7 #2
No contesto. Me limito a levantarme, abrir el armario del alcohol, servirme un vaso hasta arriba de ron y apurarlo sin pensar, solo dispuesto a anestesiar un poco mi mierda de conciencia.
¡Hasta un adolescente como Ernesto ve lo gilipollas que soy!
¿Cómo he podido llegar hasta aquí? Ante la atenta mirada de mi hermano, me lleno de nuevo el vaso, lo vacío y siento cómo el alcohol me abrasa por dentro, cómo intenta sin éxito aplastar mi dolor, los remordimientos, mi necesidad de ella.
—Así solo vas a conseguir dolor de cabeza —susurra Ernesto, mucho más sabio que yo, a pesar de su edad. ¿Cuándo ha pasado? ¿Cómo ha madurado tanto? Siempre ha sido un crío listo, pero ¿tanto?
—No hace falta emborracharme para eso —admito en un tono ahogado, casi inaudible. Regreso a la barra, a su lado. Apoyo los codos en la madera y hundo la cabeza entre mis manos—. Vivo inmerso en el dolor, y no solo de cabeza.
Confesarle a mi hermano de dieciséis años algo así es una temeridad. Él todavía es un niño, no puede ayudarme, o como mínimo no debería ser la voz de mi conciencia ni la persona capaz de hacerme entrar en razón. Y, sin embargo, parece más entero y preparado para ver dónde me he equivocado que yo.
—Es una mierda. —Sus ojos me buscan, en ellos ya no hay decepción, sino comprensión, como si le dolieran las palabras que pronuncia a continuación tanto como a mí—.
Para ayudarla estáis destrozándoos, los dos sufrís, os estáis haciendo un daño irreparable.
Pero si no lo haces, ella jamás te perdonará porque podríais acabar con demasiadas vidas de forma indirecta.
—Si pudiera dar marcha atrás al reloj…
Le da un largo sorbo a la leche, deja el vaso encima de la barra y suspira. Durante unos segundos solo nos acompaña el silencio y el repiqueteo intenso de mi corazón.
—¿Sabes? —murmura de repente—. Sin tus maquinaciones, quizá Madison no hubiera tenido la oportunidad de cazar a Albert de una vez por todas y seguiría sin esperanzas.
—Me coloca una mano sobre la mía y, no entiendo cómo, ese gesto me reconforta mazo—.
Puede que vuestro destino no sea estar juntos.
—Esa frase es como un latigazo en el corazón, lo lacera por mil lugares diferentes—.
O quizá solo es una forma de daros tiempo por separado para juntaros cuando estéis preparados.
—Porque ahora no lo estamos… —Estrangulo las palabras con mi tormento—. Yo no lo estoy.
—Ni ella tampoco, Dorian. —El maduro de mi hermano pequeño acaba de rematarme—.
Lleva toda su vida luchando contra su tío, no ha vivido tranquila, siempre con la sensación de peligro; ha interpretado un papel muy alejado a su verdadera identidad, ha ocultado tanto…
Solo se permitió ser libre los años que vivió aquí con nosotros, y también salió con el corazón hecho pedazos.
—Trago saliva al entender mi papel en esa parte y me recrimino cómo la traté.
Por una vez lo veo tan claro, lo siento tan intenso, lo palpo tan cerca.
Es como si la bilis me agriara el estómago, y a la vez un cabreo imparable vuelve a atraparme, y ahora es contra mí, contra cada una de mis decisiones, mi carácter, mi incapacidad por controlarme—.
Ella necesita ser libre y asumir su libertad.
Procesar las muertes, dejar de culparse y encontrarse antes de ser capaz de perdonarte.
—Podríamos superarlo juntos…
—Sabes que eso no es posible. —El enano, un tío jovencísimo, y por alguna extraña razón, cien veces más listo que yo, sonríe con tristeza mientras aporta una sabia verdad—.
Ahora solo os dañáis. No podréis estar juntos en mucho tiempo.
Y tú has de aprender a domar tu temperamento y superar lo que te hizo papá. Lo que nos hizo.
Levanto la mirada para posarla en él, inquieto, y a la vez perplejo.
—¿Nos hizo? —pregunto con la taquicardia en alza—. ¿Alguna vez te tocó?
—La única forma de herir no es con los puños.
—Suelta un suspiro y sus ojos se apagan llenos de humedad—.
¿Crees que no sé cómo me protegiste? ¿Cada una de las veces que te pusiste delante de mí para evitarme un golpe?
Dolía igual que si el puño de papá me hubiera alcanzado, porque yo estaba ahí, ¿sabes?
Veía cómo te machacabas a diario para enfrentarte a él y conseguir mantenernos a mamá y a mí a salvo.
Sé que todos tus arranques de rabia son por todo lo que vivimos con él.
Luchaste, te pusiste fuerte, le plantaste cara y nunca te rendiste.
Pero hacerlo se llevó demasiado de ti, y ahora no puedes estar con nadie de verdad sin superarlo.
—Me pasa un brazo por los hombros como si fuera el hermano mayor y no un mocoso—.
Yo lo hice. Conocí a Rachel, gracias a ella entendí que no estaba bien, por eso busqué ayuda, maduré… , y mi vida ahora es mucho mejor.
—¿Que tú, qué? —pregunto en medio de un desconcierto desbordante. Atónito, joder. Estoy pasmado—. Nunca me ha parecido que estuvieras jodido. ¡Eras feliz!
—Lo era a mi manera —explica—. Obviaba lo que pasaba en casa, me escondía en mis videojuegos y mis dibujos, me negaba a hacer deporte porque papá era demasiado agresivo en ese tema, quería lo mejor de nosotros, y yo era demasiado débil para aguantar la presión como tú.
Así que decidí convertirme en alguien sedentario, solitario, sonriente…
—Me suelta para ofrecerme una gran sonrisa de las de antes—.
Pero solo me ocultaba bajo mis kilos de más y esa falsa felicidad.
Los chicos de la escuela me acosaban, no tenía amigos, me ocultaba en casa, fingía siempre.
Hasta Rachel. Ella me quiso a pesar de todo.
Estuvo ahí, pinchando, persiguiéndome, hostigándome hasta que me di cuenta de la realidad y decidí ponerle remedio.
—Baja la mirada, como si le avergonzase aceptar el final de su discurso, pero lo articula con seguridad, con sus pupilas llameantes en las mías—.
Llevo un año y medio yendo al psicólogo. Y ha sido la mejor decisión de mi vida.
Tardo unos segundos largos en procesarlo.
—¿Por qué cojones nadie me lo ha dicho? —Mi reacción es visceral. Me siento excluido de mi familia.
—Era mi secreto —admite Ernesto—. Necesitaba contártelo cuando estuviera listo.
—Se levanta para dejar el vaso en el lavavajillas y caminar hacia la puerta—.
Ya ves cómo me ha ayudado, deberías plantearte esa opción.
Quizá así descubras la forma de redimir tus pecados, de ser digno de ella.
—Abre la puerta despacio, pero se gira en el último momento—.
A veces el amor no basta para sanar el alma.