalda a los problemas, suelo enfrentarlos, sortear las olas para deshacer la tempestad.

Pero esta vez necesito toda mi concentración para lograr mis propósitos antes de rendirme a la evidencia, una muy cristalina para ignorarla demasiado tiempo.

—Tengo a Dorian al teléfono. —Ralph entra en la cocina en este preciso instante.

Lleva el móvil sujeto en una mano, tapando el micrófono.

Y parece muy alterado. Me limpio las lágrimas al ver su expresión angustiada mientras me dirige su atención—.

Dice que si no habla contigo, no se prestará a esa mierda de paripé, Madison.

O sea, que no se presentará en la ceremonia.

Supongo que ha aguantado demasiado ante mis negativas a hablar con él y ha llegado al punto álgido de su paciencia. Quizá por eso ahora amenaza con echarse para atrás. Está desesperado, y es una persona demasiado impredecible como para no jugárnosla en un momento así.

Me muerdo el puño cerrado y escucho cómo me palpita el corazón en los oídos.

—Dame el móvil. —Juls se levanta para acercarse a su novio—. ¡Este capullo está llevándome a mi límite! ¿De qué va?

Le arrebata el teléfono a Ralph, se lo lleva al oído y empieza a despotricar.

Escucho la discusión con la respiración cada vez más alertada. No podemos echarlo todo a perder ahora. No por el repentino chantaje de Dorian y la enfurecida reacción de Juliette.

Ha llegado la hora de demostrar que puedo ser una adulta funcional. Y más con mis sospechas. Esconderse es una mala decisión.

Me levanto, me acerco a mi amiga y le tiendo la mano.

—Está bien —acepto asintiendo mientras intento recomponerme—. Hablaré con él.

Juls me lo tiende en medio de un «¿estás segura?», casi susurrado.

Le respondo haciéndome cargo del móvil y retirándome a mi habitación para mantener una conversación privada. Siento cuatro ojos acompañándome hasta que me pierdo tras la puerta.

—Aquí estoy —anuncio en un tono lo más neutro posible—. Pero no esperes demasiado de esta llamada.

Tiemblo, todo mi cuerpo está en tensión, las lágrimas regresan a mis ojos, el anhelo, la sensación de estar al borde de un acantilado, la necesidad.

No puedo venirme abajo ahora. No hoy. No cuando estoy a punto de cambiar mi suerte.